-conclusiones desilusionadas-
Ya puede ver el lector que no nos equivocábamos en el introito a esta etapa de la vida de la república; muchos acontecimientos –seguramente demasiados- pero todos signados por la crispación, la emergencia, las divisiones, los caprichos y la falta de espacio para el desarrollo de espacios comunes de debate, en los cuales pudiese germinar la semilla de un modelo común y un acuerdo sólido para llevarlo adelante.
Así se perdió un tiempo irrepetible en la historia contemporánea, en el cual la confrontación ideológica sirvió a millones de hombres y mujeres para valorar los logros alcanzados hasta entonces, incorporarlos definitivamente a sus usos y costumbres y comenzar una etapa en la que los derechos individuales –acompañados de la responsabilidad comunitaria- dieron luz a nuevas maneras de actuar, de comunicarse y resolver el destino de la cosa pública.
La década del 60 fue determinante en los cambios producidos en las perspectivas de las ciencias sociales ; la del 70 para resolver que ellos debían ser propiedad exclusiva de la democracia.
Desde fines de la década del 50, se producen profundas transformaciones de contenidos académicos en el ámbito de las ciencias humanas.
En las universidades nacionales se crean las carreras de antropología, sociología, y sicología, lo que implicó un vuelco hacia los problemas de la sociedad contemporánea y sus soluciones -estudios sobre campesinado, urbanos, salud, problemáticas del cambio social, etc-, al mismo tiempo que un énfasis en los trabajos interdisciplinarios.
Se forma una generación completa en los diversos centros de investigación y es en los del interior donde se expresan con más notoriedad las nuevas tendencias.
El golpe de Onganía generará un corte en el desarrollo de las nuevas disciplinas a partir de persecuciones plagadas de prejuicios absurdos que generarán renuncias, cesantías y éxodos.
Esta penosa realidad alcanza también a otros campos de la ciencia que en los últimos años de la década anterior habían llegado a tener un grado de desarrollo realmente entusiasmante. El universo de las ciencias –que en el mundo entero avanzaba a pesar de una deshumanización que terminaba convirtiéndolo en una ideología en sí mismo (tecnología)-no quedaría al margen de la decadencia.
En los países emergentes la ciencia y la tecnología modernas se expandieron rápidamente tras la Segunda Guerra Mundial ya que los Estados que recientemente habían adquirido su independencia consideraban la ciencia como símbolo de racionalidad, autoridad, soberanía, progreso y crecimiento económico.
Con el apoyo internacional los gobiernos de los países en desarrollo se propusieron crear sistemas científicos nacionales, muchas veces imitando las estructuras y objetivos externos sin tomarse el trabajo de encontrar adaptaciones locales que permitiesen un contacto cierto con la propia realidad.
El sector privado se comprometió más lentamente con este esfuerzo y sólo comenzó a participar activamente y a promover las instituciones científicas y tecnológicas a finales de los años ochenta.
La falta de un compromiso permanente del estado –a partir de las convulsiones señaladas durante el período y la recurrente presencia en el poder de sectores representativos del nacionalismo más cerrado y oscurantista- hizo que la investigación en el país siguiese un ritmo tan errático como sus contenidos lo que inevitablemente nos llevó a quedar muy rezagados en la lucha del mundo por el conocimiento.
Tampoco ayudó a un mejor final el modelo de universidad que se mantuvo en la Argentina pese a los notorios cambios que ya por entonces se observaba en los métodos de estudio de sociedades más avanzadas.
Ese modelo de universidad como centro de investigación -desarrollado en Europa durante el siglo XIX- llegó tarde al nuevo continente, y sólo en la segunda década del siglo XX comenzó a introducirse la ciencia como componente integral de la enseñanza en las casas de altos estudios de la Argentina.
El esfuerzo del país por desarrollar y crear una tradición científica fue notable, sobre todo durante la segunda mitad del siglo XX.
Proliferaron a partir de los cincuenta las instituciones de investigación, se crearon organismos gubernamentales para la promoción y la financiación de la actividad científica, aumentó la matrícula universitaria y se instituyeron numerosos programas de posgrado. Antes de los sesenta, los profesores universitarios que se dedicaban plenamente a ello fueron decisivos en la constitución de los sistemas nacionales de investigación científica.
Pero las estructuras para la fijación de políticas y el fomento a la ciencia y tecnología a nivel gubernamental pasaron por tantas vicisitudes institucionales en esas décadas que sufrieron constantes altas y bajas de rango jerárquico que limitaron su independencia y libertad de maniobra.
Pero los claustros argentinos no son una excepción a la regla general de la sociedad; así como los estudiantes franceses que en 1968 llevaron adelante históricas jornadas de protesta supieron luego adecuarse a la necesidad de participar orgánicamente en la implementación de los cambios que ellos mismos habían exigido, sus pares argentinos parecen agotarse en la lucha por la lucha misma, no logrando articular una continuidad lógica entre aquellos que postulan desde su rango juvenil con lo que posteriormente llevan a la práctica en su rol de ciudadanos.
Tal vez haya sido esa inconsistencia formativa la que los empujó en muchos momentos de nuestra historia reciente a estériles luchas políticas en las que no pudieron evitar ser parte del juego de las disputas partidarias o involuntarios instrumentos del poder de turno.
El estudiantado reformista participó activamente del golpe del 16 de septiembre de 1955. "Los estudiantes argentinos han saludado la caída de un régimen opresor y falaz que intentó conculcar todo vestigio de democracia" se apura a decir la FUA a través de un comunicado que emite el 23 de septiembre, apenas una semana después de la intervención militar.
Los centros ocupan las facultades y saludan en su mayoría el golpe militar. Los profesores excluidos durante el peronismo comienzan a reintegrarse a las aulas.
Mientras debaten en asambleas la forma de implementar lo que entienden como la "recuperación universitaria", el 28 de septiembre el flamante presidente de facto, general Eduardo Lonardi, designa Ministro de Educación a un hombre del conservadorismo católico, Atilio Dell'Oro Maini.
La decisión de eliminar de las cátedras a todo profesor que fuera "sospechoso" de adhesión al peronismo se conjuga con la censura impuesta en todo el país.
Generando un fenómeno contradictorio, los pensadores liberales y de izquierda coinciden en reivindicar el período como un momento de libre expresión de las ideas; pero el simple pronunciamiento del nombre de Perón o de Evita puede ser motivo de cárcel.
La intervención de las universidades es dispuesta mediante el decreto 6403 del 23 de diciembre del mismo año.
Son derogadas las leyes 13.031 y 14.297 del peronismo. Se garantiza la autonomía de las casas de estudio, pero se incorpora, a través del articulo 28 del decreto, un texto que hace historia: "La iniciativa privada podrá crear universidades con capacidad para expedir títulos y/o diplomas académicos."
Otro artículo del decreto de lo que se da en llamar -por sus partidarios- la "Revolución Libertadora", con el número 32, dispone que no sean admitidos para presentarse a concursos docentes aquellos que "hayan realizado actos positivos y ostensibles que prueben objetivamente la promoción de doctrinas totalitarias –n. Del a.: es obvia la referencia al peronismo- adversas a la dignidad del hombre libre y a la vigencia de las instituciones republicanas”.
A poco de andar el idilio entre el estudiantado y el gobierno militar se va desgastando: el presupuesto universitario es reducido sensiblemente, mientras se aumentan los gastos en defensa, las bibliotecas van despoblándose y sufriendo una grave desactualización, se intenta eliminar el derecho a licencia en las reparticiones públicas, y en febrero de 1956 se impone el examen de ingreso en las escuelas secundarias -medida que es calificada como "antisocial" por la FUA- ,y se aplican cupos en las universidades al tiempo que una curiosa ola de aplazos genera la repulsa estudiantil.
En 1956, el decreto 10.775 asegura la autonomía de las universidades y comienza lo que muchos reformistas consideran "la época de oro" del movimiento iniciado en 1918.
En Buenos Aires es elegido rector Risieri Frondizi, y son creadas nuevas carreras, entre ellas, Economía y Administración, así como los departamentos de Psicología, Sociología y luego Ciencias de la Educación. También la facultad de Farmacia y Bioquímica y las escuelas de Enfermería y Salud Pública.
En el mismo período comienza a construirse la ciudad universitaria de Nuñez y se funda la Editorial Universitaria de Buenos Aires (EUDEBA).
Todo ello será efímero y pronto la universidad será nuevamente arrasada, en medio de la indiferencia general de una sociedad que no llega jamás a comprender el sentido de las luchas universitarias porque, entre otras cosas, los propios estudiantes insisten en mantenerse de espalda a los problemas de la gente común.
Y esta, además, no parecía por aquellos años muy permeable a los cambios culturales del mundo, tal vez como expresión de rechazo a la actitud reiterada de los intelectuales argentinos –tan afectos a la influencia de los cenáculos- que durante tantos años habían caminado en un sentido diametralmente opuesto al que transitara primero la clase obrera y en los últimos años la cada vez más consolidada clase media.
Tras el derrocamiento del peronismo una elite modernizadora y culta -que había sido marginada de las instituciones culturales- asumió la tarea de incitar a los artistas a la renovación y a la consecuente conquista del mercado internacional.
Según el lenguaje de los nuevos referentes culturales, muchas zonas de la cultura nacional se encontraban atrasadas.
Para esta visión, el arte -al menos el que había contado con lo favores del gobierno peronista- había anclado en propuestas folklóricas o populistas que lo alejaban de las nuevas tendencias mundiales.
Sólo la plástica no se había mezclado con los rituales obsecuentes que se le reprochaban al peronismo porque el régimen no había logrado formular una ideología estética precisa para las artes visuales, ni había depositado en ella en ningún aspecto identificable de su aparato propagandístico.
Desde el estado justicialista sólo podían escucharse invectivas contra la abstracción o auspicios más o menos discretos hacia ella , según el perfil ideológico de quien proviniesen.
Luego el arte del radicalismo no había logrado desprenderse por completo de una concepción política que lo inclinaba hacia el realismo.
Se inspiraba en el gran ejemplo del muralismo mexicano a pesar de que con el paso del tiempo -y no sólo a los ojos de la elite modernizadora- los maestros mexicanos se habían convertido en una especie de hijos putativos del realismo socialista.
Para poner al día la situación del arte nacional y alcanzar la meta modernizadora se debía determinar un programa estético afín a las demandas del mercado mundial cuyos focos de irradiación eran la declinante París -donde todavía se podía aprender- y la pujante Nueva York, que ya se había constituido en la meca de todo intelectual que quisiese triunfar.
Pero Buenos Aires creía merecer un espacio propio en esa geografía a la que se sentía culturalmente tan próxima y con la que los artistas locales habían estado coqueteando durante décadas.
Sólo faltaban políticas culturales, tanto de parte del estado como del sector privado. Mientras fomentaban los intercambios y las promociones, dichas políticas debían patrocinar corrientes estéticas más acordes a los tiempos y por ello la plástica se volvió un tema de interés cultural para el estado, dado que veía en ella otra vía para superar el aislamiento internacional al que –intelectuales y estado- nos había llevado el peronismo.
Como puede comprobarse, no se trató de un proyecto especialmente denso en términos estéticos; lo esencial era que la plástica pudiera llegar a convertirse en un instrumento de la política exterior y colabor en la difusión de una nueva imagen del país.
Considerada en términos políticos, si bien esta estrategia contaba con los auspicios de EE. UU. y de su Alianza para el Progreso, fue minada internamente por la inestabilidad institucional y las sucesivas crisis argentinas.
Además, el estado perdió rápidamente interés en el auspicio de las artes ya que definitivamente se trató de una brillante pero limitada iniciativa privada --nacional o extranjera-- que se constituyó en la forma de mecenazgo más intenso de los años sesenta, teniendo en nuestro país al legendario Instituto Di Tella como la expresión más acabada y, por cierto, de mayor repercusión popular.
Por supuesto que en Latinoamérica se trataba también de exhibir una política cultural interesante que enfrentara la fuerza de atracción que entre los intelectuales ejercía la revolución cubana.
Los críticos más influyentes de EE. UU. ayudaron a consolidar la imagen de su nación como una democracia que no sólo libraba un combate por la libertad, sino que se constituía en defensora del legado modernista, respetando su carácter dinámico.
Este aprovechamiento político del arte -acompañado de un discurso despolitizador para consumo de los propios artistas- estaba lejos de constituir una innovación histórica.
La URSS y Francia ya lo habían utilizado en distintos momentos del pasado; pero la década parecía inaugurar el turno de EE. UU..
Nuestro país tenía en este gran juego geopolítico de la cultura un papel desde luego muy secundario.
Su interés directo, por otro lado, no era la hegemonía, sino algo más básico: lograr convertirse en un actor identificable en ese escenario, cosa que no había conseguido nunca. El aspecto colonial de la actitud norteamericana era propio de toda su política exterior, aunque resultara funcional a los intereses de la elite modernizadora argentina, que lo aceptó sin reservas en nombre del despegue, un término sugestivamente característico del ideario desarrollista.
Pero mientras los círculos iluminados del país se enfrascaban en estos debates acerca de su propia identidad y ubicación en el mundo, un nuevo espacio iba creciendo sólidamente desde la década peronista, hasta explotar como fenómeno de masas en la convulsionada década del 60: la cultura de masas.
Expresiones de todas las disciplinas artísticas –aunque en la música y en la nueva literatura se hayan encontrado los aspectos de mayor repercusión popular- comienzan a mirar hacia el interior, las tradiciones propias y las raíces de una identidad siempre señalada como menor frente a todo lo que viene de afuera, están ahora ante la vista de los argentinos que, con el entusiasmo casi fanático que es propio de su ciclotimia, encuentra en ellas una síntesis atropellada y desprolija de todo aquellos que ha buscado a ciegas a lo largo de su convulsionada historia.
Surge entonces un nacionalismo cultural sui-generis, que comienza a ser analizado desde disciplinas tan diversas como la sociología y la antropología –a las que hemos citado anteriormente como producto de los nuevos tiempos- lo que lo convierte a poco de andar en otro de los enemigos solapados que siempre descubre el establishment político –en este caso ingenuamente sostenido por su similar cultural- muy cómodo como estaba frente a una cultura urbana carente de esencias profundas por el simple hecho de provenir de una mezcla atildada de diversas escuelas y experiencias.
Durante todos los años anteriores lo urbano significó la muerte del folklore y la aparición de lo masivo.
En ese tiempo el folklore permanecerá sólo en el sentido que le otorgó José Luis Romero cuando, en un texto sobre la ideología de la nacionalidad argentina, llamó a la cultura de masas el folklore aluvional., lo que en realidad pretendió la muerte del folklore y la aparición de lo masivo, entendido la invasión por parte de las masas de la ciudad.
En un segundo sentido las masas significan un nuevo modo de existencia de lo popular, que hasta ese momento era entendido como algo ajeno al fenómeno cultural -es decir lo otro de la cultura, lo otro de la industria, lo otro de la civilización- y que ahora viene a significar un nuevo modo de existencia de lo popular, aunque se pretende todavía encasillarlo como la cultura subalterna, la cultura dominada, una cultura desvalorizada por la cultura hegemónica ,que de alguna manera será revalorizada por la política.
Durante el último proceso militar el mundo de la cultura argentina fue fragmentado en dos ámbitos antagónicos.
Por un lado los medios masivos de comunicación, las instituciones educativas de todos los niveles, los centros científicos y artísticos, todos censurados, desmantelados y vigilados, constituían el entorno oficial.
Y por otro, una gama de actividades culturales dispersas y discontinuas, a veces realizadas en centros educativos privados, intentaban compensar los déficits del estado.
Los años de la dictadura fueron, para la investigación en Argentina, de total inmovilidad. Se produjo un distanciamiento de la temática, un repliegue en lo personal y familiar. Se buscó generar un espacio que permitiera reconstruir los esquemas de pensamiento y comprensión, pues eran éstos a los que apuntaban destruir los métodos represivos.
Al culminar el Proceso de Reorganización emergerán una cantidad de expresiones culturales que se habían mantenido sumergidas por la censura y las persecuciones.
La música, la literatura, el periodismo, el cine y el teatro, parecieron entonces la posible avanzada de un nuevo tiempo interior de la personalidad argentina; como no lo había logrado la política ni lo lograría en los años siguientes, la cultura expresaba su propia personalidad y encontraba una síntesis bastante cercana a los elementos suficientes y necesarios para volver a plantearnos –ciento treinta años después de nuestra organización formal como nación- aquella pregunta sin respuesta que debía constituirse en el verdadero inicio de la reconstrucción ( ¿o construcción?) del hombre-ciudadano argentino: ¿quiénes somos, de dónde venimos, y hacia dónde vamos?.
Muy poco si se quiere para un país que podía estar dándose cuenta de lo que no quería para sí –algo que por siempre deberemos agradecer al Proceso- pero que estaba cerrando toda una etapa de su vida sin tener en claro que esperaba del futuro, como conseguirlo y, sobre todas las cosas, sobre que valores permanentes se disponía a construirlo.
Y una sociedad que se había bajado una vez más del proceso de cambio en el mundo, desperdiciando una oportunidad única –por la riqueza del debate universal- para ubicar sus propios puntos de contacto y refrendar, por fin, el contrato social que le resolviera al menos sus reglas básicas y sus espacios comunes.
El retorno de la democracia y con ella de las libertades públicas, permitía al menos un crédito de optimismo para conseguirlo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario