(CONTINUA)
Al poco tiempo de la firma del Acta de Santiago, los Jefes de Estado de Colombia y Venezuela celebrarán una reunión en la que establecen el propósito de formar otro bloque - de signo anticomunista – y opositor al Austral.
Simultáneamente en Río los cancilleres de Brasil y Perú atacaron los planes argentinos.
Detrás de ambas decisiones surge con absoluta claridad la mano de los Estados Unidos: Argentina había dejado de ser una experiencia populista nacional para convertirse en un serio problema continental.
La respuesta de nuestro país es la firma inmediata de un tratado comercial de similares características con la República del Paraguay, en el que ya jugarían roles estratégicos empresas europeas –en este caso de transporte- despertando en Norteamérica mayores recelos acerca del futuro que un bloque europeo-sudamericano podía construir a partir del crecimiento del comercio entre ambos.
Argentina se compromete, con éxito, a que la Cía. Holandesa de Navegación prolongue sus servicios desde Hamburgo hasta Asunción, con Buenos Aires como puerto intermedio y se fijan las bases para la instalación del servicio telefónico inalámbrico entre Asunción y Buenos Aires.
El intercambio, que había sido de 7 millones de dólares en 1950, alcanzaría la cifra de 39 millones en 1955, conforme a previsiones estipuladas.
Avanzando en su agresiva política en la región Perón logra un acuerdo del mismo tenor con Ecuador, convenio que se firmará en la ciudad de Quito (Diciembre 12, 1953).
Por el pacto de Unión Económica, Argentina se compromete a comprar durante 1954, treinta mil toneladas (30.000 Tn) de petróleo a los precios y condiciones que rijan en el mercado internacional, en el momento de la contratación y venderá, en el año mencionado, las cantidades de trigo necesarias para cubrir el valor de las toneladas de combustibles referidas, a los precios que rijan para las ventas de dicho cereal al Ecuador, dentro del Acuerdo Internacional del Trigo, en el momento de concertarse las compras.
Por fin sella con Bolivia otro convenio de Unión Económica sucripto por el representante argentino, Jerónimo Remorino y por el Ministro de Relaciones Exteriores boliviano, W. Guevara Arze, en la ciudad de La Paz (Septiembre 9, 1954).
En sus cuatro capítulos, establece normas para la supresión gradual y coordinada de derechos aduaneros, aumento de saldos exportables, fluidez del intercambio por coordinación de movimientos de fondos, tipos y permisos de cambio y distribución de divisas; inversión de capitales con garantía y seguridad de retorno de amortizaciones y dividendos; amplio abastecimiento de poblaciones fronterizas; libre tránsito de productos para y de terceros países; zonas y depósitos francos en puertos marítimos o fluviales y otros lugares de tráfico internacional. Asimismo, prevé el mejoramiento de servicios postales, telegráficos, telefónicos y radiofónicos. Bolivia proveerá petróleo y Argentina ganado vacuno.
Bolivia será el quinto y último país miembro del Bloque de Unión Económica que ya formaban Argentina, Chile, Paraguay y Ecuador.
En todos los tratados suscritos y ratificados por Argentina, observamos que enviará producción alimentaria, en modo casi exclusivo o predominante, y recibirá petróleo en el caso de Bolivia y Ecuador.
De Chile recibirá hierro, acero y cobre; de Paraguay maderas, yerba mate y tabaco.
Argentina es el precursor de estos planes de complementariedad y es la que impulsa la firma de acuerdos bilaterales que contribuyen al establecimiento de uniones aduaneras, con el consiguiente aumento del comercio intra sudamericano, dejando en claro su vocación integracionista y su voluntad de no ceder la iniciativa en materia comercial.
Esta política de Perón termina irritando a Estados Unidos hasta el punto que el Departamento de Agricultura de ese país, por intermedio de su publicación oficial “ Foreign Crops and Markets”, expresará: “ Bolivia es el cuarto país que firmó un nuevo convenio comercial con Argentina, de acuerdo con el programa de Unión Económica contemplado en el Acta de Santiago. Durante 1953, el gobierno argentino desarrolló un nuevo método destinado a aumentar su influencia en otros países latinoamericanos, mediante acuerdos llamados de Unión Económica. Esto fue aplicado por primera vez a los Tratados con Chile en febrero y julio de 1953; con Paraguay, en agosto; y con Ecuador, en diciembre. El paso siguiente consistió en establecer consejos binacionales con cada uno de los países involucrados en la Unión Económica. Estos órganos tienen amplias facultades para discutir y recomendar los medios tendientes a lograr una coordinación económica más estrecha entre los dos países.
La importancia de este sistema no se halla en ningún compromiso inmediato bajo los acuerdos iniciales. Estriba más bien en el establecimiento de organismos que se reunirán periódicamente y estarán disponibles en lo futuro para facilitar cualquier tarea de coordinación económica. El convenio con Bolivia fue suscrito el 9 de septiembre de 1954. De conformidad con sus términos el intercambio ascenderá a 9 millones de dólares anuales en ambas direcciones. Bolivia exportará petróleo, estaño, maderas, así como diversos otros minerales y productos forestales. A cambio de ello, Argentina le enviará ganado, trigo, lana, extracto de quebracho y otros productos agrícolas y animales. Además de los arreglos de comercio y de pagos, el convenio incluye otras disposiciones, inclusive, un compromiso de Argentina para efectuar una inversión adicional para completar el ferrocarril Santa Cruz de la Sierra-Yacuiba; la concesión recíproca de privilegio de libre tránsito y la concesión por parte de Argentina de privilegios de puerto libre a Bolivia.” . A pesar del intento por minimizar los alcances reales de tales acuerdos, es claro que se tomaba nota de las políticas desarrolladas por Perón y que estas no eran del agrado del país del norte.
Estados Unidos, si bien se sintió amenazado por el Bloque Austral y la eventual influencia continental del peronismo, no se opuso de manera directa a su iniciativa.
Fue suficiente con que el Brasil continuase su política panamericanista -y que la subsidiada- promoviendo la colocación de sus excedentes agrícolas por medio de convenios bilaterales y excluyendo la producción cerealera argentina de los mercados consumidores , afectando de esta forma su balanza comercial.
Estos acuerdos de carácter bilateral evidencian que la Argentina era la promotora de la unidad continental, con la finalidad de convertirse en un polo de poder integrador.
Además de los detallados con Chile, Paraguay, Ecuador y Bolivia, también con Nicaragua suscribirá una declaración conjunta y con la Colombia de Rojas Pinilla negociará, sin concretarse pacto alguno, hasta el momento del derrocamiento del peronismo.
Nadie puede seriamente cuestionar la intención de un estado de generar alternativas políticas para su propio desarrollo, menos cuando se trataba de escapar a una situación de bipolaridad que otorgaba a esa nación un rol secundario en el mundo por venir, al mismo tiempo que limitaba el crecimiento de todos los países de una región que no era estratégicamente importante.
Y el armado de esa estrategia alternativa bien puede considerarse exitoso, toda vez que la inquina de los Estados Unidos se convirtió prontamente en una militante actitud antiperonista que no cedió ni siquiera en el momento del derrocamiento sino más bien multiplicó sus esfuerzos tendientes a borrar la acción y presencia del movimiento de la faz del país, tratando de garantizar de esa forma la imposibilidad de un retorno al poder.
Sí puede criticarse la linealidad con que Perón planteó ese enfrentamiento, cierta actitud prejuiciosa en el análisis de los acontecimientos mundiales, y una evidente debilidad operativa a la hora de comprender que la distancia tomada por algunos de los necesarios socios del proyecto –especialmente Brasil- indicaba la conveniencia de iniciar una etapa de negociaciones abiertas que permitiesen al país conservar intacto el papel de líder sudamericano que por entonces nadie le cuestionaba seriamente.
Desde una posición de relativa debilidad, llevando sobre sus espaldas el peso de decisiones no tan lejanas en el tiempo y que habían despertado el enojo del mundo libre, sabiendo de la necesidad de neutralizar el avance brasileño tras el alineamiento con los aliados durante la Segunda Guerra y, sobre todo, conociendo la política exterior norteamericana y sus contactos con sectores reaccionarios de las fuerzas armadas y del poder económico, Perón insistió en tensar las relaciones sin garantizar para el país los medios necesarios para un eventual aislamiento y sin darse cuenta de la debilidad de las instituciones de un estado que –al depender tan sólo de su impronta- no era herramienta suficiente para semejante emprendimiento.
Los hechos posteriores demostraron que ese aislamiento era el destino que le esperaba a la Argentina.
Y como el propio Perón gustaba decir, “la única verdad es la realidad”.
-el fin de la tercera ola-
La experiencia peronista significó el intento más fuerte desarrollado durante el último siglo en la búsqueda de un nuevo orden para el país y el emprendimiento que más cerca estuvo de lograr ese contrato social ausente que tanto ha limitado las posibilidades de consolidación de la Argentina.
Las explicaciones para la tarea inconclusa deben buscarse en circunstancias externas a la acción del justicialismo en el poder pero también en errores de implementación imputables a sus propias estrategias.
Lo cierto es que la inclusión de toda una clase social, con el acceso a sus derechos civiles plenos y los elementos concretos de bienestar que ello representó para millones de argentinos significó la creación de una base social extendida, con un criterio ascendente de movilización, pero no resultó suficiente para cerrar un contrato general que respondiese al interrogante común acerca de cual era el destino de la Argentina.
Perón tuvo en claro desde el principio que el tiempo de la incorporación de los obreros al manejo de la cosa pública había llegado. Comprendió también que la forma de evitar el conflicto social estaba en dotar a aquellos de un objetivo común y trascendente -que fue sin dudas el movimiento- y de una cadena de lealtades que, a su vez, comprometiese a los nuevos argentinos en una férrea lealtad con quien aparecía como el líder natural y el camino que hacía viable esa oportunidad histórica.
Pero sucumbió a los vicios que inevitablemente surgirán de ese estilo de conducción y no llegará a cerrar el círculo virtuoso de los derechos-deberes, tan presente en el inconciente colectivo de aquellas sociedades que logran un sólido camino hacia el éxito futuro.
Es posible que la acumulación de necesidades atrasadas en los integrados, sumada a las lógicas dificultades para asimilar –casi de la noche a la mañana- una nueva realidad que llegaba con acceso a derechos laborales, jornadas de vacaciones, posibilidades previsionales, acceso al turismo, a la educación media y superior, a la salud, a los modernos elementos del confort, a la participación gremial (a partir de entidades intermedias que por añadidura se convirtieron en parte fundamental del poder del estado), etc., hayan sido elementos demasiado fuertes, impactantes y desequilibrantes del humos social.
Porque todos ellos se financiaron a partir de una drástica reforma de distribución de la riqueza y ello supuso, como no podía ser de otra manera, la existencia de vencedores y vencidos a la hora del balance final.
Ello despertó enojos y potenció enfrentamientos; y el estado peronista no tuvo la suficiente firmeza ni sabiduría para evitarlo.
No resultaría exagerado pretender que un cambio de semejante magnitud debió haber venido acompañado de otro tan importante como este en materia de mentalidad del hombre argentino.
Ya Ortega y Gasset afirmaba en 1925 que “el argentino típico no tiene más vocación que la de ser ya el que imagina ser, vive pues entregado, pero ya no a una realidad sino a una imagen... y en efecto, el argentino se está mirando siempre reflejado en la propia imaginación. Es sobremanera Narciso,.. “.
Y ese narcisismo seguramente tuvo singular influencia a la hora de convencer a los integrados por el peronismo que todo aquello que recibían no se debía exclusivamente al derecho que les correspondía.
Cuando una sociedad reclama el cumplimiento de sus derechos pero poco y nada está dispuesta a hacer para sosteneros con el cumplimiento de sus obligaciones y, sobre todo, esa misma sociedad acepta con desaprensiva naturalidad que sea el estado el encargado de velar por el cumplimiento de esos derechos y generar los bienes necesarios para proveerlos, cae en una visión parcial y peligrosa de la realidad.
Porque termina siendo una masa amorfa con pretensión de ser servida y escasa predisposición a servir y porque, puntualmente en el caso argentino, no reforma sino suplanta a quienes hasta poco antes acusaba de actuar con mentalidad oligárquica y pensando sólo en su propio beneficio.
El peronismo –aunque suene duro plantearlo en estos términos- generó una sociedad incompleta en la que sus miembros terminaron creyendo que la función comunitaria descansaba en el grado de lealtad política y no en el compromiso común para sostener desde el trabajo, el ahorro y la producción el crecimiento del país.
Ya entonces –y recurrentemente en el futuro- nuestro pueblo dio siempre la sensación de exigir un grado de bienestar propio del desarrollo, manteniendo costumbres de conducta comunes a las sociedades subdesarrolladas.
Y el estado prebendario –que continuó después de la caída de Perón y que de alguna manera se mantiene hasta la actualidad- continuó echando alcohol a la hoguera de la irresponsabilidad común hasta la explosión final, a punto tal que no dudó jamás en abandonar el marco normativo vigente y apropiarse ilegalmente de todo lo que fuese necesario para que la fiesta continuara.
Primero fue la inflación –forma brutal de sincerar los errores cometidos gracias al voluntarismo-; luego fue el vaciamiento del sistema previsional a partir de la apropiación de sus fondos y su traspaso a rentas generales ; más tarde las políticas cambiarias artificiales que pretendieron fijar valores caprichosos al peso argentino frente a la moneda de referencia y que, como no podía ser de otra manera, terminaron desembocando en la falta de competencia y la pérdida de mercados para nuestro comercio exterior, para llegar por fin a la incautación directa del ahorro de lo argentinos.
Y aunque a estos temas arribaremos más adelante, no podemos dejar de imputarle al voluntarismo peronista una gran cuota de responsabilidad en la aparición de estas características propias de la gran ensoñación en la que el país vivió desde entonces.
Tal vez todo ello tenga que ver con la falta de una identidad nacional que sirviese de marco de referencia para cualquier acción de gobierno, incluida la del peronismo.
La identidad, como todo el problema de la nacionalidad, se trató siempre desde un enfoque político y por ello era valorada dependiendo de su potencialidad para la construcción de la nación moderna.
En este perspectiva la colonización española, en contraposición al caso de los Estados Unidos, produjo un tipo humano con el cual no era posible construir la nación.
A diferencia de lo sucedido en Colombia, el mestizaje no sólo no era recogido como la característica principal de la nacionalidad argentina, sino como una gran limitación para su constitución. Ejemplo de ello fue el calificativo de “cabecita negra” con el que el habitante de Buenos Aires recibió al hombre del interior que llegaba para hacerse un futuro que su terruño le negaba y que en su gran mayoría supo constituir la base social del primer peronismo.
Si es negativa la valoración que se hace de cada uno de los componentes raciales de la población, el mestizaje no solucionaría este problema, sino por el contrario resultará, al decir de Sarmiento; “un todo homogéneo, que se distingue por su amor a la ociosidad e incapacidad industrial, cuando la educación y las exigencias de una posición social no vienen a ponerle espuela y sacarla de su paso habitual. Las razas americanas viven en la ociosidad y se muestran incapaces, aun por medio de la compulsión, para dedicarse a un trabajo duro y seguid”. Al momento de llegar el peronismo a nuestra vida pública éste era el concepto de integridad social que existía entre las clases decentes del país con respecto a quienes también eran por cierto argentinos.
Durante los años de la inclusión esto no solamente se mantuvo vigente sino que fue tomado por unos y otros como una bandera de guerra que dividía al país en dos partes claramente contrapuestas.
Así el proyecto concibió el futuro como un combate entre dos fuerzas contradictorias, siendo imposible la síntesis entre ambas. Una representada por el interior -de la horda, la violencia irracional, lo asocial- y la otra , la Buenos Aires cosmopolita, donde se reflejaba la Europa ilustrada, pues era en Buenos Aires, la ciudad del futuro que hasta en sus rasgos exteriores se parecía a Europa, donde “el hombre de la ciudad viste el traje europeo, vive de la vida civilizada tal como la conocemos en todas partes; allí están las leyes, las ideas de progreso, los medios de instrucción, alguna organización municipal, el gobierno regular, etc”.
Estas divisiones sólo podían ser superadas por una verdadera revolución educativa que reformase la mentalidad excluyente y sectaria del argentino medio.
Y Perón eligió el camino equivocado: la instrucción pública conoció durante su gobierno un fabuloso salto cuantitativo –no hubo argentino que no tuviese acceso a ella- que no fue acompañado de un desarrollo cualitativo ya que desde la década del 40 en adelante se registraron cambios sociales agudos que la educación no siempre alcanzó a registrar.
Se fue desdibujando la calidad del sistema, se introdujeron en el ámbito de la enseñanza estériles disputas de carácter ideológico y la figura clásica del maestro fue perdiendo peso en la consideración social.
Por otra parte, visiones de corto plazo y criterios partidistas gravitaron sobre el hecho educativo y prevalecieron en muchos casos sobre los motivos pedagógicos.
Aunque creció la estimación del aprendizaje como instrumento para el progreso personal, la sociedad en su conjunto dejó de interesarse por el desarrollo educativo como factor de progreso nacional.
Se desatendió la innovación científica y tecnológica y, sobre todo, se descuidó la transmisión de valores básicos, indispensable para la formación moral de las nuevas generaciones de dirigentes.
Se perdió, en suma, la más importante posibilidad de nuestra historia. Nunca como antes se habían conjugado tantos elementos imprescindibles para lograr el ansiado contrato de la sociedad argentina.
Veamos sino tan sólo algunos de ellos:
1- ya no quedaba un inmenso sector social apartado de la vida activa del país;
2- las experiencias anteriores debieron servir como base para saber, al menos, cuales eran aquellos errores que no podían repetirse;
3- existía un fuerte liderazgo que, además, no surgía de las clases oprimidas sino que se había formado en una de las instituciones más sólidas e integradas al sistema social como eran –a pesar de todas sus claudicaciones- las Fuerzas Armadas;
4- la anomia social –dato negativo de cualquier realidad- otorgaba en éste caso un interesante campo para desarrollar una propuesta común, ya que esa misma característica permitía avanzar en el proyecto sin tener que enfrentar grandes olas de crispación o temor al cambio. Aún dentro de su abulia los argentinos pedían a gritos ese cambio;
5- la situación internacional, y especialmente en lo referido al comercio exterior, se mostraba propicia para que Argentina intentara consolidar una sociedad equilibrada; políticamente el interés internacional estaba puesto en circunstancias y lugares lejanos a América del Sur y económicamente las reservas acumuladas, la capitalización del estado y la necesidad que ese mundo tenía de materias primas alimenticias colocaban al país ante la inmejorable posición de poder encarar cualquier objetivo sin el contrapeso de la angustia económica;
6- las clases sociales integradas por el peronismo no eran violentas ni contestatarias, no adherían a modelos revolucionarios y no pretendían el exterminio de las otras;
7- estas –los privilegiados de antaño- mantuvieron durante toda el primer mandato de Perón una actitud expectante que muy lejos estaba de la claramente desestabilizadora de los últimos años de la administración peronista, momento en el que ya habían tomado el resuello que les permitió replantearse –con respuestas ciertamente negativas- el rol que les había reservado la nueva Argentina;
8- se había logrado una influencia tal en el Cono Sur que, tan sólo con un poco de visión diplomática, el país estaba en condiciones de sentarse a negociar con los grandes poderes emergentes del conflicto mundial y zanjar las diferencias existentes por las posiciones neutralistas de la Argentina y por las características nacionalistas del peronismo. En definitiva las formalidades democráticas eran suficientes para mantener al país dentro del círculo aceptado internacionalmente y los postulados justicialistas diferían muy poco con las nuevas tendencias mundiales salvo en los caminos elegidos que eran los lógicos de una sociedad en vías de desarrollo.
Culpar a Perón de no haberlo logrado es caer nuevamente en la simplificación maniquea de la historia, tan afecta a las costumbres de los argentinos y de la que rara vez han podido sustraerse quienes la han narrado y analizado.
Hubo ciertamente de su parte equivocaciones estratégicas graves; pero no es menos cierto que a la desmesura del régimen se le contestó con la desmesura de la oposición y que cuando aquél tomó el camino equivocado sus detractores hicieron todo lo posible para que no se apartase de él.
Decíamos en el prólogo que este no es un libro de historia sino un intento de aproximación a las carencias de la historia; esta afirmación adquiere en este punto más importancia que en cualquier otro, anterior o posterior a la experiencia peronista. Porque mientras de las dos olas anteriores quedan hoy visiones lejanas y desprovistas de pasiones, la época de Perón continúa siendo una parte viva de nuestra historia reciente y en ella todos –para alabarla o descalificarla- podrían rescatar miles de circunstancias puntuales que permitan sostener sus posiciones.
Nosotros tomamos sólo aquellos aspectos que pueden –por su profundidad y consecuencias- dar al lector una aproximación a lo que fue el tiempo argentino entre la explosión popular del 17 de octubre de 1945 y la reaparición del golpismo en setiembre de 1955.
Y ese tiempo, rico si los hubo en la vida nacional, cambió para siempre la historia del país aunque sin conseguir construir un contrato social suficientemente sólido como para iniciar serenamente y sin divisiones profundas el camino hacia una Argentina moderna, democrática e integrada a un mundo que ya por entonces mostraba su intención de no quedarse a esperar a los rezagados.
Aquella gigantesca experiencia política fue sin embargo insuficiente para superar los males de una sociedad que recibió fragmentada y así la entregó a la historia por venir.

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