lunes, 18 de mayo de 2009

LA OTRA REPUBLICA-PARTE 24

(CONTINUA)

Puede ver el lector que no estamos planteando otro de los ejercicios discursivos que durante tanto tiempo fueran utilizados para hacernos creer que algo cambiaba....mientras nada cambiaba.
Hablamos de un acuerdo duro, tal vez doloroso, pero muy concreto y de cumplimiento obligatorio para todos los ciudadanos.

Una vez concluido y refrendado por el pueblo argentino, el nuevo contrato social deberá tener la fuerza natural e histórica de los hechos centrales de nuestro pasado; será como la independencia en 1816 o el nacimiento formal de la república a partir de la Constitución de 1853.

Algunos pueden no haber estado de acuerdo; pero todos tuvieron que aceptar la realidad de los hechos.

Sin embargo en ambos casos se dio –como ahora pretendemos- la circunstancia de que el estado debió ser origen de una convocatoria también realizada en medio de profundas divisiones, enfrentamientos cerriles y un estado general de crisis institucional que amenazaba en el primer caso la integridad del país y en el segundo la misma secesión de Buenos Aires.

Los pactos preexistentes que consagra el preámbulo de nuestra ley suprema no son otra cosa que expresión racional de la vía necesaria para zanjar diferencias. Fue a partir de ellos –a pesar de sus detractores y de quienes quisieron sabotearlos- que se llegó a la etapa de la organización nacional y se consagró una base legal para una sociedad que –ya lo dijimos- existía más en los papeles que en los espíritus.

Fueron, a su manera, pequeñas moncloas nacionales.

¿Sirve entonces –como paso previo- un acuerdo a la española?. Ya dijimos que es formalmente indispensable.

¿Qué representó aquél acuerdo?. Tal vez nada más claro para explicarlo que la trascripción parcial de un artículo publicado en el Diario La Nación por su corresponsal en España, Silvia Pisan, en la edición del 16 de enero de 2002 y que preferimos rescatar como la más contundente síntesis de lo que aportaron a la naciente democracia en la península: dice Pisani que “pocas cosas nacieron con tan mala prensa y acabaron en la gloria”..

“Se firmaron el 25 de octubre de 1977- continúa- cuando el escenario político español era de diagnóstico reservadísimo. A un grado que difícilmente sospechen quienes hoy forman cola frente al consulado de Buenos Aires, a la espera de emigrar a un país en el que, por entonces, había que ser valiente para imaginar un futuro próspero.

En lo político, el vacío dejado por la muerte -dos años antes- del dictador Francisco Franco, jaqueaba al rey Juan Carlos, que asumió primero el gobierno temporal y, meses después, acabó como si nada con su primer presidente, Carlos Arias Navarro.

.Eran tiempos violentos. La banda terrorista ETA entró en una escalada de atentados criminales, mientras grupos de derecha irrumpieron con presiones y asesinatos, algunos en pleno centro de Madrid. El descontento se expresó en huelgas y movilizaciones populares. Pero estaba claro que la sociedad española no quería eso.

Las dificultades cabalgaban sobre una gravísima crisis económica. Los precios se dispararon, sobre todo y azuzados por la crisis de 1973 los del petróleo, en un país que no lo produce. Las importaciones superaban en mucho a las exportaciones. La deuda externa se disparó en cuatro años a 15.000 millones de dólares y triplicó las reservas del Banco Español. La inflación se duplicó en sólo un año y llegó al 40%. "Niveles de América latina", decía la prensa de la época. Y para coronar, un desempleo sin precedente”.

Avanzando en la similitud de circunstancias con la vividas por Argentina en el tiempo en que la nota fue redactada –y que en realidad no varían mucho con las actuales- la periodista afirma que “si algo tuvo claro Adolfo Suárez fue que necesitaba consenso. Y "concentrar" el esfuerzo político.

El joven presidente había llegado al poder de la mano del rey Juan Carlos -"¿me harías un favor?", le dijo el monarca cuando le pidió que aceptara la presidencia. Y su designación fue duramente castigada por una opinión pública harta, que dudó muchísimo sobre lo oportuno de la decisión.

Hasta aquí, más de un paralelismo podría trazarse sobre aquellos difíciles días en España y los que hoy vive nuestro país. ¿Qué hizo Suárez? Entre lo primordial, buscó una mesa de consenso que, - tras más de dos meses de trabajo- cristalizó en los acuerdos de Moncloa.

.Pese a que abarcaban varios compromisos, dos fueron los centrales: medidas de choque para la crisis económica y, sobre todo, una modificación de fondo en la forma de relación entre las fuerzas políticas, lejos de canibalismos. Ambas cosas, combinadas, significaron un mensaje de sosiego y responsabilidad política que resultó balsámico para una sociedad enervada.

.La misma demanda de sosiego que hizo la sociedad apuró su firma. Por caso, más de un historiador español insiste hoy en que Felipe González, el entonces líder del Partido Socialista Obrero Español, fue, al comienzo de la negociación, uno de los más renuentes. Pero pronto advirtió el alto costo político que tenía entre los españoles una actitud de enfrentamiento.

Había más de un costado para la crítica. Visto hoy, el bloque de compromisos incluye voluntarismo. Y diputados y senadores no perdonaron que hayan sido redactados sin su participación, aunque luego se les diera el control pleno sobre su ejecución.

.Ese fue otro de los puntos: Suárez confió en el sistema de consenso que propugnaban los acuerdos y delegó en el Congreso responsabilidades de contralor. Y en su equipo fue el vicepresidente Enrique Fuentes Quintana -y no él mismo- fue el encargado de exponerlos ante diputados y senadores, que finalmente los aprobaron.

El documento final fue firmado por todos los partidos políticos, incluido el Comunista Español, de Santiago Carrillo, y Alianza Popular, del ex ministro franquista Manuel Fraga Iribarne. Antagonistas históricos, ambos se sentaron a la misma mesa.

Fueron diez firmantes y todos ellos podrían haber optado por otra forma de hacer política.

Pusieron en riesgo oportunidades personales y eligieron el consenso, algo de lo que nada sabían, pero que intuyeron más poderoso que una legítima -aunque también miserable- aspiración en su carrera. Y su obra -y no ellos- pasó a la historia”.

Pero, ¿quién está dispuesto hoy en la Argentina a jugar el papel de Adolfo Suárez?.

El gran pecado de Raúl Alfonsín fue no comprender en 1983 que ese era el lugar que la realidad y el destino le habían reservado.

Si el líder radical hubiese aceptado ser el hombre de la transición –como si lo hizo el Jefe de Gobierno español- hubiese ahorrado a la Argentina dos décadas de angustia, frustración y decadencia.

No quiso hacerlo; prefirió pensar en sus “legítimas pero miserables” aspiraciones personales y por ello “ ni su obra ni él pasarán a la historia”.

El gobierno posterior ni siquiera evaluó la posibilidad de crear una nueva sociedad para un nuevo país. La frivolidad y el enfermizo deseo de eternizarse en el poder fueron en Carlos Menem características demasiado fuertes como para creer que siquiera pudiese imaginar semejante tarea fundacional.

Lástima grande, máxime cuando cierta dosis de conformismo social –y aún de bienestar- en la primera mitad de su década de gobierno, pudieron ser el campo de acción ideal para encarar una tarea semejante.

Después, historia más reciente, cada alternancia significó volver a los viejos rictus de inmortalidad que parecen inevitables en la formación de los políticos argentinos.

Ocurre que muchas veces los hombres no sólo no están a la altura de la historia sino que no logran ubicarse siquiera frente a sus propias circunstancias.

La otra cuestión es, ¿ pueden en la Argentina las fuerzas políticas que ocupan las alas del espectro ideológico asumir una actitud similar a la del PC de Santiago Carrillo y la Alianza Popular de Fraga Iribarne?.

La contundente respuesta es NO; pero la realidad indica que los extremos del arco ideológico no tienen en nuestro país las dos características determinantes de aquellas fuerzas españolas, aún aceptando que en la Argentina todavía existan fuerzas políticas tradicionales.

Veamos entonces el teórico panorama:

1- las expresiones extremas de la izquierda y la derecha argentinas no tienen interés alguno en participar seriamente de la vida democrática;

2- como la nuestra es una sociedad desorientada por sus propias indefiniciones, los extremos de ese arco representan una notable minoría frente al porcentaje de ciudadanos que, no sintiéndose representados por los partidos tradicionales, han encontrado refugio en una moderación alejada de cualquier aventura que pueda plantear un fundamentalismo ideológico de cualquier signo.
Esta línea de pensamiento, además, tiene mucho más que ver con las raíces de la sociedad argentina que con una actitud producto de la crisis recurrente.

Pero no es menos cierto que esa sociedad proclive a la moderación deberá en algún momento asumir con férrea voluntad la decisión de seguir adelante en base a los dictados de sus mayorías y no permitir más que el reinado de la minorías siga deteniéndola e involucrándola en debates absolutamente inconducentes.

Ni el problema de la desocupación pasa por los piqueteros, ni los derechos humanos tienen la medida de quienes griten más fuerte contra el imperialismo, ni las reglas de convivencia que deseamos darnos los argentinos pasan por ceder el centro de la escena a variopintos personajes insatisfechos de su propia identidad sexual.

Todos ellos son respetables –y deben ser respetados- en la Argentina.....pero no son la Argentina.

Por ello un contrato social será posible sólo en la medida en que decidamos convocar a todos los argentinos a construirlo pero también asumamos la responsabilidad histórica de aceptar que deben quedar al costado del camino aquellos que sólo aceptan su propia verdad como objetivo y razón final.

Sería ocioso, además, recordar el precio que la nación ha pagado en manos de minorías iluminadas que –aún de buena fe- creyeron ventajoso imponer sus convicciones a toda la sociedad.


-el necesario primer paso-

Definido entonces el espectro del diálogo pre-contrato deberíamos ahora avanzar en la agenda del debate.

Es aquí dónde el antecedente español adquiere ribetes propicios para la emulación. La agenda de la Moncloa fue suficientemente amplia como para que no quedasen fuera de ella ninguno de los aspectos que hacían a la nueva democracia.

Todos los aspectos del Pacto de la Moncloa fueron aquellos que hoy requieren de soluciones permanente en nuestra sociedad.

Sin embargo el punto de partida es muy distinto: mientras en España la mayoría de ellos se resolvía tan sólo con reflejarse en el espejo de Europa, en la Argentina no hemos logrado siquiera definir cual es la solución y el perfil que deseamos para cada uno de ellos.

¿Cuál de todos estos puntos no está pendiente de resolución hoy en la Argentina?; ¿no habrá llegado el momento de que –como ocurriera en España a partir del pacto- se asuman las soluciones acordadas como políticas de estado y dejen de estar sujetas a la impronta más o menos acertada de cada gobierno de turno?

Para entender de que estamos hablando sólo hace falta citar dos circunstancias de aquellas horas históricas en la península.

En primer lugar, ¿ cómo estaba España el día antes del acuerdo entre todas las fuerzas políticas?

En 1977 la situación económica es explosiva: en un país en el que el 66% de la energía es importada, la crisis petrolífera de 1973 ha pasado desapercibida, es decir los últimos gobiernos de Franco no han tomado ninguna medida frente al barril de petróleo que pasa en doce meses de 1,63 a 14 dólares.

Las exportaciones cubren el 45% de las importaciones, el país carece de recursos para mantener sus intercambios con el exterior y pierde 100 millones de dólares diarios de reservas exteriores.

El país acumula entre 1973 y 1977 14.000 millones de dólares de deuda exterior, lo que representa un importe superior al triple de las reservas de oro y divisas del Banco de España.

La inflación está a niveles casi sudamericanos: del 20% de 1976 se pasa a mediados de 1977 al 44%, frente al 10% de promedio de los países de la OCDE.

Las empresas tienen deudas de centenares de miles de millones de pesetas lo cual contribuye a que el desempleo empiece su largo crecimiento: ya se situaba entonces en 900.000 personas -de las cuales sólo 300.000 recibían subsidio de desempleo- y continuó creciendo hasta los 2.000.000 de parados.

Seguidamente; ¿qué se resolvió para superar la crisis de desempleo y el entonces explosivo fenómeno –hoy dramático en la Argentina- de la migración juvenil?.

En su parte resolutiva el acuerdo firmado resolvía que: “se adoptarán las medidas paralelas que aseguren una prestación eficaz y rigurosa del seguro de desempleo y un tratamiento prioritario de las modalidades de creación de puestos de trabajo, atendiendo especialmente al empleo juvenil, contratación temporal de los acogidos al subsidio de paro sin pérdida de sus derechos y a las áreas geográficas de mayor índice de desempleo. Para los casos de contratación temporal de acogidos al subsidio de desempleo a partir de 1 de noviembre de 1977 el Estado —con cargo a los recursos de la Seguridad Social— satisfará el 50 por 100 de las cotizaciones que se devenguen.

Al objeto de fomentar el empleo juvenil se autoriza, dentro de un programa experimental que se concretará, la contratación temporal por un plazo máximo de dos años para los empleos derivados de los nuevos puestos de trabajo que se creen a partir del 1 de noviembre de 1977, siempre que los mismos se cubran con personas que desempeñen por vez primera un trabajo.

Para estos empleos el Estado —con cargo a los recursos de la Seguridad Social— satisfará el 50 por 100 de las cotizaciones que se devenguen”.

El camino no fue fácil para España y seguramente no va a serlo para Argentina; nueve acuerdos políticos fueron necesarios antes de lograr un plan económico sólido y duradero que le permitiera al país ingresar en el camino de desarrollo y bienestar que hoy lo convierte en un verdadero ejemplo para Europa y el mundo.

Sin embargo nunca se dejó de lado aquél primero y general que se convirtió –tras su aprobación en el Parlamento- en marco de referencia obligatoria para todos los que quisieran mantenerse dentro del juego de las instituciones democráticas.

Tal vez por eso el vice jefe de gobierno Enrique Fuentes Quintana -quien redacta el documento base de los acuerdos- hace suya una declaración de un político republicano de 1932: “O los demócratas acaban con la crisis económica española o la crisis acaba con la democracia”.

Los Pactos de la Moncloa abrieron una etapa de diálogo y concertación social. Los acuerdos entre organizaciones empresarias y sindicales y los pactos sociales tripartitos ayudaron a consolidar el sistema democrático y permitieron implementar reformas económicas estructurales que iniciaron la convergencia de España con la Europa comunitaria.

La experiencia española sugiere así una concertación en dos etapas. La primera corresponde a un consenso entre los actores políticos, que es seguida, inmediatamente, por un acuerdo social entre empresarios y trabajadores.

En nuestra visión resulta necesario que a estos últimos se agreguen a el debate -sobre la temática acordada- todas las entidades de tercer grado que han surgido en el país de la manos de la crisis y que hoy representan acabadamente el genuino interés de la sociedad argentina.

A esta cadena de acuerdos políticos y sociales que servirán para afrontar en lo inmediato la crisis, podrá entonces seguirle la agenda profunda del modelo argentino hacia el futuro:

-La organización del estado y el modelo político y electoral; el tamaño e incumbencias del
mismo; la eventual regionalización administrativa; la selección de candidatos; revocatoria de los mandatos; financiamiento de los partidos políticos; funcionamiento del Congreso y sanciones ante la demora en el tratamiento de las leyes, etc.

-el modelo social y los caminos para asegurar una distribución de la renta nacional, constante y permanente, que garantice el retorno de la movilidad social ascendente;

-el modelo económico, que respete verdaderamente la propiedad privada y castigue severamente cualquier atropello a su vigencia, fijando además con claridad el papel de la empresa privada frente y los alcances de competencia dentro de una economía moderna y capitalista para las empresas mixtas o de capital estatal.

-el modelo cultural y educativo;

-las reglas básicas de convivencia, el rol de las minorías en la dinámica social y la posición permanente del país frente a los desafíos de la nueva sociedad universal como el derecho a la vida, el derecho de familia, el narcotráfico y el terrorismo internacional.

-la posición internacional de la Argentina y el mandato a sus gobernantes para que no produzcan el deambular ideológico del país en base a sus convicciones personales:
-el ordenamiento legal en cada una de las ramas del derecho; la organización del Poder Judicial –en la nación y en las provincias- y la modernización y simplificación de los procedimientos legales;

-las formas de asociación en las entidades intermedias, con especial hincapié en la libertad de agremiación;

-el sistema de salud –en todas sus etapas y disciplinas- y el camino para ponerlo al alcance de todos; el sistema de obras sociales y de medicina prepaga, su ordenamiento legal y sus obligaciones y límites.

-una política previsional, garantizando la convivencia de un sistema mixto y la intangibilidad de los aportes personales;

-un régimen fiscal no regresivo, tendiente a gravar la renta y no al capital o al consumo.

-formas concretas y obligatorias de garantizar la subsistencia digna a los menores y a los ciudadanos de la tercera edad que no posean otra cobertura más allá del estado;

-una política de seguridad que atienda –sobre todas las cosas- los derechos de la comunidad consagrando la preeminencia del ciudadano honesto por sobre el delincuente; un endurecimiento suficiente de las penas como forma de desalentar el delito producto de la impunidad o la irrelevancia del castigo.

-un sólido y claro acuerdo acerca de los alcances del derecho a huelga y la protesta social, sus límites y responsabilidades frente a terceros;

y todos aquellos temas que la comunidad pretenda sean resueltos en forma definitiva; tan definitiva como puede suponerse tras la firma de un verdadero contrato social.

Es claro además que la tarea que nos hemos impuesto es meramente enunciativa, evitando por tanto adelantar nuestras propias opiniones acerca de la dirección que debería tomar el debate en cada caso.

Nuestra preocupación –que hemos tratado de volcar en esta obra- se sostiene en lo que creemos una necesidad impostergable de la hora: llegar a un acuerdo entre todos los argentinos que nos permita saber que país queremos ser, que sociedad lo va a construir y que república lo va a gobernar.

La respuesta la tendremos con la participación de todos.

- el tiempo es hoy-

Sólo nos quedaría por responder una pregunta: ¿porqué la urgencia?; ¿porqué nosotros, hoy, ahora?.

En todo caso, ¿es conveniente someternos a este debate y a este compromiso en las actuales circunstancias en que la incertidumbre parece acompañar todos y cada uno de los acontecimientos de la vida nacional?; ¿es necesario?.

Seguramente es imperativo...

Porque existen razones que van más allá de la urgencia por comenzar a caminar un destino cierto y porque ya es tiempo de convertirnos en una sociedad previsible.

Tenemos que hacerlo ahora y tiene que conseguirlo esta generación de argentinos que de alguna manera se ha convertido en el eslabón perdido entre un pasado que no pudo construir una conciencia cívica común y un futuro que aparece poblado de incertidumbres y acechanzas.
Tan sólo ayer las olas migratorias poblaron una nación próspera, de esfuerzo y trabajo pero con demasiados acentos como para poder conformar una unidad.

Aquel crisol de razas del que tanto se habló nos quito –seguramente sin buscarlo- el derecho a nuestra propia personalidad. La negativa de los fundadores a aceptar a los hombres del interior, sus costumbres y sus realidades, hizo el resto.

Entonces no tenemos un pasado común en el que apoyarnos.

La migración masiva de los jóvenes, hartos de la crisis permanente en que ha vivido la nación en las últimas décadas y deseosos de aprovechar las oportunidades que ofrece el mundo sin fronteras que aparece detrás del horizonte de la nueva era tecnológica y cibernética , amenaza con dejarnos sin identidad hacia el futuro.

No tenemos pertenencia hacia atrás y podemos no tenerla hacia delante.

Por eso el tiempo es hoy; de ello depende que modifiquemos el futuro y seguramente el destino de la Argentina.

Tenemos que dejar de ser una tierra de promisión para convertirnos en un país con un presente serio y previsible.

Que seguramente no podrá presumir de grande y poderoso en el comienzo de la nueva etapa pero tendrá –a partir del flamante contrato- una característica inédita en nuestra historia: será una república en la que el respeto a las normas, a los derechos de los demás y a las instituciones de la democracia dejen de ser alternativas épicas para convertirse en realidades cotidianas incorporadas desde la cuna y ejercidas con naturalidad a lo largo de toda la vida.

No es sencillo.....pero no es imposible. Sólo hace falta decisión para lograrlo, voluntad para buscarlo y el entusiasmo para vivirlo.

Tal vez lo que no pudimos consolidar desde la abundancia, podamos conseguirlo ahora desde la crisis. No sería la argentina la primera ni la última sociedad en intentarlo; ni tampoco en coronar con éxito su esfuerzo.

¿Podremos hacerlo?, ¿queremos hacerlo?.

Poco importa.....tenemos que hacerlo.

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