miércoles, 15 de abril de 2009

LA OTRA REPUBLICA-PARTE 12

-el folklore peronista: yo soy como tu eres-


El 24 de febrero de 1946, Juan Domingo Perón obtuvo un rotundo triunfo en las urnas. El 56 por ciento de los electores votó su candidatura presidencial.

Comienza entonces un tiempo en el que a las muchas reformas políticas el partido de gobierno –y sobre todo su propio líder- imprimió un estilo distinto al que hasta entonces se conocía en la Argentina.

¿En cuánto influyó ese estilo en la consolidación del mito Perón?; ¿cuál fue –en el balance final- el resultado costo-beneficio de un folklore partidario que entusiasmaba a los propios en la misma medía que asustaba o indignaba a los extraños?.

Y en todo caso –y lo que más importa a este trabajo y a su objetivo final- ¿hasta que punto aquellas costumbres sirvieron al peronismo para construir un contrato social a partir del mensaje de sus nuevas formas de comunicación?.

Porque lo primero que surge con claridad es que a partir de su forma de hablar, de su manera de dialogar con su gente desde los balcones de la Casa de Gobierno y de la inclusión de una jerga hasta entonces vedada a la política –arte para cultos si las había- Perón le estba diciendo a su gente “yo soy como tu eres”.

Durante los actos partidarios Perón no se refería a los adversarios políticos como tontos o desgraciados –tal cual marcaba la costumbre de la época- sino como pastenacas y chantapufis, o sea lo mismo dicho en modismos porteños tan comunes entonces.

Los opositores políticos eran unos contreras y quienes apoyaban al peronismo sus grasas. Los peronistas veían en estos modos de hablar de su General la expresión popular, cotidiana y desgarrada de los humildes y no la verba encendida y arrogante de un líder al estilo de los viejos caudillos criollos.

A poco de ganar las elecciones en la paredes de Buenos Aires aparecían pintadas como "Le ganamo a lo dotore". Los doctores eran, como puede suponerse, gente poco peronista y poco amiga de la grasa.

En sí la oratoria peronista no era nueva; seguía una tradición muy antigua y muy arraigada en el Plata, una especie de plebeyismo lingüístico que consistía en ganarse la voluntad de las masas procurando hablar como ellas.

Había algo de artificio en el procedimiento, pero era útil.
El peronismo debió su éxito propagandístico a estos particulares usos (en la parte que le corresponde), pero su continuidad en el tiempo los incorporó como una característica propia del movimiento y en más de una ocasión –durante el largo exilio del ex Presidente- los convirtieron en referentes de su presencia en la vida nacional, a pesar de la proscripción que pesaba sobre él.
La sola mención de alguno de esos modismos impregnaba entonces la atmósfera de un halo-antes poderoso, ahora prohibido- que señalaba la vigencia peronista en el panorama político argentino.

Las características del liderazgo de Perón mucho tuvieron que ver con su formación militar. Así organizó a su movimiento en forma vertical, segmentado en comandos al mejor estilo cuartelero, y formado en la convicción de que la conducción estratégica del líder no podía ni debía ser discutida.

Además, para el peronista convencido, la infalibilidad era una de las condiciones naturales del caudillo y por lo tanto cualquier planteo contrario a sus resoluciones ara considerado una traición.

Como para todo militar mandar representaba para Perón ejercer la autoridad con que estaba naturalmente investido, imponiendo la propia voluntad, a fin de educar, instruir, gobernar y conducir al personal subordinado.

Mediante el mando se aúnan esfuerzos, se impone, afianza y mantiene la disciplina. El ejercicio del mando deberá caracterizarse por la valentía, integridad, firmeza y energía; deberá evidenciar plenamente la justicia, ecuanimidad y consideración del superior para con sus subalternos.
Deberá tenerse presente que mandar no es solamente ordenar sino asegurarse la fiel interpretación de la orden, fiscalizando su ejecución correcta e impulsando su cumplimiento con el propio ejemplo, cuando ello fuere necesario.

La disciplina se obtendrá tanto más fácilmente cuanto mayor sea el ascendiente moral del jefe sobre sus subordinados, logrado por la confianza que inspiran su carácter, sus conocimientos profesionales, su hombría de bien y su capacidad para el ejercicio del mando.
Para conseguirla, afianzarla y mantenerla latente, el jefe deberá, cualesquiera que fueren las circunstancias, tener el sentimiento y la convicción de su propia superioridad y autoridad, la fuerza de carácter necesaria y un firme sentido de responsabilidad; tan sólo así podrá obtener, de sus subordinados, el más estricto cumplimiento del deber. . (...Juan Perón-“Nociones de estrategia militar”-1942-).

Si repasamos el estilo de conducción política que impuso desde un principio –y que se consolidó con el crecimiento de su movimiento- observaremos que las características del mando militar estaban presentes en cada decisión y que el paternalismo del que tanto lo acusaron sus adversarios tenía mucho más que ver con su formación profesional ( arraigada hasta la obstinación en sus propias costumbres personales) que con una concepción demagógica de estilo tradicional.

La muestra más clara de esto es el hecho de que Perón era para su gente “el General” y cuando se encontraba presente en el lugar pasaba a ser “mi General”, lo que marca acabadamente la voluntaria adhesión a su estilo y a su conducción.

El peronismo fue tornando así en un conglomerado con premios y castigos al mejor estilo castrense, suponiendo ello ascensos para los leales –antes que para los eficientes- y degradaciones deshonrosas a los que osaban cuestionar las órdenes del comando natural.


El desplazamiento de Jorge Daniel Paladino de su cargo de representante personal de Perón (1972) y el paralelo encumbramiento del Dr. Héctor José Cámpora a dicho cargo –y ni que decir de su posterior consagración como candidato a la Presidencia de la Nación- ponen en claro en un solo hecho aquello a lo que pretendemos referirnos.

Paladino, un hombre inteligente en la lectura de la realidad política argentina, pagó el precio de pretender que Perón entendiese el cerco que los sectores de la izquierda partidaria y el sindicalismo estaban cerrando sobre él.

Seguramente equivocó su acercamiento con el gobierno del Gral. Lanusse -obsesionado como estaba en lograr que la Hora del Pueblo fuese el instrumento idóneo para contener a Perón y alejarlo de aquellas influencias- pero siempre quedó la sensación que su expulsión de la conducción táctica (otro término militar caro a las costumbres comunicacionales del líder) abrió las puertas de la vida del peronismo a quienes desde los extremos pretendían quedarse con Perón en beneficio propio.

Su sucesor el Dr. Héctor J. Cámpora mostraba pocas luces para ver la realidad fuera del prisma único de Perón, al que adhería en una forma absoluta que solía rozar con el ridículo.
Y fue esa lealtad casi obsecuente la que lo elevó en la escala de méritos peronistas, al mismo tiempo que se enredaba en los manejos de dirigentes juveniles revolucionarios que terminaron jaqueándolo a él, a su gobierno y por muy poco no lograron hacerlo con el propio General.

Pero ¿quién iba a discutirle a Perón una decisión semejante?. Las cosas eran así y así deberían seguir mientras el jefe estuviese vivo.

Lo cierto es que durante la primera década de gobierno el ejército peronista se mostró siempre dispuesto a seguir los lineamientos de su conductor y veló siempre las armas a la espera del llamado del jefe para hacerse presente en el campo de batalla que fuese necesario aunque, como parte del folklore impuesto, el lugar elegido para las grandes ceremonias fuese siempre la Plaza de mayo.

Y allí ese relación de pertenencia mutua encontraba su punto de esplendor. Perón hablaba, su pueblo le contestaba, ambos coreaban las consignas acordadas y todo el mundo se retiraba convencido que la sola presencia de ambos protagonistas ( caudillo y seguidores) había sido suficiente para conjurar miedos, celebrar logros o simplemente demostrar la fortaleza del proyecto común.

De alguna manera aquellos encuentros se convertían en una verdadera misa laica en la que se revivía y se consagraba el misterio de la fe popular.

Eso era –en la superficie- el modelo de adhesión peronista. Muy diferente por cierto a todos los conocidos hasta el momento en la vida política del país.

Queda por saber entonces si aquella relación plagada de simbolismos propios era la representación formal de un acuerdo profundo basado en una visón común de la Argentina o simplemente la expresión de un afecto mutuo que se agotaba en sí misma.

Lo primero habría sido la revelación de un contrato social con miles de actores dispuestos a llevarlo adelante; lo segundo una expresión de adhesiones personales que mucho tenían que ver con el tome y traiga de una época en la que millones de argentinos sintieron, al menos, que parte del esfuerzo cotidiano volvía a ellos en forma de elevación social.

Lo que ciertamente...no era poco.

-Eva: un fenómeno de otra dimensión-

La potencialidad de la acción social, que caracterizó el despliegue político de Eva Perón, partía de ideas muchas veces anárquicas que, sin embargo, lograron transformarse en conciencia colectiva.

Su conocimiento intuitivo de las clases populares-unido a su propia experiencia como integrante del sector más sumergido del pueblo-y su presencia permanente, febril e incondicional frente a las responsabilidades que el gobierno le dio y ella potenció según su propio entender , testimoniaron la efectividad de su rol público lo que la ubica en un escalón real y tangible de la historia contemporánea, superando el carácter de mito al que accedió en medio de loas y diatribas que su figura ha recibido a lo largo de más de medio siglo.

Ningún mito, por más poderoso que sea, puede alcanzar el reconocimiento de las masas como ocurrió con ella.

En la etapa inicial de este trabajo habíamos hablado de la pugna de dos Argentinas: la visible y la invisible.

La Argentina oficial de los años treinta mostraba un rostro de injusticia, dentro de un modelo agro exportador que condenaba al país a la dependencia.

En la Argentina invisible, la del surgimiento de las nuevas masas populares, producto de migraciones internas y de los primeros pasos hacia la industrialización liviana, crecían impulsos de renovación.

Eva Perón fue el producto de esa Argentina invisible, que se desplegó dentro del fenómeno político del peronismo con características propias, inéditas.

Con tan sólo 26 años chocó de frente con la historia y en los siete siguientes -su fallecimiento se produjo el 26 de julio de 1952- escribió una página de vida para no olvidar, más allá de odios y rencores, puesto que la firmó con su propia salud y no puede encontrarse en ella atisbo alguno de egoísmo, especulación o doble intención.

Tal vez sea bueno –previo a cualquier otro análisis- recordar la forma en que la entendieron muchos de sus detractores y lo que de alla dijeron o escribieron al momento de su muerte; ello puede darnos una idea acabada del peso de esta figura aún para quienes no comulgaban con su estilo, con su idea y –mucho menos- con su pertenencia peronista.

Luego será más fácil entender lo que representaba para sus descamisados y el lugar que estos le otorgaron desde siempre.

Y concluir si Eva fue un hecho en sí misma o si –como pretendían los hombres del propio Perón- cumplía un rol estratégico a partir de las ordenes del líder.

El periodista Augusto Mario Delfino, desde las páginas de La Nación, una trinchera tradicional del antiperonismo, escribió que su figura había sido “objeto de exaltación antes nunca suscitada entre nosotros por una personalidad femenina, acaso porque ninguna antes, tampoco adoptó las modalidades de su acción avasalladora, y blanco asimismo de oposiciones tan hondas como la solidaridad que le dispensaron sus partidarios”.

Otro opositor, el socialista Nicolás Repetto -adversario encarnizado del peronismo-, despidió a Eva Perón con una notable página publicada en el entonces periódico clandestino Nuevas Bases, ante el asombro de sus mismos partidarios.

En esa página plagada de respeto, Repetto resaltó la fuerza moral de Evita, su entereza ante la adversidad y, fundamentalmente, su dedicación para con los necesitados, los pobres, los obreros.
“Cuando se considera el aspecto social de la política de Perón -decía Repetto-, se advierte que la intervención de su esposa se impone como una fuerza de creación y de impulso, que encuentra pronto sus principales órganos de acción en el Ministerio de Trabajo, en la obra de Ayuda Social y en la Confederación General del Trabajo”.

Su correligionario Américo Ghioldi ordenó que el ejemplar no se distribuyera.

Por esos días, manos anónimas escribían en muros de Buenos Aires “Viva el cáncer”, en alusión a la dolencia que finalmente la llevó a la muerte. Pero tanto odio no era otra cosa que una perversa expresión de la importancia que propios y extraños le daban en el escenario nacional a esa mujer joven, tenaz, fuerte en sus convicciones, y que en los momentos más difíciles de la vida política del peronismo convirtió en bandera de rebeldía y esperanza.

Con sus aciertos y errores, Eva Perón desarrolló una meteórica campaña a favor de los necesitados.

No se trató de la caridad tal cual la entendían aquellas organizaciones de beneficencia dirigidas por damas de una sociedad ya en vías de agotamiento y que trataba de paliar la miseria con paños fríos.

Su pasión desbordada la puso muchas veces al borde de la desmesura; algunos apuntes del Tomo I del libro de Otelo Borroni y Roberto Vacca, titulado “La vida de Eva Perón. Testimonios para su historia” (1970), revelan los documentos, correspondencia y otros papeles por los cuales se demuestra que la Fundación Eva Perón compró armamento para armar eventualmente al pueblo peronista.

Pero la acción de Evita partía de un conocimiento espontáneo de los nuevos movimientos sociales alimentados por gente que no reconocía su representación ni en partidos políticos ni en sindicatos y que no se encontraban tampoco contenidos por otras instituciones y grupos de interés.

Mujeres, niños, jóvenes, ancianos, enfermos, ocuparon la actividad de la Fundación, que llegaba a donde los organismos del Estado no alcanzaban y que tantas veces subrogaba los propios derechos y obligaciones de éste.

Fue una forma de gestión popular basada en el principio personal de Eva y en su criterio primariamente basado en la solidaridad y no en la caridad.

Partía de un antiguo mandamiento cristiano , afirmativo de que los pobres son siempre acreedores de los ricos.

Pero se necesitó la fuerza de voluntad de Eva Perón para que estos principios no se mantuvieran en letra muerta y pasasen a constituir una cuestión prioritaria y permanente de la acción peronista, para lo que Eva planteaba a la Fundación como la forma de evitar las trabas burocráticas de una administración de la que en algún punto desconfiaba y recelaba.

Eva había nacido en Los Toldos, Provincia de Buenos Aires en 1919, hija de Juan Duarte y Juana Ibarguren. La precedían cuatro hermanos Elisa, Blanca, Juan y Erminda.

Su padre había llegado a esa localidad al comienzo del siglo XX y arrendado el campo de La Unión. Pertenecía a una familia de la burguesía de Chivilcoy, militante conservador y patrón de estancia, fue nombrado suplente del Juez de Paz en 1908.

La llegada del radicalismo al gobierno dejó a muchos conservadores fuera del juego político. Por eso Juan Duarte comenzó a administrar campos en la localidad de Quiroga, regresando tiempo después a Los Toldos.

La situación de la familia se complicó con la muerte de Duarte el 8 de Enero de 1926, como consecuencia de un accidente automovilístico en Chivilcoy.

La verdadera historia de la familia fue relatada por Erminda en su libro Mi hermana Evita, en el que narra como su madre ,doña Juana, se transformó en el principal sostén de la familia.
Elisa se empleó en el correo y Juan comenzó a trabajar en un almacén, mientras Blanca cursaba sus estudios de maestra normal en Bragado.

A los ocho años Evita comenzó su escuela primaria, cursando en Losa Toldos primero y segundo grado.

Según un relato de una sus biógrafas Noemí Castiñeiras, “cuando llegó el año 1930, doña Juana decidió partir con su 'tribu' -así la llamaba- buscando mejores posibilidades en la cercana localidad de Junín, adonde Elisa había sido trasladada. Blanca comenzó a trabajar como maestra en el colegio del Sagrado Corazón y Juan se empleó en la farmacia del pueblo. Erminda comenzó a cursar en el Colegio Nacional y Evita fue inscripta en la escuela No. 1 'Catalina Larralt de Estrugamou', en tercer grado”.

Los juegos teatrales de los años toldenses empezaron en Junín a tomar forma más reales. Años después dirá Eva Perón en su autobiografía “La razón de mi vida” que “siendo una chiquilla, siempre deseaba declamar. Era como si quisiese decir siempre algo a los demás, algo grande, que yo sentía en lo más hondo de mi corazón”.

Llegada a Buenos Aires en busca de la tan ansiada fama como actriz comienzan para Eva años difíciles de miseria, trabajo y esperanza.

En 1945 alcanzó la tan ansiada denominación de estrella, y sin embargo se notaba en ella el sordo rencor por los precios que muchos pretendieron hacerle pagar para lograr el éxito; rencor que se suma al acumulado en los duros años de su infancia en los que también debió vivir bajo el manto del prejuicio, la explotación y la moralina propia de la sociedad de entonces.

En un reportaje concedido a la revista Radiolandia deja en claro su posición frente al propio destino afirmando: “No soy como quieren hacerme aparecer aquellos que no perdonan nunca el que una mujer joven llegue a una posición destacada, una advenediza. Tengo más que cinco años entregados de lleno al culto de esta vocación firmísima que en mi es el arte. Un lustro de sinsabores, de inquietudes nobles, que conoció la incertidumbre de los momentos adversos, como supo también del halago de las horas felices”.

Todo en ella denotaba su crisis personal frente al orden establecido por la sociedad. Casi podríamos afirmar que en su interior comenzaba a explotar esa rebeldía que la pondría en la historia a partir de los trágicos acontecimientos en la provincia de San Juan en 1944, momento en que la Argentina asistiría a dos terremotos, uno sísmico y otro político.

El 15 de enero de 1944, uno de ellos destruyó el noventa por ciento de los edificios de la Ciudad de San Juan y en el que murieron siete mil personas y quedaron doce mil heridas.

El 22 de enero se realizó un festival en el Luna Park a beneficio de las víctimas del terremoto y todos los historiadores coinciden en recordar que fue allí en dónde Eva Duarte y Perón comenzaron una relación que presentarían socialmente en la función de gala del Teatro Colón, el 9 de julio del mismo año.

Pero iba a producirse un segundo terremoto, el 17 de octubre de 1945, cuando sectores de la clase trabajadora argentina, y defensores de la acción de Juan Perón –detenido por las autoridades militares en la isla Martín García-, generarían un movimiento popular que culminaría con la libertad de su líder, la decisión del gobierno que encabezaba el Gral. Edelmiro J. Farrel llamando a elecciones generales para febrero del año 1946 y el nacimiento del peronismo como nueva expresión de la vida política del país.

La acción pública de Evita fue meteórica creando en torno a su figura un nuevo estilo de liderazgo en el que convivían la furia expresada con los duros términos en que se refería a la 'oligarquía' y al 'imperialismo plutocrático' al mismo tiempo que un sincero y fervoroso amor surgía en ella cuando resaltaba a sus 'descamisados' y 'grasitas'.

Su contacto con la gente fue directo y no hubo esfuerzo personal que escatimara o precio alguno que dejase de pagar para atender –en agotadoras jornadas que pocas veces conocían el descanso- a quienes llegaban hasta su despacho para pedir todo tipo de favores o, simplemente, para ver de cerca de esa mujer a la que ya se elevaba a la categoría de santa o se estigmatizaba en pié de igualdad con el demonio.

Así era Eva...la desmesura creativa.

Llegaba a las siete de la mañana a su despacho, se reunía con los ministros del gabinete nacional –que debían rendirle pleitesía y sentían por ella mucho más temor que sincero afecto-, respondía las cartas que le enviaba la gente (12.000 diarias) y luego se enfrascaba en horas y horas de audiencias personales en las que –poco importa si desde una postura o desde un sentimiento real- los más humildes eran tratados por “la señora” en un pié de igualdad con los más encumbrados.

El por entonces embajador español José Maria de Areilza, Conde de Motrijo -citado por Alicia Dujovne Ortiz en su biografía sobre Evita- describió el cuadro de situación con una perfección fotográfica: “Había grupos de obreros, lideres sindicales, mujeres campesinas con sus niños, periodistas extranjeros, una familia gaucha con sus ponchos (...) y en medio de este aparente caos de esta confusa fiesta, Evita prestaba atención a todo lo que se le pedía, desde una simple demanda de aumento en el salario hasta el emplazamiento de toda una industria, la petición de una vivienda para una familia, de mobiliario, de un lugar de trabajo, quejas contra el abuso de poder, reuniones políticas femeninas, donativos y donaciones”.

La Fundación Eva Perón, creada en 1949, buscó organizar de manera orgánica una política solidarista y asistencial: repartió juguetes, remedios, ropa, alimentos, creó hospitales, escuelas, centros de esparcimiento, colonias de vacaciones, organizó campeonatos de fútbol y de otros deportes, entre otras actividades.

Buscando diferenciarse del mero asistencialismo creó albergues para mujeres pobres del interior del país, para madres solteras y para mujeres desplazadas de sus hogares por la violencia familiar. Creó escuelas-talleres para enseñar a la mujer tareas comunes al hogar y al trabajo industrial.

La ayuda social llegó también al extranjero: la Fundación Eva Perón envió comida y medicamentos a Italia, España y el Estado de Israel.

La dirigente judía Golda Meier viajó a Buenos Aires donde se abrazó con Evita en muestra de su gratitud.

El dictador Francisco Franco le dio una gran bienvenida durante su viaje a Europa, en Italia fue recibida por el Papa Pío XII y en Francia por el Nuncio apostólico Monseñor Angelo Giuseppe Roncalli, el futuro Papa Juan XXIII.

Preocupada por las cuestiones relativas a la mujer logró que se anulara en el vetusto Código Civil la calificación injuriante de hijos adulterinos, hijos sacrílegos e hijos putativos, un anacronismo de la época y tras la realización de una encuesta sobre el estado de la familia trabajadora suscribió de puño y letra la fundamentación utilizada en noviembre de 1954, por la diputada Delia Parodi, para sostener el proyecto peronista que estableció el divorcio vincular.

Pero sin lugar a duda alguna el hecho más trascendente promovido por Eva perón en la historia institucional del país fue la incorporación de la mujer a la vida cívica, estableciendo en 1947 -mediante la ley 13.010- el derecho a elegir y ser elegida. En 1952, veintitrés diputadas y seis senadoras ocuparon bancas en el Parlamento.

Mujer vehemente y de áspero carácter, castigó a los opositores del régimen peronista sin tener en cuenta que ellos representaban nada menos que la mitad del país.

Evita fue testimonio de una época y trasciende en su corta vida por sus valores más positivos.
El martirio absurdo de su cadáver –insepulto por años- muestra a las claras no tan sólo el rencor sordo que su persona había despertado entre los enemigos del peronismo sino, lo que es mucho más grave y merece un análisis mucho más profundo, la capacidad de odio y sin razón de la que fueron capaces miles de argentinos que consintieron, ignoraron y aún aplaudieron semejante aberración, llegando a justificarla en necesidades políticas que no pueden encontrar razón alguna en una sociedad civilizada.

Sin embargo, y pese a las divisiones en torno al nombre de Eva, su recuerdo y el de su vida han signado a la conciencia popular y se proyectaron hacia el futuro hasta convertirla en la personalidad política más fuerte del siglo XX.

A mas de medio siglo de su muerte vale preguntarse si toda aquella pasión y su natural capacidad de comunicación con la gente fueron suficiente para que –aún desde lo personal y frente a un sector de la ciudadanía- lo generado por Eva haya llegado a suponer un atisbo de ese contrato social , al cual dedicamos el presente estudio.

Y la respuesta es negativa; porque Eva fue una parte del proyecto peronista y porque éste, si bien estuvo más cerca de lograrlo que nadie antes en la Argentina, no logró cerrar el círculo de su propia historia y por lo tanto dejó inconcluso el ciclo de esa tapa del país.

Las razones –múltiples, variadas, propias y ajenas- las veremos a partir de las conclusiones que deja la propia historia, pero nadie podrá jamás negar que si alguno de los protagonistas de ese tiempo estuvo en posibilidad de cerrar el círculo virtuoso fue, por propio merecimiento, Evita.

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