miércoles, 15 de abril de 2009

LA OTRA REPUBLICA-PARTE 10

(CONTINUA)
d) acción política que reemplace las divisiones artificiales internas, basadas en el federalismo liberal.

e) libertad de elegir y ser elegido, sin inhabilitaciones, y el fortalecimiento definitivo de la voluntad popular.

f) solidaridad de la clase trabajadora con las luchas de liberación nacional de los pueblos oprimidos.

g) política internacional independiente.

En cada uno de los puntos del programa de gobierno peronista quedaba claro que el estado -representado filosóficamente con términos como control, nacionalización, regulación, fijación, dirección, etc.- será a partir de entonces el motor, actor y destino de la vida nacional y que la Argentina se encaminaría entonces hacia un modelo de alta producción con baja competencia que pocos años después, con el agotamiento del mismo, pondría en evidencia las graves carencias para generar un espacio alternativo que sirviese de respuesta a la crisis.

Cuando Perón anuncia el llamado "Programa de Huerta Grande" ya no cabe duda de las bases elegidas para la experiencia:

- nacionalización del sistema bancario.
- implantación del control estatal sobre el comercio exterior.
- nacionalización de los sectores claves de la economía: petróleo, electricidad, siderurgia, frigoríficos.
- expropiación sin compensación de la oligarquía terrateniente.
- desconocimiento de los compromisos internacionales firmados a espaldas del pueblo.
- prohibición de toda importación competitiva con la producción nacional.
- prohibición de toda exportación directa o indirecta de capitales.
- control obrero sobre la producción.
- apertura de los libros comerciales para permitir el contralor de los costos y evitar la evasión impositiva.
-planificación integral de la economía, estableciendo prioridades y topes mínimos y máximos de producción.

Para llevar a la práctica esa política, se crearon el Plan Siderúrgico Nacional, la Dirección de Industrias del Estado, el Banco de Crédito Industrial, la empresa "Industrias Aeronáuticas y Mecánicas del Estado", y plantas como la siderúrgica de San Nicolás y los Altos Hornos de Zapla.
El gobierno inició la investigación de la energía nuclear con la creación de la "Comisión Nacional de Energía Atómica".

Se impulsó tanto el desarrollo industrial en manos de empresas estatales como en manos de las nuevas empresas privadas –dependientes en todo su ciclo producción-comercialización de las decisiones del estado-, otorgando créditos a los pequeños y medianos empresarios para estimular el desarrollo y crecimiento de ese sector.

En 1943, había en la Argentina 65.803 establecimientos fabriles. Como consecuencia de la acción económica del estado peronista en el año 1948 ese número ya se había incrementado a 104.000 establecimientos, llegando a la cifra de 181.773 establecimientos fabriles en 1954.

En 1935, la agricultura y la ganadería aportaban al Producto Bruto Interno con 9700 millones de pesos moneda nacional, mientras que la industria lo hacía con 6800 millones de la misma moneda.

Para el año 1951, dichas cifras habían variado en la siguiente forma: el aporte del sector agropecuario era para ese entonces de 9800 millones, mientras el del sector industrial había llegado a 16.100 millones.

La cantidad de obras públicas realizadas por el gobierno peronista en sólo diez años asciende a la impresionante cifra de 76.000 de ellas.

En 1945, estudiaban en la Argentina aproximadamente dos millones de personas; en 1955, lo hacían cuatro millones.

En 1945, los fondos destinados a la educación eran de 500 millones aproximadamente, mientras que diez años después eran de 3000 millones.

El nivel de analfabetismo bajó del 15% al 3% y todos los chicos, sin distinción alguna, podían cumplir sus estudios primarios, secundarios, universitarios, técnicos y especiales.

Durante los dos gobiernos de Perón, se construyeron más de 8000 escuelas y sólo en el Primer Plan Quinquenal se construyeron más escuelas que en todo el resto de la Historia argentina hasta ese momento.

La población universitaria pasó de 20.000 a 100.000 estudiantes. Antes, concurrían a las universidades de la Argentina estudiantes de otros países de Nuestra América, pero en cantidad inferior a los mil. Durante el gobierno peronista, esa cifra llegó a los 15.000.

También se creó la "Universidad Obrera Nacional" con el objetivo de formar técnicos del porvenir.

Todos estos datos dan, al menos, la síntesis de un país que cambió. Sin embargo deberemos luego detenernos en lo que supone nuestro real objetivo: saber si todos esos cambios sirvieron generar un contrato social sólido que sirviese para crear un país diferente y dotarlo de personalidad y objetivos comunes.

Será ello lo que marque el éxito o fracaso de la década peronista.

-los nuevos actores sociales-

Como secretario de Trabajo y luego como presidente de la Nación, Juan Domingo Perón buscó permanentemente vínculos con la clase obrera, vislumbrándola como impulsora de una actividad sindical aliada a las políticas del estado y otorgándole participación política ese nuevo sujeto que emergía en la vida argentina, con las migraciones internas y el desarrollo de la burguesía nacional. El consenso político de la época tenía sustento en la coincidencia entre necesidades y políticas de estado, como el fomento y la práctica deportiva de vastos sectores de la población.

Las sociedades mutualistas fueron las primeras formas de organización obrera a mediados del siglo XIX. De su seno se fueron diferenciando las sociedades de resistencia, nombre adoptados por los primeros sindicatos en el sentido moderno que, a finales de ese siglo, se vincularon a los movimientos ideológicos de izquierda antisistema (anarquismo y comunismo) y sistémicos (socialistas). También estuvieron ligadas al mundo laboral otras instituciones como las "bolsas de trabajo", cooperativas y ateneos culturales.

Pero, a pesar del crecimiento aparente de su influencia, aquellas mismas afinidades ideológicas las mantuvieron lejos de una sociedad constituída en su gran mayoría por personas que –si bien reclamaban los cambios sociales reconocidos en aquella hora por el mundo- no estaba dispuesta a incluir los enfrentamientos como método de reforma.

Baste recordar -como elemento distintivo del proletariado argentino- que una parte no menor de su constitución estaba dada por inmigrantes –o primera generación de descendencia- que había llegado a estas tierras huyendo de la violencia desatada en Europa a partir de los cambios políticos y sociales del viejo mundo.

El camino para lograr la integración sería entonces necesariamente diferente.

Ya en el poder Perón se dio una política para fortalecer la organización de la clase trabajadora.
En 1945, las organizaciones sindicales existentes sólo contaban en sus filas con medio millón de afiliados, y llevaban adelante una política dependiente de la dirección de centrales internacionales de países extranjeros lo que las mostraba lejanas a aquella forma de concebir el nuevo tiempo de la que hablábamos antes.

Perón, entonces, se planteó como objetivo la reorganización sindical y la reorientación de su política a partir de una óptica nacionalista.
Así fue que se creó la nueva Confederación General del Trabajo, que en 1955 ya contaba con seis millones de afiliados.

La C.G.T. se convirtió en el más fuerte apoyo del gobierno peronista, lo que en definitiva no era otra cosa más que apoyar al gobierno que defendía los intereses de la clase trabajadora, al mismo tiempo que se convirtió –más formal que realmente- en control del cumplimiento por parte del gobierno de sus postulados en defensa de dicho sector.

Se crearon escuelas de capacitación técnica y doctrinaria para fortalecer tanto la capacidad laboral de los trabajadores como su conciencia de clase.

Se inauguraron centenares de complejos médico-asistenciales, obras sociales, lugares de veraneo, que fueron dando seguridad y posibilidades de descanso a las familias obreras, cosas que antes jamás habían podido tener.

Se impulsó decididamente la inserción de los trabajadores en el aparato del estado, haciéndolos participar del gobierno, incluyéndolos en las listas electorales de forma tal que tuviesen participación en el parlamento, se creó el cargo de agregado sindical en el servicio exterior, incorporando por primera vez la participación obrera en la diplomacia, e incluso participaron en la elaboración de la constitución argentina de 1949.

Esto último –la reforma de la Constitución de 1853-1860- supuso el principal acercamiento de la experiencia peronista al nuevo contrato social, toda vez que se trató de un claro intento por consagrar en la ley fundamental todos aquellos derechos que en los primeros años de su gobierno Perón había promovido no tan sólo desde el aspecto reivindicatorio sino, y fundamentalmente, como base de su propia acción política.

En 1949, se sancionó la constitución peronista, que ya en su preámbulo planteaba el objetivo de construir una "patria socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana".

Además de establecer taxativamente los derechos del trabajador, de la familia, de la ancianidad, educación y cultura, ordenaba en su artículo 40 una férrea defensa de los recursos naturales, las fuentes de riqueza y los resortes de poder de la sociedad argentina sosteniendo que "La organización de la riqueza y su explotación, tienen por fin el bienestar del pueblo, dentro de un orden económico conforme a los principios de la justicia social. El Estado, mediante una ley, podrá intervenir en la economía y monopolizar determinada actividad, en salvaguarda de los intereses generales y dentro de los límites fijados por los derechos fundamentales asegurados en esta constitución. Salvo la importación y exportación, que estarán a cargo del Estado de acuerdo con las limitaciones y el régimen que se determine por ley, toda actividad económica se organizará conforme a la libre iniciativa privada, siempre que no tenga por fin ostensible o encubierto, dominar los mercados nacionales, eliminar la competencia o aumentar usurariamente los beneficios.
Los minerales, las caídas de agua, los yacimientos de petróleo, de carbón y de gas, y las demás fuentes naturales de energía con excepción de los vegetales, son propiedad imprescriptible e inalienable de la nación, con la correspondiente participación en su producto, que se convendrá con las provincias. Los servicios públicos pertenecen originariamente al Estado, y bajo ningún concepto podrán ser enajenados o concedidos para su explotación. Los que se hallaren en poder de particulares serán transferidos al Estado, mediante compras o expropiación con indemnización previa, cuando una ley nacional lo determine...".

Una vez más –y ahora en la propia Constitución- el papel del estado en la sociedad peronista aparecía claramente determinado como el factor central de la vida del país. Aunque el propio Perón –con su profundo criterio determinista- justificaría en la historia reciente los orígenes y resultados del estatismo consagrado: "En 1946, cuando tomé el gobierno, no se fabricaban en el país ni los alfileres que consumían nuestras modistas. En 1955, lo dejé fabricando locomotoras, camiones, tractores, automóviles, motocicletas, motonetas, máquinas de coser, de escribir y calcular, y construyendo vapores" .

Si tan sólo tomamos a la Argentina como una estadística o como una fotografía, nadie puede dudar de la certeza de esta afirmación.

Pero, ¿ tuvieron (o tomaron) los trabajadores el protagonismo real que se anunciaba en un principio y se institucionalizaba ahora a partir de la reforma del 49 ?; y, en todo caso, ¿ese protagonismo llevaba consigo la necesaria porción de independencia del poder político que le permitiese el planteo propio de –nada más y nada menos- una clase social en marcha ?.
Cuando años después Perón los definiese como “la columna vertebral de movimiento” estaría dando respuesta a ambas preguntas.

Protagonismo sí.....pero dentro del proyecto peronista.

Independencia sí....pero como cuota parte de la organización y pata corporativa del movimiento organizado.

El peronismo motorizaba la dinámica de una sociedad en constante transformación mediante políticas activas en diversos ámbitos: derechos políticos y sociales, educación y trabajo, entre otras.

Los objetivos se enlazaban con una proclamada "doctrina justicialista" que ponía énfasis en dos conceptos claves: la Patria y la Nación.

La primera fue vinculada con la familia, los símbolos y el estado. La segunda con la defensa de un interés general –muchas veces genérico- que suponía una identidad nacional y popular (un "nosotros") que diferenciaba a los argentinos frente a otras nacionalidades (los enemigos foráneos, tan presentes en el discurso de la época), pero además ante el adversario interno ( la oligarquía, culpable de todos los males, aún los ostensiblemente generados por errores de interpretación o implementación del propio Perón).

Pero como siempre ha ocurrido en la Argentina, este tipo de generalizaciones terminó dándole un marco –difuso aunque ruidoso- a la realidad, al punto de simplificar en el estado todas las posibilidades de éxito o fracaso de la experiencia.

De ese contexto no podían escapar los trabajadores, a pesar que el tiempo peronista fuese para ellos pleno de logros y avances en el ejercicio de aquellos derechos sociales que el mundo ya les reconocía como clase desde al menos tres décadas anteriores.

Pero aquí fue Perón el que los instaló y fue Perón el que les otorgó visos de realidad e implementación. De allí la sólida alianza entre el líder y las fuerzas del trabajo.
Mucho más sólida que entre estas y el resto de la sociedad argentina.....

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