-una experiencia inconclusa-
El peronismo supuso el proyecto político más contundente del siglo XX en la Argentina. Para quienes adhirieron a sus postulados como para aquellos que abominaron de su régimen -generalmente ambos desde la desmesura- negar tal afirmación supondría una ingenuidad o una parcialidad inaceptables.
Todo lo que rodeó aquel tiempo significó para el país un antes y un después que dejaría huellas en la vida institucional de la república y aún en el destino personal de cada argentino.
Así encontraremos al que recordará emocionado su primera pelota de fútbol o su muñeca y al que destilará amargura por aquél despido que dejó a una familia en la indigencia por el sólo hecho de ser su jefe y sostén alguien contrario al gobierno.
Frente a la primer casa, la primera vacación o la tranquilidad de una adecuada cobertura de salud se levantará –con igual fuerza y derecho- el agravio a las libertades individuales de quienes se enfrentaban a aquella fuerza omnímoda que se había instalado con Perón en la conducción de la Argentina.
Y todos tendrán sus razones y cada una de ellas nos acercará invariablemente a la razón...
Porque el peronismo respondió a un tiempo quebrado de los argentinos y al agotamiento de un modelo de representación que había llevado su fracaso a las puertas mismas de la desaparición institucional.
La república, como tal, ya no existía. Y no tan sólo por las interrupciones golpista a partir de 1930 sino por el desinterés que –en su fondo y aún en sus formas- recibía de cada argentino, cansado del fraude y sus privilegios, cada vez que se pretendía mostrarla como a un objetivo en sí misma.
No es éste un tratado histórico ni siquiera una pretensión de acercamiento a los hechos verídicos y cronológicos de la vida nacional. Buscamos en estas páginas bucear en el alma profunda de la nación y de sus habitantes para encontrar la respuesta más contundente posible a la pregunta que debería taladrar hora a hora el cerebro de los argentinos: ¿porqué no hemos podido construir una base común lo suficientemente sólida como para que no tiemble ni se derrumbe ante cada crisis?.
Y esa búsqueda nos obliga a omitir aquellos hechos y personajes que –siendo importantes para la historia- no lo son tanto en la tarea que nos hemos marcado porque suponen reiteraciones formalmente diversas de los errores y los vicios que nos llevaron adonde hoy estamos.
Así hemos definido lo que para nosotros son las tres olas formativas de la historia argentina y hemos tomado los hechos y las circunstancias de valoración que –a nuestro juicio- las empujaron al fracaso, si por esto entendemos la imposibilidad de lograr ese contrato social que nos desvela y que ciertamente nos diferencia de las sociedades exitosas del mundo.
La etapa liberal y su insistencia en llegar a la ilustración y al progreso sin aceptar siquiera escuchar a gran parte de la población del país, insistiendo en una visión inmensa hacia fuera y diminuta hacia adentro de nuestras fronteras; la experiencia radical en el gobierno a partir de 1916, hamacándose entre el viejo orden político y una realidad social que le explotaba en la cara y por último el peronismo con sus circunstancias históricas irrepetibles, su liderazgo, sus pasiones y sus íconos.
Ninguna de estas olas logró dejar bases permanentes para la república; lo que no quiere decir que no se hayan proyectado en el tiempo como alternativas para su desarrollo ni que no hayan legado huellas de clara utilidad a la hora de emprender el camino de la construcción nacional.
Seguramente para construir las bases de un contrato sólido faltó –en los tres casos- el punto de inicio de cualquier acuerdo entre partes: el consenso.
Que no se construye desde la ilustración de una clase (los liberales), ni desde la visión excluyente de los partidos políticos (Irigoyen) ni siquiera desde un movimiento de masas encaramado en el poder (Perón).
Para llevar adelante semejante tares es necesaria la convergencia de todas las capas de la sociedad, decididas a renunciar al ideal de su clase y dispuestas a aceptar el resultado final del acuerdo (consenso) como norma inalterable de la vida común, más allá de las circunstancias.
El consenso es una condición determinada del sistema de creencias de una sociedad.
Existe cuando una importante proporción de los miembros adultos de una sociedad o una gran proporción de quienes participan en las decisiones relativas a la distribución de autoridad, status, derechos, riqueza y renta, así como de otros bienes y valores escasos e importantes y que podrían provocar conflicto, están mas o menos de acuerdo acerca de las decisiones que deben adoptarse y se sienten unidos entre sí y con la sociedad como conjunto; esto es el consenso macrosocial, a partir del cual puede comenzar la construcción del contrato.
Los elementos fundamentales para que se dé el consenso son:
1) un grado de aceptación común de leyes, reglas y normas de convivencia;
2) la adhesión a las instituciones que promulgan y aplican las leyes y reglas estatales y
3) un sentimiento común de identidad que revela a los individuos que lo experimentan aquéllas características respecto de las cuales son idénticos y, por tanto, iguales. El sentimiento de identidad atenúa las diferencias que, de otro modo, podrían dar lugar a sentimientos de hostilidad.
Estos sentimientos de hostilidad estuvieron presentes en la sociedad durante la década que cubrió el primer gobierno peronista.
Con su estilo tan descriptivo como elíptico –ya señalado antes como parte integrante de la comunicación y hasta del folklore partidario- Perón lo reconocería en 1972 cuando, después de los sangrientos hechos ocurridos el 20 de junio al regresar al país, sostuvo que se había acabado la época de gritar ‘la vida por Perón’ y que a partir de ese momento el apotegma del movimiento dejaba de ser ‘para un peronista no existe nada mejor que otro peronista’y comenzaba a ser ‘para un argentino no hay nada mejor que otro argentino’.
Era claro que había aprendido la lección y tenía muy presente el costo que para el país, para el peronismo y para él mismo había tenido el intento de gobernar sin un consenso mínimo o, en el mejor de los casos, sin haber logrado el éxito en la tarea de buscarlo.
Perón lo había intentado desde el comienzo de su gestión y aún antes del triunfo electoral de 1946. Sin embargo no logró superar los duros escollos que la realidad le fue imponiendo;
1- la falta de visión de los viejos beneficiarios de un sistema social agotado;
2- las urgencias de los sectores sumergidos a las que había que agregar los sordos rencores despertados por tantos años de explotación;
3- la falta de visión de los grupos orgánicos de poder, aun de aquellos que sinceramente decían adherir al nuevo proyecto de país;
4- la carencia de una clase intelectual dispuesta a observar la realidad desde un prisma diferente al clásico modelo democrático-progresista que parecía arrasar en el mundo después del fin de la guerra;
5- una situación internacional adversa por la neutralidad de Argentina en el conflicto y por la convulsión que envolvía a toda América Latina;
6- la heterogeneidad de su movimiento;
7- sus propias características de conducción que por aquellos años, aún brillante, daba muestras de serias grietas de madurez.
No alcanzó tampoco con su famosa conducción pendular (darle todo el tiempo algo a todos y todo a nadie) ni con la estratificación de la sociedad a partir de figuras de sesgo corporativo (buscando separar las aguas, como habitualmente solía afirmar por aquellos días); semejante alquimia y muestra de prestidigitación –máxime cuando se intenta en el frenético ritmo del ejercicio cotidiano del poder- tenía que fracasar; y fracasó....
Al momento de su caída Perón había tenido que replegarse en “el régimen” como forma de evitar las serias grietas que mostraba “el movimiento”.
Esto fue tan evidente –aunque decirlo genere disgusto entre sus seguidores- que en el mismo momento en que el líder abandona el poder formal vuelve intacto a sus manos el poder real, que ya no lo abandonará hasta el momento de su retorno y la recuperación de la investidura.
Ni siquiera la construcción de un gigantesco estado peronista sirvió para lograr el consenso; y ello a pesar del esfuerzo que representó devolver a éste la dinámica que había perdido después de tantas décadas de espalda a la gente.
La creciente complejidad de la sociedad, la progresiva capacidad organizativa de los diversos grupos sociales, y la extensión del derecho al sufragio, provocaron que el Estado de la segunda mitas del SXX asumiera mayores tareas en los países en vía de desarrollo y especialmente en América Latina.
Así se convirtió en expresión de las nuevas mayorías y garante de las alianzas entre diversos sectores; y pudo, además, desarrollar cierta independencia propia y dar nuevos impulsos al desarrollo de la sociedad.
Las medidas para la protección y el fomento de la industria nacional representan una de estas iniciativas estatales.
El surgimiento del populismo en algunos países latinoamericanos -especialmente Colombia, Perú, Brasil y Argentina- puede ser apreciado como una típica expresión de esta transformada realidad política.
Se trata de una innovadora asociación política de grupos de clase media con las clases bajas urbanas, generalmente bajo la guía de una figura política de carácter carismático responden a las necesidades de cambio social organizando la clase trabajadora urbana en bien dirigidos sindicatos, que movilizaban para sus fines.
En Perú, la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) de Víctor Raúl Haya de la Torre se convirtió en 1930 en el primer partido de masas en América Latina. El APRA se apoyaba en primera línea de organizaciones campesinas (había una reducida clase media y la clase trabajadora era prácticamente inexistente) que fueron a ese intento lo que los obreros industriales al surgimiento del peronismo.
La inclinación de los grupos de clase media a la asociación con estos movimientos se explica desde su propia debilidad estructural y a la disposición de las clases bajas en la búsqueda de una mayor participación política y social en los procesos de decisión de orden nacional.
La política populista presentó la necesidad de impulsar el crecimiento económico a través de la reactivación del mercado interno como su norte social. Para el logro de este cometido se imponía, por una parte, la necesidad de una competencia sistemática, y, por otra, el incremento de la capacidad adquisitiva de las grandes masas urbanas.
El aumento de los salarios y las medidas conducentes a la reforma social -que tanto aportaron al reconocimiento de los políticos populistas- no solo perseguían fines electoralistas, sino que satisfacían necesidades socioeconómicas, como la integración de las clases bajas al estado-nación.
Un nacionalismo más o menos militante conciliaba los distintos postulados del programa populista. Se propugnaba la búsqueda de una “tercera posición” alternativa al capitalismo y al comunismo.
Aunque algunos intelectuales latinoamericanos deseaban una revolución social de corte soviético, el populismo se impuso en la práctica política como una evolución lineal que flexibilizaba las tensiones sociales.
Sólo tres casos específicos renunciaron a esta regla: las revoluciones Mexicana (1910-1920), Cubana (1958) y Boliviana (1952).
Las revoluciones Mexicana y Cubana tuvieron un efecto “estabilizador” – en el primer caso a partir del partido único y en el segundo de la instalación de una dictadura monolítica que ya lleva 40 años en el poder- asociado a los esfuerzos por lograr la industrialización, motivo por el cual se mantuvo a ambas sociedades en estado de “movilización” permanente.
Es oportuno recordar que dicho proceso ha dado muestras de llega a su fin en México y que la dictadura de Castro parece signada en el tiempo por la propia perdurabilidad de su líder.
En Bolivia en cambio, donde el desmantelamiento del orden anterior no fue drástico, el proceso desembocó de nuevo en el modelo de la inestabilidad política, caracterizada por golpes de Estado y frecuentes cambios de gobierno.
En todos los casos se trata de movimientos políticos con una base social amplia no emparentada con los partidos políticos preexistentes: la pertenencia a ellos no está formalmente establecida; la organización es flexible; la adhesión está centrada en personalidades y no en ideas.
No es un fenómeno específico de clases; su base social se compone de distintas sectores (urbana, rural, proletaria, etc.), cuyo peso puede cambiar y debe ser estudiado en cada caso concreto.
Lo cierto es que la historia nos demuestra que en todos los casos el paso de la etapa de gestación a la etapa de consolidación ha requerido en los ejemplos citados un cambio en la relación con la sociedad que, al menos en el merco del peronismo, no parece haber sido deseado.
Así el aprismo terminó urdiendo un sistema de alianzas con aquellos mismos sectores que había combatido en sus orígenes (hasta convertirse a principio de los 80 en una fuerza desprestigiada y casi en extinción), el PRI mexicano gobernó durante un siglo de la mano del fraude, la corrupción y el crimen político, Castro construyó un estado represivo aún más cruel que el que hasta su llegada al poder dirigía Fulgencio Batista, y tampoco pudo evitar sobrevivir en base a la entrega de un desmesurado porcentaje de su poder real a la URSS.
Perón terminó siendo víctima de la acción desestabilizadora de al menos cuatro de las patas de una organización corporativa del poder que él mismo había propiciado en su conformación : Iglesia, Fuerzas Armadas, partidos políticos y los grupos empresarios a los que irónicamente había dejado mantener cuotas del viejo poder en la nueva Argentina.
La modalidad estatal surgida con el peronismo, iría apuntando de modo discontinuo y no del todo consecuente a las nuevas empresas bajo su órbita como el espacio de materialización de la modernidad administrativa y de instauración de roles tecnocráticos.
Pero el desequilibrio y la descoordinación entre áreas estatales siguió siendo la regla - no una simple disfunción a resolver- y los mecanismos de tipo clientelista continuaron saboteando las tentativas de profesionalizar la Administración Pública.
Con todo, esas experiencias partían al menos de la aceptación de que un aparato estatal expandido formaba parte de la naturaleza de las cosas, al menos por un plazo prolongado.
Las dirigencias gustaban imaginarse a sí mismas como librando una dura lucha contra la resistencia al cambio de los niveles inferiores de la administración pública, anticuados y burocráticos -en el sentido peyorativo de la palabra- a los que estigmatizaban generando el nuevo modelo era sinónimo de la eficacia.
Sin embargo, y a pesar de la construcción de tales estructuras estatales omnipresentes –o tal vez debido a ello- la falta de un contacto naturalmente normativo con el pueblo dio a estos proyectos una característica similar: la falta de certidumbre institucional.
La incertidumbre institucional se hace manifiesta cuando el poder ejecutivo mantiene un alto poder discrecional que le permite modificar la legislación y hacerla efectiva de modo arbitrario.
La institucionalización se presenta como una tarea difícil, particularmente si concedemos que la reforma económica ha sido gobernada , al menos en el caso nacional del peronismo, por un poder ejecutivo exento de controles y en un marco caracterizado las más de las veces por la falta de mecanismos de consenso en la toma de decisiones.
Desde la vereda de quienes defienden la institucionalidad como el aspecto a fortalecer en el camino hacia el desarrollo económico, social y político se ha marcado que cualquier programa de reformas que apunte a generar las bases para el crecimiento debe primero construir la certidumbre en el funcionamiento de las instituciones del Estado.
A simple vista la lógica que gobernó la bonanza económica argentina durante el mandato de Perón, no sólo no se vinculó con una mayor legalidad política sino que hasta pudo oponerse a ella si por tal aceptamos la capacidad de ordenar la sociedad del consenso (contrato social); aun así estas reformas condujeron a un proceso de significativo crecimiento de la economía.
Tratando de explicar su concepción de la conducción y el objetivo de ésta, el propio Perón desarrolla una explicación plena de egocentrismo político que , sin embargo, puede servir para entender hasta qué punto el estado (encarnado concientemente en su persona) prefirió reservarse el derecho de dictar las reglas de juego del conflicto social antes que convertirse en arbitro y moderador de las tensiones: "Hemos sido el brazo ejecutor, violento, de medidas que pudieron haber sido resistidas por algunos sectores del pueblo. Me he propuesto que cuando el pueblo tenga un conflicto, jamás tenga que ser reprimido por las Fuerzas Armadas, porque esa no es la función de las mismas. Para reprimir los conflictos internos con las Fuerzas Armadas, habíamos distanciado al pueblo de éstas últimas y habíamos formado algo así como el enemigo común de todos los que reclamaban o tenían algo que reclamar por medio de la lucha...".
Como dibujo social...impecable. Como resultado racional de la vida nacional...un malabarismo que no garantiza desarrollo formativo alguno.

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