(CONTINÚA)
Al mismo tiempo legalizó al Partido Peronista para competir en las elecciones de 1962 para gobernadores provinciales, en las que logró imponerse en cinco distritos.
Este hecho –unido a la posición del país en la Conferencia de Punta del Esta (1962) en la que se abstuvo de votar las sanciones contra la Cuba de Castro como exigían los Estados Unidos, y la posterior visita al país de Ernesto Guevara en forma clandestina y con una entrevista personal con el jefe de estado, lo que fue tomado como una provocación al poder real- fue intolerable para los militares, que decidieron el derrocamiento de Frondizi, encendiendo la llama del más virulento antiperonismo, al estilo de los años ‘55 y ‘56.
El presidente destituido conservó la cordura suficiente para salvar al menos un simulacro formal de institucionalidad designando como sucesor al titular provisional del Senado, José María Guido.
Poco después se produjeron enfrentamientos dentro de las FFAA en los que fueron derrotados los grupos más antiperonistas que habían volteado a Frondizi.
Tras los choques sangrientos, otra generación se consolidó en el liderazgo de las Fuerzas Armadas bajo el mando del general Onganía.
Buscando otorgarle una salida institucional al precario gobierno de Guido, en 1963 se llamó a elecciones presidenciales nuevamente.
Con el peronismo aún proscripto y sólo el 23% de los votos, resultó vencedor el candidato de la UCR del Pueblo Arturo Illia, un respetado médico cordobés que desde el inicio de su mandato intentó un modelo de gobierno respetuoso de las pautas de la democracia liberal inspiradas en la imagen republicana anterior a 1930.
En este sentido, su administración fue ejemplar: gobernó sin estado de sitio ni presos políticos, garantizó las libertades básicas y hasta tuvo arrestos de dignidad nacional en sus relaciones con los EEUU, como lo demostró en oportunidad de la invasión de los marines en Santo Domingo.
Gracias a una coyuntura internacional favorable a los productos argentinos el país entró en un ciclo de recuperación que eliminaría por una década el déficit en la balanza comercial.
Hay que concluir sin embargo, que si bien el gobierno de Illia no frenó estas tendencias tampoco las impulsó en la medida necesaria al progreso nacional..
La anulación de los contratos petroleros celebrados por Frondizi –que garantizaban el autoabastecimiento, tan importante en el nivel del desarrollo nacional en que nos encontrábamos- aumentó además ante terceros países la imagen de una Argentina que no respetaba sus compromisos y la alejó durante demasiado tiempo de la posibilidad de recibir inversiones genuinas, las que como siempre trocaron en créditos a alta tasa de interés que se tornaban en el tiempo como imposibles de cancelar.
El nuevo poder económico necesitaba la apertura, la acumulación de capitales y la racionalización del estado por encima de toda legalidad republicana y, a los ojos militares y desarrollistas, el viejo sistema de partidos era incapaz de asumir estas tareas.
Se dedicaron entonces pacientemente a preparar a la opinión pública por medio de una intensa actividad propagandista, hasta identificar al presidente radical con la modorra pueblerina y la siesta provinciana, al mismo tiempo que consagraban a los militares como paradigma de la epopeya tecnológica y de la grandeza nacional.
El 28 de junio de 1966, y sin que ello supusiese siquiera una novedad para una población que esperaba el golpe como expresión común de la vida institucional del país, destituyeron al presidente, al vicepresidente, a los gobernadores y a los vicegobernadores, disolvieron el Congreso Nacional, las legislaturas provinciales y los partidos políticos y reemplazaron a los miembros de la Corte Suprema de Justicia.
El cargo de presidente fue ocupado por el Tte. Gral. Juan Carlos Onganía, un hombre que decía expresar en sí mismo la tradición cristiana y occidental que a su entender era la esencia misma del ajado ser nacional.
La Revolución Argentina –como fue bautizada por sus propios gestores- fue en lo económico un intento de continuidad del proyecto desarrollista de Frondizi, aunque peligrosamente llevado a sus extremos: favoreció la apertura y la concentración de capitales para impulsar el proceso de industrialización y modernización de la estructura productiva y se estableció sobre un estado autoritario donde confluían el poder político y el económico. El objetivo económico de Onganía fue pronto descubierto y no era, por cierto, el que orientara a la administración frondicista: la consolidación de la hegemonía de los grandes grupos industriales y financieros asociados con el capital extranjero, a expensas de la Argentinaa rural y de los sectores populares.
Esta situación hizo que el peronismo profundizase la división estratégica entre los verticalistas –seguidores disciplinados de las directivas del propio Perón- que querían resistirse a los militares y los vandoristas que buscaban un acercamiento con el nuevo gobierno, razón por la cual fueron llamados también colaboracionistas.
Cuando ese acercamiento se produjo Perón fomentó el surgimiento de sindicatos opuestos a la burocracia sindical, como la CGT "de los argentinos".
Así les recordó a los vandoristas que sin él no eran nada, aunque luego de haber logrado su objetivo a fines de 1968, y por temor a que la nueva central obrera se desbandara, la disolvió.
En julio de 1966, un mes después del golpe derechista, la caballería policial entró en la Universidad de Buenos Aires y la desalojó violentamente, en el episodio conocido como la "Noche de los Bastones Largos".
Ello motivó que apenas dos años más tarde los estudiantes más políticamente motivados establecieran lazos de solidaridad con las organizaciones obreras militantes , desarrollando por primera vez su campo de acción en el ámbito externo, principalmente en las villas miseria.
Pese a haber tenido condiciones económicas nacionales e internacionales a su favor, al cabo de los tres primeros años, la Revolución Argentina ya mostraba signos de agotamiento en ese campo..
El más evidente fue la inesperada respuesta social a la política económica oficial, que derivó en el surgimiento de las guerrillas urbanas las que, sin haber conseguido jamás una inserción popular que las legitimara, contaron en un principio con algún grado de simpatía por parte de la clase media que además la nutrió de muchos de sus jóvenes integrantes.
Al tomar nota los universitarios de que su problemática no estaba tan lejos de la del resto de la población comenzaron a identificarse con los postulados de los grupos insurgentes y a buscar lazos que beneficiarían a ambos.
No sólo perseguían la utopía de un mundo mejor; sabían que como profesionales, administradores, planificadores de la economía, etc., tendrían un buen lugar en un eventual gobierno socialista y revolucionario.
El violento ataque de Onganía a la autonomía universitaria fue sin dudas el factor que más contribuyó a empujar a los jóvenes de clase media a la oposición armada.
Paralelamente ell hecho de que pocos obreros integrasen las guerrillas se debió a la acción desmovilizadora del peronismo, que los convenció de que su fuerza radicaba en el poder colectivo industrial y en los sindicatos y no en las armas de fuego.
Estas circunstancias se repetían en toda América Latina al punto que no debe sorprender que las guerrillas urbanas hallan aflorado en países habitualmente respetuosos de la institucionalidad establecida y con un alto porcentaje de habitantes de clase media, como Argentina y Uruguay, afectados por medidas económicas impopulares y por la reducción de las libertades políticas y culturales.
Además muchos de aquellos que durante el primer gobierno de Perón eran niños, descubrieron en él un modelo y mentor político y el gestor de una nostálgica época de oro en la que el pueblo había sido feliz, en contraposición a ésta en la que los jóvenes argentinos descubrieron la desilusión acerca de la validez del sistema político, tanto en su forma constitucional como de facto.
Perón con inteligencia estratégica aunque con dudoso sostén ético, fomentaba este entusiasmo juvenil con mensajes en los que dejaba abierta la puerta de la violencia, ya que la sabía un medio de desestabilizar al régimen hasta el punto de arrastrarlo a la caída o al menos ponerlo en la obligación de negociar con él mismo.
Prueba de esta actitud es éste párrafo de su "Mensaje a la juventud" de 1971:"Tenemos una juventud maravillosa, que todos los días está dando muestras inequívocas de su capacidad y su grandeza ... Tengo una fe absoluta en nuestros muchachos que han aprendido a morir por sus ideales".
Ya expresamos al principio de éste capítulo que el planeta entero vivía una época de cambios vertiginosos: el hippismo, la guerra de Vietnam , el mayo francés –por citar sólo algunos de ellos- suponían corrientes de revolución y contrarrevolución que impulsaban a los jóvenes a tomar partido activamente por algo que considerasen justo.
Se agregó a ello el compromiso social y político que asumió parte del clero latinoamericano a fines de los ’60 a partir de la creación de un pequeño pero muy activo sector bautizado "Sacerdotes del Tercer Mundo", con su profunda capacidad de prédica en los sectores mas bajos de la sociedad y haciendo que la liturgia católica llegase a actuar como sedante frente al temor a la muerte que muchos guerrilleros habrían de sentir: eran presentados como "hijos del pueblo", que "caían" en vez de morir, y a los que se les daba la condición de mártires.
En cuanto al propio Perón, lo que buscaba con sus declaraciones pendulares era dar a cada sector una imagen omnipresente de si mismo. Cada uno veía en el general lo que quería ver; así satisfacía a todos y conservaba su liderazgo.
Esta política de aceptación tanto a derecha como a izquierda -que pareció ser muy eficaz desde Madrid- demostró sin embargo su debilidad a la vuelta de Perón, cuando todos esos sectores lucharon violentamente por su reconocimiento como los verdaderos peronistas. Esto tenía que pasar tarde o temprano pero es de suponer que Perón confiaba en su capacidad de maniobra política y su indiscutido liderazgo para disolverlo en el tiempo.
No llegó a comprender que la Argentina había cambiado y que la sociedad post peronista –aún la integrada por sus seguidores- tenía expectativas intelectuales que iban más allá de la ciega obediencia a los dictados de un caudillo, aunque este se llamara Juan Domingo Perón.
Lo cierto es que la convulsión generada por levantamientos de obreros y estudiantes en Córdoba, en Tucumán y en Rosario – y aunque con menos intensidad en el resto del país- y la muerte del Aramburu en manos del grupo Montoneros –compuesto justamente por jóvenes que provenían de tradicionales familias católicas y ellos mismos integrantes de cenáculos nacionalistas como el ultra conservador Círculo del Plata que lideraba Marcelo Sánchez Sorondo- terminaron por arrasar la etapa Onganía dando lugar al tiempo político que, para el caudillo de turno del Ejército (Lanusse) pretendió ser la vía de continuidad de su propio poder.
La designación del general Roberto M. Levingston como presidente en junio de 1970 fue, para decir lo menos, inesperada y sorprendente ya que al momento de su nombramiento, era agregado militar en la embajada argentina en Washington, lo que lo convertía en un desconocido para el pueblo argentino.
Esta falta de base social y la oposición que le presentaron los partidos políticos –que los llevaron a lograr por primera vez sentares en una mesa y abroquelarse en la defensa de sus propios interesas a partir del nucleamiento bautizado La Hora del Pueblo- evitaron concretar su proyecto nacional de convocatoria a los partidos sin sus líderes, una primitiva manera de pretender un vandorismo generalizado que, obviamente, convertía a los militares en jueces y parte dentro del futuro institucional del país.
La verdadera figura detrás de Levingston -el general Alejandro Lanusse- buscaba una salida honorable para las FFAA , aunque su verdadera intención era una apertura progresiva hacia la institucionalidad bajo tutela militar. Sólo la amenaza de una revuelta revolucionaria - mantenida por Perón como una espada de Damocles sobre el gobierno - obligó a los militares a llamar a elecciones para marzo de 1973.
La cláusula de residencia -incluida en el decreto de convocatoria- por la cual Perón no pudo presentar su candidatura obligó a este a designar como candidato a Héctor Cámpora, que al frente del FREJULI (Frente Justicialista de Liberación) -coalición que reunía sobre el eje peronista a frondicistas, conservadores populares, populares cristianos y otras agrupaciones- triunfó el 11 de marzo de 1973 con el 49,59 % de los votos, por sobre la fórmula radical encabezada por Ricardo Balbín.
El 25 de mayo de 1973, mientras el centro de Buenos Aires vivía una singular ebullición, Héctor Cámpora asumió la presidencia de la Nación; después de dieciocho años de proscripción, el peronismo volvía al poder.
Cámpora reconoció a los Montoneros su contribución otorgándoles a muchos de sus cabecillas importantes puestos en el gobierno y declarando una amnistía general para todos los guerrilleros encerrados como presos políticos.
El 20 de junio de 1973 Perón regresó definitivamente. Su liderazgo permanecía, pero el contexto era muy diferente.
El carisma debía probarse ahora en el llano, en medio de una sociedad asustada por la cultura de la violencia; Ezeiza sería el prólogo para las sangrientas luchas internas que el peronismo viviría después: a medida que se aproximaban a recibir a su líder, las columnas de Montoneros, FAR y JP fueron ametralladas por elementos de la derecha peronista perdiendo la vida más de 25 personas. Por más que los autores eran conocidos y hasta se publicaron fotografías de los mismos, Perón no supo –o no quiso- hacer nada al respecto.
Al día siguiente, sin embargo, produjo el que seguramente fue el hecho personal que le valió más acercamiento a sus adversarios de antaño y al todavía amplio sector de la sociedad que seguía sin digerirlo, justamente por su poca claridad al referirse a la violencia guerrillera: en un discurso emitido el 21 de junio por la cadena nacional de televisión, dejó en claro que su intención central era la de superar las viejas antinomias, unir al país, convocar a la oposición a compartir las responsabilidades frente al momento en que se vivía y desalentar –por fin- todas las expresiones de la violencia como camino hacia el progreso de la Argentina.
Existe una llamativa simetría entre esta primera aparición masiva de Perón, apenas llegado del exilio, y su último mensaje a los argentinos –ya en el poder y a pocos días de su muerte- en ocasión del discurso que el 12 de junio de 1974 pronunciaría desde los balcones de la casa de gobierno: en ambas ocasiones el país pudo escuchar a un Perón solitario, volcando lo que era seguramente su deseo sincero en la etapa final de la vida.
Tras la masacre de Ezeiza porque la conmoción de aquellos acontecimientos le permitió expresar –pocas horas después- las conclusiones más profundas del hombre en el exilio de Madrid y los agitados meses transcurridos a partir del momento en que descubrió que ya no era el fantasma Perón sino el líder en uso directo y cotidiano de sus responsabilidades como tal; luego –tras el corto pero fragoroso ejercicio del gobierno- porque había podido extraer las conclusiones necesarias para comprender que su poder distaba demasiado de ser tan absoluto como pudo haberle parecido al regresar a la patria.
En el medio entre ambas confesiones tuvo que soportar la división de su movimiento, el egoísmo de los diversos sectores, incapaces de impedir un obligado retorno al poder formal
para el que su cuerpo ya no estaba capacitado, la lucha por la sucesión –que lo impulsó a la desesperada decisión de imponer a su esposa como compañera de fórmula ante la imposibilidad de encontrar una vía de consenso a las presiones de propios y extraños- el fracaso de una política económica que terminó favoreciendo tan sólo a los sectores empresarios a los que representaba su ministro de economía José Gelbard, la violencia multiplicada –que mucho lo golpeó personalmente con la muerte de José Ignacio Rucci y su muchas veces expresada sospecha de que José López Rega no estaba exento de una responsabilidad directa- y, en definitiva, la toma de conciencia acerca de cuan poco sabía de ese país que le habían contado en la distancia voces parciales, interesadas y muy pocas veces leales.
Perón ganó las elecciones del ‘73 con el 61,8 % de los votos.
Apenas después de su asunción la JP y el peronismo de izquierda, empezaron a observar como Perón defendía a los líderes de la ortodoxia sindical y política del movimiento y castigaba verbalmente a los grupos marxistas terroristas y subversivos supuestamente infiltrados en el peronismo.
A pesar de ello, y por un tiempo dramáticamente corto, la izquierda mantuvo incólume su lealtad y disciplina al verticalismo peronista:"Quien conduce es Perón, o se acepta esa conducción o se está afuera del Movimiento... Porque esto es un proceso revolucionario, es una guerra, y aunque uno piense distinto, cuando el general da una orden para el conjunto hay que obedecerla" (El Descamisado, órgano del peronismo revolucionario, nº 26, 13 de noviembre de 1973.
Tal vez no quería aceptar que el Perón revolucionario que ellos creían conocer había traicionado sus convicciones.
Por eso llegaron a pretender que ese extraño comportamiento del líder era responsabilidad del círculo que lo rodeaba, encabezado por López Rega.
No se equivocaban en un punto: éste era quien estaba detrás de la AAA y quien reclutaba a numerosos policías expulsados de su fuerza por delitos cometidos en ejercicio de sus funciones y reincorporados por el “brujo” –así se conocía y llamaba al singular personaje- antes de la asunción de PeróN.
En este verdadero escuadrón de la muerte formaron su experiencia muchos de los que después integrarían las brigadas de represión del Proceso.
Tan sólo en el período 1973 - 1974 la AAA y otros comandos terroristas habían asesinado a más de doscientos peronistas revolucionarios, militantes de la izquierda no peronistas y refugiados políticos extranjeros.
En la reunión del Día del Trabajador de 1974 en la Plaza de Mayo sucedió la inevitable ruptura.
Al salir Perón al balcón se encontró con un escenario que nunca pudo imaginar hasta poco tiempo antes: los Montoneros habían llenado la plaza con estandartes de su Movimiento, silbaban a Isabel , y coreaban coplas del tipo de "Si Evita viviera sería Montonera", y "Qué pasa (...) general, que está lleno de gorilas el gobierno popular".
Perón – desbordado emocionalmente por primera vez en su vida pública- abandonó su discurso de unidad nacional y comenzó a echar diatribas contra los revolucionarios: "estos estúpidos que gritan", "algunos imberbes pretenden tener más méritos que los líderes sindicales que lucharon durante veinte años", definiendo a los quejosos como " infiltrados que trabajan adentro y que traidoramente son más peligrosos que los que trabajan de afuera, sin contar que la mayoría de ellos son mercenarios que trabajan al servicio del dinero extranjero".
La Juventud Peronista respondió marchándose de la Plaza, dejándola semivacía.
El 1º de julio de 1974, Perón murió en su cargo de presidente a la edad de setenta y ocho años.
Su esposa María Estela Martínez asumió la presidencia, bajo la conducción indisimulada de López Rega, y el frente peronista se fue fracturando en forma cada vez más notoria , momento a partir del cual el terrorismo se multiplicó hasta convertirse en el hecho más trascendente de ese momento histórico.
A principios de 1976, cada cinco horas se cometía un asesinato político y cada tres estallaba una bomba.
Esta violencia política granjeó a los grupos subversivos el rechazo de gran parte de la opinión pública, esa misma que simpatizara con ellos cuando eran una joven agrupación que luchaba contra la Revolución Argentina y por el regreso de Perón.
Y acompañando a la violencia política reinante, la inquietud obrera se estaba generalizando; a pesar de que las huelgas estaban prohibidas, importantes sectores del movimiento obrero recurrieron a ellas -así como a marchas de hambre, trabajo a reglamento y manifestaciones callejeras- en un esfuerzo destinado a cambiar la política económica del gobierno.
Con una inflación mayor a la de Alemania en el período 1921-1922, y al borde de la cesación de pagos internacionales, el gobierno constitucional había perdido el control de todas las variables claves del manejo económico.
El vacío de poder que desde la muerte de Perón aquejaba al país quedaba dramáticamente en evidencia por la imposibilidad de Isabel y su gente de ofrecer solución a los problemas vigentes, ante la impaciencia que demostraban tanto los empresarios como los obreros y a pesar de los esfuerzos de la oposición –especialmente la UCR con Ricardo Balbín a la cabeza- por sostener un gobierno vacío de ideas y cada vez más desprestigiado en la opinión pública.
Las FFAA actuaron sagazmente; sin intervenir hasta que la situación se tornó esperaron a que los dirigentes civiles fueran a golpear las puertas de los cuarteles y el 24 de marzo de 1976, la Junta Militar encabezada por el teniente general Jorge Rafael Videla por el Ejército, el almirante Emilio Eduardo Massera por la Marina y el brigadier general Orlando Ramón Agosti por la Fuerza Aérea, depuso al gobierno constitucional de Isabel Perón.
Se afirmó entonces que ello se hacía con el objeto de "terminar con el desgobierno, la corrupción y el flagelo subversivo", denunciando "la irresponsabilidad en el manejo de la economía", las malversaciones de Isabel Perón y su administración y el "tremendo vacío de poder" existente que amenazaba a la Argentina con "la disolución y la anarquía". Desgraciadamente y como casi todo ello era cierto, muchos argentinos les creyeron.
Como en 1966, pero mucho más severamente, fueron disueltos el Congreso y las legislaturas provinciales; la presidente, los gobernadores y los jueces, depuestos; y fue prohibida la actividad política estudiantil y de los partidos.
La UIA, la CGE, la CGT y los sindicatos más importantes fueron intervenidos, sus fondos congelados; y las actividades relacionadas con las huelgas y las negociaciones colectivas de trabajo declaradas ilegales.
La primera etapa del gobierno militar –que colocó en el Ministerio de Economía a un nuevo representante de los sectores más recalcitrantes de la vida económica, el Dr. José Alfredo Martínez de Hoz- se vio beneficiada por la situación financiera internacional ya que desde la crisis del petróleo del ‘73, había en los bancos de los países occidentales industrializados muchas divisas que los exportadores de este producto habían depositado.
Estos capitales debían ser colocados, por lo que desde el FMI se creó la conciencia de que era bueno para un país en desarrollo como la Argentina recibir inversiones aunque en definitiva -por la inestabilidad política del país- sólo se contrajeron préstamos y deudas.
Mediante la apertura indiscriminada de los aranceles externos, la disminución del poder adquisitivo de la clase obrera y la sobrevaluación del peso -que dificultaba las exportaciones y estimulaba las importaciones- se procedió a un sostenido proceso de desindustrialización , estratégicamente favorable al capital extranjero.
Un año después muchos de los que habían apoyado el golpe ya se mostraban alarmados ante la profundización de la crisis económica y los duros atropellos a las libertades democráticas del régimen.
Estas dos cuestiones se relacionaban, ya que para imponer la política económica fue necesaria una indiscriminada represión, para lo que el concepto militar de "subversión" pasó a ser bastante amplio. En palabras del propio Videla: "un terrorista no es sólo el portador de una bomba o una pistola, sino también el que difunde ideas contrarias a la civilización cristiana y occidental".
Los métodos que las FFAA pusieron en práctica para eliminar la subversión tomaron por sorpresa a los opositores, a las propias organizaciones subversivas y a toda la sociedad argentina: campos de concentración clandestinos, centros de tortura y unidades especiales militares y policíacas, cuya función era secuestrar, interrogar, torturar y matar se convirtieron en una realidad que el país conoció primeramente por la prédica que desde el extranjero hacían conocer los organismos internacionales de defensa de los derechos humanos y por la preocupación que al mismo tiempo comenzaban a expresar los representantes de gobiernos democráticos del mundo entero.
Son recordadas en ese sentido las admoniciones recibidas en forma permanente de parte del Presidente del gobierno de Italia, Sandro Pertini, así como de su colega de Francia y –muy especialmente atendidas por la Junta Militar- del propio jefe de estado norteamericano, el demócrata James Carter.
La represión se dirigió principalmente a los cuadros intermedios de las organizaciones opositoras -como delegados de fábrica- quienes se habían convertido en nexo entre la cúpula de las organizaciones terroristas y los militantes de base.
El siniestro saldo del Proceso fue -entre otras cosas igualmente graves como la pérdida del compromiso social de los argentinos con su propio país- 30.000 desaparecidos, triplicación de la deuda externa, alta inflación, desindustrialización, fuerte caída del PNB y una dramática lección de la historia que aún hoy –y por momentos- no parece haber sido aprendida.
En 1983, agobiados por la situación económica y definitivamente debilitados por la derrota sufrida tras la aventura irresponsable de Leopoldo Fortunato Galtieri involucrando al país en una guerra improvisada y sin preparación alguna en las islas Malvinas, no pudiendo resistir más la presión de la opinión pública nacional e internacional, los militares devolvieron el gobierno a los civiles tras las elecciones convocadas para el 30 de octubre de ese año en las que triunfó el Dr. Raúl Alfonsín por la UCR, apoyado en el recuerdo que la sociedad tenía del último gobierno peronista y en la imagen de sus candidatos para los que insólitamente nada parecía haber pasado desde el derrocamiento de Isabel hasta esa fecha.
Terminaba el tiempo de la inestabilidad política y comenzaba otro-lleno de expectativas y optimismo- sobre el que volveremos en pocas líneas más.

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