-la Argentina ansiosa frente a la Argentina asustada-
Hemos visto que la llegada del peronismo al poder había encontrado una sociedad anómica y desarticulada, sin que pudiese llegar a entenderse claramente cual de estas características había surgido con anterioridad.
¿Se debía la anomia a una organización social estratificada, en la que los diferentes sectores no tenían entre sí otro punto de contacto que no fuese la permanente alusión al futuro de grandeza del país?.
¿O esa desarticulación social –que impedía encontrar caminos comunes hacia la tierra prometida- había actuado como disparador de la indiferencia, el rechazo a las clases dirigentes y la sensación fatalista que en gran medida nos afectaba como cuerpo social (si es que éste existía) y tergiversaba la escala racional de valores hasta llevarnos a creer, con mentalidad maquiavélica, que el fin justificaba los medios y por tanto el sistema democrático era tan sólo un camino opcional?.
Cualquiera fuese la verdad –o tal vez lo fuesen ambas- lo cierto es que la Argentina se encontraba replegada sobre apenas algunos de sus valores tradicionales que, al ser tomados como tabla de salvación, tornaban hacia un fundamentalismo peligroso que se parecía más al conservadorismo que al sentido de progreso ante el abismo que ya por entonces –y por primera vez desde principios del siglo- se abría ante nosotros al compararnos con el resto de aquel mundo al que decíamos (y queríamos) pertenecer.
La religiosidad era uno de esos síntomas, y vaya si tendría peso en el acceso, apogeo y caída de la experiencia peronista.
La Argentina había sido desde siempre un país profundamente cristiano y, además, católico. La herencia española –que tanto molestara a Sarmiento y al propio Alberdi- había dejado en ese sentido una huella imposible de borrar.
Pero era además una nación abierta a todos los credos, lo que quedaba demostrado en su política de fronteras abiertas. Creía sinceramente que la llegada de cuantas gentes quisiesen y desde los puntos más diversos de la tierra iba a suponer una ayuda inestimable para su crecimiento y su progreso.
Y estaba convencida que la intolerancia religiosa, en la medida que puede poner trabas a la inmigración, impide que la nación se fortalezca como lo demuestran California por vía negativa y Uruguay como ejemplo a seguir.
Pero como tantas otras cosas de nuestra historia, este rasgo conformador del por entonces anárquico “ser nacional” era ejercido con naturalidad por el pueblo e interpretado hasta el retorcimiento por los intelectuales argentinos que no terminaban de absorber a las mayorías como propietarias de esa rara pero sólida especie de sentido común que hace que los pueblos exitosos encuentren un punto medio entre la exasperante racionalidad de los intelectuales y la peligrosa soberbia de los brutos.
Y aún aceptando parcialmente el papel unificador de la religión –“el religare”-, los intelectuales argentinos, fieles a su proyecto ilustrado, propugnaban una religión práctica, que complementara todos los aspectos de la vida cotidiana sin fortalecer el poder de la Iglesia.
La moral pública, y dentro de ella la religiosa, también debía estar supeditada a las necesidades del progreso, el verdadero forjador de la nación.
“ La religión es base de toda sociedad, reconoce Alberdi, pero son “prácticas y no ideas religiosas lo que necesitamos. No pretendo que la moral deba ser olvidada. Sé que sin ella la industria es imposible; pero los hechos prueban que se llega a la moral más presto por el camino de los hábitos laboriosos y productivos de esas nociones honestas que no por la instrucción abstracta[...]. Su mejora se hará con caminos, con pozos artesianos, con inmigraciones, y no con periódicos agitadores o serviles, ni con sermones o leyendas”.
En afirmaciones de este tipo encontramos la razón original del enfrentamiento de la iglesia argentina con los sectores liberales primero, con el poder por ellos constituido después y, finalmente, su alianza con el golpismo nacionalista que la convirtió en uno de los principales factores de poder orgánico con el que tuvo en lidiar Peron y con el que tendrían encuentros y desencuentros (casi siempre determinantes) los gobiernos que le sucedieron.
Y si bien es cierto que no había en aquella concepción liberal una posición antirreligiosa o una conspiración masónica, como denunciaran casi en solitario Frías, Goyena y Estrada durante la segunda mitad del siglo, sino una cuestión poblacional y de progreso afín al orden de prioridades del siglo XIX, no es menos real que la religiosidad argentina fue creciendo a la luz de una sensación generalizada que indicaba que los beneficios de ese progreso quedaban siempre en manos de las minorías del poder.
No es ocioso que junto a los primeros síntomas de desgaste del orden conservador se produjese la mayor movilización y la más impactante muestra de religiosidad del pueblo argentino, en ocasión del Congreso Eucarístico de 1934, momento que puede señalarse formalmente como el de la llegada de la Iglesia al poder.
La ocasión serviría para demostrar que era la iglesia (y por ende la religión) la única capaz de unir a la ciudadanía. Y esto no pasaría inadvertido para nadie, y menos para la jerarquía eclesiástica que desde entonces hizo pesar fuertemente esa influencia y exigió ser tenida en cuenta al momento de las decisiones.
Si bien la relación de Perón y su gobierno con la iglesia fue inmejorable en la primera etapa de su gobierno – lo que ayudó a consolidar políticamente al movimiento y a su propio liderazgo- la ruptura del final aceleró la caída y produjo, aunque temporariamente, un peligroso vaciamiento de las masas peronistas que en no poca medida resolvieron seguir a la representación de sus convicciones religiosas antes que las invectivas políticas de un gobierno que ya mostraba por entonces síntomas inocultables de una debilidad que pretendía esconder con actitudes y lenguaje agresivo.
Pero no es tan sólo en el aspecto religioso en el que la etapa mostró a los sectores sociales en actitudes cambiantes y con posiciones contrapuestas.
Decía Gramsci que "el estado es concebido como un organismo propio de un grupo, destinado a crear las condiciones favorables para la máxima expansión del mismo grupo; pero este desarrollo y esta expansión son concebidos y presentados como la fuerza motriz de una expansión universal, de un desarrollo de todas las energías nacionales".
Y el estado peronista mostró en su etapa final la paradoja de ver cómo aquella clase media, que tal vez no creó pero sí amalgamó a partir del cumplimiento de muchos de sus objetivos –hasta entonces dispersos o simplemente enunciativos- comenzaba a tomar distancia del régimen y a pretender una etapa superior del desarrollo comunitario al que podríamos definir como la vigencia de las libertades públicas.
La Argentina ansiosa de antaño, esperanzada en que alguien llegase para consagrar el bienestar de los más humildes, tornaba ahora en una Argentina asustada por un gobierno en lucha permanente con enemigos ora reales, ora inasibles, pero siempre dispuesto a plantear al país como un campo de batalla al que Perón concurría invariablemente armado de apotegmas, amenazas y premoniciones escatológicas.
Las formas externas del peronismo quedaron inmóviles en el tiempo sin aceptar que la etapa épica debía concluir y que esto era lógico si los logros de la gestión de gobierno eran tantos y tan consolidados como la agobiante propaganda oficial lo afirmaba.
¿Para qué un estado de permanente refriega si la batalla contra la pobreza, la exclusión y la injusticia social había concluido? ; ¿cuándo se podría comenzar a disfrutar una sociedad apacible, progresista y democrática?; ¿no era entones este el objetivo del gobierno?.
Mucho debe haber influido en el Perón que vuelve al país tras dieciocho años de exilio el balance que necesariamente debió hacer al abandonar el poder: ya no le quedaba sector de la vida social argentina con quien pelearse.
Y esto incluía a los intelectuales que, a fuerza de enfrentar primero al proyecto radical (1916-1930) y luego al orden conservador (1930-1943), representaban en un grupo bien definido y que gozaba de prestigio en una población que mantenía resabios de aquella admiración por la cultura –especialmente la francesa- que la había llevado a confundir groseramente el éxito y la promoción social con un viaje a París o con el champurreo de algunas frases en garbacho.
Esta actitud culturosa de los argentinos igualaba a los miembros de las clases acomodadas con los nuevos ricos, de origen social dudoso, que lograban ascender los escalones de la promoción social para -como Carlos Gardel en la década del 20 y primeros años de la del 30 (hasta su muerte el 24 de junio del 35- imitar las costumbres, la vestimenta y los ámbitos de aquella oligarquía a la que decían aborrecer.
Además los intelectuales argentinos –tal vez buscando remedar a la Generación del 80- venían desempeñando un activo papel en la vida política del país, a veces con lugares protagónicos (Leopoldo Lugones escribe el discurso que deberá leer el Gral.Uriburu desde los balcones de la casa de gobierno en los albores del gobierno revolucionario de 1930, aunque –en un tragicómico pase de manos- éste fuese suplantado a último momento por una proclama de tinte liberal y pro-británico surgido de la pluma de José Maria Sarobe), otras como expresión de encendidos destinos de grandeza (Marechal) y casi siempre como avanzada cultural de una civilización a la que sin embargo limitaban en los hechos a la gente instruida.
El actor emblemático de este enfrentamiento será Jorge Luis Borges, quien durante toda su vida mantendrá una relación antagonista con el peronismo.
El primer golpe fue dado por Perón, quien, a poco de asumir, asciende a Borges al puesto de «inspector de aves y conejos en los mercados públicos»; un movimiento que busca la degradación moral del escritor y parece sacado de El arte de injuriar, ensayo publicado por Borges en su libro Historia de la Eternidad (1936) y que en uno de sus párrafos habla de la inversión incondicional de los términos como medio de ofender; es decir acusar al médico de matar, al sastre de nudismo... u obligar a un amante del la pulcritud y los libros a examinar mercados públicos...
Y aunque cueste encontrar en forma directa la mano de Perón en esta medida -la acción de los más papistas que el Papa será una trágica constante de la época- lo cierto es que este tipo de actitudes, sumadas al horror que despertaba en las clases sociales elevadas –por riqueza, abolengo o cultura- ver el ascenso de los cabecitas negras a los lugares antaño reservados tan sólo para ellos, fue generando un rencor sordo hacia el gobierno que no dejaría de estar presente durante los 10 años de poder peronista.
Durante esos años no solo Borges fue víctima de ataques por parte del gobierno: su hermana Norah y su madre fueron encarceladas por cantar el himno en la calle Florida sin solicitar permiso policial; y su amiga Victoria Ocampo fue detenida en Mar del Plata, sin razón aparente, pero en un claro mensaje intimidatorio por su constante prédica antiperonista y su costumbre de proteger en las páginas de la revista Sur –de su dirección- a todos los escritores que profesaran aversión a Perón y a su gente.
No cuesta mucho imaginarse en ese clima a Borges leyendo El matadero de Esteban Echeverría y pensando en los destinos que lo acosaban y que volcara –a veces en forma elíptica y otras no tanto- en su obra de esos años, llena de laberintos, monstruos, espejos y círculos.
Todo ello contribuía a la creación del estado hegemónico que pudo servir en un principio para consolidar el proyecto de Perón pero que en un punto comenzó a jugar en contra de aquello que más debía preservar el líder: su relación con la gente.
Cuando las cosas salen bien, el estado hegemónico se plantea ante la gente como el motor del bienestar logrado; pero cuando los vientos cambian y comienzan las dificultades, ese mismo estado aparece como el único responsable del fracaso.
De cualquier forma, recordando el estado de anómia y dispersión de la Argentina de 1945, debemos concluir que pocos caminos alternativos le quedaban a Perón si quería lograr las condiciones para llevar adelante sus reformas sociales poniendo a resguardo, al mismo tiempo, su propio poder personal.
Si entendemos que la historia de un determinado estado nacional es inseparable de la historia de su proceso de construcción, deberemos concluir que la hegemonía del estado resuelve el problema de la unidad que las clases dirigentes que construyen como relación orgánica entre sociedad política y sociedad civil.
En este punto la comprensión de la categoría de hegemónico debe contemplar la dinámica de su propia construcción, entendiendo que ". se tienen en cuenta los intereses... de los grupos sobre los cuales se ejerce... es decir que el grupo dirigente haga sacrificios... pero también es indudable que tales sacrificios... no pueden concernir a lo esencial... ( Antonio Gramsci; Notas sobre Maquiavelo).
Y seguramente la cultura como parte de “lo esencial” no era una prioridad de Perón en 1946; al menos lo que entonces se entendía por cultura....
Pero como el estado y todo el espacio de la política, no pueden ser comprendido por fuera de su relación orgánica con la sociedad civil, la falta de un definido nuevo modelo cultural dejó a los intelectuales de entonces un campo demasiado amplio para desarrollar, aquí y en el exterior, una prédica que en el tiempo dio sus frutos (la leyenda negra de la incultura peronista ).
Y como tampoco un estado puede ser comprendido sin comprender el proceso histórico que lo ha originado, debemos aceptar que las urgencias nacionales pasaban entonces por otros parámetros que bien pudieron hacer que el gobierno de Perón no llegase a ver con claridad la conveniencia de integrar –antes que confrontar- a quienes por derecho propio aparecían como símbolo del pensamiento nacional más elevado.
Faltó entender que la construcción de la hegemonía implica concesiones y compromisos por parte de la clase dirigente, en la medida que estos no comprometan los núcleos sagrados del objetivo superior que, en el caso que tratamos, era sin duda la construcción de un nuevo estado y de un nuevo poder.
O tal vez faltó una verdadera ideología –en el sentido completo del término- que diese paso a nuevas formas del pensamiento y que derramase sobre la sociedad las aguas de un conocimiento profundo y cotidiano de los “por qué” del tiempo que se vivía.
Con ello, entre otras cosas, pudo lograrse una cultura del esfuerzo compartido y del sacrificio que limitara aquella agobiante sensación de que el estado todo lo podía y que los logros conseguidos eran parte de derechos adquiridos y por tanto beneficios que debían gozarse por generación espontánea.
Cuando se presenta la democracia como una dádiva o como un proceso de tinte natural de la burguesía y el capitalismo, se olvida el rol del movimiento obrero para que el sufragio universal fuese una realidad en el mundo actual.
Sin las luchas de la clase obrera y demás sectores populares, la burguesía nunca hubiese concedido el derecho a votar. Y si se pierde ese punto de vista –en forma voluntaria o por incapacidad de analizar los momentos históricos a la luz de sus causas más remotas- se cae en el error de quitar al pueblo el valor de la memoria como elemento de juicio que le permita no desandar el camino hacia el pasado, tomar el presente como una etapa y no como un objetivo y vislumbrar el futuro como una tarea de construcción en la que debe tener protagonismo el conjunto y su capacidad de acordar en vez de confrontar.
Si el poder se reserva para sí "la acción principal" y reduce la acción de los opositores a la condición de fragmentos de la historia o drama de la realidad actual , terminará encerrándose en su propio discurso y quedará sin respuestas ante la mínima crisis.
El paso siguiente será inevitablemente el uso exagerado de la coerción como método y el aislamiento como resultado.
Hay dos momentos de la coerción: cuando aparece el control de los grupos sociales que no consienten con la dirección de la clase fundamental; y así nació el peronismo en 1945, y cuando la clase dirigente pierde el control de la sociedad civil y mantiene su dominación apoyada en las formalidades del régimen instalado; y así cayó el peronismo en 1955.
En ambos casos la sociedad política se apoya sobre el aparato del estado.
La burocracia administra la función coercitiva del aparato estatal y entonces consenso y coerción son utilizados alternativamente. La opinión pública aparece entonces como campo de una lucha política y la sociedad política avanza sobre la sociedad civil; decaen los partidos tradicionales ligados al Parlamento; se absorben la cultura y la educación, etc.
Todas estas características estaban presentes al final de la etapa peronista y todas ayudaron a acelerar ese final. Pero también frente a esa debilidad es posible que emerjan de la sociedad civil nuevas fuerzas de coerción de la clase dominante (ej.: fascismo, con los grupos paramilitares luego integrados al aparato del Estado), lo que en la Argentina no ocurrió obligando a la reaparición de la vieja alianza entre partidos políticos minoritarios y FFAA para la toma del poder.
Un mal nada menor pero que, al menos, no consagraba el arrebato de las instituciones como una opción popular.

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