lunes, 30 de marzo de 2009

LA OTRA REPUBLICA-PARTE 4



CAPITULO II

LAS NUEVAS REPRESENTACIONES


La nueva sociedad y su contrato requerirán de novedosas formas de representación política y estas, a su vez, deberán plasmarse en una nueva concepción del estado que deje por fin de ser un estorbo para los ciudadanos y, por el contrario, se convierta en dinámica vía de concreción de los objetivos fijados.

Deberá a su vez ser resultado y no protagonista ni árbitro de la nueva etapa, ya que como afirmábamos anteriormente la Argentina necesita hoy redefinir todos sus instrumentos y cada una de sus decisiones hacia el futuro, no dejando del pasado más que aquellas cosas que puedan ser de utilidad y, además, adecuarse rápidamente a las necesidades del mundo moderno.

Cuándo afirmábamos que la actual crisis no se resuelve a partir de un pacto político al estilo del español de la Moncloa –y explicábamos las diferencias existentes entre ambos desarrollos históricos- teníamos a la vista entre otras cosas una realidad que indica que en nuestro país el estado se ha ido apoderando, poco a poco, de todos los resortes de la representatividad social.

Desde hace muchos años en la Argentina los partidos políticos no son otra cosa que simples pretextos formales de la lucha por el poder, careciendo ostensiblemente de definiciones ideológicas y asumiendo para sí –de acuerdo al rol de oficialismo u oposición que les pueda corresponder dentro de la alternancia democrática- todas aquellas posiciones que desde la vereda opuesta eran descalificadas con vehemencia.

Y ello no se debe tanto al asumido mito argentino de que quien llega al poder “tiene que hacer lo que le ordenan los poderosos” –verdad sólo a medias según veremos más adelante- como a la carencia de líneas de acción definidas en cada una de las dos grandes agrupaciones políticas tradicionales: ni el peronismo ni el radicalismo han desarrollado en las últimas tres décadas algún proyecto serio de organización social que no pase por los apotegmas y lugares comunes que los caracterizan y que mucho más tienen que ver con la propia historia partidaria que con el presente y el futuro de la nación.

Esta falta de proyectos y alternativas ha llevado, a su vez, al vaciamiento de las instituciones de la república.

Los tres poderes del estado presentan hoy frente a la sociedad una imagen esquizoide que los lleva a superponer sus áreas de incumbencia –sabiamente delimitadas en la Constitución de 1853- notándose generalmente esta circunstancia no tanto en el avasallamiento de funciones ajenas como en el abandono de las propias.

Así el ciudadano asiste –entre la alarma y la indiferencia característica de los estados de ánimo argentinos- a hechos que escandalizarían a los fundadores del estado moderno al observar que el Congreso Nacional delega en el Ejecutivo funciones que le son propias, este asume públicamente (y casi con naturalidad) que no va a aplicar leyes de la república –tal cual es su irrenunciable obligación- cuando, por ejemplo, se niega a garantizar a los ciudadanos su derecho a transitar libremente por las calles y rutas de país convertidas hoy en propiedad privada de cuanto “dirigente social” las estima útiles para lograr notoriedad y prebendas pagadas por el presupuesto público, o desiste de utilizar el poder de coerción que la Constitución le otorgar –con carácter de carga- para garantizar la seguridad pública ante los desmanes de sectores minoritarios que sólo a partir de la violencia pueden adquirir identidad propia o cuando la Corte Suprema de Justicia se arroga facultades legislativas disponiendo en sus fallos reglas de juego que tienen que ver mucho más con lo económico, y financiero –cuando no directamente lo político- que con la preservación del estado de derecho.

Y esto que afirmamos vaya tan sólo como muestra –a partir de circunstancias de superficie conocidas por todos- para expresar un estado de descomposición mucho más profundo que, de analizarlo más detenidamente, nos llevaría directamente a una conclusión a la que empíricamente han arribado la mayoría de los argentinos: la realidad de un estado ausente.

Anteriormente citábamos también otra de las consecuencias de la acentuada decadencia de las instituciones del país: la corruptela que fue ganando poco a poco al estado hasta convertirse en esta impúdica explosión de corrupción pública a la que asistimos, sin poder asumirla ni acostumbrarnos a ella.

Y ya no tiene sentido alguno detenernos a resolver si la corrupción es consecuencia de la claudicación del estado o ésta encuentra en aquella su razón de ser; la única conclusión válida y sustentable es que este estado, así como está, no le sirve ni a los ciudadanos, ni al país, ni a sí mismo como expresión jurídica de aquellos.

Y si hemos insistido en que el futuro sólo se construye sobre una visión común del pasado y una intención no menos compartida del presente, debemos buscar en ellos las razones para esta decadencia de la representación pública y resolver, ante todo, si las instituciones de nuestra nación han fracasado por vicios de origen o si ello ocurrió por una o varias claudicaciones posteriores.

Y en esa búsqueda –como intentamos hacer a lo largo de toda esta obra- nos esforzaremos por no incorporar culpas externas que, habiendo existido, no pueden ni deben ser justificativos para una realidad que tiene mucho más que ver con nuestros propios errores y responsabilidades que con ellas.

La historia y el origen del estado nacional así parece sostenerlo.

En Argentina, como en el resto de América Latina, el proceso de construcción del Estado nacional sólo quedaría resuelto durante el siglo XIX cuando -después de largas etapas de conflicto interno- aparecieron los consensos básicos que permitieron encarar, aún equivocadamente en muchos casos, un nuevo proyecto nacional.

Este proyecto fue liderado por una élite intelectual y política que trató de moldear a la nueva nación asentándola en un plan racional.

Con la derrota de Rosas en 1852 los hombres de la “la generación del 37” accedieron al poder y comenzaron a construir una nueva hegemonía sobre una herencia que no era, a pesar de su propia visión, totalmente negativa.

En 1852 Argentina contaba con una unidad interna bastante sólida, aunque faltaba aún un buen trecho para la organización definitiva del Estado nacional. La oposición a Rosas había consolidado un consenso lo suficientemente fuerte sobre los rasgos básicos de la nueva nación, aunque la cuestión de la hegemonía porteña sólo se plantearía como un problema a solucionar durante el gobierno de Roca.

De esta manera, la idea de nación en Argentina se define, luego de la batalla de Caseros (1852), tanto por una reacción ante el pasado como por las posibilidades futuras.

El pasado fue evaluado como una dictadura tradicionalista sustentada en una cultura mestiza, resultado de la conjunción de lo español, lo indígena, y el desierto, todo ello enmarcado en la inexistencia de un ordenamiento legal legítimo.

La nación futura debía entonces construirse con una población apta para el respeto de la ley (población europea) y, sobre todo, erradicando el desierto.

Ya entonces los fundadores de la república cometen el peor de los pecados originales: desconocen y desechan una realidad que no sólo era tal y que se presentaba mucho más fuerte que lo que podía verse desde una perspectiva de “civilización”.

Durante el período de Urquiza, la sensación predominante en estos intelectuales es que todo está por hacerse. La idea de nación se constituye, entonces, en el discurso legitimador de la etapa que se inicia.
La “civilización” –que en todo momento se entendía como progreso-debía comenzar por la conquista del desierto y la desaparición de los “bárbaros” que lo habitaban. Nadie en Buenos Aires se planteaba seriamente la integración de los nativos y, mucho menos, que ella se realizara a partir del reconocimiento de sus tradiciones y formas de vida o de la asimilación de sus leyes a las que el país recién comenzaba a darse a sí mismo.

Para ello se recurrió a un desarrollo acelerado de las comunicaciones y a la inmigración como estrategia para multiplicar los centros urbanos. Buenos Aires era la única ciudad que se parecía un poco a la meta propuesta.

Además, por su condición de puerto que la vinculaba con Europa -el socio comercial por excelencia-, había acumulado una incipiente población cosmopolita y, según Sarmiento, ello le había permitido asimilar su cultura. Sólo se requería –pensaban desde una ingenua simplicidad-profundizar el proceso extendiéndolo a todo el país con la mano de obra que Europa podía proporcionar, a partir de políticas que favorecieran la inmigración.

Hacia los años’80 se había fortalecido el aparato estatal de múltiples maneras, poblado la pampa húmeda, desarrollado un sistema portuario y se contaba con 2.500 km de vías férreas que luego, con Roca en el poder, llegaron a 34.000 km.

Paralelamente el capital británico había desarrollado el sistema de frigoríficos y la inmigración aceleró aún más su presencia hasta el extremo que, en la región de la pampa, llegó a haber dos extranjeros por cada nacido en el país.

En rasgos generales el proceso que planificó aquella generación de intelectuales devenidos por derecho propio en políticos, se había cumplido satisfactoriamente al finalizar la primera década del siglo XX .

El liberalismo desde 1837 se había fijado la tarea de introducir rígidas modificaciones en la vida colectiva sin aceptar siquiera otras expresiones que también representaban fuerzas importantes de la sociedad. Por ello aquellas serían ideológicamente tan caducas en el país que, cuando con Roca se realizara el proyecto liberal, estarían condenadas sistemáticamente al ostracismo y al olvido.

La generación del ’37 legó al país una pléyade de intelectuales políticos que se adueñaron por derecho propio de la escena después de la batalla de Caseros.

Juan Bautista Alberdi, Domingo Faustino Sarmiento, Esteban Echeverría , posiblemente el más brillante de ellos al que su prematura muerte privó de concretar en los hechos la ajustada visión de la realidad que trasuntaba su obra literaria y el privilegio de poder llegar a ser quien más claramente comprendiese la necesidad de incorporar y no “arrasar” con los resabios culturales –tal vez escasos pero ciertamente rescatables- del rosismo, y Bartolomé Mitre, son los más importantes.

Aunque sería imperdonable dejar de mencionar a Olegario Andrade, Carlos Guido y Spano, Nicolás Calvo, Alvaro Barros, Nicolás Avellaneda, José Hernández y Félix Frías, entre muchos otros que participaron en la febril vida de la época y que, por cierto, adquirieron en algunos casos protagonismo como representantes formales de la institucionalidad que creció a la sombra de estos personajes.

Dice Arturo Claudio Laguado Ducal en su trabajo “El pensamiento liberal en la construcción del estado nacional argentino”, al marcar las diferencias de criterio que unía a estos hombres que, sin embargo, fueron capaces de trabajar en conjunto en pos de un objetivo que fue –más allá de los interesados juicios de valor que siempre tiñen a la historia argentina- la única experiencia de formación de una conciencia de representatividad que pueda encontrarse como tal hasta nuestros días".
Pero más allá de esos talantes individuales, no se puede olvidar que los agrios debates entre estos pensadores (v gr. Sarmiento contra Alberdi o Frías) versaban sobre la manera en que debía construirse la nueva nación y, obviamente, el Estado que la contuviera.
Pero al igual que existían profundas discrepancias en la metodología para lograr esos objetivos, también había un acuerdo básico sobre éstos.

La educación popular fue uno de ellos a pesar de que, en ocasiones, ese acuerdo fuera más declamativo que real y sólo con Roca tuvo un impulso definitivo. La meta de la educación pública estuvo a menudo asociada a objetivos políticos que pasaban por la consolidación de una poderosa burocracia estatal y, con ella de una base electoral, como lo demuestra la elección a la presidencia de Avellaneda (1874-1880), ministro de instrucción pública de Sarmiento, quien cimentó su elección en la naciente burocracia del magisterio. Pero ni aún los críticos de Avellaneda y Sarmiento –como José Hernández- impugnaron la meta planteada.

Mantuvieron por ello clausurado el debate acerca de la organización del estado nacional, tal cual había quedado en la Argentina desde la época rosista.

Prefirieron marcar las diferencias con el régimen centralista que Rosas había instaurado desde Buenos Aires –al que en realidad continuaron desde una perspectiva más “educada y formal”- dejando de lado cualquier alusión descalificatoria de los pactos federales y centrando su crítica en la figura de los caudillos del interior y en las formas –que consideraron grotescas y bárbaras- impuestas durante el unicato del Restaurador.

Y aquellas diferencias de las que hablábamos más arriba denotan en esta actitud una profunda decisión política de carácter racional que debe ser inscripta en la estrategia que se desarrollaría desde Caseros hasta las dos primeras décadas del siglo XX.

Aunque tras la Revolución del Parque comenzase a crecer, lentamente primero y luego en forma aluvional, una nueva forma de representación que, ironías de la historia o falta de visión de sus protagonistas, hizo crecer desde Buenos Aires y su flamante cordón semi industrial un nuevo criterio de conducción que mucho se asemejaba a los personalismos y caudillajes que las clases iluminadas pretendieron erradicar de las costumbres políticas y sociales argentinas.

Cuando se produjo la reunificación política del país en 1860 con el ingreso de Buenos Aires a la Confederación Argentina, ya existía un consenso previo sobre el que Roca delineó sus principales políticas: la inmigración europea, el “progreso”, la ordenación legal del Estado y el fomento de la educación pública. La constitución de un nuevo estado y sus formas de representación no estaban, por tanto, entre las prioridades de la época.

Y peca de sorprendente que un grupo intelectualmente superior que además tenía un efectivo compromiso militante con su época y por tanto se alejaba de los proyectos intelectuales de laboratorio tan comunes a los pensadores que les siguieron en el tiempo, no se diese cuenta o no encontrase el camino para resolver las necesarias vías institucionales que lograse integrar lo que justamente representaba la más notoria consecuencia de su acción modernizadora en el país: la integración de nuevas clases sociales al armado de la vida de la república y, con ellas, el cambio de las expectativas y las demandas.

Y esa nueva sociedad civil se convirtió en la base del Estado en el sentido más estricto, al nacer como sociedad política.

La conformación original de una sociedad civil puede ser considerada bajo tres aspectos complementarios:
- como ideología de la clase dirigente, abarcando todas las ramas de la ideología
- como concepción del mundo difundida culturalmente entre todas las capas sociales, de acuerdo a la visión que de ella posea la clase dirigente
- como expresión ideológica de la propia sociedad, donde están presentes la ideología propiamente dicha, las organizaciones que crean y difunden esa ideología, y el material ideológico (escuela, medios de comunicación, comunidades religiosas, etc.).

Y para entender más claramente las consecuencias de tomar uno u otro de estos caminos de concepción –siguiendo los ejemplos citados en otra etapa de nuestro análisis- podemos afirmar que en los Estados Unidos ocurrió esto último; que en España ( y en Europa en general) la institucionalidad fue el resultado de la segunda opción, mientras que en Argentina la generación pos-rosista agotó la construcción del estado desde su propia ideología (primera alternativa de conformación), destinando todo el esfuerzo a un fracaso notorio en nuestros días y que, sin embargo, no puede ser solamente imputado a sus propios errores sino que también tendría luego que ver con la incapacidad de los nuevos liderazgos para articular una y otra etapa de nuestra historia.

¿Cómo puede explicarse, sin embargo, que aquellos hombres que habían sido capaces de diagramar desde la nada una nación moderna, con especial acento en la educación pública (lo que garantizaba un futuro de cultura que ciertamente llegamos a disfrutar) y desde una historia reciente que, aún convulsionada, tenía la nitidez de las cosas profundamente definidas y antagónicas, no lograsen amalgamar una representación institucional que se metiese en la piel de los argentinos para siempre?.

¿ Desprecio por las clases populares? ; tal vez. No desde lo moral sino desde lo coyuntural.
Es posible que nuestros políticos-intelectuales pensasen desde su prejuicio ideológico que esas nuevas clases proletarias sólo estarían capacitadas para entender al estado sólo después de una profunda acción educativa que necesitaba, al menos, dos generaciones de cultivo previo a la cosecha.

O que urgidos por la necesidad de contener las divisiones del pasado y las nuevas realidades a partir de un estado dinámico y fuerte no llegasen a ver con la claridad necesaria a un mundo que ya ingresaba en el más profundo de los debates ideológico que conociera la modernidad y que se aceleraría a partir de la revolución industrial hasta convertirse, pocos años después, en el escenario real de las luchas políticas: el capitalismo (representado por las grandes burguesías) y el colectivismo ( asumido casi por impotencia por las nuevas clases obreras que se sentían excluidas –en el mundo entero- de los beneficios del nuevo sistema de producción).

Una clase fundamental es aquella sobre la que se constituye por definición un determinado modo de producción.

Así en el capitalismo, que era el modelo que naturalmente tenían en la cabeza aquellos hombre, ese modelo está representado por la burguesía. Y esto era así porque las ideologías ligadas a una clase fundamental ( dirigentes) son las esenciales de ese modo de producción.

La hegemonía – que se construye a partir de la capacidad de conducir la sociedad civil a través del consenso- refiere la ideología orgánica a todas las actividades del grupo dirigente.
La clase obrera, subalterna del modo de producción, intenta resolver su propia estructura ideológica a través de la filosofía de su propia ecuación esfuerzo-beneficio (praxis) con una concepción del mundo siempre alternativa a la que ofrece la clase fundamental.

Todas las actividades del grupo dirigente se vuelven entendibles dentro de este proceso de elaboración de concepciones ideológicas; pero también se agotan si el conflicto supera al consenso. Si las relaciones sociales, la cultura, "las verdades jurídicas" etc. no pueden ser sometidas a un análisis critico común, tarde o temprano la posibilidad de gestar una alternativa superadora discurso hegemónico oficial se pierde irremediablemente y con ello el camino hacia el círculo virtuoso institucional que es, en el sistema democrático, la única garantía de continuidad de los aciertos que nos antecedieron como también la vía de reforma de los errores cometidos.

Lo cierto es que –cualquiera haya sido la motivación- la experiencia del estado liberal en la Argentina no logró cerrar con éxito este círculo virtuoso del cambio social y convertirlo así en un modelo de representación política que garantizase aquella continuidad.
Pocos años después lo percibiría Alem, lo prepararía Irigoyen y lo intentaría Perón. Ninguno, por los motivos que veremos más adelante, lograrían plenamente instalarlo en la sociedad nacional.

Sólo diremos –para dejar atrás este rápido repaso de la etapa que supone el primer intento de construcción del estado nacional- que lo que injustamente se ha señalado como una concepción elitista y excluyente de aquella brillante generación de intelectuales-políticos, tuvo mucho que ver con la inexistencia de una sociedad integrada culturalmente y expresada por los partidos políticos (apenas embrionarios por entonces) como parte de un sistema en marcha.
Cuando estos aparecieron con fuerza –en los primeros años del nuevo siglo- se encontraron con un conglomerado disperso de habitantes que limitaban primariamente el debate político a las grandes tendencias en pugna en el mundo y se limitaban por tanto a adhesiones lejanas, extrañas y no siempre aplicables a la realidad nacional.
De hecho los obreros se definían como proletariado, desconociendo absolutamente las realidades propias de un sistema cultural y productivo que poco tenía que ver con la Europa industrial de la que surgían las consecuencias que daban razón semántica de ser al concepto, y quienes detentaban el incipiente capital privado nacional eran estigmatizados de oligarcas y burgueses (según el volumen y origen de su riqueza) sin tener en cuenta que ni uno ni otro término tenía demasiado que ver con una sociedad incipiente y en formación.

jueves, 26 de marzo de 2009

LA OTRA REPUBLICA-PARTE 3

-los círculos inconclusos-

La Argentina es un país en el cual la mayoría de sus habitantes no ha llegado a cerrar su propio círculo natural. Ello es debido a la falta de arraigo que caracteriza a nuestra población, producto de aquella mezcla de razas del inicio y a las grandes olas migratorias (internas y externas) que debió absorber posteriormente.

Son muy pocos los argentinos que pueden hoy mirar hacia atrás y medir sus propias raíces con un criterio secular no tan sólo en el tiempo sino –tal vez lo más importante- en el espacio que otorga invariablemente la pertenencia.

Y este fenómeno no afecta tan sólo al cuerpo social, lo que es notorio, sino que primariamente condiciona el grado de compromiso de cada ciudadano individualmente.

Tomaremos como punto de partida una fecha que marca un hito en la historia argentina: 1870.
A partir de la introducción de la tecnología de la refrigeración, la Argentina deja de ser un mero productor de lanas, cueros salados y ganado en pié para pasar a ser un fuerte exportador de carne (de oveja) que tenía con relación a los costos internos un precio muy alto en el mercado internacional, cuyo resultado fue que los términos de intercambio se hicieran explosivamente favorables para el país por un largo período.

En medio siglo la población argentina se quintuplicó. De un millón ochocientos mil habitantes en 1870, se elevó a más de ocho millones doscientos cincuenta mil en 1915. En diez años (1905-1915) el crecimiento poblacional fue de 2.839.200 personas. Este crecimiento demográfico, aunque en parte fue natural, también se debió a la inmigración europea.

En esos años, el crecimiento vegetativo fue de alrededor del 57%, mientras que el aporte inmigratorio promedio el 43%. Entre 1905 y 1915, el crecimiento inmigratorio fue de 1.522.400 habitantes. Paralelamente, la tasa de mortalidad descendió de casi el 32% en 1870 a menos del 20% en 1915.

Del mismo modo, la esperanza de vida al nacer aumentó de 32 a 40 años entre el Primer Censo Nacional de 1869 y el Tercero de 1914.

De 1869 a 1914, aproximadamente el 40% de la población argentina no tenía más de 14 años. Para el mismo período, el índice de masculinidad se elevó de 105 a 118 varones por cada 100 mujeres. Este dato refleja la influencia de la inmigración principalmente de hombres solos.

Entre el primer y el tercer Censo Nacional se registraron cambios en la redistribución de la población en el país. Los habitantes del Litoral que en 1869 apenas superaban el 40 por ciento de la población total, en 1914 eran más del 64%. En cambio, el porcentaje de población total del país representado por el Centro y Noroeste, al estallar la Guerra del 14 al 18, se había reducido a poco más de la mitad.

La rápida urbanización es el rasgo saliente de la distribución de la población durante los tres primeros censos. La población de las ciudades que en 1869 representaba menos del 29 % de la población total, en 1914 concentraba casi al 53%.

Alrededor de 40 millones de personas abandonaron Europa entre 1780 y 1930. De ellos, la Argentina recibió al 12 % entre 1871 y 1915. Hasta 1860 fueron los británicos y los alemanes los principales inmigrantes europeos. En la segunda mitad del siglo XIX, en cambio, se trató especialmente de italianos, españoles y eslavos.

Entre 1871 y 1912, el saldo migratorio en la Argentina -diferencia entre ingreso y egreso de personas- se elevó a 2.852.400 personas. Solamente entre 1906 y 1914 el saldo inmigratorio fue de 991.600 personas. Casi el 80% de los inmigrantes eran italianos y españoles procedentes en su mayoría de áreas rurales.

La Capital Federal retuvo un tercio de todos los inmigrantes radicados en el país. Le siguió la provincia de Buenos Aires y el Litoral, cuyo desarrollo agrícola ganadero recibió mayor impulso por la expansión del ferrocarril y la instalación de puertos.

Gran parte de estos inmigrantes buscaban trabajo en la construcción y el comercio. Los italianos se establecieron mayoritariamente en la Boca, mientras que los españoles prefirieron Concepción, Monserrat, San Nicolás y el barrio Sur. Los judíos se concentraron en Balvanera Norte cerca del Once y los sirio libaneses en las proximidades de Retiro.

¿Qué podía esperarse de esta explosión y esta diversidad? ; ¿ una unidad social? ; ¿un compromiso profundo con la nueva realidad? ; ¿una nueva cultura común?. Ciertamente imposible.

Los nuevos argentinos mantendrían durante décadas –muchos de ellos hasta su muerte- las costumbres y perfiles de sus tierras de origen, dando a su vez cabida a una desaparición paulatina de la cultura criolla, de por sí frágil e incipiente como para intentar siquiera penetrar en tales arraigos.

No es menos cierto que tampoco existieron políticas nacionales responsables dirigidas a orientar a estas olas migratorias hacia un interés común, prefiriendo extraer de ella la capacidad de trabajo que las convertían en el instrumento propicio para lo que la burguesía urbana consideraba ya el único objetivo del desarrollo nacional: el bienestar económico.

¿Podía intentarse algo distinto? ; ¿era posible convertir a toda esa masa amorfa de inmigrantes de aquí y del mundo en una sociedad organizada con un objetivo común?. La respuesta, una vez más, la encontramos en la comparación con sociedades que también –aún con diferencias de origen- fueron hijas de la colonización y recibieron a lo largo del tiempo intensas olas migratorias externas.

A fines del siglo XIX, tantos emigrantes llegaban a Estados Unidos, que Washington estableció una oficina especial de entrada en Ellis Island, en el puerto de Nueva York.
Entre 1892, cuando se inauguró, y 1954, cuando se clausuró, Ellis Island fue la puerta de entrada a Estados Unidos para 12 millones de personas.

En esta ola imparable de inmigrantes, hubo un grupo que llegó contra su voluntad. Eran africanos, de los cuales 500.000 fueron traídos como esclavos entre 1619 y 1808, cuando se prohibió la importación de esclavos a Estados Unidos.

Cada año llegaron más de un millón de inmigrantes durante la primera década del siglo, y casi un millón ha llegado anualmente en la última década.

Esta marea constante solamente se interrumpió entre 1915 y 1965, años en los que hubo relativamente poca inmigración, debido en parte a la Depresión de fines de la década de 1920 y 1930 y, posteriormente, a la aparición de una legislación altamente restrictiva que en muchos casos tuvo que ver con las consecuencias de aquellas crisis y en otros con cuestiones propias de la seguridad nacional durante la Segunda Guerra Mundial y fundamentalmente la Guerra Fría.

Pero durante los años de fuerte inmigración los Estados Unidos fueron capaces de hacer algo que nosotros no logramos: la construcción de una comunidad nucleada en torno a un conjunto de valores comunes.

Interrogándose sobre porqué la democracia había prosperado en América (en 1831 era una cosa rara en el mundo), Alexis de Tocqueville , en su obra La Democracia en América se plantea que el secreto del éxito debe buscarse en las costumbres comunes de todo el pueblo.

"He dicho que había que atribuir el mantenimiento de las instituciones democráticas de los Estados Unidos a las circunstancias, a las leyes y a las costumbres. La mayoría de los europeos no conocen más que la primera de estas tres causas, y le dan una importancia preponderante que no tiene."

Una de esas circunstancias sería la igualdad social. "Cierto que los americanos han aportado al Nuevo Mundo la igualdad de condiciones. Nunca hubo entre ellos ni plebeyos ni nobles. Pero este hecho no es privativo de los Estados Unidos; casi todas las colonias de América fueron fundadas por hombres iguales entre sí o que vinieron a serlo al habitarlas. No hay una sola parte del Nuevo Mundo donde los europeos hayan podido crear una aristocracia. Sin embargo, las instituciones democráticas no prosperan sino en los Estados Unidos."

Avanza sosteniendo que otro de los valores que permitió el desarrollo de un sistema común fue, sin duda, la riqueza geográfica del lugar. "El territorio de la Unión presenta un campo sin límites a la actividad humana; ofrece un alimento inagotable a la industria y al trabajo. El amor a las riquezas sustituye allí a la ambición, y el bienestar apaga el ardor de los partidos. Pero ¿en qué parte del mundo se encuentran desiertos más fértiles, mayores ríos, riquezas más intactas e inagotables que en América del Sur? Sin embargo, América del Sur no puede soportar la democracia."

"Así, la naturaleza, al entregar a los europeos las soledades del Nuevo Mundo, les ofrece bienes de los que no siempre saben servirse... En las leyes y las costumbres de los angloamericanos estriba, pues, la razón especial de su grandeza y la causa predominante que trato de hallar."
Tal vez, sin saberlo, Tocqueville estaba dando la respuesta a muchas de las preguntas que nos hacemos en este trabajo.

Porque esas leyes que permitieron que en circunstancias iguales –integración social y riqueza natural- dos sociedades como la argentina y la norteamericana tuviesen destinos tan disímiles, son las que nuca logramos compendiar en nuestra república y, mucho menos, imponer como de obligatorio e inexcusable cumplimiento a los ciudadanos.

La gran diferencia que puede marcarse con la sociedad del norte radica en que la democracia americana ha sido siempre muy fuerte en la imposición del cumplimiento de las leyes (libertad responsable) mientras que en Argentina casi puede afirmarse que hacerlo ha quedado al libre albedrío de cada habitante (libertinaje cívico).

No es exagerado entonces atribuirle (a las leyes) gran parte del éxito que obtiene en América el gobierno de la democracia.

Pero avanza Tocqueville en su buceo del éxito americano y descubre que no sólo las leyes y su cumplimiento guardan el secreto del mismo."Y ahora –dice- ya no comparo a los angloamericanos con pueblos extranjeros; ahora pongo a los mismos angloamericanos unos frente a otros y trato de averiguar por qué no se parecen. Aquí, todos los argumentos relativos a la naturaleza del país y a la diferencia de leyes son inservibles. Hay que recurrir a alguna otra causa; y esta causa ¿dónde descubrirla sino en las costumbres?"

"En el Este es donde los angloamericanos han hecho más largo uso del gobierno de la democracia, donde formaron los hábitos y concibieron las ideas más favorables a su mantenimiento. La democracia ha ido penetrando poco a poco en los usos, en las opiniones, en las formas; se la encuentra tanto en los detalles de la vida social como en las leyes. Es en el Este donde la instrucción literaria y la educación práctica del pueblo ha sido más perfeccionada y donde la religión se ha entrelazado mejor con la libertad. ¿Qué son todos esos hábitos, esas opiniones, esos usos, esas creencias, sino lo que he llamado costumbres?"

"Son, pues, particularmente las costumbres, las que hacen a los americanos de los Estados Unidos los únicos entre todos los americanos capaces de soportar el imperio de la democracia; y también son ellas las que hacen que las diversas democracias angloamericanas sean más o menos ordenadas y prósperas... Se exagera en Europa la influencia que ejerce la posición geográfica del país en la duración de las instituciones democráticas. Se atribuye demasiada importancia a las leyes y muy poca a las costumbres. Estas tres grandes causas ayudan indudablemente a ordenar y a dirigir la democracia americana; pero si hubiera que clasificarlas, yo diría que las causas físicas contribuyen menos que las leyes, y las leyes menos que las costumbres."

No hace falta demasiada perspicacia para concluir que en nuestro país se produzco una inversión de esta trilogía de base, con las consecuencias que todos conocemos.

Así la ubicación geográfica fue para los argentinos la piedra angular de un futuro seguro y promisorio. Generaciones enteras dejaron pasar las oportunidades que el mundo nos daba, convencidas que la riqueza inagotable de esta tierra era garantía suficiente de la perpetuidad del bienestar.

Y en torno a este enunciado –tan equivocado como irreverente- fue creciendo una cultura del dispendio y de la falta de esfuerzo. Ni que decir, en definitiva, una paralela falta de inteligencia para observar los fenómenos que se sucedían a nuestro alrededor.

El concepto de nación tiene varias dimensiones: una relacionada con las bases culturales comunes dadas por la historia compartida; otra que implica un sentimiento de conciencia colectiva y que funciona como mecanismo integrador en una comunidad política determinada; y por último, una noción de territorio entendido como límite exterior, delimitación simbólica y apropiación institucional del espacio interior.

Si la sociedad no sabe interpretar estas dimensiones en su verdadero orden, y si no comprende la necesidad de respetar el cauce natural de su desarrollo, probablemente cometerá el error del que nosotros no supimos abstraernos: terminará creyendo que con sólo una de ellas o con la elección antojadiza de cualquiera en desmedro de las otras es suficiente para cerrar el círculo natural de la madurez común. Y el fracaso estará asegurado.

Estas dimensiones, trasladadas al campo de las ideas, sufrieron
además las limitaciones de la valoración que hacían las élites de las bases sociales -primero nativas, luego criollas y por fin habitantes de los suburbios urbanos- para aceptarlas como protagonistas de la nación proyectada.

La generación obligada al exilio durante la dictadura de Rosas (1835-1852) diagramó durante más de dos décadas un” consenso intelectual” sobre lo que debería ser la Argentina del futuro, y cuando logró acceder al poder político, siguió con notable fidelidad su proyecto.

Esto se mantuvo inalterable hasta la presidencia de Julio Argentino Roca (1880-1904) momento en el que comienza a declinar aquella generación brillante –aunque ciertamente condicionada por formación y prejuicios- abandonando el sentido creativo y revolucionario del pensamiento liberal en su estado más puro para, maravillada por su propia obra, entregarse en manos de un conservadorismo que terminaría por colapsar a mediados de siglo.
Lo cierto es la simplificación de la historia en una cultura urbana –con las consecuencias institucionales que analizaremos más adelante- sirvió de disparador de una costumbre que también marca la diferencia con la sociedad americana: el ordenamiento legal argentino, hijo de aquellos hombres brillantes del 80, no interpretaba entonces, ni lo hizo después, la realidad profunda del país. Con la que al ser utilizado en muchas ocasiones para la persecución política, terminó siendo despreciado por vastos sectores populares que veían en él y en quienes lo aplicaban a un verdadero enemigo cuya presencia debía ser evitada.

Y con una burguesía convencida de la suficiencia territorial como camino al desarrollo y una clase proletaria reacia a sentirse interpretada por aquella y sus leyes, la tercera de las patas que sostienen el sistema de vida americano también marcó su ausencia: las costumbres de la sociedad argentina no fueron comunes a todos los habitantes. Y ello generó decenas de estilos de vida diferentes que terminaron, a su vez, por no ser ninguno en particular.

Entretanto, Argentina había logrado una poderosa vinculación al mercado mundial. La exportación de cereales –comenzada en la década del ‘70- originó un importante incremento de la balanza comercial que en 1880 representaba 104 millones de pesos, y en 1910, alcanzaba los 714 millones.

A ello se sumaba la afluencia de préstamos provenientes del extranjero destinados a la construcción de obras públicas. En 1895, Argentina contaba con 23.000 establecimientos fabriles, aunque el 80% de la industria y el comercio no estaba en manos de capitales nacionales.

Semejante bonanza económica atentó contra la posibilidad de un desarrollo cultural distinto; era imposible convencer a cualquier argentino que el camino tomado podía ser coyunturalmente feliz pero, en el tiempo, ataba el destino nacional a los avatares del comercio mundial.

Y como parte indisoluble de este proyecto de país la educación pública laica se extendió considerablemente. Roca decretó la publicación de las obras de Alberdi y de la Historia de San Martín y -escrita por Mitre-, para comenzar a construir una bibliografía común que incluyera a los inmigrantes.

Y es en la búsqueda de ese objetivo que se incurre en una más de las claudicaciones culturales que jalonan la vida argentina: la historia común desconoce -y a veces denigra- una realidad profunda del interior del país que, si bien por aquellos años parecía irremediablemente sepultada tras Caseros y Pavón, reaparecería agazapada algunas décadas después con el advenimiento del peronismo.

En la realidad política y económica, el país había supuestamente avanzado hacia el federalismo, impulsado originalmente por los caudillos provinciales y su razón natural que no era otra que el aislamiento de las poblaciones en un gran espacio territorial.

En otras épocas esos caudillos, especialmente Artigas, habían visto las posibilidades de una federación, pero su propia forma de relacionarse con la gente, y con su pueblo, acabó con su intención de lograr una convivencia federal, basada en normas de poderes compartidos.

Por su parte la actitud centralista de Buenos Aires había saboteado toda federación que no fuera unitaria y bajo su dirección.

Esta actitud, que Rosas llevó caprichosamente hasta sus últimos extremos, Pavón la consolidó formalmente. Y es a partir de entonces que la Argentina esquizofrénica abandona para siempre todo intento cierto de construir aquello de lo que sin embargo en los años siguientes se escribiría y hablaría hasta la saturación: el ser nacional.

La hipótesis sobre la que trabajaremos puntualmente a continuación prefiere `poner por delante al ser racional, que pueda interpretar la historia que –desordenadamente- hemos tratado de simplificar en esta primera parte para, a partir de ella y seriamente, sea posible la construcción de un nuevo contrato social entre los argentinos.

Desafío que deberá ser ineludiblemente tomado por las presentes generaciones haciendo abstracción de sus propios fracasos, inseguridades y fallas formativas.

Porque así como decíamos que las olas inmigratorias del pasado habían dado como resultado individuos que no cerraron su círculo natural, la Argentina de hoy –expulsora de sus jóvenes, profesionales y trabajadores calificados- corre el riesgo de enfrentar consecuencias similares aunque de un sentido diferente: nuestros padres venían de hogares con un pasado abandónico, nuestros hijos marchan hacia un futuro semejante.



LA OTRA REPUBLICA-PARTE 2

-hacia un nuevo contrato social-


El contrato social es un acuerdo de filosofía política en cuyo contexto la voluntad general se constituye como un principio político fundamental, origen del funcionamiento recto y eficaz del Estado.

Para entender la consistencia de la voluntad general, es necesario referirse a la teoría de la conciencia moral que surge de la Profession de loi du Vicaire savoyard en el Émile, que tiene relación con la teoría de la bondad original del hombre que plantea Rousseau en el Discours sur l'origine de l'inégalité.

Desde esta perspectiva, la voluntad general es expresión de la conciencia moral del hombre, y es anterior, por lo tanto, a cualquier tipo de consenso nacional.

El consenso —la voluntad de todos— no concuerda, en muchas ocasiones con la voluntad general. Esta última, aunque surge de la consulta popular, no es suficiente para afirmar que el ejercicio de la soberanía no llega a ser tal por la cantidad de voluntadas expresadas en los votos, sino en la medida en que es expresión de la ley natural, que proviene, como una anticipación moral universal, del corazón purificado del hombre.

No es posible, por tanto, extraer la voluntad general por medio de una técnica política, porque ella es consecuencia de una conversión racional y emocional profunda, que podría no ser interpretada por un resultado electoral.

La manifestación de la voluntad general es la expresión, en último término, de la conciencia moral. Esta libera, eleva moralmente al hombre y está por encima de los avatares de las formas democráticas convirtiendo a su propia razón de ser en la base de los objetivos comunes y los principios inalterables que siempre quedarán fuera de controversia, despojados de las tensiones coyunturales y sosteniendo el contrato social como lo que es: un tratado acerca de la libertad política.

Esto es lo que ha faltado en la Argentina; he aquí el punto de partida de nuestra inestabilidad y de nuestro fracaso.

Y he aquí –sobre todas las cosas- aquello que deberemos resolver si queremos, aún tardíamente, lograr construir un “sistema” (de eso se trata) que sea capaz de fijar para todos las reglas claras de lo inalterable, más allá de las cambiantes circunstancias de la vida política y aún institucional.
Para lograrlo deberá ser asumido culturalmente por todas las generaciones.

Las nuevas lo harán desde una educación que tenga como base programática al contrato social; las otras –las nuestras- que ya vienen contaminadas con el veneno de no saber responder aquellas dos preguntas liminares, deberán encararlo con el verdadero criterio del “contrato” (acuerdo entre partes) aceptando el fracaso como antecedente suficiente para buscar un cambio y aferrándose como tabla de salvación a la posibilidad de lograr el éxito por un camino que puede no ser el que individualmente hayamos elegido pero que, al menos, nos llevará al remanso de un objetivo común.

El contrato social ha estado desde siempre presente en el análisis de los intelectuales y pensadores que buscaron, por los más diversos caminos, la respuesta a la pregunta fundamental de la era moderna: ¿cómo debe organizarse la sociedad para garantizar el éxito individual y la felicidad común?.

Las circunstancias del mundo actual, con sociedades exitosas y vastos conglomerados humanos sumergidos en la pobreza y la decadencia ( y no nos referimos a aquellas naciones o continentes históricamente sometidos por el lado oscuro del capitalismo sino, más bien, a quienes como la Argentina han estado en la base de lanzamiento del futuro promisorio y han terminado estrellados contra sus propios errores), podrían servir por sí solas para saber cual es el camino que debe seguirse.

Canadá, Nueva Zelanda, Australia, en menor grado Sudáfrica y aún los ejemplos de la España post-franquista y de la Italia que supo superar con un sólido sistema económico sus propias incoherencias políticas hasta convertirlas en casi anecdóticas, son claros espejos donde deben mirarse las naciones con posibilidades de un desarrollo sustentable y realista.

Y en todas ellas el contrato social está presente como garantía de superación y recordatorio del objetivo común.

Aunque para ello las generaciones más comprometidas con las épocas de fracaso y enfrentamiento hayan tenido que aceptarlo como el fin de sus enfrentamientos y la respuesta única a sus demandas.

Así España enterró su pasado de más de cuatro décadas de dictadura o Sudáfrica pudo resolver lo que hasta pocos años antes parecía el tope y fin de toda posible racionalidad: la lucha racial y la cultura del apartheid.

Tan fuerte ha sido el contrato social y su influencia en la historia de la humanidad que no ha quedado pensador, filósofo o sociólogo de nuestro tiempo que no haya intentado desentrañar –en forma general o aplicada a determinada circunstancia- sus alcances, posibilidades y, en fin, su misma razón de ser.

Más como recorrer sus historias no es el motivo central de este trabajo nos limitaremos a recordar brevemente la interpretación del mismo que hiciesen –desde concepciones dispares pero con influencias similares en el pensamiento contemporáneo- cuatro de los ideólogos más profundos de la era moderna: Hobbes , Locke, Marx y su singular intérprete Antonio Gramsci.
La obra intelectual y política de Tomás Hobbes y John Locke se desarrolló durante la época de las guerras civiles inglesas que buscaban terminar coo el absolutismo monárquico y aniquilar las prerrogativas feudales en la Inglaterra del siglo XVII.

Ambos autores adherían a las doctrinas del derecho natural y del contrato social; sin embargo, sus criterios se oponían al momento de referirse a las consecuencias políticas de dicho contrato.
Tanto Hobbes como Locke consideraban que la humanidad vivía originariamente en lo que llamaban el “estado de naturaleza”. En ese estado el hombre tiene libertad pero sin seguridad, y es el deseo de garantizar la seguridad de las personas lo que impulsa a los individuos a salir del estado natural para constituir el estado civil. Este tránsito se opera mediante un acuerdo entre los miembros de la comunidad natural -contrato social- a través del cual se instituye el Estado y las magistraturas, con el fin de garantizar la libertad con seguridad.

Para Hobbes el precio que deben pagar los hombres por su seguridad es el de la renuncia a todos sus derechos y libertades a favor del instituido como soberano.

Mediante el contrato social los hombres trasfieren la soberanía irrevocablemente a la persona elegida para que los gobierne. Esta soberanía es ejercida por la autoridad de manera absoluta, sin limitaciones ni restricciones, ni siquiera las dictadas por la ley.

Al igual que Hobbes, John Locke participa de la doctrina del estado de naturaleza y del contrato social pero concluye en la defensa de la soberanía popular y en ello radica la diferencia fundamental existente en ambos pensadores.

Según Locke (1632-1704) en el estado de naturaleza el hombre vive en libertad pero sin seguridad y sin que sus derechos más esenciales a la vida, a la propiedad y a la libertad estén adecuadamente garantizados. En consecuencia, para garantizar y dar seguridad a sus derechos naturales, la ciudadanía acuerda el contrato social dando origen a la sociedad civil y al Estado.

Lo fundamental es que el hombre conserva en la sociedad constituida mediante contrato, todos los derechos y libertades que disfrutaba en el estado natural, pero garantizados y asegurados por el poder del Estado.

De esta manera concluía en que la soberanía la conservaba el pueblo, quien sólo cedía a la autoridad determinadas y acotadas funciones políticas. Ello rescataba para el pueblo el derecho a deponer al monarca cuando no cumplía el mandato conferido por la ciudadanía. De hecho, en su Tratado sobre el gobierno civil postula que la autoridad del rey, o de cualquier gobernante, debe fundarse en el “consentimiento” de sus súbditos.

Desde un punto de vista absolutamente diverso ( científico y materialista) Marx y, posteriormente Gramsci también intentaron resolver los alcances del contrato social aunque, en su caso, debamos concluír que antes que un acuerdo entre partes este devenía de la resolución –no necesariamente natural- del conflicto social al que entendían como inevitable.

Marx estudió como si fuese uno a los dos procesos que enunciaba como parte de la razón misma de la sociedad a cambiar: explotación y dominación. Pero su teoría fue sin embargo reducida únicamente a uno de ellos sosteniendo que bastaba cambiar la propiedad jurídica de las empresas para crear una nueva sociedad...

La liviandad de semejante concepción, si bien siempre fue señalada como el punto débil de su camino doctrinario, hoy salta a la vista.

¿Cómo se construye lo social? He ahí el tema de fondo que debe ser abordado con milimétrica certeza si queremos que un contrato social pueda ver la luz.

Antes de intentar resolverlo volvamos sobre la visión que de él tiene el marxismo, al menos en el entendimiento contemporáneo de esta ideología.

.¿Cómo fue posible caer en semejante economicismo, defendido por la ortodoxia stalinista y festivamente enterrado por la academia?

En su prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política (1859) Marx analizaba los descubrimientos a los que había llegado durante quince años de investigación luego de estudiar y criticar la Filosofía del derecho de Hegel en el bienio 1843-1844, de adoptar la identidad comunista y de haber tomado contacto con el movimiento obrero de su tiempo. Allí, en el prólogo de 1859, intentaba exponer en corta síntesis las bases generales de su concepción de la historia.

Gramsci prefirió leer en este texto "la fuente auténtica más importante para una reconstrucción de la filosofía de la praxis", atendiendo al mismo tiempo a tres instancias: el papel central que le otorgaba a la esfera ideológico política –la de la hegemonía–; la interpretación de la ciencia como una forma de la conciencia social, y, finalmente, la convicción de que la única fuerza productiva es en realidad la clase obrera, constatación de la cual se deducía que la dialéctica "fuerzas productivas-relaciones de producción" no era objetiva en forma absoluta sino que sintetizaba, por el contrario, la contradicción de una sociedad de explotados y explotadores.

Sin embargo, a pesar del intento de Gramsci, este documento programático de Marx se leyó invariablemente en la tradición marxista como la reafirmación tajante del objetivismo social.
La historia marcharía entonces por sí sola con un piloto automático conformado por la contradicción entre las fuerzas productivas (divorciadas de la clase obrera y asociadas a la tecnología y a los instrumentos técnicos de trabajo) y las relaciones de producción (transformadas en relación hombre-cosa y no hombre-hombre).

De alguna manera, es obvio, el nuevo contrato social del que hablamos no encuentra demasiados puntos de contacto con los descriptos hasta el momento. Pero para poder llegar a diagramarlo –y luego a interpretarlo- debemos preguntarnos si en la Argentina alguna vez existió y cual fue entonces el motivo de su fracaso.

-el dolor de nunca ser-

Cuando una sociedad pierde su rumbo –ya sea por acumulación de errores propios o por la acción de elementos externos- sus integrantes deben, ante todo, resolver hacia dónde quieren ir para retomar la senda del crecimiento y el bienestar.

Sólo después de definido tal objetivo, la dirigencia –que más que nunca debe recordar aquella definición clásica que marca al estado como la sociedad jurídicamente organizada- propone y promueve los caminos para lograrlo.

Se da entonces la conjunción básica y necesaria para entender que estamos frente a un verdadero contrato social: pueblo + estado + objetivo común.

Vendrán luego los elementos que suponen la segunda fase operativa del contrato: el pueblo pondrá el esfuerzo y la confianza, el estado las medidas tendientes al logro del objetivo común, interpretando sin claudicaciones aquél mandato de los ciudadanos, y el objetivo común deberá ser permanentemente refrendado a partir de una educación pública que lo contenga y ratifique y una clara publicidad del estado que recuerde a la gente hacia donde se marcha y los pasos que se están dando en tal sentido.

Este camino, que parece en todo caso sencillo y primario, contiene sin embargo cada una de aquellas definiciones acerca de las cuales venimos trabajando desde el comienzo de ésta obra y que, en los hechos, encuentran su propia razón de ser.

Porque en cada uno de ellos podemos encontrar:

1- la filosofía política como sostén del acuerdo contractual; toda vez que necesariamente este recogerá lo que la sociedad entiende debe ser su forma de vida, sus criterios de organización social, sus prioridades de producción, educación, distribución y ubicación frente al mundo.

2- la concepción del estado como expresión organizada de la sociedad; lo que a su vez dará formas y límites concretos a la representación política.

3- Los objetivos a corto mediano y largo plazo; que permitirán a su vez monitorear no tan sólo los logros obtenidos sino la capacidad del estado (dirigencia) para interpretar y conducir cada una de las etapas. Esto último dará paso a la alternancia política, base fundamental de cualquier sistema democrático.

En ocasiones retomar el camino perdido no resulta tan complicado. Sociedades que han sufrido guerras, dominaciones externas o dictaduras sangrientas han logrado –en relativo poco tiempo- resultados extraordinarios en la reconstrucción de su contrato social con el sólo expediente de consensuar, desde su dirigencia, un contrato político que dejase algunos temas fundamentales fuera de la agenda de discusión.

En estos casos la sociedad puede detenerse tan sólo en el análisis de la capacidad de gestión, sabiendo de antemano que los objetivos comunes deberán ser respetados por todos los actores y permitiendo a su vez el más amplio debate democrático que, entre muchas otras virtudes, permite la convivencia de expresiones menores –muchas veces sostenedoras de principios ajenos al sistema común elegido- que no representan por tanto riesgo alguno ni para la vida institucional ni para la marcha del país.

Son, en todo caso, la contracara de un espejo en el que todos se miran cotidianamente para recordar quienes son y en que estado se encuentran.

Casi podríamos afirmar –sin entrar en un detalle innecesario a la inteligencia del lector- que estas expresiones anárquicas terminan casi siempre desapareciendo o expresando a través de la violencia organizada su impotencia para imponer lo que la sociedad rechaza en cada instancia en la que debe refrendar su compromiso con el objetivo común. Y, si bien peligrosos, estos experimentos rara vez logran el objetivo del poder y, mucho menos, dejan algún resabio cultural en la historia.

Otras sociedades, en cambio, han llegado a ese contrato social de la mano de su propia historia, sin elementos condicionantes como los descriptos en el punto anterior y con una naturalidad que no se ha visto amenazada a pesar de los momentos de crisis interna y externa.

Por tomar sólo dos ejemplos –que luego nos remitirán al caso argentino- citaremos en el primer caso a España y en posteriormente a los Estados Unidos.

Tras cuarenta años de dictadura franquista, con el resabio de una guerra civil que no solamente dio vida al régimen sino que jamás llegó a cerrar sus heridas, y con una sucesión del estado que había sido “atada y muy bien atada” por el Caudillo, España logró –desde un pacto político- una transición admirable que la depósito naturalmente en el camino del crecimiento y el bienestar.

Y si algo faltaba para señalarla como un ejemplo de la solidez de su contrato social, es dable recordar que en los casi treinta años de democracia vividos no pudo sacudirse el fenómeno de un terrorismo que –pretendidamente justificado en la etapa franquista- redobló su violencia y sus ataques contra el sistema representativo que se consolidó a partir de 1975 y que es aceptado por la totalidad del pueblo español.

Porque a pesar de que los regionalismos siguen teniendo una fuerza cada vez más arrolladora en la vida de la península, todos ellos se mantienen habitualmente dentro del sistema democrático y aceptan a España como la unidad indivisible dentro de la cual las diferencias pueden jugar libremente y las autonomías son un objetivo a lograr en el tiempo y pacíficamente.

Ocurre que -a pesar de las cuatro décadas de opresión- los españoles tenían una historia común, una pertenencia cultural larga y definida, y un objetivo de integración interna y externa que se convertía en un mandato ineludible ante la avanzada unificación comercial y política europea.

Además –y como dato no menor- las consecuencias de la guerra civil primero y del aislamiento internacional después, eran faros demasiado luminosos como para no entender cuales eran los caminos que no había que seguir.

Por ello un contrato político fue más que suficiente e igualmente exitoso.

Las tres circunstancias (guerra interna, dictadura y aislamiento) ponían límites a cualquier aventura que pudiese intentarse desde posiciones recalcitrantes y hasta servían de línea divisoria a la vieja historia de las migraciones de la primera mitad del siglo que, de la mano de la miseria, habían partido en dos a la sociedad española.

Era claro que para evitar nuevas desgracias el acuerdo político debía ser respetado por todos y para eludir las consecuencias de la miseria debían rescatarse los avances económicos de la última etapa franquista, preservarlos y tomarlos como punto de partida de la nueva era.

La democracia era entonces el camino y el bienestar con libertad el objetivo.

En el caso de los Estados Unidos –obviando en éste análisis las eterna relacione de amor -odio que ha caracterizado la evaluación que una importante parte de nuestra sociedad hace del país del norte- las circunstancias han sido distintas aunque el resultado (en lo que tiene que ver con el progreso y el bienestar de su pueblo) puede considerarse igualmente exitoso.

Desde los albores de su propia creación la sociedad norteamericana aceptó entusiasmada algunas pautas básicas de convivencia.

La democracia como sistema de gobierno jamás estuvo en controversia y el bienestar económico fue para los primeros colonos un objetivo a lograr que se ha mantenido con la misma frescura, fuerza y naturalidad hasta nuestros días.

Inclusive una guerra civil larga, desgastante y de una inusual violencia, escondió en sus pliegues el objetivo de la integración para el desarrollo y la consolidación territorial que permitiese ampliar las fronteras del crecimiento económico echando mano a la riqueza del sur por la necesidad imperiosa de agregar la producción lanera a la incipiente industria textil que comenzaba a comerciar con Europa y a la no menos importante del té que se producía especialmente en las tierras de Virginia.

Había entonces una fuerte motivación comercial – prioritaria al interés común- que pudo disfrazarse de cuestión política –abolición de la esclavitud- porque esta última tenía también para el americano del norte el valor de un objetivo social irrenunciable.

Terminada la guerra ambas cuestiones (económica y política) se integraron con naturalidad al contrato social definitivo de una nación que sólo conocería desde entonces el progreso, el crecimiento y el desarrollo con bienestar.

Ni siquiera el esfuerzo bélico producto de su participación en conflictos internacionales ni las depresiones económicas de principios de siglo XX lograrían interrumpir la curva ascendente que la llevarían, tras el colapso de la Unión Soviética, a imponer un poder hegemónico en el mundo que haría cambiar las reglas de juego hasta la actualidad.

La agresión terrorista, el problema incontrolable de la inmigración, la decisión de desplegar –una vez más- sus fuerzas militares y el costo político interno que para sus autoridades generaron estas cuestiones, no han podido sin embargo poner en controversia la forma norteamericana de plantear ante el mundo sus convicciones en tanto y en cuanto al estilo de vida ni su prioridad manifiesta acerca del nivel de bienestar económico al que aspira el ciudadano medio.

En todo caso estos fenómenos distorsionantes y por cierto preocupantes, han servido como revulsivo social para un conglomerado humano que parece ahora abandonar el conformismo consumista de las décadas anteriores y se plantea ciertamente una nueva etapa en la que los límites legales y los “premios y castigos” propios de su tradición capitalista pueden llegar a cambiar aspectos puntuales de su relación con el mundo, pero con un objetivo irrenunciable: seguir accediendo a niveles de confort que, además, ya han sido incorporados culturalmente al sistema de vida americano.

Tenemos entonces dos casos diferentes de contrato social: uno –España- llega desde el trauma interno a un punto de acuerdo hacia el futuro; el otro –Estados Unidos- consigue ese acuerdo como continuación de una línea histórica asumida desde su propio origen.

¿Porqué la Argentina nunca lo ha logrado?; ¿porqué no ha sido posible un contrato social claro y permanente y porqué ni siquiera se ha llegado a un contrato político como la Moncloa o como, por ejemplo, el de la Chile post-pinochetista que hoy sorprende al mundo con su grado de desarrollo económico y promoción social?.

Las respuestas son múltiples y, aun a riesgo de simplificaciones siempre criticables desde el prejuicio ideológico- vamos a intentar ahora descifrarlas.

En primer lugar debemos sostener que esta segunda posibilidad –el acuerdo político al estilo español- no resulta viable en una sociedad que no tiene bases comunes anteriores que le permitan saber hacia dónde pretende dirigirse.
Es claro que en el caso citado los españoles tenían –más allá de los traumas enumerados- una cultura común y un espejo cercano en el que mirarse.

El desarrollo impactante de Europa a partir de la segunda mitad de la década del 60 y su consiguiente poderío como bloque económico y comercial, dejaban pocos caminos abiertos para el debate: o se estaba con los vecinos o se pagaba el precio del aislamiento y el retroceso.

Por otra parte la experiencia franquista había dejado una lección indeleble en materia económica: el crecimiento del PBI –importante en la década previa a la muerte del Caudillo- no era por sí sólo garantía de modernización, ni de integración y, mucho menos, de satisfacción de las expectativas de una sociedad que tenía demasiado cerca el ejemplo de quienes optaron por el inteligente rumbo de la comunidad.

Puesto esto en claro –y sobre todo luego de los remezones autoritarios del Tejerazo- sólo hacía falta encomendar a toda la dirigencia política el rumbo a seguir, limitando a los ciudadanos el elegir en cada caso quienes eran los más capacitados para mantenerlo.

Ocurre que en nuestro país no existe esa tradición previa a los traumas y por consiguiente carecemos también de la base cultural para entender quienes somos en realidad.

La sociedad argentina ha vivido desde sus albores en una forma espasmódica, en la que muchos factores fundacionales tuvieron una incidencia superior. Tan sólo a manera enunciativa podríamos definirlos así:

1- la necesidad de una fusión de razas y costumbres que terminó generando un hombre “híbrido”, sin raíces y sin una clara visión de su propio destino;

2- un concepto emancipador y americanista que, sin embargo, no contó jamás con el apoyo y la convicción profunda de las clases dirigentes –generalmente representativas en aquella etapa de los sectores cultos con marcada incidencia del pensamiento europeo- que prefirieron la confrontación interna y el abroquelamiento en posturas centralistas, a espaldas de una realidad dada –cuanto menos- por la extensión territorial del país;

3- una migración interna insostenible en los últimos años del SXIX que hizo que la población rural se volcase sobre Buenos Aires, despoblando el campo y generando distorsiones sociales que no podrían ser ya corregidas en el futuro;

4- una migración externa igualmente desbocada que profundizó las carencias culturales y la ausencia de raíces producida por aquella mezcla de razas de los principios de la constitución como nación;

5- un aislamiento internacional profundo, generado en errores de conducción política y por un pueblo convencido frívolamente de su importante destino universal;

6- una persistente falta de capacidad para encarar un proceso modernizador de su economía que le permitiese resguardar con calidad y valor agregado el lugar que por volumen de producción había logrado en el comercio mundial de materias primas y que poco a poco –pero muy evidentemente- sufría una política de sustitución por parte de aquellos países que, siendo nuestros clientes, no estaban dispuestos a quedar aferrados a una dependencia económica permanente, y menos en un sector –el alimenticio- especialmente primario para quienes buscaban desarrollar políticas de bienestar sustentable para sus habitantes;

7- y, por último, aquella visión segmentada que señalábamos en el principio de este trabajo y que hizo que los argentinos ataran el universo de sus decisiones a las cuestiones del desarrollo económico, lo que los llevó a caer en el error de creer que la bonanza se mantendría inalterablemente en el tiempo al sólo conjuro de las riquezas naturales del país. Ello nos llevó a una crisis de representación que haría explosión en la mitad del S XX con la aparición del peronismo pero que no llegaría a consolidarse en forma definitiva debido a la existencia de rémoras culturales demasiado fuertes que siguieron arrastrando a la sociedad por el camino de la abulia y la frivolidad. El peronismo culminó entonces su ciclo histórico habiendo logrado la integración social y política de clases hasta entonces ignoradas por el poder pero no logró generar una convicción común –un contrato social- que fijara las pautas permanentes de la Argentina moderna.

Descartada entonces la raíz común y fracasados los dos grandes intentos políticos de nuestra historia contemporánea –el encarnado por la Generación del 80 por su pecado de convertir en conservadorismo un liberalismo que por entonces suponía una verdadera revolución cultural, y el peronismo por haber agotado en sus propias contradicciones internas la posibilidad de una Argentina nueva y diferente que rompiese el aislamiento político y comercial con el mundo- queda claro que el contrato social no puede llegar por los mismos caminos que en los países que hemos tomado a guisa de comparación y que, mucho menos, puede hacerlo a partir de un pacto político que no encontraría –por todo lo expuesto- bases suficientes para su desarrollo.

¿Cómo podemos acordar si no sabemos de dónde venimos y tampoco tenemos en claro hacia dónde vamos?.

Máxime cuando este último objetivo común – hacia dónde vamos- está hoy supeditado a una realidad mundial globalizada ante la que sólo quedan dos caminos por tomar: ignorarla y pretender torcer una realidad universal desde nuestra posición de país emergente (lo que a todas luces parece imposible) o aceptarla y buscar en ella los nichos de ubicación para el desarrollo que el país necesita y la ciudadanía reclama a gritos.

Pero antes de dar cualquier paso, y para evitar los voluntarismos que tanto daño nos han causado a lo largo de las últimas décadas, deberemos realizar un diagnóstico –urgente pero ajustado- del verdadero capital con el que contamos para concurrir a la mesa del contrato.

miércoles, 25 de marzo de 2009

LA OTRA REPUBLICA

SUMARIO




PROLOGO

CAPITULO I : EL PAIS QUE NO QUISO SER


LA PERDIDA DEL SENTIDO COMUN COMO ULTIMA HERRAMIENTA SOCIAL

EL MENSAJE INSUFICIENTE Y LA CULTURA DE LA LIVIENDAD

HACIA UN NUEVO CONTRATO SOCIAL )

EL DOLOR DE NUNCA SER

LOS CIRCULOS INCONCLUSOS



CAPITULO II : LAS NUEVAS REPRESENTACIONES


EL NUEVO SIGLO: HACIA LAS MALAS DECISIONES

UNA COSECHA INCOMPLETA Y LA SEMILLA GERMINADA )

CUANDO EL PODER SUPLANTA A LA POLÍTICA


CAPITULO III: LA EXPERIENCIA PERONISTA,

ABRIR LOS OJOS PARA CERRARSE AL MUNDO


EL ESTADO PERONISTA

LOS NUEVOS ACTORES SOCIALES

LA ARGENTINA ANSIOSA FRENTE A LA ARGENTINA ASUSTADA

EL FOLKLORE PERONISTA: YO SOY COMO TU ERES

EVA: UN FENÓMENO DE OTRA DIMENSION

UNA EXPERIENCIA INCONCLUSA

DE ESPALDAS AL MUNDO

EL FIN DE LA TERCERA OLA





CAPITULO IV: 1955-1983 EL FRAGOR DE LA NADA


EL DESCUBRIMIENTO DEL HOMBRE

CONTANDO UNA HISTORIA

CONCLUSIONES DESILUSIONADAS


CAPITULO V: LA MUERTE DE LA REPUBLICA


DERECHOS HUMANOS: DE LA FRIVOLIDAD AL CACHETAZO )

VEINTE AÑOS DE VOLUNTARISMO ECONOMICO

LA REPUBLICA VACIA

CUANDO LA LEY NO IMPORTA

CONCLUSIONES HACIA EL FUTURO )




CAPITULO VI: LA MISMA NACIÓN, OTRA REPUBLICA


UN ACUERDO POSIBLE

EL NECESARIO PRIMER PASO )

EL TIEMPO ES HOY













PROLOGO




Este no es un libro de historia; pretende en todo caso ser un libro sobre la historia de la Argentina y de los argentinos.
Por eso no debe el lector extrañarse si encuentra en la narración de los hechos omisiones que le parezcan inexplicables.
A lo largo de esto trabajo hemos ido eligiendo aquellos momentos de la vida nacional que a nuestro juicio fueron suficientemente explícitos en sí mismos para aproximarnos a la comprensión de lo que definitivamente queremos demostrar: la falta de un elemento común –una amalgama- que permita a nuestra sociedad construir ese contrato social sin el que es imposible pretender un futuro como república.
Porque es a ella –la república- a la que tenemos que rescatar.
Cuando las naciones entran en crisis se detiene el progreso, se pierde el rumbo del bienestar y se siente temor ante el futuro; es entonces la república la única y última garantía de continuidad.
Con sus leyes, con sus normas de convivencia, con sus instituciones y poderes, será el bastón necesario en los tiempos difíciles, así como el motor que ordene la marcha en las épocas normales.
Los argentinos nunca le dimos valor a la república.

Tal vez por el origen aluvional de nuestra sociedad o por las heridas nunca cerradas de nuestra historia, siempre pusimos la nación por delante –lo que no está mal si de resguardar los lazos naturales se trata- sin entender que sólo la república podía garantizar la continuidad de aquella.
Vamos a recorrer juntos todo el tiempo de los argentinos; la etapa de la organización nacional –con su pléyade intelectual y su desconocimiento de la realidad interior-; la aparición y vigencia de los partidos políticos como expresión de una democracia liberal de la que se adueñaron en vez de servirle; el peronismo, sus grandezas, miserias e incoherencias; la inestabilidad permanente que nos arrastró al autoritarismo y a la violencia irracional y ,por fin, este tiempo democrático vacío de respuestas y administrador de decadencias.
Y en cada caso intentaremos desentrañar el porqué de tantos fracasos y claudicaciones, en una sociedad que no parece excesivamente pretenciosa y sólo aspira a un país de respeto, paz y trabajo para todos.
¿Qué no pasó?; ¿qué nos faltó?; ¿qué hicimos todos con la Argentina?. Muchas son las explicaciones que se han ensayado ante estas preguntas.
Nos disponemos a intentar en estas páginas una respuesta globalizadora que nos aleje de la tentación de buscar culpables y pretextos de acuerdo a nuestras preferencias y convicciones ideológicas. Porque estamos seguros que alguna carencia permanente nos ha acompañado desde nuestra gestación como país para que el resultado –que hoy asombra al mundo entero- sea este presente argentino.


Y porque seriamente pensamos que aún no es tarde para corregir el rumbo. Sólo hace falta que nos pongamos de acuerdo hacia dónde y que resolvamos en lo inmediato el como.
Que firmemos, en definitiva, un contrato social para una Argentina moderna y exitosa.
Tal vez en estas páginas encontremos alguna de las claves.

EL AUTOR











CAPITULO I

EL PAIS QUE NO QUISO SER

La Argentina ha recibido de propios y extraños la más intensa adjetivación que haya sido dedicada a nación alguna.
“Rica”, “promisoria”, “la tierra del futuro”, “soberbia”, “irresponsable”, “culta y refinada” o “torpe y chillona”, son tan sólo algunos de los conceptos-sentimientos que despertó a lo largo de su historia. Y es seguro que en algún momento de su ya agitada vida interior cada uno de ellos haya respondido a razones observables, al menos en la superficie.
¿Qué fue entonces lo que pasó para que el resultado final del camino fuese esta decadencia de hoy que ya alcanza a cada uno de los rincones de la república? ; ¿un destino trágico? ; ¿una perversión colectiva? ; ¿la gran irresponsabilidad común?...
Tal vez de lo que se trate –y a ello pensamos abocarnos- es de una combinación de cada una de estas cuestiones, unidas a una mentalidad inmadura, caprichosa y –aunque antaño enciclopédica- desprovista de una base cultural sólida y propia que nos permita tener en claro los tres aspectos básicos del desarrollo social: quienes somos, de donde venimos y hacia donde queremos marchar.
Lo que muchos llaman la crisis de los últimos años del siglo xx ( y nosotros preferimos definir como la implosión de los errores cometidos que si tan sólo marcan un cratos en nuestras aspiraciones y costumbres), ha puesto en evidencia lo epidérmico de cada uno de aquellos adjetivos con que el mundo se refirió al país desde los tiempos de la abundancia pastoril hasta los menos recordables de la decadencia cultural, económica y, por fin política.
La articulación entre una abundancia, a veces ficticia, y el ascenso político de las clases populares a partir de los años 40 del siglo anterior, construyó un tipo de estructura social ascendente, aunque durante la década del 90 se desmoronaran todas las bases estructurales que la sostenían.
Una de las hipótesis que buscaremos resolver en el presente trabajo radica en afirmar que tanto aquella abundancia como la posterior bancarrota forman parte de una Argentina infantil que sólo se abraza aparentemente a lo que -creyendo principios y bases de organizació-, termina siendo tan sólo parte del juego de una sociedad sedienta de grandeza que sin embargo se niega a pasar antes por la estación de la seriedad y el sacrificio.
Seguramente la más notoria consecuencia de esta actitud ha sido el crecimiento de una forma de corruptela institucional generalizada que acabó saqueando al Estado, al tiempo que florecía la creciente claudicación de la clase política y de sus mensajes.
El inevitable sufrimiento acumulado estalló políticamente en diciembre de 2001 y de ello puede esperarse tanto un proceso de redención social como el final de una nación que alguna vez se pensó moderna e igualitaria.
Claro que aquellas grandezas soñadas fueron penetrando en el consciente colectivo desde un punto de partida equivocado: la bonanza económica de la Argentina pastoril y embrionariamente industrial de principios del siglo XX terminó por hacernos creer que el camino de la consolidación estaba irrenunciablemente ligado a los avances económicos, y que estos sólo continuarían desarrollándose de la mano de una clase dirigente, culta e ilustrada, que tenía las soluciones previstas en cada campo y en cada circunstancia que pudiese atravesar la nación.
Y entonces las relaciones sociales se fundieron con las relaciones de producción, hasta lograr que los argentinos atásemos a estas nuestro futuro, nuestros pensamientos comunes y hasta nuestros estados de ánimo.
La experiencia peronista iniciada en la mitad del siglo pasado pudo ser el punto de inflexión.
Fracasada la consolidación cultural de la generación del 80 –por errores propios y por la desidia ciudadana, acomodada frente al auge económico- la irrupción de Perón en el escenario argentino debió haber significado mucho más que la inclusión social de las clases sumergidas; debió completar el ciclo virtuoso del pensamiento nacional para permitir una nueva mentalidad que - desde la integración con aquellas ideas de la etapa fundacional y no desde el enfrentamiento- diera a luz una personalidad definitiva, sólida y clara del cuerpo social argentino.
Pero otra vez por errores propios y por ceguera ajena la experiencia quedó inconclusa.
Debemos decir sin embargo –en la búsqueda de la justicia histórica- que el tiempo de aquella experiencia peronista no fue suficientemente amplio como para llegar a compensar las carencias económicas de los nuevos argentinos y desarrollar al mismo tiempo en estos una conciencia clara del objetivo común y una resolución precisa de la responsabilidad propia en los años por venir.
Y ocurrió entonces que nuevamente la razón del tener se agotó en sí misma sin llegar a hacer pié en la razón del ser.
Cabe recordar aquí el pensamiento de Marx y Engels sobre las relaciones sociales, y en especial su enfoque acerca de las dimensiones de estructura-superestructura, fundamentales para comprender la importancia que tienen las relaciones de producción sobre el conjunto de todas las existentes en una sociedad.
Debemos apresurarnos a afirmar que su análisis fue parcial e intencionadamente tomado por sus propios seguidores y ello generó un problema: a partir de una equivocada evaluación tendiente a creer que: 1) las cuestiones superestructurales eran de menor importancia, y 2) que debían ser tomadas, además, como simple consecuencia de la estructura económica.
Esto los hizo caer en el error de suponer que el comprender cuáles eran las relaciones de producción de un momento determinado, era suficiente para resolver las representaciones sociales e institucionales porque estas iban a ser directa consecuencia de aquéllas.
Es así, como ciertos campos de debate y confrontación eran obviados por ser espacios propios del poder: la justicia, el derecho, los medios de comunicación y otros.
Engels recalca que: "según la concepción materialista de la historia, el factor determinante es, en última instancia, la producción y reproducción de la vida real. Ni Marx ni yo hemos afirmado nunca otra cosa. Si alguien quiere deformar esta afirmación hasta decir que el factor económico es el único determinante, transforma esta proposición en una frase vacía, abstracta, absurda. La situación económica es la base, pero las diversas partes de la superestructura (...) ejercen igualmente su acción sobre el curso de las luchas históricas y determinan de manera preponderante la forma en muchos casos" (Engels, carta a José Bloch, 1890).
Desde un racionalismo más crudo Max Weber -llamado el Marx de la burguesía- propone diferenciar lo estrictamente económico de lo “relacionado” con lo económico, y por último lo “condicionado” por lo económico, por ejemplo el arte: fenómeno cuyas consecuencias para la vida humana son tan evidentes que se impone como objeto de análisis para el pensamiento social.
En el análisis de Weber, que lo ubica en la antípoda de todo determinismo, aparece entonces cada plano de la sociedad no tan solo con un alto grado de autonomía, sino con una influencia relevante sobre lo estrictamente económico.
Aporta así Weber estudios muy importantes sobre lo que Marx denominaba superestructura, desarrollando de esta manera una mayor comprensión en el análisis de las principales instituciones de la sociedad capitalista moderna: las empresas, el Estado, los partidos políticos, los sindicatos - hoy podemos agregar las Organizaciones No Gubernamentales (O.N.G).- y otras manifestaciones de la sociedad civil. Resulta significativo e inseparable de toda su obra la pretensión de pensar la legitimidad de la dominación en la sociedad contemporánea.
En su definición de dominación hay un elemento central: la obediencia debe ser tal que aparezca como voluntad propia del dominado; en otros términos, el consenso.
La riqueza que aporta al entendimiento de lo social puede comprenderse en gran parte como complementaria del análisis de Marx, quien lejos de preguntarse sobre como legitimar la dominación, analiza centralmente la explotación y como terminar con ella.
Pero lo cierto es que ninguna de las cuestiones planteadas desde las teorías de Marx y Engels ni a partir del pensamiento racional de Weber -y que hacen a la comprensión misma del destino social y la organización del estado moderno- fueron resueltas por la sociedad argentina ni durante la etapa brillante de la generación dominante al terminar el siglo XIX ni en la posterior –y no menos intensa- de la inclusión social en la experiencia peronista.
En el medio –aunque durante demasiado tiempo- el país simplificó sus problemas con reiteradas experiencias militares que, como ya veremos más adelante, tuvieron mucho que ver con esa inmadurez del cuerpo social.
A partir de 1930 cada crisis, existiese o no una claudicación de la dirigencia civil, encontró a demasiados argentinos dispuestos a aceptar, convalidar y hasta promover las experiencias autoritarias como forma de retomar el camino del bienestar económico que seguía siendo, para nosotros, el camino de la consolidación nacional.
Pero algo se revolvía seguramente en el inconciente colectivo ya que en cada ocasión se utilizó el argumento del ser nacional como pretexto para la interrupción del orden democrático, sin detenernos ni por un momento a pensar que el justificar semejante actitud significaba incorporar para nuestra sociedad el arrebato violento y el autoritarismo como integrante de nuestros propios valores,
Claro que ello no responde a “ un rayo en un día de sol” –como definiera José Maria Sarobe al golpe del 6 de setiembre de 1930- sino a una sucesión de hechos que tienen que ver con las debilidades sociales e institucionales recurrentes en nuestra historia, pero también con hechos puntuales de la misma que, a la luz de aquellas carencias, convierten cada crisis en un camino sin retorno que golpea sistemáticamente el ánimo y la autoestima de los argentinos.
Este camino histórico está ligado con dos etapas ciertamente relacionadas, sólo desde el análisis racional.
Se produce primero la aparición de una crisis orgánica en el bloque dirigente -y con ella la ruptura del vínculo entre el poder y la gente- que se evidencia porque entre esta última se comienza a separar una franja –mal definida como clase media en el análisis habitual y que preferimos designar como intelectual o pensante de la sociedad, que ya no construye elaboraciones ideológicas para el poder ni obedece a las clases privilegiadas.
Cuando el discurso de estos sectores encuentra rápido eco en las clases auxiliares y subalternas estamos en presencia de una crisis. Esta es una crisis que implica la ruptura del consenso.
El paso siguiente es la creación de un sistema hegemónico alternativo que agrupe a las clases subalternas, proponiéndoles –desde la demagogia o el autoritarismo- la solución de sus problemas sin la necesidad de someterse a esfuerzo alguno: es el nuevo poder el que va a concurrir en su auxilio y va a sostener sus necesidades más inmediatas.
Si se dé el primero de estos supuestos –la demagogia- aparecen en el horizonte de los pueblos experiencias tales como el fascismo italiano, que suponía un arrebato a las libertades públicas escondido tras un vamos todos juntos que le otorgaba una pátina populista.
De ocurrir lo segundo – el autoritarismo- la cosa se simplifica en forma de dictadura. Allí surge el “ no se metan y manténganse en sus casas; nosotros (el poder) vamos a encargarnos de todo”.
En la Argentina nuca llegaron a consolidarse ninguno de estos caminos...aunque vaya si se intentaron.
El peronismo –tal vez lo más parecido al populismo fascista de la Italia mussoliniana- bregó insistentemente por mantenerse dentro de los modos y costumbres de la democracia liberal, tal cual era entendida en nuestro país; más adelante veremos los resultados cosechados para sí y para los demás.
-La pérdida del sentido común como última herramienta social-
Las dictaduras provenientes de asonadas militares –a pesar de ser siempre acompañadas por una sugestiva dosis de consenso que les evitaba a priori el aislamiento- también pretendían ser expresiones del interés general y vía de “retorno al camino institucional”, lo que significaba –sin que esto suponga juicio de valor o justificación alguno- negar su propio origen y apoltronarse en una actitud culposa que terminaba convirtiéndolas en amebas conceptuales sin otro destino que el servir a los intereses que invariablemente habían sido señalados como responsables de aquella ruptura entre la gente y la dirigencia.
Claro que los reiterados fracasos de tales experiencias autoritarias fueron acorralando a los militares a un “in crescendo” de violencia que convirtió aquél desfile del Colegio Militar hacia la Casa de Gobierno en 1930 en el tan aberrante como innecesario terrorismo de estado de la última experiencia.
Y ya veremos como el postrer fracaso de las salidas militares tuvo y tiene mucho que ver con las permanentes crisis políticas que a partir de 1983 conoció la democracia argentina.
Pero valga como simple adelanto de aquellas consecuencias el detenernos brevemente en estos nuevos fenómenos relacionados con el miedo que hoy vive nuestra sociedad: la inseguridad a la que se está actualmente sometida la encuentra a mitad de camino entre abrazarse a soluciones consagradas dentro del orden constitucional –siempre más lentas y de mayor costo inmediato- o retomar el camino del autoritarismo –efectivo tal vez en el “aquí y ahora” pero inevitablemente suicida en el mediano y largo plazo- para volver la convivencia a sus carriles normales.
Sin embargo, en una u otra opción, la inmadurez argentina sigue presente: son ellos (el estado) los que deben resolver la cuestión por su cuenta.
Mientras tanto nosotros (los ciudadanos) buscamos replegarnos en soluciones individuales a la espera de que tal momento llegue.
La sensación de inseguridad ha hecho que prevalezcan las áreas de acceso restringido, retornando a las viejas murallas y fortalezas del medioevo, separando de paso a los llamados ciudadanos de bien y a los que diferencialmente exponen una ciudadanía más acechada por el peligro y el asedio, dos constantes que merodean invariablemente la sensación de sentirse víctima. Así las cosas se impone la idea de una vida sin riesgos y sin desgracias, entre alarmas, vigilancia y autocontrol.
El temor y el miedo se están convirtiendo en elementos de aislamiento y ausencia de solidaridad entre la comunidad. La percepción de inseguridad e indefensión, de una buena proporción de sus habitantes, está dando cuenta de otras angustias culturales que afectan irremediablemente la calidad de vida y la posibilidad de existir en condiciones de mayor dignidad.
No sólo es temor; es también la desconfianza al otro, a la institución encargada de velar por la seguridad pública, lo que daría cuenta de una profunda crisis de capital social, como enseñan los resultados cosechados a partir delos instrumentos (encuestas) habitualmente utilizados para explorar la percepción de los ciudadanos.
A partir de estos resultados es fácil observar, además, que los argentinos poseemos estados de ánimo comunes antes que principios comunes.
Ante el impacto de una situación o noticia la sociedad vernácula –sobre todo la burguesía cultivada en las grandes ciudades- muestra una impronta común, casi solidaria, que la lleva a construir un estímulo-respuesta muy similar.
Y ello –que puede por un momento parecer surgido de una visión similar de los hechos- pasa inmediatamente a ser demostrativo de lo contrario cuando, a poco de andar y ante otro estímulo externo, ese mismo núcleo reacciona también en bloque pero en un sentido filosófico absolutamente opuesto al anterior.
Vuelve a aparecer esa falta de base común que debería convertirnos en un cuerpo único -aún con disensos- que tenga en claro e incorporadas las respuestas a aquellas preguntas que planteábamos al principio del capítulo: ¿de dónde venimos?, ¿hacia dónde vamos?
La filosofía de origen comunitario, no siempre ligada ideológicamente a la clase dominante, influye sobre las normas de vida de todas las capas sociales.
Aquí aparece el sentido común como influencia sobre las concepciones del mundo propagadas entre las clases ligadas al criterio histórico común y asumidas en tanto como obligación natural por su dirigencia.
Estamos así en presencia de una comunidad organizada y además de una comunidad representada.
Toda filosofía social debe prolongarse en el sentido común. A la vez que elabora un pensamiento superior al sentido común (científicamente coherente), debe mantenerse en contacto con las capas populares a fin de dirigirlas ideológica y políticamente.
Porque el vínculo entre filosofía y sentido común está asegurado sobre todo por la política.
El sentido común aparece como una amalgama de diversas ideologías tradicionales y de la ideología de la clase dirigente, que se sirve de aquellas para lograr la aceptación del orden vigente casi como fenómeno natural.
Esta diversidad suele ocultar su profundo autoritarismo bajo la rebosante oferta de profundos debates y diferencias entre los partidos de gobierno y la oposición, y solo puede ser superado por medio de una construcción político-cultural común, a la cual quizás se pueda llegar, en un futuro no demasiado lejano, si el fracaso de los sectores políticos tradicionales termina empujando a los ciudadanos a lograr cierta coherencia en sus objetivos y a crear formas de representación alternativas que tengan que ver con las necesidades emergentes de tales objetivos.

-El mensaje insuficiente y la cultura de la liviandad-
Estas consideraciones carecerían de sentido, si no señalásemos la importancia de los medios masivos de comunicación -en especial la TV- que ocupan la mayor parte del tiempo libre de los sectores populares; omnipresentes en muchos lugares de trabajo, y generadores casi autónomo, de la realidad.
Claro es que los medios de comunicación masiva –como el poder o las entidades de representación intermedia- no han podido en la Argentina abstraerse de aquella inmadurez manifiesta de la sociedad.
Lo cierto es que –entre claudicaciones propias y circunstancias externas de inevitables consecuencias en los contenidos y en la economía propia- siguieron también el derrotero del facilismo, la intemperancia y la falta de sustentos filosóficos propios que, salvo muy contadas excepciones, los llevaron a carecer de una línea editorial fuerte, singular y, sobre todo, representativa de un objetivo claro.
Y si bien más adelante nos detendremos especialmente en este tema, ello no obsta para incluirlo desde ya entre uno de los grandes problemas nacionales: una sociedad sin medios independientes y formadores, capaces de no perder de vista los contenidos permanentes de la comunidad y preservarlos, actualizarlos y adecuarlos a la propia realidad para –sobre todo en este tiempo- lograr insertarlos dentro de las tendencias mundiales (sociales, económicas, culturales, etc.) será siempre una sociedad insuficiente que terminará por cerrarse sobre sí misma, acentuar sus propias carencias y asumir para sí un mensaje de retroceso, de aislamiento y, por fin, de peligrosa autosuficiencia.
Y si a ello se agrega la urbanización de la comunicación como fenómeno propio de la globalidad –es en definitiva en las ciudades donde se encuentra un criterio más cosmopolita de la cultura y por ello los medios suelen detenerse con más énfasis en sus características, lenguajes y visiones de la realidad- es dable entender la crisis por la que atraviesa una sociedad que no ha logrado jamás hacer pié en su propio pasado y que por añadidura consume cotidianamente los mensajes de esa cultura urbana (tantas veces alejada de las verdaderas necesidades de un interior que concentra más de la mitad de la población total del país) que en su propia definición universal no conserva ni tan siquiera los resabios propios de sus características de núcleo emigrante desde el interior en las últimas décadas del siglo XIX.
Porque si algo caracteriza a los centros de poder real de la Argentina es la ausencia total de la propia identidad (a pesar del apego a algunas formas culturales del pasado), supeditada siempre –y más aún desde el fenómeno globalizador- a las tendencias culturales de sociedades desarrolladas a las que, sin embargo, pretende denostar desde un discurso nacionalista al mismo tiempo que las remeda en los hechos.
Pero mientras esas sociedades –y sus liderazgos- pugnan por resolver los enigmas de la modernidad, la nuestra se queda a la espera de los resultados del debate y del tiempo de copiarlos.
Poco importa que resueltos tales enigmas el mundo moderno ya estará abocado a encontrar los caminos que lo ubiquen frente a nuevos desafíos.
La crisis de la modernidad, tal como nos indica Jesús Martín-Barbero (1994), arrancó en la ciudad, por tanto ésta ha pasado a ser un lugar clave en el cual se hace más evidente que ningún otro la crisis de lo público: el estallido de lo que entendíamos por vida, ambiente y enclaves públicos dentro del conjunto de la ciudad, imprescindibles para comprender las fuentes de identidad que se encuentran sumergidas en ella.
De esta manera lo privado y lo público se entremezclan y el horizonte simbólico de los espacios de comunicación se ha desplazado hacia el consumo familiar de las nuevas tecnologías de información en el ámbito doméstico.
Se puede hablar de una crisis, pero no acerca de la pérdida de la vida pública sino de los problemas de no haberle puesto atención en forma crítica a su transformación, como si la cultura de la ciudad por la que vivimos, pensamos y actuamos significativamente en la vida social y las imágenes de la ciudad que organizan, nombran y definen el uso del espacio público urbano fuesen exclusivamente asunto de burócratas, leyes, ordenanzas municipales y arreglos organizacionales de mayor o menor cuantía.
Más que nunca, la ciudad sé esta volviendo una especie de piedra filosofal donde percibimos que se concentran, sintetizan y contradicen la mayoría de las razones que se afirman sobre una comunidad; esto es altamente negativo para las redes del intercambio cultural donde todos deberíamos participar en la configuración de un país que aspiramos a vivir en común.
Al volvernos más permeables a la exigencia de una "ciudad como acontecimiento cultural" deberíamos encontrar un espacio común que permita el desarrollo de una visión de transformación a largo plazo de la vida pública y que tome a la ciudad en una perspectiva histórica capaz de ubicar a ella y a sus medios culturales como síntesis de las expectativas de toda la sociedad y, en todo caso, como continente y custodio de aquellas.
La historia universal nos muestra a las grandes ciudades como motor del desarrollo cultural de los pueblos y nos enseña además el camino preferible para lograrlo: una sana división entre lo urbano y lo rural, entre los centros de producción y de administración es la vía de concreción para algunos aspectos comunes a la sociedad en todos los tiempos (preservación de su riqueza histórica, generación de focos culturales comunes, unificación funcional de sedes administrativas, espacio habitual del encuentro universal, etc.) y una vía irrenunciable para lograr una comunidad no tan sólo organizada sino, fundamentalmente, equilibrada.
Y en esto encontramos seguramente uno de los pocos puntos de optimismo hacia el futuro que la Argentina puede esgrimir de cara a una sociedad mundial que en el siglo XXI aún sigue pagando –y con pronóstico dramáticamente reservado- los precios de una mala organización en los albores de la revolución industrial que la llevó a rodear peligrosamente los centros urbanos de todos los efectos no deseados de aquella.
Ciencias elementales para la calidad de vida, vinculadas al sistema ecológico y a la salud pública, desconocían por entonces los riesgos de la contaminación ambiental y mucho menos la tensión que sobre valores económicos, culturales y aún políticos tendría sobre la humanidad el nuevo fenómenos del hacinamiento urbano. Tal es así que desde un primer momento de aquella nueva era, toda la concepción universal de las relaciones humanas comienza a cambiar, a complicarse y dar a luz uno de los más in entendibles resultados de la experiencia: a medida que crece el desarrollo de la técnica, disminuye la calidad de vida del ser humano.
Nuestro país –aún sufriendo por entonces idéntica experiencia- se encuentra hoy en un grado de desarrollo comparativo con las sociedades avanzadas que le permite –de la mano de una ecuación territorio-población todavía insólita para los parámetros generales en todo el mundo- buscar puntos de equilibrio diferentes y planificar hacia el futuro mejores condiciones de vida de sus habitantes.
Claro que ello no puede esperar y para conseguirlo deberemos encarar sin demoras lo que, a nuestro juicio, supone la más seria y trascendente tarea a emprender: lograr un nuevo contrato social entre los argentinos.