CAPITULO IV
1955-1983: EL FRAGOR DE LA NADA
Puede sorprender al lector el hecho de que esta parte de nuestro trabajo englobe tantos años de la vida nacional, máxime cuando hablamos de un tiempo ciertamente dramático y rico en cambios sociales, culturales y políticos no tan sólo en la Argentina sino en el mundo entero.
La etapa más crítica de la Guerra Fría, la explosión del rock and roll, el crecimiento de los movimientos pacifista, la revolución sexual, el debate ideológico –aplicado a todos los ordenes de la vida- la superación geométrica de los alcances de la medicina –especialmente en el cambio de las técnicas quirúrgicas-, la llegada del hombre a la luna, el existencialismo, los Beatles, Martín Luther King y su lucha por los derechos civiles de la comunidad afro americana en los Estados Unidos, la muerte en Bolivia de Ernesto “Che” Guevara, la universalización de la comunicaciones -con el acceso generalizado a la televisión, a la telefonía y el desarrollo satelital- el mayo francés, la crisis del colonialismo, la consolidación de los sistemas democráticos, la extensión del comercio internacional, la marcha acelerada hacia la conformación de bloques regionales, los profundos cambios introducidos en la Iglesia Católica por el Concilio Vaticano II, Vietnam, Corea, la muerte de los Kennedy, el auge de la cultura alternativa –al mismo tiempo en que se disfrutaba el florecimiento de una maravillosa cultura formal-, la marihuana, la introducción de expresiones milenarias del pensamiento oriental y su asimilación al estilo de vida de occidente, la lucha de los pueblos de Africa por su independencia, el fenómeno guerrillero –en sus formas urbana, rural e institucional-, la aparición del derecho internacional como regla de convivencia entre los pueblos, la crisis del petróleo y sus consecuencias económicas, financieras y geopolíticas, la bipolaridad, la reforma de los sistemas educativos a partir de la escuela francesa y su profundo análisis de contenidos y relaciones dentro de la escuela, el fin de la familia vertical y paternalista, el feminismo, la pérdida de verguenza ante el propio cuerpo, etc, forman parte de un tiempo irrepetible que supondría para cualquier autor el placer de dedicar a cada uno de estos aspectos –y por supuesto a sus consecuencias globales- un trabajo singular y apasionante.
Sin embargo esto tiene una explicación y ella debemos buscarla en los hechos argentinos de aquellas casi tres décadas.
Al igual que en el mundo los acontecimientos en nuestro país se sucedieron sin solución de continuidad. Apenas dos meses después da la caída de Perón un nuevo golpe de estado –en este caso palaciego e involucrando a facciones dentro del poder militar- derrocó al Gral. Eduardo Lonardi e instaló en el poder al eje profundamente antiperonista que encabezaban el nuevo Presidente, Gral.Pedro Eugenio Aramburu y el jefe de la Marina de Guerra Alte. Isaac Francisco Rojas quien, además, fue designado como Vicepresidente.
Este nuevo polo militar –con la concurrencia de importantes sectores de la vida política argentina, representada por los principales partidos políticos democráticos- instaló en el país un régimen de excepción que se mantendría durante los siguientes diez y ocho años, con el peronismo proscripto electoralmente, su dirigencia perseguida y encarcelada y la sociedad argentina dolorosamente partida en dos en todos y cada uno de los aspectos que la formaban.
No es raro entonces que todos esos cambios que se produjeron en el mundo, con sus consecuencias sociales y culturales, fuesen absorbidos de manera insuficiente en nuestro país ya que el necesario debate sobre sus formas de implementación y sobre los alcances y consecuencias de su propia existencia, contó siempre con un protagonista ausente que no era solamente Perón y la dirigencia de su partido sino millones de argentinos que no podían expresar libremente sus ideas y convicciones de cara al mundo que comenzaba a alumbrar en aquellos años.
Acontecimientos de profunda significación se fueron concatenando entonces en una Argentina renga: el gobierno de Arturo Frondizi y su caída en medio de la soledad política y un aislamiento que llevó al país a perder la gran oportunidad de una industrialización sustentada sobre bases reales, el interregno formalista de José Maria Guido, presionado hasta la torpeza por el poder militar, procesos electorales en los que la mitad de los argentinos se veían impedidos de sufragar por sus candidatos preferidos –convirtiendo al voto en blanco en la vedette de aquellos años-, el levantamiento de azules y colorados –que signaría la vida institucional por muchas décadas-, la débil experiencia del radicalismo en el poder durante el mandato de Arturo Illia, las erráticas posiciones que en materia de política exterior tomara el país por aquellos años, la aparición de la inseguridad jurídica -en lo institucional de la mano de la proscripción peronista y la aparición de regímenes legales especiales que, colocados por encima de la propia Constitución Nacional, sirvieron para dar una pátina de legalidad a las persecuciones políticas, y en lo económico con la apropiación de los fondos de las cajas previsionales llevada adelante por el Ing. Alvaro Alzogaray y luego con el incumplimiento por parte de la administración radical de los contratos petroleros que firmara Arturo Frondizi- la inexistencia de una prensa libre y una cultura independiente –producto de aquella misma nación partida en dos-, el fenómeno de la guerrilla urbana y rural –que iría en un in crescendo imparable hasta convertirse en uno de los grandes dramas argentinos en la década del 70-, la experiencia corporativa de Juan Carlos Onganía –jugando al dictador nacionalista mientras la economía del país quedaba en manos de grupos neoliberales generadores de una apertura económica que lejos de servir para modernizar los resortes de la producción debieron ser sostenidos en sus graves consecuencias para el capital nacional a partir de una represión generalizada convertida en detonante de la caída del régimen y la posterior y limitada apertura democrática-, las luchas internas de poder en el Ejército, el patético Roberto Marcelo Levingston, Lanusse y su casi obscena pulseada personal con Perón, el retorno del líder justicialista, la masacre de Ezeyza, la violencia irracional de los grupos irregulares del peronismo (Montoneros, FAP, FAR), el trotzkysmo (E.R.P) y la contrapartida de la extrema derecha –cobijada dentro de la estructura del estado- presente a través de grupos como la C.N.U, el C.D.O y más tarde la AAA- con su secuela de secuestros, atentados y asesinatos que comienzan con la figura del propio Armamburu y luego multiplican sus páginas de terror –Arturo Mor Roig, José Ignacio Rucci, Silvio Frondizi, Rodolfo Ortega Peña, Oberdam Salustro, el Gral.Juan Carlos Sánchez, Rogelio Coria y tantos otros- hasta poner a la sociedad argentina en un estado de crispación que la llevó a pretender que el orden –aunque sólo supusiese la paz de los sepulcros- era el único bien común deseado.
Regresará Perón a morir en la Argentina, la caricatura institucional maquillará su cara con rostro de mujer en presencia de brujos, ceremonias esotéricas, paseos de cadáveres venerados o simplemente acribillados, violencias y discursos vacíos, hasta que –con la anuencia y la complicidad de la mayoría de la sociedad nacional- irrumpirán nuevamente en escena las marchas militares (siempre acompañadas de los números liberales ) para comenzar un tiempo doloroso de abandono de la legalidad, de más muertes –tan salvajes e innecesarias como siempre suele ocurrir cuando se pretende acallar el pensamiento suprimiendo todo el cuerpo-, el terrorismo de estado, una guerra innecesaria que nos empujó más hacia el aislamiento y por fin otra más de las apresuradas salidas democráticas que convierten en cronograma electoral lo que debería se un profundo debate de ideas.
Durante todo este tiempo la clase dirigente –ilegítima durante casi la totalidad de esas tres décadas- pensó o prefirió pensar en forma idéntica, convirtiendo la vida institucional argentina en un rosario de atropellos, arbitrariedades y luchas por el poder.
En semejante contexto era imposible sostener un debate profundo y creativo acerca de una sociedad nueva, con valores y objetivos permanentes y que tomase los mejor de su pasado –que lo tenía y mucho- lo administrase serenamente en el presente y lo incorporase como parte de las costumbres de convivencia hacia el futuro.
¡ Ironía extraña esta Argentina ¡. Con etapas históricas tan marcadas –y por cierto tan lentas en su desarrollo y en la comprensión de su agotamiento- nunca tuvo tiempo para dedicarse a resolver las reglas de la vida en común y ni siquiera capacidad para seleccionar entre los acontecimientos que la llevaron al fracaso y aquellos otros que la convirtieron paralelamente en un país instruido, refinado en sus grandes centros, moderno en el contexto de la América del Sur, con capacidad de liderazgo y amado hasta la adopción por millones de personas que provenían de sociedades más adelantadas en las que no pudieron encontrar respuesta a sus necesidades elementales.
Habrá que concluir que el pecado de la abundancia jugó entonces un rol desencadenante en el fracaso nacional.
-el descubrimiento del hombre-
El Renacimiento había dejado a la humanidad la herencia de un mundo nuevo, luminoso y dinámico. Las artes y las ciencias se habían desarrollado como elementos irrenunciables de la sed de progreso, y de la mano de este crecimiento la sociedad universal logró barrer con las estructuras verticales y paralizantes que la sumergieran durante la Edad Media en el peor de los oscurantismos: el miedo al saber.
A partir de la década del 60 –y seguramente sin haber significado ello una meditada pretensión- comienza en Europa una ebullición cultural que pone a la sociedad en estado de debate permanente, la tensa, la revuelve, la enfrenta y la apasiona.
Todos los valores que la sostenían entran en controversia y la familia, el conocimiento y su aplicación extendida, sus bases filosóficas, la sexualidad, las libertades y hasta el criterio de las democracias acerca del sistema de representatividad no serán, desde entonces, idénticos valores a los entendidos anteriormente.
Sin saberlo, se estaba dejando ahora atrás otro escalón del difícil crecimiento del hombre: el miedo al hacer.
Porque mientras el Renacimiento nos llevó de cabeza al surgimiento del debate por la representatividad social, es a partir de los años 60 en que comienza a ordenarse –aunque el término parezca inadecuado ante tanta maravillosa ebullición- el viejo sueño civilizado del protagonismo social.
El nuevo hombre quiere ahora ser, pero también hacer.
Y si retomamos la lectura de este capítulo y observamos la rápida –y por tanto incompleta- enumeración de los hechos impactantes que en el mundo dejó este tiempo singular, veremos que subyace en las circunstancias que rodea a cada uno de ellos la búsqueda universal de los derechos civiles como valor mínimo de convivencia a ser tenido en cuenta en el futuro.
Entender el mensaje y acompañarlo en la acción es lo que una vez más faltó en la argentina.
Cuando la crisis del colonialismo y el nacimiento de las democracias americanas habían sido las formas institucionales ; con la revolución industrial y sus consecuencias sociales se había debatido la inclusión de millones de seres humanos dentro de aquellas instituciones que el tiempo había convertido en elitistas y por tanto insuficientes; ahora el mundo pedía a gritos que el hombre –representado e incluido formalmente en el poder- fuera valorado desde su propia individualidad y respetado entonces como actor y no tan sólo espectador de las grandes decisiones que lo involucraban.
Quería elegir su propio camino, desarrollar sus propios valores, cotejarlos y resolverlos desde su propia relación con la comunidad y cederlos en la administración común a un estado que -con la naturalidad de lo obligatorio por consenso- los tuviese siempre presentes.
En la sociedad argentina, los derechos civiles no alcanzaron a constituirse jamás en una tradición (a pesar de estar presentes en forma genérica en el pensamiento de la Generación del 80) y los derechos políticos tampoco fueron el canal principal de integración de las mayorías a la política, proceso que el peronismo dio por medio de la proclamación de los derechos sociales.
La fuerte referencia a lo colectivo y a lo estatal, que contiene esta tercera generación de los derechos, pretendió resolverse sin que existiera previamente en la cultura y en la política una asentada tradición de defensa de las libertades del individuo y un consagrado respeto a los mecanismos representativos de la democracia.
Ello llevó inevitablemente a que la esfera de lo privado y la prioridad de la ley quedaran subsumidas en fuertes identidades colectivas naturalmente opuestas a esa dimensión jurídica del orden político que además, en las democracias occidentales representó el equilibrio entre los poderes, la independencia del Poder Judicial, la salvaguardia de las libertades de expresión y la naturalidad del pluralismo, valores necesarios del sistema democrático y de la resolución de los conflictos políticos.
El resultado fue una identidad totalizante que implicó a todas las dimensiones del individuo al punto que éste fue casi un 'ente en lo colectivo'.
En ese contexto no alcanzó a perfilarse la idea del ciudadano y mucho menos a plasmarse las forma moderna de su vinculo con la política: la representación, el voto, la delegación institucional.
Pasión y violencia fueron caracteres propios de una cultura refractaria a la dimensión jurídica del orden político.
Durante largas décadas este modo de ejercer demandas sociales, y compeler al Estado a saldarlas a favor de uno u otro, pudo asegurar índices de distribución aceptables para las grandes mayorías que tuvieron así movilidad social y escasa marginalidad, aunque sufrieran proscripción política.
En los 60 la crisis del estado benefactor y la reconversión de las economías actualizaron el debate teórico-político acerca de la justicia.
Las posiciones polares en esta discusión se expresan en el pensamiento de J. Rawls, para quien en la revuelta popular “existe legitimidad para sostener criterios de justicia social que afecten las estructuras la socieda”, un criterio sólidamente presente en el tiempo que nos ocupa.
Para esta corriente de pensamiento el derecho debe propender a una distribución básica que asegure lo mínimo del máximo a todos los ciudadanos.
A ello se oponían los pensadores neoliberales –convertidos sin razón alguna en refugio intelectual de los defensores del viejo sistema- quienes afirmaban que sólo existe justicia en sentido restrictivo y que las acciones morales en favor de los desposeídos son y deben ser una cuestión benéfica sujeta sólo a la conciencia privada.
Claro que el hombre de los 60 había tomado nota que esa conciencia privada condicionaba desde mucho tiempo antes la concepción universal que el estado tenía en su propia esencia y desde su formación como tal.
Aunque parecía que sólo se estaba retomando el debate de una cierta concepción acerca de la naturalidad de la distribución económica y la desigualdad social, en realidad estábamos frente a la definición del nuevo rol del hombre frente al mundo y frente a sí mismo.
Si no fuese por la inexistencia de la más leve pista acerca de siquiera intentarlo, diríamos que este tiempo supuso para nuestro país un nuevo fracaso en la posibilidad de alcanzar al mundo en su real situación.
Sería inexacto; a la luz de los hechos cuesta creer que aquí alguien se haya dado cuenta de lo que estaba ocurriendo con la sociedad universal.
-contando una historia-
Aunque parezca difícil tarea sintetizar los hechos de una historia tan convulsionada como fue la argentina entre los años 1955 y 1983, trataremos ahora de ubicar apretadamente al lector a partir de acontecimientos que nos permitirán comprender cabalmente el sentido de dos afirmaciones liminares de este trabajo:
1- que estos años fueron inocultablemente pobres en la búsqueda de un contrato social entre los argentinos
2- que al no ser este un tratado acerca de la historia de nuestro país, la selección de cada caso testigo -que nos permita arribar a las conclusiones buscadas- estará siempre sometida a la valoración que el criterio personal del lector realizará a partir de los hechos que más notoriamente hayan signado su experiencia de vida o su memoria. En este tramo cronográfico nos limitaremos a incluir aquellos que a nuestro juicio tienen el valor de ser, en sí mismos, ilustrativos de la realidad y de sus consecuencias.
El derrocamiento de Perón implicó el cierre de un ciclo histórico, momento en que comienza una época que comúnmente se denomina como de "empate" entre fuerzas, alternativamente capaces de vetar los proyectos de las otras, pero sin recursos para imponer perdurablemente los propios.
El "empate político" se vio reflejado en los ciclos periódicos de crisis económica. El poder económico fue compartido entre los representantes de los intereses de la realidad agraria pampeana con la burguesía industrial volcada totalmente hacia el mercado interior.
Hasta 1966 hubo además una serie de esfuerzos destinados a destruir al peronismo para crear una alternativa civil de apoyo mayoritario, pero fueron en vano.
Algunos de los que derrocaron a Perón anhelaban un país "sin vencedores ni vencidos" y creían que con tiempo y educación democrática se podría integrar a los peronistas a la sociedad.
Sin embargo los que predominaron fueron los más duros e intolerantes, que condenaron a un ridículo silencio a la mayoría electoral, y que transformaron en delito cantar la marcha partidaria y mencionar los nombres de Perón y Evita.
En 1966 el ejército, al mando del Tte. Gral. Juan Carlos Onganía, estableció una dominación autoritaria , considerada por una importante parte de nuestra sociedad como necesaria para suprimir el caos político reinante que en gran medida estaba ligado a los propios enfrentamientos en el seno de las FFAA, especialmente en el Ejército.
El fracaso que representó la recurrente costumbre de los gobiernos militares –nacionalistas en el discurso pero siempre sostenedores de duros planes económicos de sesgo neoliberal- y la a fuerte resistencia que la sociedad opuso a este programa, puso al país al borde de una caos en el que la violencia comenzó a ser parte de la vida cotidiana y las divisiones en la administración llevaron a sucesivos cambios de mano que terminaron empujando al gobierno militar a suavizar su situación y a acuciar una salida electoral.
Y aunque en las elecciones de 1973 el peronismo volvió al poder, la sociedad ya estaba fracturada y una seria inquietud política persistió durante los tres años siguientes, hasta que finalmente la Junta militar presidida por Jorge Rafael Videla tomó el poder mediante otro golpe de estado en junio de 1976.
Tras el golpe de 1955 asume la conducción del estado el Gral. Eduardo Lonardi –un nacionalista católico con una visión integradora acerca del destino inmediato de los millones de adherentes del peronismo que habían quedado sin conducción tras la partida de Perón del poder y del país- quien sin embargo fue rápidamente reemplazado por las facciones militares más duras , asumiendo el Gral. Pedro Eugenio Aramburu la presidencia. Con Aramburu se terminaron las ambigüedades: intervino el Partido Peronista y la CGT, así como la mayoría de los sindicatos; se prohibió el uso de símbolos peronistas, se detuvo a muchos dirigentes políticos y gremiales y se anuló la Constitución de 1949.
Después de más de cien años en que no se fusilaba por motivos políticos, un alzamiento militar-civil fue sometido de esta manera.
Procurando desarmar lo más posible el aparato de organización obrero peronista, el gobierno de Aramburu sentó la base institucional para el proceso que se abriría con Frondizi: el reemplazo de trabajo por capital en el desarrollo industrial, con el consiguiente deterioro el de los derechos sociales consagrados por el peronismo.
Convocadas las elecciones –en medio de duros enfrentamientos entre los sectores que administraban el poder y con el peronismo inhibido de presentar sus candidatos- Perón ordenó a sus seguidores votar por el radical disidente y desarrollista Arturo Frondizi, demostrando así su fuerza aún desde el exilio.
Perón temía que los peronistas no volviesen a votar en blanco -después de la elección de delegados a la Asamblea Constituyente de 1957 en la que el 24% de los votos fueron en ese sentido- en un momento en el que se elegiría a las autoridades que regirían por seis años los destinos de la nación. Además Frondizi seducía a los peronistas con sus consignas progresistas y desarrollistas y su prédica en contra del gobierno militar.
Las FFAA, lideradas por entonces por los sectores más anti peronistas, sostuvieron que el candidato de la UCRI había ganado ilegítimamente, ya que los votos justicialistas habían frustrado al candidato de la UCR del Pueblo, que contaba con el aval desembozado del gobierno.
Quedó en claro entonces que, desde la asunción del nuevo presidente, el golpe ya estaba dando vueltas en las cabezas de sus opositores..
Después del período peronista, el sector industrial había quedado compuesto por pequeños capitales y talleres artesanales -de baja eficiencia y competitividad- pero de gran capacidad de empleo.
Las grandes corporaciones del país, que cubrían las áreas de industria y servicios públicos, eran propiedad del Estado.
El gobierno desarrollista de Frondizi implementó un plan destinado a modernizar las relaciones económicas nacionales e impulsar la investigación científica.
En diciembre de 1958 se promulgó la Ley de inversiones extranjeras, que trajo como consecuencia la radicación de capitales -principalmente norteamericanos- por más de 500 millones de dólares, el 90% de los cuales se concentró en las industrias químicas, petroquímicas, metalúrgicas y de maquinarias eléctricas y no eléctricas.
El efecto inmediato de esta modernización fue la consolidación de un nuevo actor político: el capital extranjero radicado en la industria.
Los viejos representantes del sector industrial nacional debieron amoldarse a sus decisiones y la representación económica de la pampa húmeda fue desplazada de su posición de liderazgo, recuperándola a medias en los momentos de crisis.
Además, las variaciones en la distribución del ingreso beneficiaron a los sectores medio y medio-alto, en detrimento de los inferiores pero también, es justo señalarlo, de los superiores.
Ante esta nueva situación –que significó complementariamente la expulsión de los instrumentos del poder de las viejas clases dirigentes, históricamente representadas por abogados y leguleyos de escasa capacidad- la burocracia sindical adoptó una nueva posición; ni combativa, ni oficialista: negociadora.
Desde que en 1961 Frondizi devolvió a los sindicatos el control de la CGT, se empezó a fortalecer en el interior del gremialismo peronista la corriente encabezada por Augusto Vandor, -líder del poderoso gremio metalúrgico- que estaba dispuesto a independizarse progresivamente de las indicaciones que Perón impartía en el exilio.
En estos años de proscripción y declinación general del nivel de vida de la clase obrera había nacido la izquierda peronista, representada por aquellos dirigentes cuyas metas eran el socialismo y la soberanía popular, conceptos tan genéricos como difusos que sin embargo conocieron su cuarto de hora de la mano de la inexistente respuesta que desde el poder recibían las expectativas generales de la población.
Reconociendo el apoyo electoral recibido, Frondizi se acercó a los peronistas -dictando una amnistía general, una nueva Ley de Asociaciones Profesionales, etc.- pero no logró evitar que -en el discurso que Perón bajaba desde su exilio- las inversiones extranjeras, (consideradas la clave del desarrollo por el gobierno), se plantearan como entrega al imperialismo yanqui, caballito de batalla de todos los movimientos populares que en el mundo se multiplicaban por aquella década.
Los contratos con ocho compañías petroleras extranjeras y la privatización del frigorífico Lisandro de la Torre desbordaron la ira de los peronistas nacionalistas, que se sentían traicionados.
A su vez, se levantaron las protestas de la dirigencia industrial nacional, que necesitaba el petróleo barato, y que temía que si la Argentina no se sumaba EEUU en su lucha contra Castro, sufriría la misma política de agresión que Cuba.
Ante la creciente oposición de la clase obrera, con una recurrente recesión, y con muy poco espacio para maniobrar, Frondizi cedió a todos los planteos militares y declaró primero el estado de eitio y luego el plan CONINTES para desmovilizar la protesta social.

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