LA EXPERIENCIA PERONISTA
ABRIR LOS OJOS PARA CERRARSE AL MUNDO
Todos los ciclos históricos de las naciones tienen en común no sólo el haber sido parte de elaboraciones intelectuales, sino el haber pretendido servir de instrumentos de movilización política.
Y si ésta –la política- es la expresión acabada del espíritu gregario del hombre, ello no es objetable.
Así Argentina –al igual que América Latina- gozó de intelectuales de renombre que no sólo hicieron grandes esfuerzos para formar una visión global de la realidad social sino que, al mismo tiempo, muchos fueron protagonistas de una práctica política tendiente a hacerla realidad.
Nunca lo lograron y, en el tiempo que nos ocupa, puede afirmarse que ello se debió a una acción determinante que condicionó al experimento peronista: las nuevas clases sociales incorporadas a la vida institucional del país no estaban tan preocupadas por definir ideológicamente a la Argentina como en consolidar sus propios beneficios que, pese al fracaso de las experiencias anteriores, encontraban en los sectores conservadores y en sus aliados de la partidocracia argentina una expresión aún fuerte del quedantismo y el miedo a los cambios.
Además –y mientras se formaba un nuevo modelo de intelectualidad que sólo comenzaría a buscar su propia expresión en la década del 60- la experiencia peronista no contó con el aporte –ni al régimen ni a la idea- de hombres capaces de arremeter contra las circunstancias que imponía un liderazgo como nunca había conocido el país hasta entones, para dotar a ese incipiente movimiento de masas de un cultura de país que sentara las bases de un presente común y un futuro común.
Esto nos lleva a afirmar, adelantándonos al estudio de esta época tan rica de nuestra historia, que a los efectos finales del trabajo que hemos encarado el peronismo significó un fracaso más en la tarea de construir un sólido contrato social en la Argentina, lo que debería ser evidente tanto a sus defensores como a sus detractores, si no fuese que su capacidad intrínseca para disparar las pasiones ha hecho que la objetividad –cuando de analizar esta etapa política se trata- esté ausente de los corazones y la mente de quien lo intenta, máxime si le ha tocado vivir y participar del tiempo que lo abarca.
Más bien su fracaso debe buscarse en la ensoñación que en la primera etapa surgió de forzar una situación copiada de experiencias lejanas, en poblaciones diferentes y con circunstancias históricas y sociales que por añadidura ya podían considerarse agotadas (los nacionalismos excluyentes) para luego priorizar al régimen y sus tensiones por sobre la tarea de crear una nueva sociedad, no sobre bases fácticas –en lo que seguramente el peronismo logró su mayor éxito- sino reales y profundas.
Ideológicamente –y como consecuencia de la necesidad de dar un marco a la nueva organización social sin asumirse como una experiencia corporativa lisa y llana- el tiempo de Perón supuso una mezcla de las cuatro grandes tendencias de la época: nacionalismo, antiimperialismo, nacionalismo revolucionario y socialismo-comunismo.
Y no es casual que así haya ocurrido; al peronismo convergen todas las tendencias y estructuras de una sociedad disgregada –algunas en su totalidad y otras parcialmente- buscando un paraguas que cobijara sus aspiraciones y necesidades. Claro que en no pocas ocasiones estas eran opuestas, cuando no antagónicas.
El nacionalismo nace en el marco de las luchas independentistas y el posterior proceso de formación de los estados nacionales a que las mismas dan lugar.
Privilegia entonces el problema de la identidad nacional, la integración de los actores sociales diversos que conforman la sociedad y la alianza multiclasista ( embrión pero no coronación del contrato social) en torno a las nacientes clases medias.
Esta filiación ideológica que pierde su fuerza a principios del siglo XX, en buena medida por las transformaciones mundiales y regionales que la penetración del capital extranjero y la expansión de los países centrales traen consigo, será la más abarcativa del peronismo en los primeros años de su vida pública y supondrá un marco de acción lo suficientemente amplio como para disimular la falta de una filosofía propia, sobre todo en lo referido a las relaciones pueblo-estado. Es el tiempo en el que las formas del régimen , conocidas hasta la actualidad como el “folklore peronista”, serán suficientes para mantener un estado de entusiasmo general que iba a convertir a la Argentina, al decir de Félix Luna, en “una fiesta”.
El antiimperialismo comienza a ganar fuerza hacia los años veinte –extendiéndose rápidamente en una América Latina empobrecida y partida socialmente- cuando las discusiones sobre el imperialismo se convierten en contenido principal (hasta volverse un objetivo en sí mismas) dentro de los círculos de la izquierda, movilizados en buena medida por el libro de Lenin “El imperialismo, fase superior del capitalismo”.
Su punto fuerte es la defensa del patrimonio nacional (recursos naturales), a lo que se suma la defensa del patrimonio cultural y del pasado prehispánico.
Aunque más que encontrar en él la vía para una sociedad superior la izquierda vernácula consigue un lenguaje para definir con claridad a la explotación producida primeramente por la exclusión voluntaria que los liberales hiciesen de las clases trabajadoras e inmigrantes y el abuso posterior de los representantes del poder económico en la Argentina que encontraron complicidad en la claudicación de partidos políticos.
Nace así –hasta hoy- un “antiimperialismo a la violeta”, formalista y sin propuestas, que ni siquiera se ha preocupado en dar respuestas claras a una pregunta que en el caso de nuestro país se ha planteado hasta el aburrimiento: ¿hablamos de antiimperialismo o nos referimos al anticapitalismo?.
Porque aunque parezca ocioso tener que aclararlo...ambas cosas no son lo mismo; y el peronismo, ya lo veremos, tampoco pareció tener nunca muy en claro cual era la diferencia.
El nacionalismo y el antiimperialismo confluyen, hacia los años treinta, en el nacionalismo revolucionario, que encuentra en la experiencia méxicana y en los regímenes populistas como el aprismo peruano o la experiencia de Getulio Vargas en el Brasil a sus mayores portavoces.
Sus rasgos básicos son: recuperación de los recursos naturales para la nación, educación y cultura para todos, integración cultural, inversión pública, anitiimperialismo, rechazo a la oligarquía y fomento a la organización y movilizaciones sociales, expresados en un proyecto de unidad nacional desarrollado alrededor de un Estado comandado por las clases medias.
Este será en definitiva el modelo de gestión asumido por el peronismo argentino y su propia evolución hacia un nacionalismo de características diferentes al netamente corporativo de sus principios.
Por último el comunismo-socialismo latinoamericano que abandona la idea de que la unidad nacional es el principio actuante de la política, ya que el mismo se encuentra y se completa en las clases sociales y su lucha.
Además –sostiene- la sociedad termina por ser contemplada como una estructura heterogénea con grupos subordinados a los intereses de unas élites económicamente dominantes.
Es importante hacer notar que, desde muy temprano, la propuesta ( nunca pasó de serlo) socialista-comunista trata de inculcar a América Latina la idea de que el modo de producción precapitalista y capitalista deben ser desterredos, entendiendo al primero como feudal, colonial e indígena, y al segundo como dependiente del imperialismo.
Ello introduce una novedad respecto a la ortodoxia de la Rusia bolchevique desde donde suele hablarse de un capitalismo y un proletariado a secas.
En parte, es por estos elementos novedosos que el socialismo-comunismo latinoamericano lejos estaría de ser aceptado por el movimiento comunista internacional, en cuyo seno la determinación de quién es un verdadero comunista y quién no lo es depende ya en forma excluyente de los dirigentes rusos.
Ni siquiera la organicidad conseguida por estas propuestas a fines de los años 20, que supuso aceptar las 21 condiciones impuestas por la III Internacional a sus nuevos miembros, sirvió para granjearles un crecimiento o un prestigio real entre la población, puesto que la sumisión al poder central del Partido Comunista Ruso los obligó a asumir posturas muy lejanas a las necesidades de la ciudadanía, con el subsiguiente abandono de los elementos más polémicos –pero atrayentes- que los socialistas-comunistas latinoamericanos comenzaban a elaborar.
Y el peronismo supo tomar algunos de estos postulados para conseguir –al menos- un elemento estratégico de no poco valor para sus objetivos: la lucha por los derechos de los oprimidos pasaba a ser desde ese momento parte fundamental de su causa.
¿Cuánto influyó en el surgimiento del peronismo aquella anomia social de la que hablásemos en el capítulo anterior? ; ¿hasta qué punto el divorcio de la ciudadanía con la institucionalidad y sus actores marcó el camino propicio a la nueva experiencia?.
Estas son tan sólo algunas de las preguntas que deberemos contestarnos si queremos entender los ¿porqué? del peronismo.
¿Porqué surge?, ¿porqué triunfa?, ¿porqué cae?, ¿porqué, sin embargo, no se agota con su caída?, ¿porqué logra mantenerse en el tiempo como alternativa política, no obstante sus propias incoherencias y el cambio de la expectativas sociales? y , finalmente, ¿porqué no fue absorbido por nuevas propuestas y formas de gestión, aún cuando los avances de la modernidad lo encontraron muchas veces en inocultables etapas de debilidad interna?
La anomia de la sociedad argentina –tras los fracasos de las dos grandes olas históricas que preceden al peronismo-, está en conexión con dos posibles causas.
La primera es un aspecto de una de las fuentes de tensión generadas por la permanencia en el tiempo de la falta de respuesta a las necesidades del pueblo y su inevitable consecuencia: el impacto de la situación sobre el sistema social.
Un súbito aumento del desempleo, claramente presente al momento del llegar Perón al poder., y una amenaza brusca procedente de otro sistema social -representada en la Argentina por el reacomodamiento de las fuerzas conservadoras en torno a los militares golpistas del 43, con la consecuente concentración de poder y distribución de ingresos en un sector social en detrimento de otros- son elementos que pueden producir confusión en torno al comportamiento anteriormente deseable.
Es posible que exista un acuerdo sobre la necesidad de hacer algo, pero hasta que el proceso político no haya tenido oportunidad de concretar medidas efectivas, es probable que se produzca una considerable confusión, que se pondrá de manifiesto a través de ideas falsas o exageradas sobre las causas y alcances de la situación, y los derechos y obligaciones de los actores en el sistema en cuestión.
La segunda causa de anomia es el hecho que las adaptaciones al cambio social exigen tiempo.
Puesto que una de las características de cualquier sistema es la interdependencia de sus partes, el cambio operado en una de ellas tenderá a producir una especie de tensión en la transición, que se prolongará hasta que las restantes partes del sistema sufran también los efectos de este cambio.
Durante este período de transición, que puede durar mucho tiempo, se registrará una cierta dosis de anomia, es decir, de ausencia de claridad en las expectativas y es casi seguro que esta tensión se refleje después en la ideología o en otras formas de conducta.
Estudios de la década del ‘50 y posteriores han extendido las formulaciones de Durkheim hasta llegar a la comprensión final del concepto de personalidad anómica.
En estos estudios la anomia es considerada como función de la personalidad y a la vez de las condiciones sociales. Hallaron correlaciones significativas entre la anomia y el autoritarismo (lo que podría explicar el paternalismo del régimen peronista), el etnocentrismo (su acento nacionalista y sus permanentes alusiones a la argentinidad como fin en sí mismo) , la alineación (producida por los derrumbes institucionales y las presiones sociales), el sentimiento de futilidad política (creciente a partir del sentimiento que en los argentinos despertara la manipulación obscena de la voluntad popular bajo el reinado del fraude), la desconfianza (expresada por un importante sector de la ciudadanía frente a la pretensión de las fuerzas opositoras al peronismo pretendiendo ser garantes de las libertades individuales y el sistema democrático y olvidando con ello su compromiso con las épocas recientes) y la punitividad ( que generó un sistema de castigos correlativos –el gobierno a los contreras, los trabajadores a sus patrones, los adherentes a los detractores, y así sin solución de continuidad y en un crescendo de divisiones sociales que terminó por volverse en contra del propio Perón).
Aquellos mismo estudios avanzaban también en cuanto a las modalidades de la anomia, calificándolas de manera tal que pueden configurarse en las siguientes: la ausencia absoluta o mayoritaria de conductas valiosas o de normas jurídicas - lo que configura crisis moral o anarquía según el caso- lo que suponía una característica notoria en una sociedad que –entre golpes militares y fraudes electorales- había abandonado desde mucho tiempo antes un apego a la legalidad que, dicho sea de paso, no era un valor arraigado antes de producirse estas circunstancias.
Y ello se debía a otra de las características que los analistas consideraban fundamental en el camino hacia la anomia social: la existencia de valores o conductas impuestas por grupos dominantes sobre grupos dominados (exclusión y desigualdades sociales o "derecho injusto") en el que las normas existen pero atienden sólo a intereses particulares, a la vez que cubren las expectativas y necesidades de los actores sociales en su conjunto y gozan de su consenso pero son en definitiva meramente declamativas, siendo en realidad útiles para pocos de esos grupos o individuos lo que supone un estado de hipocresía social y dan paso a instituciones únicamente formales y desigualdades jurídicas de hecho.
¿Puede encontrarse diferencia alguna entre estos principios generales de la anomia y el estado de la sociedad argentina al momento de surgir, como un vendaval, el liderazgo de Perón y los hechos que marcaron la época y la historia de nuestro país?.
Estaban entonces dadas las circunstancias y madura la sociedad para intentar una experiencia semejante.
Acudía también en sostén de esas circunstancias la existencia de un liderazgo fuerte y de un grado elevado de consenso.
Sólo faltaba el instrumento idóneo para contener esa diversidad, moderar los apresuramientos y unificar la inmensa fuerza que –irónicamente- devenía de los fracasos y el desaliento. Y Perón lo resolvió rápidamente: sería el estado peronista el marco de referencia que contendría a todos y cada uno de los factores dinámicos de la vida nacional y que marcaría de allí en más el ritmo de los cambios buscados.
Ya no como una expresión autoritaria en el sentido lato ni como un organismo autista al estilo de las últimas experiencias.
Nada de eso. El estado peronista sería el nervio y motor de toda la realidad argentina, que por él pasaría, con él se daría sus propios tiempos y en él encontraría la propia razón de ser.
Casi...una experiencia religiosa.

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