miércoles, 29 de abril de 2009

LA OTRA REPUBLICA-PARTE 18

-conclusiones desilusionadas-

Ya puede ver el lector que no nos equivocábamos en el introito a esta etapa de la vida de la república; muchos acontecimientos –seguramente demasiados- pero todos signados por la crispación, la emergencia, las divisiones, los caprichos y la falta de espacio para el desarrollo de espacios comunes de debate, en los cuales pudiese germinar la semilla de un modelo común y un acuerdo sólido para llevarlo adelante.

Así se perdió un tiempo irrepetible en la historia contemporánea, en el cual la confrontación ideológica sirvió a millones de hombres y mujeres para valorar los logros alcanzados hasta entonces, incorporarlos definitivamente a sus usos y costumbres y comenzar una etapa en la que los derechos individuales –acompañados de la responsabilidad comunitaria- dieron luz a nuevas maneras de actuar, de comunicarse y resolver el destino de la cosa pública.

La década del 60 fue determinante en los cambios producidos en las perspectivas de las ciencias sociales ; la del 70 para resolver que ellos debían ser propiedad exclusiva de la democracia.
Desde fines de la década del 50, se producen profundas transformaciones de contenidos académicos en el ámbito de las ciencias humanas.

En las universidades nacionales se crean las carreras de antropología, sociología, y sicología, lo que implicó un vuelco hacia los problemas de la sociedad contemporánea y sus soluciones -estudios sobre campesinado, urbanos, salud, problemáticas del cambio social, etc-, al mismo tiempo que un énfasis en los trabajos interdisciplinarios.

Se forma una generación completa en los diversos centros de investigación y es en los del interior donde se expresan con más notoriedad las nuevas tendencias.

El golpe de Onganía generará un corte en el desarrollo de las nuevas disciplinas a partir de persecuciones plagadas de prejuicios absurdos que generarán renuncias, cesantías y éxodos.

Esta penosa realidad alcanza también a otros campos de la ciencia que en los últimos años de la década anterior habían llegado a tener un grado de desarrollo realmente entusiasmante. El universo de las ciencias –que en el mundo entero avanzaba a pesar de una deshumanización que terminaba convirtiéndolo en una ideología en sí mismo (tecnología)-no quedaría al margen de la decadencia.

En los países emergentes la ciencia y la tecnología modernas se expandieron rápidamente tras la Segunda Guerra Mundial ya que los Estados que recientemente habían adquirido su independencia consideraban la ciencia como símbolo de racionalidad, autoridad, soberanía, progreso y crecimiento económico.

Con el apoyo internacional los gobiernos de los países en desarrollo se propusieron crear sistemas científicos nacionales, muchas veces imitando las estructuras y objetivos externos sin tomarse el trabajo de encontrar adaptaciones locales que permitiesen un contacto cierto con la propia realidad.

El sector privado se comprometió más lentamente con este esfuerzo y sólo comenzó a participar activamente y a promover las instituciones científicas y tecnológicas a finales de los años ochenta.

La falta de un compromiso permanente del estado –a partir de las convulsiones señaladas durante el período y la recurrente presencia en el poder de sectores representativos del nacionalismo más cerrado y oscurantista- hizo que la investigación en el país siguiese un ritmo tan errático como sus contenidos lo que inevitablemente nos llevó a quedar muy rezagados en la lucha del mundo por el conocimiento.

Tampoco ayudó a un mejor final el modelo de universidad que se mantuvo en la Argentina pese a los notorios cambios que ya por entonces se observaba en los métodos de estudio de sociedades más avanzadas.

Ese modelo de universidad como centro de investigación -desarrollado en Europa durante el siglo XIX- llegó tarde al nuevo continente, y sólo en la segunda década del siglo XX comenzó a introducirse la ciencia como componente integral de la enseñanza en las casas de altos estudios de la Argentina.

El esfuerzo del país por desarrollar y crear una tradición científica fue notable, sobre todo durante la segunda mitad del siglo XX.

Proliferaron a partir de los cincuenta las instituciones de investigación, se crearon organismos gubernamentales para la promoción y la financiación de la actividad científica, aumentó la matrícula universitaria y se instituyeron numerosos programas de posgrado. Antes de los sesenta, los profesores universitarios que se dedicaban plenamente a ello fueron decisivos en la constitución de los sistemas nacionales de investigación científica.

Pero las estructuras para la fijación de políticas y el fomento a la ciencia y tecnología a nivel gubernamental pasaron por tantas vicisitudes institucionales en esas décadas que sufrieron constantes altas y bajas de rango jerárquico que limitaron su independencia y libertad de maniobra.

Pero los claustros argentinos no son una excepción a la regla general de la sociedad; así como los estudiantes franceses que en 1968 llevaron adelante históricas jornadas de protesta supieron luego adecuarse a la necesidad de participar orgánicamente en la implementación de los cambios que ellos mismos habían exigido, sus pares argentinos parecen agotarse en la lucha por la lucha misma, no logrando articular una continuidad lógica entre aquellos que postulan desde su rango juvenil con lo que posteriormente llevan a la práctica en su rol de ciudadanos.

Tal vez haya sido esa inconsistencia formativa la que los empujó en muchos momentos de nuestra historia reciente a estériles luchas políticas en las que no pudieron evitar ser parte del juego de las disputas partidarias o involuntarios instrumentos del poder de turno.

El estudiantado reformista participó activamente del golpe del 16 de septiembre de 1955. "Los estudiantes argentinos han saludado la caída de un régimen opresor y falaz que intentó conculcar todo vestigio de democracia" se apura a decir la FUA a través de un comunicado que emite el 23 de septiembre, apenas una semana después de la intervención militar.

Los centros ocupan las facultades y saludan en su mayoría el golpe militar. Los profesores excluidos durante el peronismo comienzan a reintegrarse a las aulas.

Mientras debaten en asambleas la forma de implementar lo que entienden como la "recuperación universitaria", el 28 de septiembre el flamante presidente de facto, general Eduardo Lonardi, designa Ministro de Educación a un hombre del conservadorismo católico, Atilio Dell'Oro Maini.

La decisión de eliminar de las cátedras a todo profesor que fuera "sospechoso" de adhesión al peronismo se conjuga con la censura impuesta en todo el país.

Generando un fenómeno contradictorio, los pensadores liberales y de izquierda coinciden en reivindicar el período como un momento de libre expresión de las ideas; pero el simple pronunciamiento del nombre de Perón o de Evita puede ser motivo de cárcel.

La intervención de las universidades es dispuesta mediante el decreto 6403 del 23 de diciembre del mismo año.

Son derogadas las leyes 13.031 y 14.297 del peronismo. Se garantiza la autonomía de las casas de estudio, pero se incorpora, a través del articulo 28 del decreto, un texto que hace historia: "La iniciativa privada podrá crear universidades con capacidad para expedir títulos y/o diplomas académicos."

Otro artículo del decreto de lo que se da en llamar -por sus partidarios- la "Revolución Libertadora", con el número 32, dispone que no sean admitidos para presentarse a concursos docentes aquellos que "hayan realizado actos positivos y ostensibles que prueben objetivamente la promoción de doctrinas totalitarias –n. Del a.: es obvia la referencia al peronismo- adversas a la dignidad del hombre libre y a la vigencia de las instituciones republicanas”.

A poco de andar el idilio entre el estudiantado y el gobierno militar se va desgastando: el presupuesto universitario es reducido sensiblemente, mientras se aumentan los gastos en defensa, las bibliotecas van despoblándose y sufriendo una grave desactualización, se intenta eliminar el derecho a licencia en las reparticiones públicas, y en febrero de 1956 se impone el examen de ingreso en las escuelas secundarias -medida que es calificada como "antisocial" por la FUA- ,y se aplican cupos en las universidades al tiempo que una curiosa ola de aplazos genera la repulsa estudiantil.

En 1956, el decreto 10.775 asegura la autonomía de las universidades y comienza lo que muchos reformistas consideran "la época de oro" del movimiento iniciado en 1918.

En Buenos Aires es elegido rector Risieri Frondizi, y son creadas nuevas carreras, entre ellas, Economía y Administración, así como los departamentos de Psicología, Sociología y luego Ciencias de la Educación. También la facultad de Farmacia y Bioquímica y las escuelas de Enfermería y Salud Pública.

En el mismo período comienza a construirse la ciudad universitaria de Nuñez y se funda la Editorial Universitaria de Buenos Aires (EUDEBA).

Todo ello será efímero y pronto la universidad será nuevamente arrasada, en medio de la indiferencia general de una sociedad que no llega jamás a comprender el sentido de las luchas universitarias porque, entre otras cosas, los propios estudiantes insisten en mantenerse de espalda a los problemas de la gente común.

Y esta, además, no parecía por aquellos años muy permeable a los cambios culturales del mundo, tal vez como expresión de rechazo a la actitud reiterada de los intelectuales argentinos –tan afectos a la influencia de los cenáculos- que durante tantos años habían caminado en un sentido diametralmente opuesto al que transitara primero la clase obrera y en los últimos años la cada vez más consolidada clase media.

Tras el derrocamiento del peronismo una elite modernizadora y culta -que había sido marginada de las instituciones culturales- asumió la tarea de incitar a los artistas a la renovación y a la consecuente conquista del mercado internacional.

Según el lenguaje de los nuevos referentes culturales, muchas zonas de la cultura nacional se encontraban atrasadas.

Para esta visión, el arte -al menos el que había contado con lo favores del gobierno peronista- había anclado en propuestas folklóricas o populistas que lo alejaban de las nuevas tendencias mundiales.

Sólo la plástica no se había mezclado con los rituales obsecuentes que se le reprochaban al peronismo porque el régimen no había logrado formular una ideología estética precisa para las artes visuales, ni había depositado en ella en ningún aspecto identificable de su aparato propagandístico.

Desde el estado justicialista sólo podían escucharse invectivas contra la abstracción o auspicios más o menos discretos hacia ella , según el perfil ideológico de quien proviniesen.
Luego el arte del radicalismo no había logrado desprenderse por completo de una concepción política que lo inclinaba hacia el realismo.

Se inspiraba en el gran ejemplo del muralismo mexicano a pesar de que con el paso del tiempo -y no sólo a los ojos de la elite modernizadora- los maestros mexicanos se habían convertido en una especie de hijos putativos del realismo socialista.

Para poner al día la situación del arte nacional y alcanzar la meta modernizadora se debía determinar un programa estético afín a las demandas del mercado mundial cuyos focos de irradiación eran la declinante París -donde todavía se podía aprender- y la pujante Nueva York, que ya se había constituido en la meca de todo intelectual que quisiese triunfar.

Pero Buenos Aires creía merecer un espacio propio en esa geografía a la que se sentía culturalmente tan próxima y con la que los artistas locales habían estado coqueteando durante décadas.

Sólo faltaban políticas culturales, tanto de parte del estado como del sector privado. Mientras fomentaban los intercambios y las promociones, dichas políticas debían patrocinar corrientes estéticas más acordes a los tiempos y por ello la plástica se volvió un tema de interés cultural para el estado, dado que veía en ella otra vía para superar el aislamiento internacional al que –intelectuales y estado- nos había llevado el peronismo.

Como puede comprobarse, no se trató de un proyecto especialmente denso en términos estéticos; lo esencial era que la plástica pudiera llegar a convertirse en un instrumento de la política exterior y colabor en la difusión de una nueva imagen del país.

Considerada en términos políticos, si bien esta estrategia contaba con los auspicios de EE. UU. y de su Alianza para el Progreso, fue minada internamente por la inestabilidad institucional y las sucesivas crisis argentinas.

Además, el estado perdió rápidamente interés en el auspicio de las artes ya que definitivamente se trató de una brillante pero limitada iniciativa privada --nacional o extranjera-- que se constituyó en la forma de mecenazgo más intenso de los años sesenta, teniendo en nuestro país al legendario Instituto Di Tella como la expresión más acabada y, por cierto, de mayor repercusión popular.

Por supuesto que en Latinoamérica se trataba también de exhibir una política cultural interesante que enfrentara la fuerza de atracción que entre los intelectuales ejercía la revolución cubana.

Los críticos más influyentes de EE. UU. ayudaron a consolidar la imagen de su nación como una democracia que no sólo libraba un combate por la libertad, sino que se constituía en defensora del legado modernista, respetando su carácter dinámico.

Este aprovechamiento político del arte -acompañado de un discurso despolitizador para consumo de los propios artistas- estaba lejos de constituir una innovación histórica.

La URSS y Francia ya lo habían utilizado en distintos momentos del pasado; pero la década parecía inaugurar el turno de EE. UU..

Nuestro país tenía en este gran juego geopolítico de la cultura un papel desde luego muy secundario.

Su interés directo, por otro lado, no era la hegemonía, sino algo más básico: lograr convertirse en un actor identificable en ese escenario, cosa que no había conseguido nunca. El aspecto colonial de la actitud norteamericana era propio de toda su política exterior, aunque resultara funcional a los intereses de la elite modernizadora argentina, que lo aceptó sin reservas en nombre del despegue, un término sugestivamente característico del ideario desarrollista.

Pero mientras los círculos iluminados del país se enfrascaban en estos debates acerca de su propia identidad y ubicación en el mundo, un nuevo espacio iba creciendo sólidamente desde la década peronista, hasta explotar como fenómeno de masas en la convulsionada década del 60: la cultura de masas.

Expresiones de todas las disciplinas artísticas –aunque en la música y en la nueva literatura se hayan encontrado los aspectos de mayor repercusión popular- comienzan a mirar hacia el interior, las tradiciones propias y las raíces de una identidad siempre señalada como menor frente a todo lo que viene de afuera, están ahora ante la vista de los argentinos que, con el entusiasmo casi fanático que es propio de su ciclotimia, encuentra en ellas una síntesis atropellada y desprolija de todo aquellos que ha buscado a ciegas a lo largo de su convulsionada historia.

Surge entonces un nacionalismo cultural sui-generis, que comienza a ser analizado desde disciplinas tan diversas como la sociología y la antropología –a las que hemos citado anteriormente como producto de los nuevos tiempos- lo que lo convierte a poco de andar en otro de los enemigos solapados que siempre descubre el establishment político –en este caso ingenuamente sostenido por su similar cultural- muy cómodo como estaba frente a una cultura urbana carente de esencias profundas por el simple hecho de provenir de una mezcla atildada de diversas escuelas y experiencias.

Durante todos los años anteriores lo urbano significó la muerte del folklore y la aparición de lo masivo.

En ese tiempo el folklore permanecerá sólo en el sentido que le otorgó José Luis Romero cuando, en un texto sobre la ideología de la nacionalidad argentina, llamó a la cultura de masas el folklore aluvional., lo que en realidad pretendió la muerte del folklore y la aparición de lo masivo, entendido la invasión por parte de las masas de la ciudad.

En un segundo sentido las masas significan un nuevo modo de existencia de lo popular, que hasta ese momento era entendido como algo ajeno al fenómeno cultural -es decir lo otro de la cultura, lo otro de la industria, lo otro de la civilización- y que ahora viene a significar un nuevo modo de existencia de lo popular, aunque se pretende todavía encasillarlo como la cultura subalterna, la cultura dominada, una cultura desvalorizada por la cultura hegemónica ,que de alguna manera será revalorizada por la política.

Durante el último proceso militar el mundo de la cultura argentina fue fragmentado en dos ámbitos antagónicos.

Por un lado los medios masivos de comunicación, las instituciones educativas de todos los niveles, los centros científicos y artísticos, todos censurados, desmantelados y vigilados, constituían el entorno oficial.

Y por otro, una gama de actividades culturales dispersas y discontinuas, a veces realizadas en centros educativos privados, intentaban compensar los déficits del estado.

Los años de la dictadura fueron, para la investigación en Argentina, de total inmovilidad. Se produjo un distanciamiento de la temática, un repliegue en lo personal y familiar. Se buscó generar un espacio que permitiera reconstruir los esquemas de pensamiento y comprensión, pues eran éstos a los que apuntaban destruir los métodos represivos.

Al culminar el Proceso de Reorganización emergerán una cantidad de expresiones culturales que se habían mantenido sumergidas por la censura y las persecuciones.

La música, la literatura, el periodismo, el cine y el teatro, parecieron entonces la posible avanzada de un nuevo tiempo interior de la personalidad argentina; como no lo había logrado la política ni lo lograría en los años siguientes, la cultura expresaba su propia personalidad y encontraba una síntesis bastante cercana a los elementos suficientes y necesarios para volver a plantearnos –ciento treinta años después de nuestra organización formal como nación- aquella pregunta sin respuesta que debía constituirse en el verdadero inicio de la reconstrucción ( ¿o construcción?) del hombre-ciudadano argentino: ¿quiénes somos, de dónde venimos, y hacia dónde vamos?.

Muy poco si se quiere para un país que podía estar dándose cuenta de lo que no quería para sí –algo que por siempre deberemos agradecer al Proceso- pero que estaba cerrando toda una etapa de su vida sin tener en claro que esperaba del futuro, como conseguirlo y, sobre todas las cosas, sobre que valores permanentes se disponía a construirlo.

Y una sociedad que se había bajado una vez más del proceso de cambio en el mundo, desperdiciando una oportunidad única –por la riqueza del debate universal- para ubicar sus propios puntos de contacto y refrendar, por fin, el contrato social que le resolviera al menos sus reglas básicas y sus espacios comunes.

El retorno de la democracia y con ella de las libertades públicas, permitía al menos un crédito de optimismo para conseguirlo.

LA OTRA REPUBLICA-PARTE 17

(CONTINÚA)
Al mismo tiempo legalizó al Partido Peronista para competir en las elecciones de 1962 para gobernadores provinciales, en las que logró imponerse en cinco distritos.

Este hecho –unido a la posición del país en la Conferencia de Punta del Esta (1962) en la que se abstuvo de votar las sanciones contra la Cuba de Castro como exigían los Estados Unidos, y la posterior visita al país de Ernesto Guevara en forma clandestina y con una entrevista personal con el jefe de estado, lo que fue tomado como una provocación al poder real- fue intolerable para los militares, que decidieron el derrocamiento de Frondizi, encendiendo la llama del más virulento antiperonismo, al estilo de los años ‘55 y ‘56.

El presidente destituido conservó la cordura suficiente para salvar al menos un simulacro formal de institucionalidad designando como sucesor al titular provisional del Senado, José María Guido.
Poco después se produjeron enfrentamientos dentro de las FFAA en los que fueron derrotados los grupos más antiperonistas que habían volteado a Frondizi.

Tras los choques sangrientos, otra generación se consolidó en el liderazgo de las Fuerzas Armadas bajo el mando del general Onganía.

Buscando otorgarle una salida institucional al precario gobierno de Guido, en 1963 se llamó a elecciones presidenciales nuevamente.

Con el peronismo aún proscripto y sólo el 23% de los votos, resultó vencedor el candidato de la UCR del Pueblo Arturo Illia, un respetado médico cordobés que desde el inicio de su mandato intentó un modelo de gobierno respetuoso de las pautas de la democracia liberal inspiradas en la imagen republicana anterior a 1930.

En este sentido, su administración fue ejemplar: gobernó sin estado de sitio ni presos políticos, garantizó las libertades básicas y hasta tuvo arrestos de dignidad nacional en sus relaciones con los EEUU, como lo demostró en oportunidad de la invasión de los marines en Santo Domingo.

Gracias a una coyuntura internacional favorable a los productos argentinos el país entró en un ciclo de recuperación que eliminaría por una década el déficit en la balanza comercial.
Hay que concluir sin embargo, que si bien el gobierno de Illia no frenó estas tendencias tampoco las impulsó en la medida necesaria al progreso nacional..

La anulación de los contratos petroleros celebrados por Frondizi –que garantizaban el autoabastecimiento, tan importante en el nivel del desarrollo nacional en que nos encontrábamos- aumentó además ante terceros países la imagen de una Argentina que no respetaba sus compromisos y la alejó durante demasiado tiempo de la posibilidad de recibir inversiones genuinas, las que como siempre trocaron en créditos a alta tasa de interés que se tornaban en el tiempo como imposibles de cancelar.

El nuevo poder económico necesitaba la apertura, la acumulación de capitales y la racionalización del estado por encima de toda legalidad republicana y, a los ojos militares y desarrollistas, el viejo sistema de partidos era incapaz de asumir estas tareas.

Se dedicaron entonces pacientemente a preparar a la opinión pública por medio de una intensa actividad propagandista, hasta identificar al presidente radical con la modorra pueblerina y la siesta provinciana, al mismo tiempo que consagraban a los militares como paradigma de la epopeya tecnológica y de la grandeza nacional.

El 28 de junio de 1966, y sin que ello supusiese siquiera una novedad para una población que esperaba el golpe como expresión común de la vida institucional del país, destituyeron al presidente, al vicepresidente, a los gobernadores y a los vicegobernadores, disolvieron el Congreso Nacional, las legislaturas provinciales y los partidos políticos y reemplazaron a los miembros de la Corte Suprema de Justicia.

El cargo de presidente fue ocupado por el Tte. Gral. Juan Carlos Onganía, un hombre que decía expresar en sí mismo la tradición cristiana y occidental que a su entender era la esencia misma del ajado ser nacional.

La Revolución Argentina –como fue bautizada por sus propios gestores- fue en lo económico un intento de continuidad del proyecto desarrollista de Frondizi, aunque peligrosamente llevado a sus extremos: favoreció la apertura y la concentración de capitales para impulsar el proceso de industrialización y modernización de la estructura productiva y se estableció sobre un estado autoritario donde confluían el poder político y el económico. El objetivo económico de Onganía fue pronto descubierto y no era, por cierto, el que orientara a la administración frondicista: la consolidación de la hegemonía de los grandes grupos industriales y financieros asociados con el capital extranjero, a expensas de la Argentinaa rural y de los sectores populares.

Esta situación hizo que el peronismo profundizase la división estratégica entre los verticalistas –seguidores disciplinados de las directivas del propio Perón- que querían resistirse a los militares y los vandoristas que buscaban un acercamiento con el nuevo gobierno, razón por la cual fueron llamados también colaboracionistas.

Cuando ese acercamiento se produjo Perón fomentó el surgimiento de sindicatos opuestos a la burocracia sindical, como la CGT "de los argentinos".

Así les recordó a los vandoristas que sin él no eran nada, aunque luego de haber logrado su objetivo a fines de 1968, y por temor a que la nueva central obrera se desbandara, la disolvió.

En julio de 1966, un mes después del golpe derechista, la caballería policial entró en la Universidad de Buenos Aires y la desalojó violentamente, en el episodio conocido como la "Noche de los Bastones Largos".

Ello motivó que apenas dos años más tarde los estudiantes más políticamente motivados establecieran lazos de solidaridad con las organizaciones obreras militantes , desarrollando por primera vez su campo de acción en el ámbito externo, principalmente en las villas miseria.

Pese a haber tenido condiciones económicas nacionales e internacionales a su favor, al cabo de los tres primeros años, la Revolución Argentina ya mostraba signos de agotamiento en ese campo..

El más evidente fue la inesperada respuesta social a la política económica oficial, que derivó en el surgimiento de las guerrillas urbanas las que, sin haber conseguido jamás una inserción popular que las legitimara, contaron en un principio con algún grado de simpatía por parte de la clase media que además la nutrió de muchos de sus jóvenes integrantes.

Al tomar nota los universitarios de que su problemática no estaba tan lejos de la del resto de la población comenzaron a identificarse con los postulados de los grupos insurgentes y a buscar lazos que beneficiarían a ambos.

No sólo perseguían la utopía de un mundo mejor; sabían que como profesionales, administradores, planificadores de la economía, etc., tendrían un buen lugar en un eventual gobierno socialista y revolucionario.

El violento ataque de Onganía a la autonomía universitaria fue sin dudas el factor que más contribuyó a empujar a los jóvenes de clase media a la oposición armada.

Paralelamente ell hecho de que pocos obreros integrasen las guerrillas se debió a la acción desmovilizadora del peronismo, que los convenció de que su fuerza radicaba en el poder colectivo industrial y en los sindicatos y no en las armas de fuego.

Estas circunstancias se repetían en toda América Latina al punto que no debe sorprender que las guerrillas urbanas hallan aflorado en países habitualmente respetuosos de la institucionalidad establecida y con un alto porcentaje de habitantes de clase media, como Argentina y Uruguay, afectados por medidas económicas impopulares y por la reducción de las libertades políticas y culturales.

Además muchos de aquellos que durante el primer gobierno de Perón eran niños, descubrieron en él un modelo y mentor político y el gestor de una nostálgica época de oro en la que el pueblo había sido feliz, en contraposición a ésta en la que los jóvenes argentinos descubrieron la desilusión acerca de la validez del sistema político, tanto en su forma constitucional como de facto.

Perón con inteligencia estratégica aunque con dudoso sostén ético, fomentaba este entusiasmo juvenil con mensajes en los que dejaba abierta la puerta de la violencia, ya que la sabía un medio de desestabilizar al régimen hasta el punto de arrastrarlo a la caída o al menos ponerlo en la obligación de negociar con él mismo.

Prueba de esta actitud es éste párrafo de su "Mensaje a la juventud" de 1971:"Tenemos una juventud maravillosa, que todos los días está dando muestras inequívocas de su capacidad y su grandeza ... Tengo una fe absoluta en nuestros muchachos que han aprendido a morir por sus ideales".

Ya expresamos al principio de éste capítulo que el planeta entero vivía una época de cambios vertiginosos: el hippismo, la guerra de Vietnam , el mayo francés –por citar sólo algunos de ellos- suponían corrientes de revolución y contrarrevolución que impulsaban a los jóvenes a tomar partido activamente por algo que considerasen justo.

Se agregó a ello el compromiso social y político que asumió parte del clero latinoamericano a fines de los ’60 a partir de la creación de un pequeño pero muy activo sector bautizado "Sacerdotes del Tercer Mundo", con su profunda capacidad de prédica en los sectores mas bajos de la sociedad y haciendo que la liturgia católica llegase a actuar como sedante frente al temor a la muerte que muchos guerrilleros habrían de sentir: eran presentados como "hijos del pueblo", que "caían" en vez de morir, y a los que se les daba la condición de mártires.

En cuanto al propio Perón, lo que buscaba con sus declaraciones pendulares era dar a cada sector una imagen omnipresente de si mismo. Cada uno veía en el general lo que quería ver; así satisfacía a todos y conservaba su liderazgo.

Esta política de aceptación tanto a derecha como a izquierda -que pareció ser muy eficaz desde Madrid- demostró sin embargo su debilidad a la vuelta de Perón, cuando todos esos sectores lucharon violentamente por su reconocimiento como los verdaderos peronistas. Esto tenía que pasar tarde o temprano pero es de suponer que Perón confiaba en su capacidad de maniobra política y su indiscutido liderazgo para disolverlo en el tiempo.

No llegó a comprender que la Argentina había cambiado y que la sociedad post peronista –aún la integrada por sus seguidores- tenía expectativas intelectuales que iban más allá de la ciega obediencia a los dictados de un caudillo, aunque este se llamara Juan Domingo Perón.

Lo cierto es que la convulsión generada por levantamientos de obreros y estudiantes en Córdoba, en Tucumán y en Rosario – y aunque con menos intensidad en el resto del país- y la muerte del Aramburu en manos del grupo Montoneros –compuesto justamente por jóvenes que provenían de tradicionales familias católicas y ellos mismos integrantes de cenáculos nacionalistas como el ultra conservador Círculo del Plata que lideraba Marcelo Sánchez Sorondo- terminaron por arrasar la etapa Onganía dando lugar al tiempo político que, para el caudillo de turno del Ejército (Lanusse) pretendió ser la vía de continuidad de su propio poder.

La designación del general Roberto M. Levingston como presidente en junio de 1970 fue, para decir lo menos, inesperada y sorprendente ya que al momento de su nombramiento, era agregado militar en la embajada argentina en Washington, lo que lo convertía en un desconocido para el pueblo argentino.

Esta falta de base social y la oposición que le presentaron los partidos políticos –que los llevaron a lograr por primera vez sentares en una mesa y abroquelarse en la defensa de sus propios interesas a partir del nucleamiento bautizado La Hora del Pueblo- evitaron concretar su proyecto nacional de convocatoria a los partidos sin sus líderes, una primitiva manera de pretender un vandorismo generalizado que, obviamente, convertía a los militares en jueces y parte dentro del futuro institucional del país.

La verdadera figura detrás de Levingston -el general Alejandro Lanusse- buscaba una salida honorable para las FFAA , aunque su verdadera intención era una apertura progresiva hacia la institucionalidad bajo tutela militar. Sólo la amenaza de una revuelta revolucionaria - mantenida por Perón como una espada de Damocles sobre el gobierno - obligó a los militares a llamar a elecciones para marzo de 1973.

La cláusula de residencia -incluida en el decreto de convocatoria- por la cual Perón no pudo presentar su candidatura obligó a este a designar como candidato a Héctor Cámpora, que al frente del FREJULI (Frente Justicialista de Liberación) -coalición que reunía sobre el eje peronista a frondicistas, conservadores populares, populares cristianos y otras agrupaciones- triunfó el 11 de marzo de 1973 con el 49,59 % de los votos, por sobre la fórmula radical encabezada por Ricardo Balbín.

El 25 de mayo de 1973, mientras el centro de Buenos Aires vivía una singular ebullición, Héctor Cámpora asumió la presidencia de la Nación; después de dieciocho años de proscripción, el peronismo volvía al poder.

Cámpora reconoció a los Montoneros su contribución otorgándoles a muchos de sus cabecillas importantes puestos en el gobierno y declarando una amnistía general para todos los guerrilleros encerrados como presos políticos.

El 20 de junio de 1973 Perón regresó definitivamente. Su liderazgo permanecía, pero el contexto era muy diferente.

El carisma debía probarse ahora en el llano, en medio de una sociedad asustada por la cultura de la violencia; Ezeiza sería el prólogo para las sangrientas luchas internas que el peronismo viviría después: a medida que se aproximaban a recibir a su líder, las columnas de Montoneros, FAR y JP fueron ametralladas por elementos de la derecha peronista perdiendo la vida más de 25 personas. Por más que los autores eran conocidos y hasta se publicaron fotografías de los mismos, Perón no supo –o no quiso- hacer nada al respecto.

Al día siguiente, sin embargo, produjo el que seguramente fue el hecho personal que le valió más acercamiento a sus adversarios de antaño y al todavía amplio sector de la sociedad que seguía sin digerirlo, justamente por su poca claridad al referirse a la violencia guerrillera: en un discurso emitido el 21 de junio por la cadena nacional de televisión, dejó en claro que su intención central era la de superar las viejas antinomias, unir al país, convocar a la oposición a compartir las responsabilidades frente al momento en que se vivía y desalentar –por fin- todas las expresiones de la violencia como camino hacia el progreso de la Argentina.

Existe una llamativa simetría entre esta primera aparición masiva de Perón, apenas llegado del exilio, y su último mensaje a los argentinos –ya en el poder y a pocos días de su muerte- en ocasión del discurso que el 12 de junio de 1974 pronunciaría desde los balcones de la casa de gobierno: en ambas ocasiones el país pudo escuchar a un Perón solitario, volcando lo que era seguramente su deseo sincero en la etapa final de la vida.

Tras la masacre de Ezeiza porque la conmoción de aquellos acontecimientos le permitió expresar –pocas horas después- las conclusiones más profundas del hombre en el exilio de Madrid y los agitados meses transcurridos a partir del momento en que descubrió que ya no era el fantasma Perón sino el líder en uso directo y cotidiano de sus responsabilidades como tal; luego –tras el corto pero fragoroso ejercicio del gobierno- porque había podido extraer las conclusiones necesarias para comprender que su poder distaba demasiado de ser tan absoluto como pudo haberle parecido al regresar a la patria.

En el medio entre ambas confesiones tuvo que soportar la división de su movimiento, el egoísmo de los diversos sectores, incapaces de impedir un obligado retorno al poder formal
para el que su cuerpo ya no estaba capacitado, la lucha por la sucesión –que lo impulsó a la desesperada decisión de imponer a su esposa como compañera de fórmula ante la imposibilidad de encontrar una vía de consenso a las presiones de propios y extraños- el fracaso de una política económica que terminó favoreciendo tan sólo a los sectores empresarios a los que representaba su ministro de economía José Gelbard, la violencia multiplicada –que mucho lo golpeó personalmente con la muerte de José Ignacio Rucci y su muchas veces expresada sospecha de que José López Rega no estaba exento de una responsabilidad directa- y, en definitiva, la toma de conciencia acerca de cuan poco sabía de ese país que le habían contado en la distancia voces parciales, interesadas y muy pocas veces leales.

Perón ganó las elecciones del ‘73 con el 61,8 % de los votos.

Apenas después de su asunción la JP y el peronismo de izquierda, empezaron a observar como Perón defendía a los líderes de la ortodoxia sindical y política del movimiento y castigaba verbalmente a los grupos marxistas terroristas y subversivos supuestamente infiltrados en el peronismo.

A pesar de ello, y por un tiempo dramáticamente corto, la izquierda mantuvo incólume su lealtad y disciplina al verticalismo peronista:"Quien conduce es Perón, o se acepta esa conducción o se está afuera del Movimiento... Porque esto es un proceso revolucionario, es una guerra, y aunque uno piense distinto, cuando el general da una orden para el conjunto hay que obedecerla" (El Descamisado, órgano del peronismo revolucionario, nº 26, 13 de noviembre de 1973.

Tal vez no quería aceptar que el Perón revolucionario que ellos creían conocer había traicionado sus convicciones.

Por eso llegaron a pretender que ese extraño comportamiento del líder era responsabilidad del círculo que lo rodeaba, encabezado por López Rega.

No se equivocaban en un punto: éste era quien estaba detrás de la AAA y quien reclutaba a numerosos policías expulsados de su fuerza por delitos cometidos en ejercicio de sus funciones y reincorporados por el “brujo” –así se conocía y llamaba al singular personaje- antes de la asunción de PeróN.

En este verdadero escuadrón de la muerte formaron su experiencia muchos de los que después integrarían las brigadas de represión del Proceso.

Tan sólo en el período 1973 - 1974 la AAA y otros comandos terroristas habían asesinado a más de doscientos peronistas revolucionarios, militantes de la izquierda no peronistas y refugiados políticos extranjeros.

En la reunión del Día del Trabajador de 1974 en la Plaza de Mayo sucedió la inevitable ruptura.
Al salir Perón al balcón se encontró con un escenario que nunca pudo imaginar hasta poco tiempo antes: los Montoneros habían llenado la plaza con estandartes de su Movimiento, silbaban a Isabel , y coreaban coplas del tipo de "Si Evita viviera sería Montonera", y "Qué pasa (...) general, que está lleno de gorilas el gobierno popular".

Perón – desbordado emocionalmente por primera vez en su vida pública- abandonó su discurso de unidad nacional y comenzó a echar diatribas contra los revolucionarios: "estos estúpidos que gritan", "algunos imberbes pretenden tener más méritos que los líderes sindicales que lucharon durante veinte años", definiendo a los quejosos como " infiltrados que trabajan adentro y que traidoramente son más peligrosos que los que trabajan de afuera, sin contar que la mayoría de ellos son mercenarios que trabajan al servicio del dinero extranjero".

La Juventud Peronista respondió marchándose de la Plaza, dejándola semivacía.

El 1º de julio de 1974, Perón murió en su cargo de presidente a la edad de setenta y ocho años.
Su esposa María Estela Martínez asumió la presidencia, bajo la conducción indisimulada de López Rega, y el frente peronista se fue fracturando en forma cada vez más notoria , momento a partir del cual el terrorismo se multiplicó hasta convertirse en el hecho más trascendente de ese momento histórico.

A principios de 1976, cada cinco horas se cometía un asesinato político y cada tres estallaba una bomba.

Esta violencia política granjeó a los grupos subversivos el rechazo de gran parte de la opinión pública, esa misma que simpatizara con ellos cuando eran una joven agrupación que luchaba contra la Revolución Argentina y por el regreso de Perón.

Y acompañando a la violencia política reinante, la inquietud obrera se estaba generalizando; a pesar de que las huelgas estaban prohibidas, importantes sectores del movimiento obrero recurrieron a ellas -así como a marchas de hambre, trabajo a reglamento y manifestaciones callejeras- en un esfuerzo destinado a cambiar la política económica del gobierno.

Con una inflación mayor a la de Alemania en el período 1921-1922, y al borde de la cesación de pagos internacionales, el gobierno constitucional había perdido el control de todas las variables claves del manejo económico.

El vacío de poder que desde la muerte de Perón aquejaba al país quedaba dramáticamente en evidencia por la imposibilidad de Isabel y su gente de ofrecer solución a los problemas vigentes, ante la impaciencia que demostraban tanto los empresarios como los obreros y a pesar de los esfuerzos de la oposición –especialmente la UCR con Ricardo Balbín a la cabeza- por sostener un gobierno vacío de ideas y cada vez más desprestigiado en la opinión pública.

Las FFAA actuaron sagazmente; sin intervenir hasta que la situación se tornó esperaron a que los dirigentes civiles fueran a golpear las puertas de los cuarteles y el 24 de marzo de 1976, la Junta Militar encabezada por el teniente general Jorge Rafael Videla por el Ejército, el almirante Emilio Eduardo Massera por la Marina y el brigadier general Orlando Ramón Agosti por la Fuerza Aérea, depuso al gobierno constitucional de Isabel Perón.

Se afirmó entonces que ello se hacía con el objeto de "terminar con el desgobierno, la corrupción y el flagelo subversivo", denunciando "la irresponsabilidad en el manejo de la economía", las malversaciones de Isabel Perón y su administración y el "tremendo vacío de poder" existente que amenazaba a la Argentina con "la disolución y la anarquía". Desgraciadamente y como casi todo ello era cierto, muchos argentinos les creyeron.

Como en 1966, pero mucho más severamente, fueron disueltos el Congreso y las legislaturas provinciales; la presidente, los gobernadores y los jueces, depuestos; y fue prohibida la actividad política estudiantil y de los partidos.

La UIA, la CGE, la CGT y los sindicatos más importantes fueron intervenidos, sus fondos congelados; y las actividades relacionadas con las huelgas y las negociaciones colectivas de trabajo declaradas ilegales.

La primera etapa del gobierno militar –que colocó en el Ministerio de Economía a un nuevo representante de los sectores más recalcitrantes de la vida económica, el Dr. José Alfredo Martínez de Hoz- se vio beneficiada por la situación financiera internacional ya que desde la crisis del petróleo del ‘73, había en los bancos de los países occidentales industrializados muchas divisas que los exportadores de este producto habían depositado.

Estos capitales debían ser colocados, por lo que desde el FMI se creó la conciencia de que era bueno para un país en desarrollo como la Argentina recibir inversiones aunque en definitiva -por la inestabilidad política del país- sólo se contrajeron préstamos y deudas.

Mediante la apertura indiscriminada de los aranceles externos, la disminución del poder adquisitivo de la clase obrera y la sobrevaluación del peso -que dificultaba las exportaciones y estimulaba las importaciones- se procedió a un sostenido proceso de desindustrialización , estratégicamente favorable al capital extranjero.

Un año después muchos de los que habían apoyado el golpe ya se mostraban alarmados ante la profundización de la crisis económica y los duros atropellos a las libertades democráticas del régimen.

Estas dos cuestiones se relacionaban, ya que para imponer la política económica fue necesaria una indiscriminada represión, para lo que el concepto militar de "subversión" pasó a ser bastante amplio. En palabras del propio Videla: "un terrorista no es sólo el portador de una bomba o una pistola, sino también el que difunde ideas contrarias a la civilización cristiana y occidental".

Los métodos que las FFAA pusieron en práctica para eliminar la subversión tomaron por sorpresa a los opositores, a las propias organizaciones subversivas y a toda la sociedad argentina: campos de concentración clandestinos, centros de tortura y unidades especiales militares y policíacas, cuya función era secuestrar, interrogar, torturar y matar se convirtieron en una realidad que el país conoció primeramente por la prédica que desde el extranjero hacían conocer los organismos internacionales de defensa de los derechos humanos y por la preocupación que al mismo tiempo comenzaban a expresar los representantes de gobiernos democráticos del mundo entero.

Son recordadas en ese sentido las admoniciones recibidas en forma permanente de parte del Presidente del gobierno de Italia, Sandro Pertini, así como de su colega de Francia y –muy especialmente atendidas por la Junta Militar- del propio jefe de estado norteamericano, el demócrata James Carter.

La represión se dirigió principalmente a los cuadros intermedios de las organizaciones opositoras -como delegados de fábrica- quienes se habían convertido en nexo entre la cúpula de las organizaciones terroristas y los militantes de base.

El siniestro saldo del Proceso fue -entre otras cosas igualmente graves como la pérdida del compromiso social de los argentinos con su propio país- 30.000 desaparecidos, triplicación de la deuda externa, alta inflación, desindustrialización, fuerte caída del PNB y una dramática lección de la historia que aún hoy –y por momentos- no parece haber sido aprendida.

En 1983, agobiados por la situación económica y definitivamente debilitados por la derrota sufrida tras la aventura irresponsable de Leopoldo Fortunato Galtieri involucrando al país en una guerra improvisada y sin preparación alguna en las islas Malvinas, no pudiendo resistir más la presión de la opinión pública nacional e internacional, los militares devolvieron el gobierno a los civiles tras las elecciones convocadas para el 30 de octubre de ese año en las que triunfó el Dr. Raúl Alfonsín por la UCR, apoyado en el recuerdo que la sociedad tenía del último gobierno peronista y en la imagen de sus candidatos para los que insólitamente nada parecía haber pasado desde el derrocamiento de Isabel hasta esa fecha.

Terminaba el tiempo de la inestabilidad política y comenzaba otro-lleno de expectativas y optimismo- sobre el que volveremos en pocas líneas más.

LA OTRA REPUBLICA-PARTE 16


CAPITULO IV

1955-1983: EL FRAGOR DE LA NADA


Puede sorprender al lector el hecho de que esta parte de nuestro trabajo englobe tantos años de la vida nacional, máxime cuando hablamos de un tiempo ciertamente dramático y rico en cambios sociales, culturales y políticos no tan sólo en la Argentina sino en el mundo entero.

La etapa más crítica de la Guerra Fría, la explosión del rock and roll, el crecimiento de los movimientos pacifista, la revolución sexual, el debate ideológico –aplicado a todos los ordenes de la vida- la superación geométrica de los alcances de la medicina –especialmente en el cambio de las técnicas quirúrgicas-, la llegada del hombre a la luna, el existencialismo, los Beatles, Martín Luther King y su lucha por los derechos civiles de la comunidad afro americana en los Estados Unidos, la muerte en Bolivia de Ernesto “Che” Guevara, la universalización de la comunicaciones -con el acceso generalizado a la televisión, a la telefonía y el desarrollo satelital- el mayo francés, la crisis del colonialismo, la consolidación de los sistemas democráticos, la extensión del comercio internacional, la marcha acelerada hacia la conformación de bloques regionales, los profundos cambios introducidos en la Iglesia Católica por el Concilio Vaticano II, Vietnam, Corea, la muerte de los Kennedy, el auge de la cultura alternativa –al mismo tiempo en que se disfrutaba el florecimiento de una maravillosa cultura formal-, la marihuana, la introducción de expresiones milenarias del pensamiento oriental y su asimilación al estilo de vida de occidente, la lucha de los pueblos de Africa por su independencia, el fenómeno guerrillero –en sus formas urbana, rural e institucional-, la aparición del derecho internacional como regla de convivencia entre los pueblos, la crisis del petróleo y sus consecuencias económicas, financieras y geopolíticas, la bipolaridad, la reforma de los sistemas educativos a partir de la escuela francesa y su profundo análisis de contenidos y relaciones dentro de la escuela, el fin de la familia vertical y paternalista, el feminismo, la pérdida de verguenza ante el propio cuerpo, etc, forman parte de un tiempo irrepetible que supondría para cualquier autor el placer de dedicar a cada uno de estos aspectos –y por supuesto a sus consecuencias globales- un trabajo singular y apasionante.

Sin embargo esto tiene una explicación y ella debemos buscarla en los hechos argentinos de aquellas casi tres décadas.

Al igual que en el mundo los acontecimientos en nuestro país se sucedieron sin solución de continuidad. Apenas dos meses después da la caída de Perón un nuevo golpe de estado –en este caso palaciego e involucrando a facciones dentro del poder militar- derrocó al Gral. Eduardo Lonardi e instaló en el poder al eje profundamente antiperonista que encabezaban el nuevo Presidente, Gral.Pedro Eugenio Aramburu y el jefe de la Marina de Guerra Alte. Isaac Francisco Rojas quien, además, fue designado como Vicepresidente.

Este nuevo polo militar –con la concurrencia de importantes sectores de la vida política argentina, representada por los principales partidos políticos democráticos- instaló en el país un régimen de excepción que se mantendría durante los siguientes diez y ocho años, con el peronismo proscripto electoralmente, su dirigencia perseguida y encarcelada y la sociedad argentina dolorosamente partida en dos en todos y cada uno de los aspectos que la formaban.

No es raro entonces que todos esos cambios que se produjeron en el mundo, con sus consecuencias sociales y culturales, fuesen absorbidos de manera insuficiente en nuestro país ya que el necesario debate sobre sus formas de implementación y sobre los alcances y consecuencias de su propia existencia, contó siempre con un protagonista ausente que no era solamente Perón y la dirigencia de su partido sino millones de argentinos que no podían expresar libremente sus ideas y convicciones de cara al mundo que comenzaba a alumbrar en aquellos años.

Acontecimientos de profunda significación se fueron concatenando entonces en una Argentina renga: el gobierno de Arturo Frondizi y su caída en medio de la soledad política y un aislamiento que llevó al país a perder la gran oportunidad de una industrialización sustentada sobre bases reales, el interregno formalista de José Maria Guido, presionado hasta la torpeza por el poder militar, procesos electorales en los que la mitad de los argentinos se veían impedidos de sufragar por sus candidatos preferidos –convirtiendo al voto en blanco en la vedette de aquellos años-, el levantamiento de azules y colorados –que signaría la vida institucional por muchas décadas-, la débil experiencia del radicalismo en el poder durante el mandato de Arturo Illia, las erráticas posiciones que en materia de política exterior tomara el país por aquellos años, la aparición de la inseguridad jurídica -en lo institucional de la mano de la proscripción peronista y la aparición de regímenes legales especiales que, colocados por encima de la propia Constitución Nacional, sirvieron para dar una pátina de legalidad a las persecuciones políticas, y en lo económico con la apropiación de los fondos de las cajas previsionales llevada adelante por el Ing. Alvaro Alzogaray y luego con el incumplimiento por parte de la administración radical de los contratos petroleros que firmara Arturo Frondizi- la inexistencia de una prensa libre y una cultura independiente –producto de aquella misma nación partida en dos-, el fenómeno de la guerrilla urbana y rural –que iría en un in crescendo imparable hasta convertirse en uno de los grandes dramas argentinos en la década del 70-, la experiencia corporativa de Juan Carlos Onganía –jugando al dictador nacionalista mientras la economía del país quedaba en manos de grupos neoliberales generadores de una apertura económica que lejos de servir para modernizar los resortes de la producción debieron ser sostenidos en sus graves consecuencias para el capital nacional a partir de una represión generalizada convertida en detonante de la caída del régimen y la posterior y limitada apertura democrática-, las luchas internas de poder en el Ejército, el patético Roberto Marcelo Levingston, Lanusse y su casi obscena pulseada personal con Perón, el retorno del líder justicialista, la masacre de Ezeyza, la violencia irracional de los grupos irregulares del peronismo (Montoneros, FAP, FAR), el trotzkysmo (E.R.P) y la contrapartida de la extrema derecha –cobijada dentro de la estructura del estado- presente a través de grupos como la C.N.U, el C.D.O y más tarde la AAA- con su secuela de secuestros, atentados y asesinatos que comienzan con la figura del propio Armamburu y luego multiplican sus páginas de terror –Arturo Mor Roig, José Ignacio Rucci, Silvio Frondizi, Rodolfo Ortega Peña, Oberdam Salustro, el Gral.Juan Carlos Sánchez, Rogelio Coria y tantos otros- hasta poner a la sociedad argentina en un estado de crispación que la llevó a pretender que el orden –aunque sólo supusiese la paz de los sepulcros- era el único bien común deseado.

Regresará Perón a morir en la Argentina, la caricatura institucional maquillará su cara con rostro de mujer en presencia de brujos, ceremonias esotéricas, paseos de cadáveres venerados o simplemente acribillados, violencias y discursos vacíos, hasta que –con la anuencia y la complicidad de la mayoría de la sociedad nacional- irrumpirán nuevamente en escena las marchas militares (siempre acompañadas de los números liberales ) para comenzar un tiempo doloroso de abandono de la legalidad, de más muertes –tan salvajes e innecesarias como siempre suele ocurrir cuando se pretende acallar el pensamiento suprimiendo todo el cuerpo-, el terrorismo de estado, una guerra innecesaria que nos empujó más hacia el aislamiento y por fin otra más de las apresuradas salidas democráticas que convierten en cronograma electoral lo que debería se un profundo debate de ideas.

Durante todo este tiempo la clase dirigente –ilegítima durante casi la totalidad de esas tres décadas- pensó o prefirió pensar en forma idéntica, convirtiendo la vida institucional argentina en un rosario de atropellos, arbitrariedades y luchas por el poder.

En semejante contexto era imposible sostener un debate profundo y creativo acerca de una sociedad nueva, con valores y objetivos permanentes y que tomase los mejor de su pasado –que lo tenía y mucho- lo administrase serenamente en el presente y lo incorporase como parte de las costumbres de convivencia hacia el futuro.

¡ Ironía extraña esta Argentina ¡. Con etapas históricas tan marcadas –y por cierto tan lentas en su desarrollo y en la comprensión de su agotamiento- nunca tuvo tiempo para dedicarse a resolver las reglas de la vida en común y ni siquiera capacidad para seleccionar entre los acontecimientos que la llevaron al fracaso y aquellos otros que la convirtieron paralelamente en un país instruido, refinado en sus grandes centros, moderno en el contexto de la América del Sur, con capacidad de liderazgo y amado hasta la adopción por millones de personas que provenían de sociedades más adelantadas en las que no pudieron encontrar respuesta a sus necesidades elementales.

Habrá que concluir que el pecado de la abundancia jugó entonces un rol desencadenante en el fracaso nacional.

-el descubrimiento del hombre-

El Renacimiento había dejado a la humanidad la herencia de un mundo nuevo, luminoso y dinámico. Las artes y las ciencias se habían desarrollado como elementos irrenunciables de la sed de progreso, y de la mano de este crecimiento la sociedad universal logró barrer con las estructuras verticales y paralizantes que la sumergieran durante la Edad Media en el peor de los oscurantismos: el miedo al saber.

A partir de la década del 60 –y seguramente sin haber significado ello una meditada pretensión- comienza en Europa una ebullición cultural que pone a la sociedad en estado de debate permanente, la tensa, la revuelve, la enfrenta y la apasiona.

Todos los valores que la sostenían entran en controversia y la familia, el conocimiento y su aplicación extendida, sus bases filosóficas, la sexualidad, las libertades y hasta el criterio de las democracias acerca del sistema de representatividad no serán, desde entonces, idénticos valores a los entendidos anteriormente.

Sin saberlo, se estaba dejando ahora atrás otro escalón del difícil crecimiento del hombre: el miedo al hacer.

Porque mientras el Renacimiento nos llevó de cabeza al surgimiento del debate por la representatividad social, es a partir de los años 60 en que comienza a ordenarse –aunque el término parezca inadecuado ante tanta maravillosa ebullición- el viejo sueño civilizado del protagonismo social.

El nuevo hombre quiere ahora ser, pero también hacer.

Y si retomamos la lectura de este capítulo y observamos la rápida –y por tanto incompleta- enumeración de los hechos impactantes que en el mundo dejó este tiempo singular, veremos que subyace en las circunstancias que rodea a cada uno de ellos la búsqueda universal de los derechos civiles como valor mínimo de convivencia a ser tenido en cuenta en el futuro.

Entender el mensaje y acompañarlo en la acción es lo que una vez más faltó en la argentina.
Cuando la crisis del colonialismo y el nacimiento de las democracias americanas habían sido las formas institucionales ; con la revolución industrial y sus consecuencias sociales se había debatido la inclusión de millones de seres humanos dentro de aquellas instituciones que el tiempo había convertido en elitistas y por tanto insuficientes; ahora el mundo pedía a gritos que el hombre –representado e incluido formalmente en el poder- fuera valorado desde su propia individualidad y respetado entonces como actor y no tan sólo espectador de las grandes decisiones que lo involucraban.

Quería elegir su propio camino, desarrollar sus propios valores, cotejarlos y resolverlos desde su propia relación con la comunidad y cederlos en la administración común a un estado que -con la naturalidad de lo obligatorio por consenso- los tuviese siempre presentes.

En la sociedad argentina, los derechos civiles no alcanzaron a constituirse jamás en una tradición (a pesar de estar presentes en forma genérica en el pensamiento de la Generación del 80) y los derechos políticos tampoco fueron el canal principal de integración de las mayorías a la política, proceso que el peronismo dio por medio de la proclamación de los derechos sociales.

La fuerte referencia a lo colectivo y a lo estatal, que contiene esta tercera generación de los derechos, pretendió resolverse sin que existiera previamente en la cultura y en la política una asentada tradición de defensa de las libertades del individuo y un consagrado respeto a los mecanismos representativos de la democracia.

Ello llevó inevitablemente a que la esfera de lo privado y la prioridad de la ley quedaran subsumidas en fuertes identidades colectivas naturalmente opuestas a esa dimensión jurídica del orden político que además, en las democracias occidentales representó el equilibrio entre los poderes, la independencia del Poder Judicial, la salvaguardia de las libertades de expresión y la naturalidad del pluralismo, valores necesarios del sistema democrático y de la resolución de los conflictos políticos.

El resultado fue una identidad totalizante que implicó a todas las dimensiones del individuo al punto que éste fue casi un 'ente en lo colectivo'.

En ese contexto no alcanzó a perfilarse la idea del ciudadano y mucho menos a plasmarse las forma moderna de su vinculo con la política: la representación, el voto, la delegación institucional.
Pasión y violencia fueron caracteres propios de una cultura refractaria a la dimensión jurídica del orden político.

Durante largas décadas este modo de ejercer demandas sociales, y compeler al Estado a saldarlas a favor de uno u otro, pudo asegurar índices de distribución aceptables para las grandes mayorías que tuvieron así movilidad social y escasa marginalidad, aunque sufrieran proscripción política.

En los 60 la crisis del estado benefactor y la reconversión de las economías actualizaron el debate teórico-político acerca de la justicia.

Las posiciones polares en esta discusión se expresan en el pensamiento de J. Rawls, para quien en la revuelta popular “existe legitimidad para sostener criterios de justicia social que afecten las estructuras la socieda”, un criterio sólidamente presente en el tiempo que nos ocupa.
Para esta corriente de pensamiento el derecho debe propender a una distribución básica que asegure lo mínimo del máximo a todos los ciudadanos.

A ello se oponían los pensadores neoliberales –convertidos sin razón alguna en refugio intelectual de los defensores del viejo sistema- quienes afirmaban que sólo existe justicia en sentido restrictivo y que las acciones morales en favor de los desposeídos son y deben ser una cuestión benéfica sujeta sólo a la conciencia privada.

Claro que el hombre de los 60 había tomado nota que esa conciencia privada condicionaba desde mucho tiempo antes la concepción universal que el estado tenía en su propia esencia y desde su formación como tal.

Aunque parecía que sólo se estaba retomando el debate de una cierta concepción acerca de la naturalidad de la distribución económica y la desigualdad social, en realidad estábamos frente a la definición del nuevo rol del hombre frente al mundo y frente a sí mismo.
Si no fuese por la inexistencia de la más leve pista acerca de siquiera intentarlo, diríamos que este tiempo supuso para nuestro país un nuevo fracaso en la posibilidad de alcanzar al mundo en su real situación.

Sería inexacto; a la luz de los hechos cuesta creer que aquí alguien se haya dado cuenta de lo que estaba ocurriendo con la sociedad universal.

-contando una historia-

Aunque parezca difícil tarea sintetizar los hechos de una historia tan convulsionada como fue la argentina entre los años 1955 y 1983, trataremos ahora de ubicar apretadamente al lector a partir de acontecimientos que nos permitirán comprender cabalmente el sentido de dos afirmaciones liminares de este trabajo:

1- que estos años fueron inocultablemente pobres en la búsqueda de un contrato social entre los argentinos
2- que al no ser este un tratado acerca de la historia de nuestro país, la selección de cada caso testigo -que nos permita arribar a las conclusiones buscadas- estará siempre sometida a la valoración que el criterio personal del lector realizará a partir de los hechos que más notoriamente hayan signado su experiencia de vida o su memoria. En este tramo cronográfico nos limitaremos a incluir aquellos que a nuestro juicio tienen el valor de ser, en sí mismos, ilustrativos de la realidad y de sus consecuencias.

El derrocamiento de Perón implicó el cierre de un ciclo histórico, momento en que comienza una época que comúnmente se denomina como de "empate" entre fuerzas, alternativamente capaces de vetar los proyectos de las otras, pero sin recursos para imponer perdurablemente los propios.

El "empate político" se vio reflejado en los ciclos periódicos de crisis económica. El poder económico fue compartido entre los representantes de los intereses de la realidad agraria pampeana con la burguesía industrial volcada totalmente hacia el mercado interior.

Hasta 1966 hubo además una serie de esfuerzos destinados a destruir al peronismo para crear una alternativa civil de apoyo mayoritario, pero fueron en vano.

Algunos de los que derrocaron a Perón anhelaban un país "sin vencedores ni vencidos" y creían que con tiempo y educación democrática se podría integrar a los peronistas a la sociedad.

Sin embargo los que predominaron fueron los más duros e intolerantes, que condenaron a un ridículo silencio a la mayoría electoral, y que transformaron en delito cantar la marcha partidaria y mencionar los nombres de Perón y Evita.

En 1966 el ejército, al mando del Tte. Gral. Juan Carlos Onganía, estableció una dominación autoritaria , considerada por una importante parte de nuestra sociedad como necesaria para suprimir el caos político reinante que en gran medida estaba ligado a los propios enfrentamientos en el seno de las FFAA, especialmente en el Ejército.

El fracaso que representó la recurrente costumbre de los gobiernos militares –nacionalistas en el discurso pero siempre sostenedores de duros planes económicos de sesgo neoliberal- y la a fuerte resistencia que la sociedad opuso a este programa, puso al país al borde de una caos en el que la violencia comenzó a ser parte de la vida cotidiana y las divisiones en la administración llevaron a sucesivos cambios de mano que terminaron empujando al gobierno militar a suavizar su situación y a acuciar una salida electoral.

Y aunque en las elecciones de 1973 el peronismo volvió al poder, la sociedad ya estaba fracturada y una seria inquietud política persistió durante los tres años siguientes, hasta que finalmente la Junta militar presidida por Jorge Rafael Videla tomó el poder mediante otro golpe de estado en junio de 1976.

Tras el golpe de 1955 asume la conducción del estado el Gral. Eduardo Lonardi –un nacionalista católico con una visión integradora acerca del destino inmediato de los millones de adherentes del peronismo que habían quedado sin conducción tras la partida de Perón del poder y del país- quien sin embargo fue rápidamente reemplazado por las facciones militares más duras , asumiendo el Gral. Pedro Eugenio Aramburu la presidencia. Con Aramburu se terminaron las ambigüedades: intervino el Partido Peronista y la CGT, así como la mayoría de los sindicatos; se prohibió el uso de símbolos peronistas, se detuvo a muchos dirigentes políticos y gremiales y se anuló la Constitución de 1949.

Después de más de cien años en que no se fusilaba por motivos políticos, un alzamiento militar-civil fue sometido de esta manera.

Procurando desarmar lo más posible el aparato de organización obrero peronista, el gobierno de Aramburu sentó la base institucional para el proceso que se abriría con Frondizi: el reemplazo de trabajo por capital en el desarrollo industrial, con el consiguiente deterioro el de los derechos sociales consagrados por el peronismo.

Convocadas las elecciones –en medio de duros enfrentamientos entre los sectores que administraban el poder y con el peronismo inhibido de presentar sus candidatos- Perón ordenó a sus seguidores votar por el radical disidente y desarrollista Arturo Frondizi, demostrando así su fuerza aún desde el exilio.

Perón temía que los peronistas no volviesen a votar en blanco -después de la elección de delegados a la Asamblea Constituyente de 1957 en la que el 24% de los votos fueron en ese sentido- en un momento en el que se elegiría a las autoridades que regirían por seis años los destinos de la nación. Además Frondizi seducía a los peronistas con sus consignas progresistas y desarrollistas y su prédica en contra del gobierno militar.

Las FFAA, lideradas por entonces por los sectores más anti peronistas, sostuvieron que el candidato de la UCRI había ganado ilegítimamente, ya que los votos justicialistas habían frustrado al candidato de la UCR del Pueblo, que contaba con el aval desembozado del gobierno.
Quedó en claro entonces que, desde la asunción del nuevo presidente, el golpe ya estaba dando vueltas en las cabezas de sus opositores..

Después del período peronista, el sector industrial había quedado compuesto por pequeños capitales y talleres artesanales -de baja eficiencia y competitividad- pero de gran capacidad de empleo.

Las grandes corporaciones del país, que cubrían las áreas de industria y servicios públicos, eran propiedad del Estado.

El gobierno desarrollista de Frondizi implementó un plan destinado a modernizar las relaciones económicas nacionales e impulsar la investigación científica.

En diciembre de 1958 se promulgó la Ley de inversiones extranjeras, que trajo como consecuencia la radicación de capitales -principalmente norteamericanos- por más de 500 millones de dólares, el 90% de los cuales se concentró en las industrias químicas, petroquímicas, metalúrgicas y de maquinarias eléctricas y no eléctricas.

El efecto inmediato de esta modernización fue la consolidación de un nuevo actor político: el capital extranjero radicado en la industria.

Los viejos representantes del sector industrial nacional debieron amoldarse a sus decisiones y la representación económica de la pampa húmeda fue desplazada de su posición de liderazgo, recuperándola a medias en los momentos de crisis.

Además, las variaciones en la distribución del ingreso beneficiaron a los sectores medio y medio-alto, en detrimento de los inferiores pero también, es justo señalarlo, de los superiores.

Ante esta nueva situación –que significó complementariamente la expulsión de los instrumentos del poder de las viejas clases dirigentes, históricamente representadas por abogados y leguleyos de escasa capacidad- la burocracia sindical adoptó una nueva posición; ni combativa, ni oficialista: negociadora.

Desde que en 1961 Frondizi devolvió a los sindicatos el control de la CGT, se empezó a fortalecer en el interior del gremialismo peronista la corriente encabezada por Augusto Vandor, -líder del poderoso gremio metalúrgico- que estaba dispuesto a independizarse progresivamente de las indicaciones que Perón impartía en el exilio.

En estos años de proscripción y declinación general del nivel de vida de la clase obrera había nacido la izquierda peronista, representada por aquellos dirigentes cuyas metas eran el socialismo y la soberanía popular, conceptos tan genéricos como difusos que sin embargo conocieron su cuarto de hora de la mano de la inexistente respuesta que desde el poder recibían las expectativas generales de la población.

Reconociendo el apoyo electoral recibido, Frondizi se acercó a los peronistas -dictando una amnistía general, una nueva Ley de Asociaciones Profesionales, etc.- pero no logró evitar que -en el discurso que Perón bajaba desde su exilio- las inversiones extranjeras, (consideradas la clave del desarrollo por el gobierno), se plantearan como entrega al imperialismo yanqui, caballito de batalla de todos los movimientos populares que en el mundo se multiplicaban por aquella década.

Los contratos con ocho compañías petroleras extranjeras y la privatización del frigorífico Lisandro de la Torre desbordaron la ira de los peronistas nacionalistas, que se sentían traicionados.

A su vez, se levantaron las protestas de la dirigencia industrial nacional, que necesitaba el petróleo barato, y que temía que si la Argentina no se sumaba EEUU en su lucha contra Castro, sufriría la misma política de agresión que Cuba.

Ante la creciente oposición de la clase obrera, con una recurrente recesión, y con muy poco espacio para maniobrar, Frondizi cedió a todos los planteos militares y declaró primero el estado de eitio y luego el plan CONINTES para desmovilizar la protesta social.

miércoles, 22 de abril de 2009

LA OTRA REPUBLICA-PARTE 15

(CONTINUA)
Al poco tiempo de la firma del Acta de Santiago, los Jefes de Estado de Colombia y Venezuela celebrarán una reunión en la que establecen el propósito de formar otro bloque - de signo anticomunista – y opositor al Austral.

Simultáneamente en Río los cancilleres de Brasil y Perú atacaron los planes argentinos.
Detrás de ambas decisiones surge con absoluta claridad la mano de los Estados Unidos: Argentina había dejado de ser una experiencia populista nacional para convertirse en un serio problema continental.

La respuesta de nuestro país es la firma inmediata de un tratado comercial de similares características con la República del Paraguay, en el que ya jugarían roles estratégicos empresas europeas –en este caso de transporte- despertando en Norteamérica mayores recelos acerca del futuro que un bloque europeo-sudamericano podía construir a partir del crecimiento del comercio entre ambos.

Argentina se compromete, con éxito, a que la Cía. Holandesa de Navegación prolongue sus servicios desde Hamburgo hasta Asunción, con Buenos Aires como puerto intermedio y se fijan las bases para la instalación del servicio telefónico inalámbrico entre Asunción y Buenos Aires.
El intercambio, que había sido de 7 millones de dólares en 1950, alcanzaría la cifra de 39 millones en 1955, conforme a previsiones estipuladas.

Avanzando en su agresiva política en la región Perón logra un acuerdo del mismo tenor con Ecuador, convenio que se firmará en la ciudad de Quito (Diciembre 12, 1953).

Por el pacto de Unión Económica, Argentina se compromete a comprar durante 1954, treinta mil toneladas (30.000 Tn) de petróleo a los precios y condiciones que rijan en el mercado internacional, en el momento de la contratación y venderá, en el año mencionado, las cantidades de trigo necesarias para cubrir el valor de las toneladas de combustibles referidas, a los precios que rijan para las ventas de dicho cereal al Ecuador, dentro del Acuerdo Internacional del Trigo, en el momento de concertarse las compras.

Por fin sella con Bolivia otro convenio de Unión Económica sucripto por el representante argentino, Jerónimo Remorino y por el Ministro de Relaciones Exteriores boliviano, W. Guevara Arze, en la ciudad de La Paz (Septiembre 9, 1954).

En sus cuatro capítulos, establece normas para la supresión gradual y coordinada de derechos aduaneros, aumento de saldos exportables, fluidez del intercambio por coordinación de movimientos de fondos, tipos y permisos de cambio y distribución de divisas; inversión de capitales con garantía y seguridad de retorno de amortizaciones y dividendos; amplio abastecimiento de poblaciones fronterizas; libre tránsito de productos para y de terceros países; zonas y depósitos francos en puertos marítimos o fluviales y otros lugares de tráfico internacional. Asimismo, prevé el mejoramiento de servicios postales, telegráficos, telefónicos y radiofónicos. Bolivia proveerá petróleo y Argentina ganado vacuno.
Bolivia será el quinto y último país miembro del Bloque de Unión Económica que ya formaban Argentina, Chile, Paraguay y Ecuador.

En todos los tratados suscritos y ratificados por Argentina, observamos que enviará producción alimentaria, en modo casi exclusivo o predominante, y recibirá petróleo en el caso de Bolivia y Ecuador.

De Chile recibirá hierro, acero y cobre; de Paraguay maderas, yerba mate y tabaco.
Argentina es el precursor de estos planes de complementariedad y es la que impulsa la firma de acuerdos bilaterales que contribuyen al establecimiento de uniones aduaneras, con el consiguiente aumento del comercio intra sudamericano, dejando en claro su vocación integracionista y su voluntad de no ceder la iniciativa en materia comercial.

Esta política de Perón termina irritando a Estados Unidos hasta el punto que el Departamento de Agricultura de ese país, por intermedio de su publicación oficial “ Foreign Crops and Markets”, expresará: “ Bolivia es el cuarto país que firmó un nuevo convenio comercial con Argentina, de acuerdo con el programa de Unión Económica contemplado en el Acta de Santiago. Durante 1953, el gobierno argentino desarrolló un nuevo método destinado a aumentar su influencia en otros países latinoamericanos, mediante acuerdos llamados de Unión Económica. Esto fue aplicado por primera vez a los Tratados con Chile en febrero y julio de 1953; con Paraguay, en agosto; y con Ecuador, en diciembre. El paso siguiente consistió en establecer consejos binacionales con cada uno de los países involucrados en la Unión Económica. Estos órganos tienen amplias facultades para discutir y recomendar los medios tendientes a lograr una coordinación económica más estrecha entre los dos países.

La importancia de este sistema no se halla en ningún compromiso inmediato bajo los acuerdos iniciales. Estriba más bien en el establecimiento de organismos que se reunirán periódicamente y estarán disponibles en lo futuro para facilitar cualquier tarea de coordinación económica. El convenio con Bolivia fue suscrito el 9 de septiembre de 1954. De conformidad con sus términos el intercambio ascenderá a 9 millones de dólares anuales en ambas direcciones. Bolivia exportará petróleo, estaño, maderas, así como diversos otros minerales y productos forestales. A cambio de ello, Argentina le enviará ganado, trigo, lana, extracto de quebracho y otros productos agrícolas y animales. Además de los arreglos de comercio y de pagos, el convenio incluye otras disposiciones, inclusive, un compromiso de Argentina para efectuar una inversión adicional para completar el ferrocarril Santa Cruz de la Sierra-Yacuiba; la concesión recíproca de privilegio de libre tránsito y la concesión por parte de Argentina de privilegios de puerto libre a Bolivia.” . A pesar del intento por minimizar los alcances reales de tales acuerdos, es claro que se tomaba nota de las políticas desarrolladas por Perón y que estas no eran del agrado del país del norte.

Estados Unidos, si bien se sintió amenazado por el Bloque Austral y la eventual influencia continental del peronismo, no se opuso de manera directa a su iniciativa.

Fue suficiente con que el Brasil continuase su política panamericanista -y que la subsidiada- promoviendo la colocación de sus excedentes agrícolas por medio de convenios bilaterales y excluyendo la producción cerealera argentina de los mercados consumidores , afectando de esta forma su balanza comercial.

Estos acuerdos de carácter bilateral evidencian que la Argentina era la promotora de la unidad continental, con la finalidad de convertirse en un polo de poder integrador.

Además de los detallados con Chile, Paraguay, Ecuador y Bolivia, también con Nicaragua suscribirá una declaración conjunta y con la Colombia de Rojas Pinilla negociará, sin concretarse pacto alguno, hasta el momento del derrocamiento del peronismo.

Nadie puede seriamente cuestionar la intención de un estado de generar alternativas políticas para su propio desarrollo, menos cuando se trataba de escapar a una situación de bipolaridad que otorgaba a esa nación un rol secundario en el mundo por venir, al mismo tiempo que limitaba el crecimiento de todos los países de una región que no era estratégicamente importante.

Y el armado de esa estrategia alternativa bien puede considerarse exitoso, toda vez que la inquina de los Estados Unidos se convirtió prontamente en una militante actitud antiperonista que no cedió ni siquiera en el momento del derrocamiento sino más bien multiplicó sus esfuerzos tendientes a borrar la acción y presencia del movimiento de la faz del país, tratando de garantizar de esa forma la imposibilidad de un retorno al poder.

Sí puede criticarse la linealidad con que Perón planteó ese enfrentamiento, cierta actitud prejuiciosa en el análisis de los acontecimientos mundiales, y una evidente debilidad operativa a la hora de comprender que la distancia tomada por algunos de los necesarios socios del proyecto –especialmente Brasil- indicaba la conveniencia de iniciar una etapa de negociaciones abiertas que permitiesen al país conservar intacto el papel de líder sudamericano que por entonces nadie le cuestionaba seriamente.

Desde una posición de relativa debilidad, llevando sobre sus espaldas el peso de decisiones no tan lejanas en el tiempo y que habían despertado el enojo del mundo libre, sabiendo de la necesidad de neutralizar el avance brasileño tras el alineamiento con los aliados durante la Segunda Guerra y, sobre todo, conociendo la política exterior norteamericana y sus contactos con sectores reaccionarios de las fuerzas armadas y del poder económico, Perón insistió en tensar las relaciones sin garantizar para el país los medios necesarios para un eventual aislamiento y sin darse cuenta de la debilidad de las instituciones de un estado que –al depender tan sólo de su impronta- no era herramienta suficiente para semejante emprendimiento.

Los hechos posteriores demostraron que ese aislamiento era el destino que le esperaba a la Argentina.

Y como el propio Perón gustaba decir, “la única verdad es la realidad”.

-el fin de la tercera ola-

La experiencia peronista significó el intento más fuerte desarrollado durante el último siglo en la búsqueda de un nuevo orden para el país y el emprendimiento que más cerca estuvo de lograr ese contrato social ausente que tanto ha limitado las posibilidades de consolidación de la Argentina.

Las explicaciones para la tarea inconclusa deben buscarse en circunstancias externas a la acción del justicialismo en el poder pero también en errores de implementación imputables a sus propias estrategias.

Lo cierto es que la inclusión de toda una clase social, con el acceso a sus derechos civiles plenos y los elementos concretos de bienestar que ello representó para millones de argentinos significó la creación de una base social extendida, con un criterio ascendente de movilización, pero no resultó suficiente para cerrar un contrato general que respondiese al interrogante común acerca de cual era el destino de la Argentina.

Perón tuvo en claro desde el principio que el tiempo de la incorporación de los obreros al manejo de la cosa pública había llegado. Comprendió también que la forma de evitar el conflicto social estaba en dotar a aquellos de un objetivo común y trascendente -que fue sin dudas el movimiento- y de una cadena de lealtades que, a su vez, comprometiese a los nuevos argentinos en una férrea lealtad con quien aparecía como el líder natural y el camino que hacía viable esa oportunidad histórica.

Pero sucumbió a los vicios que inevitablemente surgirán de ese estilo de conducción y no llegará a cerrar el círculo virtuoso de los derechos-deberes, tan presente en el inconciente colectivo de aquellas sociedades que logran un sólido camino hacia el éxito futuro.

Es posible que la acumulación de necesidades atrasadas en los integrados, sumada a las lógicas dificultades para asimilar –casi de la noche a la mañana- una nueva realidad que llegaba con acceso a derechos laborales, jornadas de vacaciones, posibilidades previsionales, acceso al turismo, a la educación media y superior, a la salud, a los modernos elementos del confort, a la participación gremial (a partir de entidades intermedias que por añadidura se convirtieron en parte fundamental del poder del estado), etc., hayan sido elementos demasiado fuertes, impactantes y desequilibrantes del humos social.

Porque todos ellos se financiaron a partir de una drástica reforma de distribución de la riqueza y ello supuso, como no podía ser de otra manera, la existencia de vencedores y vencidos a la hora del balance final.

Ello despertó enojos y potenció enfrentamientos; y el estado peronista no tuvo la suficiente firmeza ni sabiduría para evitarlo.

No resultaría exagerado pretender que un cambio de semejante magnitud debió haber venido acompañado de otro tan importante como este en materia de mentalidad del hombre argentino.
Ya Ortega y Gasset afirmaba en 1925 que “el argentino típico no tiene más vocación que la de ser ya el que imagina ser, vive pues entregado, pero ya no a una realidad sino a una imagen... y en efecto, el argentino se está mirando siempre reflejado en la propia imaginación. Es sobremanera Narciso,.. “.

Y ese narcisismo seguramente tuvo singular influencia a la hora de convencer a los integrados por el peronismo que todo aquello que recibían no se debía exclusivamente al derecho que les correspondía.

Cuando una sociedad reclama el cumplimiento de sus derechos pero poco y nada está dispuesta a hacer para sosteneros con el cumplimiento de sus obligaciones y, sobre todo, esa misma sociedad acepta con desaprensiva naturalidad que sea el estado el encargado de velar por el cumplimiento de esos derechos y generar los bienes necesarios para proveerlos, cae en una visión parcial y peligrosa de la realidad.

Porque termina siendo una masa amorfa con pretensión de ser servida y escasa predisposición a servir y porque, puntualmente en el caso argentino, no reforma sino suplanta a quienes hasta poco antes acusaba de actuar con mentalidad oligárquica y pensando sólo en su propio beneficio.

El peronismo –aunque suene duro plantearlo en estos términos- generó una sociedad incompleta en la que sus miembros terminaron creyendo que la función comunitaria descansaba en el grado de lealtad política y no en el compromiso común para sostener desde el trabajo, el ahorro y la producción el crecimiento del país.

Ya entonces –y recurrentemente en el futuro- nuestro pueblo dio siempre la sensación de exigir un grado de bienestar propio del desarrollo, manteniendo costumbres de conducta comunes a las sociedades subdesarrolladas.

Y el estado prebendario –que continuó después de la caída de Perón y que de alguna manera se mantiene hasta la actualidad- continuó echando alcohol a la hoguera de la irresponsabilidad común hasta la explosión final, a punto tal que no dudó jamás en abandonar el marco normativo vigente y apropiarse ilegalmente de todo lo que fuese necesario para que la fiesta continuara.
Primero fue la inflación –forma brutal de sincerar los errores cometidos gracias al voluntarismo-; luego fue el vaciamiento del sistema previsional a partir de la apropiación de sus fondos y su traspaso a rentas generales ; más tarde las políticas cambiarias artificiales que pretendieron fijar valores caprichosos al peso argentino frente a la moneda de referencia y que, como no podía ser de otra manera, terminaron desembocando en la falta de competencia y la pérdida de mercados para nuestro comercio exterior, para llegar por fin a la incautación directa del ahorro de lo argentinos.

Y aunque a estos temas arribaremos más adelante, no podemos dejar de imputarle al voluntarismo peronista una gran cuota de responsabilidad en la aparición de estas características propias de la gran ensoñación en la que el país vivió desde entonces.

Tal vez todo ello tenga que ver con la falta de una identidad nacional que sirviese de marco de referencia para cualquier acción de gobierno, incluida la del peronismo.

La identidad, como todo el problema de la nacionalidad, se trató siempre desde un enfoque político y por ello era valorada dependiendo de su potencialidad para la construcción de la nación moderna.

En este perspectiva la colonización española, en contraposición al caso de los Estados Unidos, produjo un tipo humano con el cual no era posible construir la nación.

A diferencia de lo sucedido en Colombia, el mestizaje no sólo no era recogido como la característica principal de la nacionalidad argentina, sino como una gran limitación para su constitución. Ejemplo de ello fue el calificativo de “cabecita negra” con el que el habitante de Buenos Aires recibió al hombre del interior que llegaba para hacerse un futuro que su terruño le negaba y que en su gran mayoría supo constituir la base social del primer peronismo.

Si es negativa la valoración que se hace de cada uno de los componentes raciales de la población, el mestizaje no solucionaría este problema, sino por el contrario resultará, al decir de Sarmiento; “un todo homogéneo, que se distingue por su amor a la ociosidad e incapacidad industrial, cuando la educación y las exigencias de una posición social no vienen a ponerle espuela y sacarla de su paso habitual. Las razas americanas viven en la ociosidad y se muestran incapaces, aun por medio de la compulsión, para dedicarse a un trabajo duro y seguid”. Al momento de llegar el peronismo a nuestra vida pública éste era el concepto de integridad social que existía entre las clases decentes del país con respecto a quienes también eran por cierto argentinos.
Durante los años de la inclusión esto no solamente se mantuvo vigente sino que fue tomado por unos y otros como una bandera de guerra que dividía al país en dos partes claramente contrapuestas.

Así el proyecto concibió el futuro como un combate entre dos fuerzas contradictorias, siendo imposible la síntesis entre ambas. Una representada por el interior -de la horda, la violencia irracional, lo asocial- y la otra , la Buenos Aires cosmopolita, donde se reflejaba la Europa ilustrada, pues era en Buenos Aires, la ciudad del futuro que hasta en sus rasgos exteriores se parecía a Europa, donde “el hombre de la ciudad viste el traje europeo, vive de la vida civilizada tal como la conocemos en todas partes; allí están las leyes, las ideas de progreso, los medios de instrucción, alguna organización municipal, el gobierno regular, etc”.

Estas divisiones sólo podían ser superadas por una verdadera revolución educativa que reformase la mentalidad excluyente y sectaria del argentino medio.

Y Perón eligió el camino equivocado: la instrucción pública conoció durante su gobierno un fabuloso salto cuantitativo –no hubo argentino que no tuviese acceso a ella- que no fue acompañado de un desarrollo cualitativo ya que desde la década del 40 en adelante se registraron cambios sociales agudos que la educación no siempre alcanzó a registrar.

Se fue desdibujando la calidad del sistema, se introdujeron en el ámbito de la enseñanza estériles disputas de carácter ideológico y la figura clásica del maestro fue perdiendo peso en la consideración social.

Por otra parte, visiones de corto plazo y criterios partidistas gravitaron sobre el hecho educativo y prevalecieron en muchos casos sobre los motivos pedagógicos.

Aunque creció la estimación del aprendizaje como instrumento para el progreso personal, la sociedad en su conjunto dejó de interesarse por el desarrollo educativo como factor de progreso nacional.

Se desatendió la innovación científica y tecnológica y, sobre todo, se descuidó la transmisión de valores básicos, indispensable para la formación moral de las nuevas generaciones de dirigentes.
Se perdió, en suma, la más importante posibilidad de nuestra historia. Nunca como antes se habían conjugado tantos elementos imprescindibles para lograr el ansiado contrato de la sociedad argentina.
Veamos sino tan sólo algunos de ellos:

1- ya no quedaba un inmenso sector social apartado de la vida activa del país;
2- las experiencias anteriores debieron servir como base para saber, al menos, cuales eran aquellos errores que no podían repetirse;
3- existía un fuerte liderazgo que, además, no surgía de las clases oprimidas sino que se había formado en una de las instituciones más sólidas e integradas al sistema social como eran –a pesar de todas sus claudicaciones- las Fuerzas Armadas;
4- la anomia social –dato negativo de cualquier realidad- otorgaba en éste caso un interesante campo para desarrollar una propuesta común, ya que esa misma característica permitía avanzar en el proyecto sin tener que enfrentar grandes olas de crispación o temor al cambio. Aún dentro de su abulia los argentinos pedían a gritos ese cambio;
5- la situación internacional, y especialmente en lo referido al comercio exterior, se mostraba propicia para que Argentina intentara consolidar una sociedad equilibrada; políticamente el interés internacional estaba puesto en circunstancias y lugares lejanos a América del Sur y económicamente las reservas acumuladas, la capitalización del estado y la necesidad que ese mundo tenía de materias primas alimenticias colocaban al país ante la inmejorable posición de poder encarar cualquier objetivo sin el contrapeso de la angustia económica;
6- las clases sociales integradas por el peronismo no eran violentas ni contestatarias, no adherían a modelos revolucionarios y no pretendían el exterminio de las otras;
7- estas –los privilegiados de antaño- mantuvieron durante toda el primer mandato de Perón una actitud expectante que muy lejos estaba de la claramente desestabilizadora de los últimos años de la administración peronista, momento en el que ya habían tomado el resuello que les permitió replantearse –con respuestas ciertamente negativas- el rol que les había reservado la nueva Argentina;
8- se había logrado una influencia tal en el Cono Sur que, tan sólo con un poco de visión diplomática, el país estaba en condiciones de sentarse a negociar con los grandes poderes emergentes del conflicto mundial y zanjar las diferencias existentes por las posiciones neutralistas de la Argentina y por las características nacionalistas del peronismo. En definitiva las formalidades democráticas eran suficientes para mantener al país dentro del círculo aceptado internacionalmente y los postulados justicialistas diferían muy poco con las nuevas tendencias mundiales salvo en los caminos elegidos que eran los lógicos de una sociedad en vías de desarrollo.
Culpar a Perón de no haberlo logrado es caer nuevamente en la simplificación maniquea de la historia, tan afecta a las costumbres de los argentinos y de la que rara vez han podido sustraerse quienes la han narrado y analizado.

Hubo ciertamente de su parte equivocaciones estratégicas graves; pero no es menos cierto que a la desmesura del régimen se le contestó con la desmesura de la oposición y que cuando aquél tomó el camino equivocado sus detractores hicieron todo lo posible para que no se apartase de él.

Decíamos en el prólogo que este no es un libro de historia sino un intento de aproximación a las carencias de la historia; esta afirmación adquiere en este punto más importancia que en cualquier otro, anterior o posterior a la experiencia peronista. Porque mientras de las dos olas anteriores quedan hoy visiones lejanas y desprovistas de pasiones, la época de Perón continúa siendo una parte viva de nuestra historia reciente y en ella todos –para alabarla o descalificarla- podrían rescatar miles de circunstancias puntuales que permitan sostener sus posiciones.

Nosotros tomamos sólo aquellos aspectos que pueden –por su profundidad y consecuencias- dar al lector una aproximación a lo que fue el tiempo argentino entre la explosión popular del 17 de octubre de 1945 y la reaparición del golpismo en setiembre de 1955.

Y ese tiempo, rico si los hubo en la vida nacional, cambió para siempre la historia del país aunque sin conseguir construir un contrato social suficientemente sólido como para iniciar serenamente y sin divisiones profundas el camino hacia una Argentina moderna, democrática e integrada a un mundo que ya por entonces mostraba su intención de no quedarse a esperar a los rezagados.
Aquella gigantesca experiencia política fue sin embargo insuficiente para superar los males de una sociedad que recibió fragmentada y así la entregó a la historia por venir.