lunes, 6 de abril de 2009

LA OTRA REPUBLICA-PARTE 6

-una cosecha incompleta y la semilla germinada-

La experiencia irigoyenista en el poder (1916-1922 y1928-1930), aún con el intervalo de Marcelo T. De Alvear (1922-1928) –que supuso un postrer intento de las clases dominantes por volver a escena dentro del sistema democrático, a la vez que convertir a este en una partidocracia que podía ahora aceptar el voto popular pero que en ello agotaba la participación ciudadana (además de reiterar mecanismos de manipulación ya probados anteriormente para torcer la voluntad electoral de la gente)- no puede menos que ser considerada una experiencia inconclusa.

Como nunca antes en la historia quedaron en claro las debilidades del sistema y la imposibilidad de generar sus propios anticuerpos ante los embates de las poderosas clases económicas –que veían en la figura de Hipólito Irigoyen no tan sólo la encarnación de una forma de conducción que les parecía riesgosa para sus intereses y los de sus aliados europeos- deseosas sobre todo de mantener el perfil productivo del país, envejecido ante los adelantos de la industria desarrollada en el mundo entero, y alarmados por las nuevas ideas que el caudillo popular comenzaba –tal vez en forma enmarañada y dispersa- a mostrar como base ideológica de su acción de gobierno.

No es menos cierto que el propio Presidente, a pesar de su permanente actitud de predicar con el ejemplo las virtudes de la nueva época, se sintió obligado a violar la Constitución para asegurar lo que él entendía era su defensa. Así durante su mandato efectuó numerosas intervenciones provinciales por decreto -sin pasar por la decisión del Congreso- ya que éste y hasta 1918, estaba en manos de los conservadores.

Claro que al alcanzar la mayoría de Diputados en 1918, continuó actuando en las provincias de igual manera, marginando el sistema constitucional, bajo el argumento de que muchos de los diputados de su partido eran renuentes a seguirlo.

Así se intervino por Decreto en 1917 a Buenos Aires, Corrientes, Mendoza, Jujuy y Tucumán; en 1918 a Salta, La Rioja y Catamarca; en 1919 a San Luis, Santiago del Estero y San Juan. Se llamó por medio de interventores a elecciones libres y los gobiernos locales fueron entregados a sus legítimos triunfadores.

Estas actitudes "personalistas”, generaron un creciente malestar en muchos de los integrantes de su partido: congresistas, intelectuales, doctrinarios.

Y de la mano de este descontento nacieron dentro del Partido Radical dos corrientes, ambas basadas, sin embargo, en los cuatro puntos del programa de Alem de 1891.

Una corporizada por Irigoyen, que entendía al radicalismo como la vía de llegada del pueblo a la escena política y la recuperación de la conciencia nacional perdida, de la cual él se consideraba el mejor intérprete: el "personalismo", según sus detractores.

La otra, que encarnará en Alvear, que privilegiaba en las formas a la actividad política, la claridad administrativa y la impersonalidad en la acción de gobierno: "radicalismo antipersonalista" o "contubernista" según los seguidores de Irigoyen.

Mientras tanto la prensa- que comenzaba a tener como nunca antes una decisiva importancia en el humor de la gente- con la sola excepción de la oficialista "La Época", los centros y círculos de alta y media sociedad, los intelectuales de izquierda o derecha, los claustros universitarios, en fin, toda la Argentina visible desde el Jockey Club, el Congreso, las Academias, se alinearon contra el Presidente, llamado por ellos despectivamente "El Peludo".

Las mayorías de la clase media y populares, en cambio, siguieron incondicionalmente al Presidente, a pesar de que ciertamente su administración no lograba acercarles las prometidas soluciones y el anhelado bienestar.

Y esto quedó patentizado una vez concluida la Primera Guerra Mundial con la derrota de Alemania y sus aliados, cuando pese a que la Argentina fue respetada por los vencedores y buscada su gran producción de alimentos que cubría las necesidades emergentes del conflicto ( en 1919 la Argentina conoció el ingreso per cápita más elevado del mundo), las cuantiosas ganancias delos grandes terratenientes, productores y empresas vinculadas a ellos (frigoríficos, acopiadores y exportadores de granos), no llegaron jamás en igual medida a la población de los estratos inferiores. El irigoyenismo se mostró incapaz o al menos indiferente a la corrección de esta desigualdad.

“El inicio de la búsqueda de una identidad cultural nacional se da con el radicalismo en el poder. La cultura había vivido de espaldas a la realidad en el siglo XIX, porque esa realidad no se manifestaba plenamente audible o visible. Esta falta de visión se evidencia como una nostalgia al pasado y en la exaltación de un arquetipo gauchesco en extinción en la obra más "nacionalista" del período anterior: el "Martín Fierro" y en la más literaria de ese período: el "Segundo Sombra".

En cambio, Manuel Gálvez ("El mal metafísico", "La tragedia de un hombre fuerte" y "Hombres en Soledad"), Raúl Scalabrini Ortiz ("El hombre que está solo y espera"), Roberto Arlt ("Aguafuertes porteñas"), Ricardo Rojas ("Historia de la Literatura Argentina"), Leopoldo Lugones ("La guerra gaucha"), Benito Lynch ("Los caranchos de La Florida" y "El inglés de los huesos"), Alberto Gerchunoff ("Los gauchos judíos"), la poetisa Alfonsina Storni, los vanguardistas de la revista "Martín Fierro" (Marechal, Borges, Rojas Paz) y los críticos sociales del Grupo de Boedo (Castelnuovo, Stanchina, Olivari, González Tuñón, Álvaro Yunque, Barletta, el mismo Arlt), entre los más notorios, con obras de dispar contenido, mérito e ideología, sientan el basamento de la literatura argentina y de su comprensión sistemática. El Grupo de Boedo se destaca por su visión crítica y desesperanzada de la realidad nacional irigoyenismo incluido”.

Y a pesar de la fecunda creación citada por el autor en el párrafo anterior, los hombres de la cultura de la época terminaron cometiendo el mismo error que los integrantes de la Generación del 37, devenidos en los pensadores de la Generación del 80: una postulación que termina por ser tan sólo literaria y que no logra incorporarse al consciente colectivo como contenido ideológico de una nueva sociedad y base política de una nueva organización.

La actitud del caudillo y el divorcio –una vez más- de las clases cultivadas con las bases populares, deviene en un nuevo fracaso al que también concurrió, es cierto, una grave crisis económica que trataremos en el próximo capítulo cuando enumeremos las sucesivas claudicaciones argentinas y sus consecuencias en la ruptura de un contrato social que, si bien nunca llegó a concretarse en los hechos, era sin embargo la espuma permanente que enmarcó las tres grandes olas creativas que conociera la historia argentina: el liberalismo encaramado en el poder de la nación después de Caseros, el yrigoyenismo y su integración política de las clases sumergidas y, unos años después, el peronismo y la llegada efectiva de los derechos sociales y de estas clases al poder.

En 1922 la Convención radical eligió para suceder a Irigoyen la fórmula Marcelo T. de Alvear y Elpidio González (jefe de policía durante la Semana Trágica e incondicional del caudillo que pretendía así retener los resortes del poder real).

La elección arroja 450.000 votos para la fórmula de la U.C.R. contra 200.000 de la Concentración Nacional integrada por los conservadores.
El gabinete que designa Alvear es bien recibido por la prensa y la oposición conservadora y desde ese momento la ruptura del partido radical entre irigoyenistas (personalistas) y alvearistas (antipersonalistas), era ya un hecho que sólo necesitaba del corto tiempo para concretarse.

La división de 1924 fue entre un "partido" con su programa liberal, procederes legalistas, dogma constitucional, hombres que creían en los "principios", y un "caudillo" que resumía en su personalidad el programa, la ley y la ideología partidaria.

La obra legislativa del alvearismo fue insignificante y la gestión administrativa resultó mediocre aunque hubo orden, corrección y decoro en la función pública, al punto tal que pudo volverse a la convertibilidad monetaria.

En 1926 el panorama político era: triunfos irigoyenistas en Capital, Buenos Aires y Catamarca (3 gobernaciones); alvearistas en Santa Fé, Entre Ríos, Santiago del Estero, Mendoza, San Juan y Jujuy (6) y conservadores en Córdoba, Corrientes, Tucumán y Salta (4).

El irigoyenismo evidenciaba de tal forma no tener mayores candidatos fuera de su jefe, no obstante ser los radicales en conjunto ampliamente triunfadores en el país (9 a 4 en gobernadores).
Como gesto defensivo ante la ruptura de los lazos con el irigoyenismo, los antipersonalistas se preocupan por consolidar la unión con los conservadores y designar conjuntamente la fórmula presidencial.

En 1927 los radicales siguen la orden de Alvear en el sentido de apoyar a Leopoldo Melo y su convención partidaria vota la fórmula Melo-Gallo, a la que también apoya el conservadorismo en lo que desde la vereda irigoyenista se dio a llamar el contubernio.

Pero, entre Diciembre de 1927 y Marzo de 1928, los irigoyenistas ganan las gobernaciones de Salta, Tucumán, Santa Fe y Córdoba, que con los votos convencionales de Buenos Aires y Capital, proclaman la fórmula de Irigoyen (para un segundo período), acompañado por Francisco Beiró.
Poco antes de culminar el mandato de Alvear, en 1928, se realizaron las elecciones presidenciales que plebiscitaron, a través de una alianza de clases medias y populares, a la fórmula radical Irigoyen-Beiró con 838.600 votos. En tanto la fórmula antipersonalista Melo-Gallo reunió 414.000 y los socialistas Bravo-Repetto 65.000.

Las fuerzas conservadoras reaccionaron ante la derrota con una actitud de oposición y crítica cerriles, buscando ampliar sus alianzas en campos afines, en especial ciertos cuadros militares.
Además, reiniciaron contactos ya esbozados en el Parlamento con los radicales antipersonalistas y fomentaron la división del Partido Socialista, logrando que se creara el pequeño Partido Socialista Independiente, con Federico Pinedo, Antonio De Tomaso y Héctor González Iramain, entre sus principales dirigentes.

Esta fue la base de un acuerdo de cúpulas de diversos orígenes políticos, aunque unidas por similares intereses sociales, que en las sucesivas administraciones del lapso 1930-1943 gobernaran al país a través de la Concordancia.

El Senado, controlado por la oposición, demoraba el proyecto de nacionalización del petróleo aprobado por Diputados en 1927; el Poder Judicial, abandonando una vez más su declarada "independencia" de las cuestiones políticas, prestó la sede de la Presidencia de la Primera Cámara Civil de Apelaciones de la Capital a grupos opositores para una reunión conspirativa el 5 de setiembre de 1930 en vísperas del golpe y convalidó mediante una famosa y rápida Acordada del 10 de ese mismo mes, la existencia del gobierno de facto y la validez de sus actos, en tanto no fuesen dejados sin efecto por acto expreso de un gobierno constitucional posterior.
Consagró de tal manera el máximo organismo judicial argentino el estatuto doctrinario del golpe de Estado, concebido paradójicamente para violar la Constitución.

Por otra parte, la administración Irigoyen, paralizada por la avanzada edad del caudillo, que todo lo quería controlar y no podía, y por las cada vez más notorias diferencias internas entre sus ministros y seguidores cercanos, contribuía a generar una imagen de parálisis y caos que favorecía los propósitos golpistas.
El movimiento obrero, decepcionado de Irigoyen tras los sucesos de la Semana Trágica y la represión de trabajadores en la Patagonia, se mantuvo indiferente respecto de la defensa de las instituciones constitucionales.

Se inicia así la etapa de mayor inestabilidad de la república, a la que los argentinos llegan sin tener siquiera una noción clara de cuales deben ser las mínimas reglas de jugo para vivir en libertad, con orden y con progreso. Aquella equivocación de los tiempos de la consolidación –consistente en confundir progreso con bienestar económico- conocería desde ese día del golpe la más peligrosa de sus caras: el orden conservador que en esa jornada se instalaba en el país –de la mano de una situación internacional una vez más propicia para nuestra economía- entendería a partir de entonces a la justicia social como una peculiar forma de distribución de la riqueza, interpretando a su manera los objetivos de las clases sociales cuya fragilidad las convertía en fácil presa de la demagogia y el fraude.

La peor cara del régimen moribundo de 1916 volvía a asomar en el horizonte sin que los argentinos tomasen conciencia de lo que ello significaba para el futuro de la nación.

-Cuando el poder suplanta a la política-

Madison decía que “los hombres no son ángeles, y menos los hombres políticos”; cuando las instituciones fallan, el ánimo de un grupo, por pequeño que sea, concluye doblegando la conciencia del bien común que debe inspirar a la sociedad y movilizar la labor de sus representantes.

Tal vez en esta definición podemos encontrar la respuesta a tantas preguntas que dejó la etapa que se cierra con la caída de Hipólito Irigoyen.
No lo haremos seguramente si caemos en la simplicidad de creer que la experiencia radical en el gobierno fue la responsable –al menos la única- del inicio de la era de la inestabilidad institucional que daba ahora visos de formalidad a una realidad que nos acompañaba desde el momento mismo de nuestra organización nacional.

Aquellos hombres, preclaros, cultos, inteligentes, que no habían equivocado su decisión profunda cuando miraron a la vieja Europa como el modelo a seguir, cometieron sin embargo el imperdonable error de dar una lectura geométrica a su propia obra desatendiendo las necesidades de integración y participación de aquellos millones de personas –criollos e inmigrantes- a los que habían arrastrado hacia la gran ciudad en busca de una porción propia en el bienestar económico producido por una nación que explotaba en trabajo, en riquezas y en divisas.

Ni que decir de su decisión fundacional de ignorar al interior y sus realidades por considerarlo cuna y simiente de la barbarie que representaban sus caudillos, sus costumbres y su inaceptable exigencia de ser tenido en cuenta en las grandes decisiones.
Y todos estos sentimientos reivindicatorios habían crecido inconteniblemente en la población, hasta convencerla de que los brillantes jóvenes de ayer se habían convertido poco a poco en una “oligarquía dominante” y que el espacio reclamado sólo llegaría a ser ocupado con las iniciativas propias que, desordenadamente, comenzaba a darle (al pueblo) una forma embrionaria de organización.

Irigoyen fue, en todo caso, el último eslabón de una cadena que no supo cambiar la forma de hacer política en la Argentina.

Su manera de conducir, el hermetismo que rodeó su pensamiento y sus estrategias, el excesivo peso que sobre la realidad nacional tuvieron las luchas entre personalistas y antipersonalistas, la fragilidad cambiante del sistema de alianzas políticas entre dirigentes fueron, en definitiva, simples escalones de un descenso que se percibía desde mucho tiempo antes.

Después de Pavón el país real estaba representado por la dirigencia y el virtual por la población, por entonces sin organización, sin instituciones y sin caminos claros hacia el futuro.

Al producirse el golpe militar de 1930 las cosas habían tomado su punto inverso: la dirigencia argentina vivía en estado de virtualidad, creyendo que sus enjuagues y manejos podían ser suficientes para contener la ola de cambio popular, mientras que los ciudadanos percibían claramente la realidad, al menos la que pretendían vivir: durante demasiados años el país había estado convertido en una fuente constante de riquezas, para lo cual el trabajo de la gente había sido fundamental; era hora, pues, de que ésta pudiese disfrutar la cuota parte que le correspondía.

El contrato social, al menos en los términos enunciados por el liberalismo, estaba definitivamente roto.

¿Había entonces una nueva sociedad? ; ¿se abría la posibilidad de lograr –a partir de la crisis institucional- una Argentina distinta que, aún lejana al modelo soñado en el siglo XIX, pudiese ser al menos fuerte y permanente en sus objetivos y en la forma de conseguirlos?
Por supuesto que no.

Los actores necesarios para esa epopeya no estaban presentes en el escenario nacional. Quienes ahora llegaban al poder eran representantes de intereses gastados y excluyentes y quienes los sostenían –desde dentro y fuera del tejido social profundo- veían en ellos el fin de una época vacía en resultados pero, a poco de andar, tomarían conciencia de que el nuevo poder político de la nación estaba dispuesto a multiplicar los vicios de exclusión y la manipulación de una realidad que se mantendría idéntica en la superficie, aunque en sus profundidades iría viendo crecer esa ola gigante en la que se montó Perón para llevar a cabo su propia experiencia.

Era inútil además pretender una arquitectura democrática si los partidos políticos –que eran y son la única vía razonable de representación ciudadana en el sistema- conocían por aquellos años de una anomia propia de su fracaso y anquilosamiento y volcaban en su relación con la sociedad este mismo estado de ánimo.

Durkheim en 1897 identificaba al sistema social anómico por una quiebra relativa del orden normativo, una falta de regulación moral sobre las tendencias y pasiones humanas.
Sostuvo entonces que las sociedades anómicas se caracterizan por una elevada tasa de conductas desviadas y de comportamientos autodestructivos.

En la sociedad de 1930 es un hecho que numerosas personas o grupos vivían en conflicto con las normas sociales y jurídicas y que en ello mucho tenía que ver la violación sistemática que la dirigencia hacía de ellos.

Este conflicto entre normas y conductas llevó a los argentinos al estado de anomia - es decir al resquebrajamiento del orden normativo- que a partir del tiempo que nos ocupa, llegó a un punto tal que planteo el riesgo de convertirse en crónico.

Si ello no ocurrió –o al menos todavía puede ser corregido- se debió a los sucesivos fracasos de las experiencias políticas argentinas y no a una razonada búsqueda de la ciudadanía en el sentido de preservar la vigencia de las instituciones democráticas.

Porque sin querer adelantarnos ahora en temas que trataremos en otra parte de este trabajo, no podemos dejar de plantear una pregunta que por sí sola contiene todos los caminos que nos llevan hacia el diagnóstico de nuestra propia anomia moral, social e inclusive individual: ¿qué hubiese ocurrido con nuestra sociedad en 1982 si la aventura de Galtieri hubiese culminado con un triunfo militar en Malvinas? ; ¿la sociedad hubiese reclamado el retorno del sistema democrático al país? ; ¿la posterior pasión –sana y bienvenida por cierto- por la vigencia de los derechos humanos y por el castigo a sus violadores hubiese sido tal? ; ¿hubiésemos encarcelado, degradado y denostado a quien sería “el héroe de la guerra”, por el simple hecho de que a la luz de las leyes vigentes ese castigo le correspondía?.

La respuesta, que dejamos a cada lector, supone para nosotros, al menos, un ineludible sentimiento de vergüenza.

Completando estas ideas Merton (1949, Social Theory and Social Structure) sostenía que todo comportamiento aberrante desde el punto de vista normativo podía ser considerado sociológicamente como un síntoma de disociación entre las aspiraciones culturalmente fomentadas y los medios socialmente estructurados (de los que el Derecho es una manifestación específica), de realizar esas aspiraciones.

La anomia se evidencia también como el sustrato de la tensión social, es decir la inadecuación de los patrones culturales de la acción social, como se manifiesta en la incertidumbre y en la ansiedad de cada individuo sobre los derechos y obligaciones que como actor social posee y sobre el funcionamiento del sistema social, en tanto que éste afecta a grupos y categorías sociales determinados y, desde estos a los papeles personales.

Todas estas características estaban presentes en la sociedad argentina de 1930, a punto tal que –agotados en sus fines de representación popular y en sus compromisos con el poder económico- los partidos políticos vivían una agonía permanente que era aprovechada por las nuevas agrupaciones para ocupar el espectro de las demandas populares.

El anarquismo –como expresión romántica de aquellas (aunque eligiese la violencia como método de acción)- comenzó rápidamente a ganar la adhesión de las masas obreras en el sector industrial, mientras el socialismo –síntesis del sistema político y la filosofía que en el mundo entero intentaba atraer al mismo a los sectores contestatarios de la nueva sociedad- se convirtieron entonces en la expresión política de esa sociedad anómica que paradójicamente aceptaba –cuando no aplaudía- la asonada militar y por el otro tornaba su mirada con simpatía a tan singulares propuestas que ciertamente poco tenían que ver con el sueño de la organización social tal como se entendía en la Argentina de las décadas anteriores.

El anarquismo, por sus concepciones, era de carácter inorgánico, se nucleaba espontáneamente en círculos y grupos de acción y discusión y se oponía a la existencia del Estado, de sus organizaciones burguesas (Parlamento, partidos políticos, fuerzas armadas, conscripción obligatoria, etc.) y a toda participación electoral.

El socialismo, en cambio, se organizó como partido político "reformista" dentro del Régimen aceptando sus reglas de juego y ya en 1896, aunque con escasa repercusión, participó en los comicios porteños.

En 1904 logró incorporar su primer diputado al Congreso, el pintoresco abogado Alfredo Palacios, quien no obstante desempeñó una notable actuación a favor de la sanción de las primeras leyes laborales, como la del descanso dominical de 1905, la de reglamentación del trabajo femenino e infantil de 1907 y la de accidentes de trabajo de 1915, entre las más significativas.

A pesar de estas diferencias ideológicas y estratégicas, estas dos tendencias contribuyeron a organizar sindicalmente a los trabajadores y, aunque poco después se separaron, en 1901 anarquistas y socialistas confluyeron en la creación de la Federación Obrera Argentina.
Ese año el malestar obrero se corporizó en una huelga general con especial acatamiento entre los carreros, los obreros portuarios y los del Mercado Central de Frutos.

Los anarquistas, por su parte, fueron insistentes creadores de hojas y periódicos para la difusión de sus ideas: los de origen francés editaron ya en 1872 "Le Revolutionnaire" y desde 1883 "La Liberté" (autodefinida como "comunista anarquista kropotkiniana"); el teórico italiano Malatesta publicó en su idioma y en español "La questione sociale" (1885); entre 1890 y 1897 aparecieron "El oprimido", "La anarquía", "La voz de la mujer" y "La revolución social". Desde 1987 nace el periódico anarquista más popular y duradero: "La protesta humana", llamado sencillamente "La protesta" desde 1904, que se convirtió en matutino y llegó a tirar 100.000 ejemplares; por la tarde editaba otro diario, denominado "La batalla".

Paralelamente iba creciendo en la vida nacional la influencia de un sector tradicionalmente emparentado con la iglesia católica y que adhería desde tiempo atrás a los principios corporativos que en Europa dieran vida a movimientos como el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán: el nacionalismo argentino.

Mezcla rara de aquellas ideas, salpicadas con seudo principios humanistas y clericales y, sobre todas las cosas, emparentado con un conservadorismo al que decían combatir pero al que paralelamente los unía un origen social común y la defensa de intereses similares, los nacionalistas argentinos suponían una pléyade intelectual que -irónicamente- naufragaba en el campo ideológico de la mano de su propia incoherencia.

Y así como el anarquismo pretendía la desaparición de instituciones que –aún desprestigiadas- respondían a las dispersas creencias argentinas (básicamente el concepto de propiedad privada que proponían poner en manos de los trabajadores junto con todos los resortes de producción), el nacionalismo intentaba mimetizarse con las experiencias de un nazismo que, hasta en sus formas, aparecía extraño a las costumbres del país.

"Los dos regímenes -el nazismo y el comunismo estalinista- ( n.del.r.: el anarquismo, aún negándolo, marchaba alegremente hacia la instauración de un régimen al estilo del de Jose Stalin en la URSS, que también devenía del sueño del gobierno proletario) dan a conocer casi al mismo tiempo dos rasgos que los apartarán de la humanidad civilizada: el reinado del partido único sobre el Estado, y la dominación no compartida de dicho partido por un sólo hombre. Sistemas políticos sin leyes fijas, en los que nada protege a nadie y la policía política puede detener y hacer desaparecer absolutamente a cualquiera, salvo a uno solo". (Furet, el pasado de una ilusión-1995).

Proponían también un sentido épico de la vida que nada tenía que ver con una comunidad pacífica, desmovilizada y que ya llevaba en sus entrañas los objetivos de lo que pocos años después sería la clase media.

Ese mismo sentimiento que en 1994 haría afirmar a K.Popper; "En cualquier caso, una parte de nuestra búsqueda de un mundo mejor debe consistir en la búsqueda de un mundo en el que no se fuerza a otros a sacrificar su vida en razón de una idea".

Nacionalismo, nacionalismo revolucionario, socialismo y comunismo son las matrices ideológicas que han orientado el discurso sociopolítico de los hombres y las mujeres latinoamericanos en el siglo XX; ninguno de ellos, sin embargo, representaba poco más que grupúsculos iluminados sin inserción alguna en la sociedad.

No vamos a detenernos demasiado en la puntualización de los hechos de la época. Hacerlo supondría darle entidad a las circunstancias perdiendo de vista lo que realmente busca plantear al lector este trabajo: muerto antes de nacer el contrato social de la Argentina liberal; agotado el proyecto de Irigoyen como resultado del mantenimiento de los vicios partidarios que habían terminado por alejar a la sociedad de sus dirigentes; intactos los intereses económicos que se habían fagocitado los sueños de aquellos intelectuales del 37; aisladas las provincias en manos de pequeñas castas que preferían acomodarse al poder central en vez de organizarse para ocupar el espacio que por derecho propio les correspondía; el orden conservador instalado en 1930 no era otra cosa que una caricatura de los sueños de grandeza de un país que no sólo se alejaba de su destino sino que lo hacía ahora desde la imposibilidad de mantener, siquiera, una institucionalidad en la que al menos los vientos de cambio social pudieron haber encontrado el necesario espacio para un debate de fondo.

Porque justamente esto –la esencia misma del tiempo por venir- fue el elemento ausente en un tiempo en el que las leyes fueron arrasadas, las formas se convirtieron en un fin en sí mismas y la fatuidad intelectual se coronó con encendidas plumas literarias que poco o nada dejaron como remanente cultural para los argentinos.

Los verdaderos pensadores, los que no aceptaban doblegarse a un régimen con poder, pompa y principios prestados, optaron por no detenerse en la mediocridad y –con razón o sin ella- se encontraron a sí mismos pensando un país distinto que ante los hechos de la hora parecía dibujado en el aire.

A diferencia de lo ocurrido durante los años del apogeo liberal –en los que intelecto, estado y partido estaban en manos de los mismos hombres- se notaba ahora un divorcio casi esquizofrénico que sin embargo no daría mejores resultados: los intelectuales denostaban a los partidos y estos repudiaban al estado, aunque formalmente se mantuviesen dentro del juego de mascarada general.

Las circunstancias planteadas consolidaron, además, otro fenómeno de respuesta social que adquiriría singular importancia en la vida nacional de los años posteriores y que indisimuladamente se mantiene vivo hasta la actualidad.

Las corporaciones –grupos de intereses que se agrupan para defenderse aún aislándose del resto de la comunidad- habían ido adquiriendo una fuerza desmesurada, tal vez como consecuencia de la falta de un modelo armónico en el que desarrollar normalmente sus actividades, hasta convertirse en verdaderos polos de poder y, a su manera y sin buscarlo, sostén de modelos filosóficos (luego políticos) en los que el orden era tomado como un valor absoluto.

Y así, entre el stalinismo del anarquismo, el estatismo moderado del socialismo, las tendencias nazi-fascistas del nacionalismo y el orden vertical de las corporaciones, -todo ello enquistado en el alma misma de una sociedad desorientada- la Argentina consagraba el autoritarismo como vía de salida de sus problemas y allanaba por tanto el camino al surgimiento de un liderazgo personalista y excluyente que llevara al país hacia la salida soñada, sin medir los riesgos de semejante apuesta.

Esto suponía una involución con respecto a aquellos proyectos democráticos del siglo anterior.
Las corporaciones como una rémora medieval, representaban grupos de presión que en nuestra tierra ya habían sido combatidos y denunciados por hombres que, como Sarmiento, les otorgaban además nombre y apellido.

Tanto él como Alberdi vieron en el ejército, la iglesia y la administración pública la herencia nefasta de la Colonia que, interrelacionados, conformaban una superestructura que dejaba intocado el orden antiguo de las cosas.

Claro que en el camino de su lucha desatendieron la relación entre los partidos políticos y la sociedad y convirtieron a aquellos en una pata más de las corporaciones que luchaban por sus propios intereses a espaldas de la gente, a punto tal que terminarían por disolver al estado –en eso se estaba en 1930- y suplantarlo en propio beneficio.

No era entonces la vía militar la que el país necesitaba. No era Uriburu –y su patética visión del orden establecido- el líder soñado ni el camino buscado para iniciar una nueva etapa.
El mismo jefe de la asonada deja en claro su confusión personal e intelectual cuando pretende, el 8 de setiembre y desde el balcón de la Casa Rosada, explicar el objetivo del nuevo gobierno y dar a conocer su propia filosofía del poder y de la democracia a la que, por supuesto, todos los golpistas dijeron –y dirían en las décadas posteriores- adherir como destino final de sus acciones: "Debemos tratar de conseguir una autoridad política que sea una realidad para no vivir puramente de teorías... La democracia la definió Aristóteles diciendo que era el gobierno de los más ejercitados por los mejores. La dificultad está justamente en hacer que lo ejerciten los mejores. Eso es difícil que sucede en todo país que, como en el nuestro, hay un sesenta por ciento de analfabetos, de lo que resulta claro y evidente, sin tergiversación posible, que ese sesenta por ciento de analfabetos es el que gobierna al país, porque en elecciones legales ellos son una mayoría".( Gral. José Félix Uriburu). Pocos discursos en la vida nacional han necesitado de menos explicaciones.....

Entre los golpistas del '30, convivían dificultosamente dos tendencias:

a) La línea Uriburu ,minoritaria dentro del conjunto, vinculada a la agitación nacionalista desde fines del '20. Los jefes militares y los civiles que los asesoran -Carlos Ibarguren, Juan E. Carulla, Juan P. Ramos, José María Rosa, Leopoldo Lugones, Alberto Viñas- son admiradores de Mussolini y Primo de Rivera y pretenden aplicar un programa de reformas corporativas a la Constitución Nacional, además de la derogación de la Ley Sáenz Peña y su reemplazo por un sistema de voto calificado

b) b) La línea Justo-Sarobe, que comprende a la mayoría de la oficialidad golpista y tiene vinculaciones personales e ideológicas con los partidos políticos de la derecha liberal, cultores de la ortodoxia capitalista en lo económico y conservadores en lo político. Intentan reemplazar al personalismo de Irigoyen, manifestando estar
dispuestos a convocar de inmediato a elecciones y respetando la vigencia de la Constitución y de la Ley Sáenz Peña.

Los autores intelectuales del golpe quedaron evidenciados de inmediato: tres de los ocho ministros designados por Uriburu estaban vinculados a las compañías extranjeras de petróleo y todos, salvo dos o tres, a diversas empresas capitalistas europeas o estadounidenses.

La administración uriburista fue desordenada en lo económico: extrajo 170 millones de pesos-oro de la Caja de Conversión (aproximadamente el 40% de la existencia en oro de las reservas); aumentó la deuda flotante del Tesoro y fueron lanzados a la circulación 300 millones de pesos-papel; además se establecieron nuevos impuestos por un valor superior al 15% del presupuesto nacional .

Hubo, como en casi todos los golpes de Estado posteriores, persecuciones , torturas y deportaciones; anuló comicios y vetó candidaturas.

Pretendiendo corregir la anarquía universitaria, se intervienen las casas de altos estudios, se dictan estatutos limitatorios de los derechos estudiantiles, se persigue y encarcela a dirigentes juveniles quienes, por lo demás, ven enfriarse la euforia que el cuartelazo de setiembre les causara.

El fracaso de una intentona revolucionaria radical (en febrero de 1931) explica que Uriburu, equivocándose en las concretas resonancias de su gobierno, imaginara al radicalismo como si su situación de partido desorganizado significara la de un partido ya sin horizontes ... Aceptó Uriburu el asesoramiento de algunos de sus colaboradores y creyó que una convocatoria comicial mostraría la base popular de su autoridad: a manera de "ensayo" se llamó a elecciones para gobernador de la provincia de Buenos Aires... El escrutinio dio un categórico triunfo al radicalismo... Un decreto de Uriburu anuló estos resultados y desistió de las otras elecciones programadas...

Uriburu retornó a su punto de vista fascista y una fuerza paramilitar creada a su conjuro, la "Legión Cívica" -que el 25 de mayo encabezaba, en el aniversario de la fiesta patria, el desfile de las fuerzas armadas- mostraba a las claras el rumbo que el jefe de la revolución del 6 de septiembre de 1930 había dispuesto imponer a su gobierno...

Pero el régimen de facto distaba de ser monolítico. Desde el mismo momento de la asunción de Uriburu su efímero Ministro de Guerra, Agustín P. Justo, comenzó a gestar su propia postulación presidencial a través de la "Concordancia".

Frente a ésto, Uriburu ofrece la candidatura oficial al santafesino Lisandro de la Torre, liberal crítico y antiyrigoyenista acérrimo.

De la Torre desecha el envite aunque enfrentará a Justo con la opositora "Alianza Civil" integrada con el Partido Socialista tradicional operando en tanto como la oposición de los intereses británicos y dándole un cariz democrático a la elección presidencial de 1932 ; tal vez no haya tenido en cuenta que tal actitud no hizo otra cosa que darle convalidación democrática a un proceso que, entre otras cosas, se realizaba sin la participación del radicalismo, autoproscripto por la falta de garantías mínimas en el comicio.

Las elecciones en cuestión fueron de las más fraudulentas de cuantas se habían realizado en el país y sirvieron para dar una apariencia de legalidad a la usurpación del poder.

José Luis Torres, en su obra “La Década Infame”, publicada en Buenos Aires en 1945 incluye este comentario que efectuara Ismael Viñas en la revista "Contorno", Nº 9-10, pág. 73:
"Los años duros del '30: la clase media lloraba sus ilusiones frustradas; no se había realizado ni el sueño radical ni el sueño liberal de la Alianza socialista-demócrata progresista; la clase media no era capaz de conquistar realmente el poder. Las clases altas exhibían su cinismo: el Vicepresidente de la República, el hijo del Conquistador del Desierto, iba a mendigar a Londres; los pistoleros hacían política; los descendientes de los próceres intervenían en negociados. Fraude: los radicales bramaban de rabia y de impotencia, pero también ellos participaban en negociados y en convenios.

Años duros: en Puerto Nuevo se apretaban los ranchos de lata y cartones, y la gente iba a verlos como quien hace una visita a un planeta extraño. Se cantaba Yira Yira y Dónde hay un mango Viejo Gómez?. La juventud dorada de los dorados y grasos años alvearistas abandonaba los fuegos artificiales, el gauchismo de Güiraldes y los chistes en verso y se ponía metafísica; Martínez Estrada gemía sobre el hundimiento del mundo, Mallea enumeraba las lacras de su mundo, Marechal se convertía al catolicismo. Los hombres de Boedo insistían en su literatura de protesta, de descripción del mundo de los oprimidos. Arlt proponía levantar cadenas de prostíbulos para pagar la revolución. Pero en esos mismos momentos se multiplicaban las fábricas y los peones rurales comenzaban a abandonar sus pagos tristes y miserables para enrolarse como proletarios industriales".

Fraude y privilegio fueron las características de este período, al decir de José Luis Romero Con Justo en el poder las cosas lejos estuvieron de cambiar. Su administración se caracterizará en lo económico por acentuar la situación de dependencia comercial con Gran Bretaña, favoreciendo a los grupos económicos tradicionales que, por supuesto, fueron el principal sostén de su gobierno.
Para regular el mercado de carnes anglo-argentino se firma en Londres el tratado Roca-Runciman, tenido por el nacionalismo vernáculo como “el arquetipo de la renuncia de la dignidad argentina en favor de terceras potencias”, al punto que Arturo Jauretche, desde F.O.R.J.A. le denominó el estatuto legal del coloniaje.

“En virtud de dicho tratado, el Reino Unido se reservaba el derecho de restringir cuando le conviniera la compra de nuestras carnes, el de distribuir en nuestro país el 85% de la exportación de ella, permitiendo solamente que el 15% restante fuese exportado por empresas argentinas que no persiguieran beneficio privado, siempre que dichos embarques fuesen colocados en el mercado por las vías normales (buques y comerciantes ingleses) y teniendo en cuenta la coordinación del comercio del Reino Unido.

Además la Argentina se comprometía a:

1) seguir manteniendo libres de derechos el carbón y todas las otras mercaderías que entonces se exportaban con dichas excepciones aduaneras;

2) respecto de las importaciones inglesas, sobre cuyos derechos aduaneros el Reino Unido gestionaba una reducción, volver a las tasas y aforos vigentes en 1930, comprometiéndose el gobierno argentino a no imponer ningún nuevo derecho ni aumentar los existentes por concepto de tasas, aforos o por cualquier otro medio;

3) seguir una política de no reducción de tarifas ferroviarias;

4) obtener en favor del comercio británico la totalidad del tipo de cambio proveniente de compras inglesas y, en ningún caso, el tipo de cambio para las remesas a la Gran Bretaña sería menos favorable que para las remesas a otros países;

5) dispensar a las empresas británicas de servicios públicos y otros en la Argentina, sean éstos servicios nacionales, municipales o privados, un tratamiento benévolo y de protección de sus intereses”.

En 1934 el senador Lisandro de la Torre promueve en el Senado la creación de una comisión investigadora del comercio de las carnes.

Aún siendo un hombre que se había mantenido dentro del sistema, fue un crítico profundo y honrado de sus desvíos: señaló el monopolio frigorífico y sus ganaderos cómplices, a los funcionarios venales y al gobierno que protegía dicho estado de cosas.

Puso en evidencia que se trataba de una política integral destinada a limitar el desarrollo del país, mantenerlo como monoproductor, restringirle sus posibilidades de comerciar en el exterior con libre competencia e impedir el ascenso social de las masas -como consecuencia de todo esto- para conservar un minúsculo mercado consumidor, que no constituyese a la demanda interna como competidora en el precio de lo que llamaban nuestros saldos exportables.

Si bien logró evidenciar las lacras del sistema, no pudo obtener resultados concretos y sufrió todo tipo de presiones del oficialismo incluidoel asesinato de su dilecto discípulo, el senador electo por Santa Fe Enzo Bordabehere, en el mismo recinto del Senado de la Nación y en manos de un matón al servicio de la "Concordancia" (Valdez Cora) , lo que unido a graves problemas personales lo llevó poco después a su propio suicidio.

La acción del Congreso, con mayoría de origen fraudulento, buscaba concretar un estatuto jurídico del privilegio en favor de los intereses dominantes.

La Ley 12157, creadora del Instituto Movilizador de Inversiones Bancarias, recibió una millonaria asignación que destinó a cubrir los déficits de los bancos por sus malos negocios presentes y – lo que era aún más grave- futuros.

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