CAPITULO VI
LA MISMA NACIÓN, OTRA REPUBLICA
Si como dicen los textos una nación es su territorio y su gente, la Argentina no ha sido una mala nación.
Pero si una república es esa nación tras su organización jurídica, deberemos convenir que si hemos sido una mala república.
Mientras la nación mostró al mundo su vocación pacífica y abrió sus puertas a millones de seres humanos en busca de futuro, la república la arrastró a su decadencia actual, de la mano de falsas representaciones y experiencias demagógicas que supieron coincidir en la falta de respeto a la ley y en la supremacía de los intereses personales o de grupo por sobre el interés general.
En los capítulos anteriores hemos analizado largamente los hechos de esa decadencia y hemos tratado al mismo tiempo de desentrañar los porqué de cada etapa y de cada experiencia de poder.
Tenemos ahora que intentar una aproximación al espíritu de la nación –a sus orígenes, bases comunes e intereses compartidos- para encontrar el punto de partida necesario en la tarea de recuperar la república consiguiendo un estado moderno, viable y representativo sin el cual una sociedad moderna no tiene razón de ser ni futuro.
Y una primera aproximación al objetivo sería aceptar que esta historia que hemos narrado sea de aquí en adelante la historia de la nación , dejando de ser por tanto la historia de la república.
Esta nos divide, nos enfrenta y nos vuelca de lleno al terreno de las pasiones y las subjetividades.
La otra es –para bien o para mal- la historia verdadera; la de los tiempos transcurridos y los hechos consolidados.
No se trata de indultar culpabilidades o pretender que el daño producido a la república por personajes e interesas subalternos ha sido resultado de la fatalidad o de la casualidad.
Mucho menos se trata de ocultar las responsabilidades que como sociedad tenemos en cada una de nuestras erradas decisiones o actitudes desaprensivas. Nada de eso...
Pero tampoco tendría sentido detenernos para siempre en remover nuestras heridas, lo que en el mejor de los casos nos permitiría encontrar pretextos para nuestros males pero nos dejaría una vez más al costado del camino.
Tenemos que buscar juntos el mecanismo necesario y suficiente para no terminar de bajarnos de la realidad mundial y consolidarnos como un país marginal, sin desarrollo estratégico y sin voz ni voto al momento de discutir situaciones globales que puedan afectar directamente nuestros intereses.
Planteamos que la falta de un contrato social -ya sea por su inexistencia o por la abrupta interrupción de cada intento de construcción del mismo- ha sido un punto de partida de los males de esta sociedad.
En crisis similares a la argentina otras naciones lograron salvar su estructura jurídica y su base representativa echando mano a su contrato social ( o generándolo) como garantía del interés común.
Otras lo habían consolidado desde su propio origen y pudieron por lo tanto utilizarlo con la naturalidad del capital incorporado.
Pero en todos los casos se trataba de sociedades en las que tenía una fuerte presencia un elemento que será el primero que necesariamente deberemos recrear los argentinos si pretendemos que ese contrato social rija alguna vez entre nosotros: la conciencia civil.
La formación de la conciencia civil es un problema moderno, vinculado al movimiento renacentista y al surgimiento, desarrollo y crisis del modelo del estado-nación.
Frente al teocentrismo medieval, la vida de servidumbre de las comunidades feudales y el poder absoluto del rey, fue necesaria una nueva conciencia civil, una revolución y un nuevo modelo político, que permitiera el desarrollo de un hombre nuevo y una nueva sociedad política.
Relacionado con esta nueva conciencia civil y modelo político surge la figura y obra de J.J. Rousseau.
La necesidad de formar la conciencia civil como medio para revalorar al hombre y alcanzar transformaciones políticas en la sociedad, ha sido un procedimiento que algunos pueblos como Grecia y Roma escogieron para sentar las bases de una convivencia más humana.
El sentido y calidad de esta convivencia era el resultado de una educación del hombre natural y de sus valores civiles más fundamentales; así la conciencia crecía y actuaba en función de un orden natural y en esta armonía consistía la felicidad.
Este ideal olvidado por largos siglos dio origen a las utopías renacentistas y modernas: La utopía de Tomás Moro, La Ciudad del Sol de Campanella,, Christianapolis de Andrea, la Didáctica Magna de Conmenio, el Contrato Social de Rousseau, los Discursos a la nación alemana de Fichte, entre otros, son hitos en la búsqueda de esa conciencia civil que estamos proclamando.
Todas sugieren un cambio que está orientado a generar una nueva vida moral y política en los ciudadanos, pero todas parte a su vez del supuesto de la existencia de una conciencia colectiva..
¿Qué se entiende por conciencia?.
Es un término utilizado desde los griegos y proviene del latín conscientia, que es traducción de tuveidoz, que significa reconocimiento de algo, ya sea externo -el mundo que me rodea-, ya sea interno -las modificaciones experimentadas por el propio yo- .
Desde Maquiavelo, -pasando por los empiristas ingleses, los reformistas políticos y la sicología moderna- es un término clave en el conocimiento de las potencialidades y limitaciones del hombre, de la sociedad y del estado moderno.
En nuestro caso el concepto de conciencia civil se refiere al reconocimiento de los valores morales políticos fundamentales y al sentido de pertenencia a un cuerpo político dentro del cual el ciudadano debe alcanzar su libertad y su felicidad.
Ello nos conecta con la historia de la educación humana, con su organización y aspiración, con las leyes profundas que gobiernan la naturaleza humana y los normas que rigen la conducta individual y la estructura de la sociedad.
Para Rousseau –padre por derecho propio del concepto de contrato social- formar no es simplemente instruir o llenar de conocimientos técnicos y científicos la conciencia.
Tiene el significado de la educación griega y platónica: es configurar una imagen de acuerdo a un ideal, ideal que está vinculado por una parte con la naturaleza y por otra al modelo moral de la sociedad política.
Con base en el sentido humanístico arriba señalado Rousseau le da al término formación un contenido moral: la educación es una enseñanza para la vida, debe formar a todo el hombre integralmente desde su interioridad respetando la naturaleza y el ordenamiento de las cosas; la educación debe hacer bueno al hombre y a la sociedad.
Estas ideas adquieren actualidad por el proceso de deterioro que sufren los valores naturales del hombre, por la amenaza que sufren los valores políticos con las estrategias culturales y económicas globalizantes y por la necesidad de redefinir desde el sistema educativo los contenidos socializadores: valores, normas y actitudes en función de un modelo político más humano.
Al no poder construir esa conciencia civil con las costumbres comunes como base –lo que resulta evidente en una sociedad como la argentina que ha avanzado en el tiempo con marcadas características de dispersión- se hace imprescindible localizar el paradigma común que las suplante y que genere a partir de su localización un acto voluntario de los ciudadanos tendiente a aceptarlo como elemento incorporado al futuro de la nación.
Esto ha ocurrido en el mundo en diferentes circunstancias, casi siempre generadas por procesos dramáticos o violentos que pusieron determinados pueblos en la encrucijada de pasar la página de la historia o quedarse detenidos en el tiempo discutiendo el pasado y pagando las consecuencias de no poder ya reformarlo .
Decíamos en capítulos anteriores que esta circunstancia se dio en España tras la muerte de Franco cuando –en la necesidad de dejar atrás cuarenta años de autocracia que ni siquiera habían servido para cerrar las heridas de la guerra civil que la generaron- la sociedad resolvió dar un gigantesco paso adelante a partir de un acuerdo político –conocido como Pacto de la Moncloa- al que concurrieron sin excepciones todas las fuerzas representativas del ideario español y concordaron en la necesidad de sellar acuerdos permanentes en aspectos centrales de la vida del país.
Dijimos también que en Argentina no era suficiente un pacto de tal naturaleza ya que los españoles contaban para lograr el éxito posterior con tres elementos inexistentes en el presente nacional:
1- una rica historia cultural común;
2- un grado de desarrollo y bienestar –logrado aún en tiempos franquistas- muy superior al de nuestra sociedad actual; y
3- un contexto continental que traccionaba hacia arriba las bases mínimas del acuerdo, lo que obviamente no ocurre en la región sudamericana.
Por todo lo expuesto es claro que el paradigma y el acto voluntario son elementos irrenunciables de un posible contrato social para los argentinos.
¿Qué es entonces un paradigma y cómo buscarlo?
Un paradigma es el esquema o marco mental que se toma como referencia y sobre el que se desarrolla un proceso intelectual. En filosofía de la ciencia, es el principio básico que sustenta una teoría general, y cuyo cambio comporta el cambio de toda la teoría.
Las revoluciones científicas se definen como aquellos episodios de desarrollo en los que un antiguo paradigma científico, universalmente reconocido en alguna rama de la ciencia, es reemplazado, en su totalidad o en parte, por otro nuevo e incompatible: la llamada revolución copernicana (siglo XVI) sustituyó el paradigma astronómico tolemaico (la Tierra como centro del mundo) por otro incompatible con él (el Sol como centro), y en la revolución newtoniana (siglo XVIII) se cambió radicalmente el sistema físico.
Las revoluciones tecnológicas se caracterizan por tener un impacto inmediato en el nivel de vida y en los hábitos de las comunidades que las experimentan, así como también en la evolución de la humanidad.
Así por ejemplo ocurrió con las costumbres y la cultura universal a partir de dos ejemplos –de los muchos que en este sentido ha tenido la humanidad- que podemos traer a este desarrollo a partir del conocimiento general.
Una la ocurrida en el siglo XVI de la era cristiana -en la época de los grandes viajes de navegación iniciada por españoles y portugueses- y coincidente en el tiempo, además, con la revolución cultural del Renacimiento.
La otra, la industrial, iniciada en el siglo XVIII en la Gran Bretaña y propagada en el siglo XIX al resto de Europa, a los Estados Unidos y al Japón.
Ambas cambiaron la historia universal y ambas dieron por tierra con los paradigmas vigentes hasta ese momento, creando nuevas reglas de convivencia, de trabajo, de distribución y hasta morales.
Nuestro país –hijo como toda América de los adelantos de la primera- no supo como nación adecuarse al mundo que surgió de esta última y mucho menos aprovechar la ventajosa relación que existía entre las necesidades del mundo y la oferta natural que de ellas poseía, para consolidar al menos una sociedad tardía pero sólida y efectiva.
Hoy existen nuevas circunstancias internacionales y de la correcta interpretación que los países hagan de ellas dependerá en un futuro inmediato su integración a la realidad o la continuidad en muchos de ellos –el nuestro por ejemplo- en el aislamiento y el atraso.
Porque otra etapa de la historia universal se inició a mediados del siglo XX, con el desarrollo de los vehículos aéreos y otros vectores, el arma atómica, la microelectrónica, la informática, y las técnicas biogenéticas, que tuvieron como desenlace el macro-atentado que hizo cabeza de playa con el siglo XXI en Nueva York, consecuencia inadvertida de la vertiginosa revolución científica tecnológica, la súbita culminación de la Guerra Fría y sus derivaciones político-sociales generadoras de un mundo injusto y violento en el que la diferencia entre pobres y ricos constituye un elemento de tensión indisimulable y probablemente explosivo en los próximos años.
Actualmente, cuando la amenaza macro terrorista está siendo esbozada doctrinariamente como guerra de la tercera especie -que madura domésticamente en los estados sudamericanos- la perplejidad de sus conductores políticos ante el dilema, está directamente condicionado por el colapso de los paradigmas estratégicos tradicionales.
Los modelos estratégicos que hasta el momento enmarcaban la supervivencia de la humanidad ante los conflictos tradicionales y aún los colaterales, han colapsado.
En esta guerra mundial antiterrorista que se inició el 11 de septiembre de 2001, nuestras naciones son parte de la conflagración, ya que ineludiblemente están condicionadas por sus actores.
Asistimos -en consecuencia- a un cambio de paradigmas, con modelos a seguir no resueltos aún por la investigación estratégica. Obviamente los flamantes sistemas no están definidos, ya que no se han experimentado aún soluciones universalmente aceptadas, o exitosas.
Esta situación genera en sí misma un marco positivo y paradójicamente otro negativo.
El primero de ellos está dado por el hecho de que el mundo se encuentra en un momento de cambio absoluto; ello quiere decir que la Argentina puede lograr –y no por virtudes propias- adecuarse a ese cambio desde su mismo inicio, con sólo interpretar correctamente hacia dónde se dirige la humanidad y resolver con claridad hacia dónde queremos marchar como sociedad organizada.
El costado negativo de la cuestión es el rechazo generalizado que hoy existe en los ciudadanos de nuestro país hacia todo lo que tenga que ver con el sector dirigente en general y político en particular.
Parece imposible encarar una etapa fundacional si quienes son los encargados naturales de conducirla no cuentan con la confianza y el respeto de aquellos a quienes deben conducir.
futura: el consenso.
La moderna sociología política ha mostrado, por medio de la investigación empírica, que la confianza -uno de los componentes centrales del capital social de una comunidad- y, en particular, la confianza entre los actores políticos, tiene una fuerte correlación con la estabilidad de las instituciones democráticas.
El "clima inédito de confianza política", como dijera en aquel momento Felipe González, fue un ingrediente clave de la transición española.
Los Pactos de la Moncloa, en su opinión, no tenían un contenido político notable; su importancia residió en el cambio que representaron el estilo de la relación entre las fuerzas políticas en función de los problemas del país.
Ese consenso, que busca el beneficio comunitario en lugar de repartir cuotas de poder o dividir diferencias, no nace de la letra de un documento, sino de la maduración cívica de la sociedad.
Ni Argentina ni nadie puede invertir la causa y el efecto; y en nuestro país el simple ciudadano parece estar dándose cuenta de ello a paso acelerado.
El nivel creciente de participación ciudadana distingue a esta etapa de otras épocas de turbulencia de nuestra vida institucional. También el hecho de que la desaprobación a la actual dirigencia, así como el alto porcentaje de abstenciones y votos blancos y nulos en alguna de las últimas elecciones legislativas, coexisten con un firme apoyo al sistema de gobierno democrático.
De hecho puede afirmarse que la crisis del año 2001 inmunizó a la Argentina del riesgo de golpes institucionales o aventuras autoritarias; aún en medio de una realidad impresentable –cinco presidentes en poco más de diez días- a nadie se le ocurrió entonces que podías buscarse una salida fuera del marco constitucional.
El nuevo compromiso cívico de muchos argentinos se manifiestó no sólo a través de expresiones públicas como los llamados "cacerolazos", o la formación de pequeñas asociaciones con fines de ayuda mutua, sino además en el gran número de grupos, organizaciones no gubernamentales y hasta ciudadanos individuales que elaboraron diagnósticos , propuestas y medidas de acción colectiva para contribuir a la solución de la crisis.
Es claro que esta dispersión –más allá de los resultados puntuales en cada caso- no garantizan la preeminencia de un modelo o un cuerpo social fuerte e integrado, y que este no será posible -ni el acuerdo será permanente- en la medida en que no se logre una estabilidad previa que permita que sea producto de un razonamiento maduro y una clara conciencia de los objetivos buscados.
La estabilidad y previsibilidad del entorno social donde se emplaza el diálogo, si bien no son requisitos sine qua non, son también fundamentales en aras del éxito. En general un acuerdo de tan vastas consecuencias supone un canje de ventajas y concesiones entre las partes, que resulta más evidente en un momento de tranquilidad relativa relativa dela sociedad.
Sin embargo, el diálogo en cuanto medio de solución del conflicto, puede obrar en momentos de crisis o transición, como forma de superación a través del compromiso.
Lo cierto es que el diálogo representa a menudo un papel central cuando la situación de dispersión cobra dimensión de verdadera crisis. Esta paradoja se explica porque se percibe la concertación como el último medio para evitar el estancamiento total que desemboca en graves conflictos sociales. En estos casos, al no tener sentido un intercambio de ventajas, se llega a un acuerdo sobre el punto justo de las concesiones que exigen las circunstancias.
Es asimismo cierto que, en la práctica, el diálogo se desarrolla en una vía mejor cuando ejerce el poder partidos políticos más o menos reconocidos por las organizaciones civiles y que asignan un papel relevante a las preocupaciones sociales.
Si bien dicha circunstancia desempeña una función positiva no se puede olvidar que ningún gobierno tiene el monopolio al respecto, y que incluso cuando se trata de partidos favorables al diálogo, este puede estancarse o incluso ser inviable por otros factores externos como, por ejemplo, la crisis económica o financiera.
¿Es entonces este el momento justo para que la Argentina intente avanzar en un contrato social sólido permanente y definitivo?
Seguramente si.
Porque si bien todos los elementos de una crisis están hoy presentes en nuestra realidad, no es menos cierto que el temor de la sociedad ante la posibilidad de que ellos se disparen y el hartazgo común ante la decadencia permanente, hacen que los argentinos percibamos la necesidad de tomar en forma urgente las decisiones para cambiar este estado de cosas.
Ello indica que –si bien la estabilidad no está dada por las circunstancias- la necesidad común abre una brecha más que interesante para intentar el objetivo.
Por lo demás existe un convencimiento general acerca de que el “ahora o nunca” ha llegado por fin en forma de encrucijada nacional.
-un acuerdo posible-
A pesar del generalizado desánimo que nos envuelve, hay señales de que también aquí las cosas han comenzado a cambiar.
Las actividades y las organizaciones solidarias se multiplican y los medios de comunicación más importantes se han sumado a la tendencia, reforzándola.
Se trata de una reacción social natural y una respuesta alentadora frente a la crisis, que sería necesario convertir en un modelo cultural al que la sociedad pueda aprovechar para abordar otros problemas acuciantes.
La reacción espontánea de la gente es consecuente con tendencias que de un modo menos ruidoso se habían venido desarrollando durante los años noventa.
Pero los conceptos de voluntariado o tercer sector nunca habían formado parte de nuestro léxico político. Sin embargo –casi naturalmente- fueron convirtiéndose en realidad a partir de una crisis que amenazó con arrastrar al país mismos.
De modo que no hay ningún fracaso ni retroceso; el capital social y la solidaridad aumentaron, la sociedad civil se fortaleció; más gente se incorporó a la costumbre de participar y ello a su vez significó que subterráneamente se fueron forjando nuevos ciudadanos y dirigentes, más democráticos, honestos y de mente abierta, más dispuestos a la cooperación.
A medida que el tejido civil se haga más denso algunos de estos dirigentes entrarán en la arena política, en nuevos o viejos partidos, o bien como candidatos individuales o de agrupaciones no partidarias.
Esta renovación ciudadana se ha venido gestando gradualmente durante años y aún exhibe algunos indicadores contradictorios. Por ejemplo, mientras el número de voluntarios y de organizaciones del tercer sector se incrementa consistentemente, los niveles de confianza mutua continúan siendo bajos.
Todos estos datos y circunstancias indican que nos encontramos en un punto tan delicado como irrepetible: como no creemos en nadie comenzamos a actuar por nuestra cuenta en el rescate de la actividad común.
Y como esa actividad común es naturalmente la política ( el zoon-politikon aristotélico; el hombre gregario en su estado más puro), será a partir de ésta que lograremos recuperar el equilibrio natural de una sociedad no tan sólo participativa sino –y sobre todo- con un sistema de representación adecuada al tiempo moderno.
La reforma política está en el centro de todos los planteos; pero la mayoría de los actores políticos ha reaccionado con una conducta elusiva y hasta de resistencia para aplicar propuestas que cuentan con un amplio consenso. Este divorcio entre las aspiraciones ciudadanas y la actitud de gran parte de los dirigentes no es sino una confirmación de la crisis de representatividad.
La vida política de una sociedad está profundamente influida por factores históricos y culturales, que en el caso argentino hemos desarrollado largamente en los capítulos precedentes como elemento necesariamente presente al momento de intentar un cambio algo más que epitelial.
Esos factores han tenido vital importancia ya que hoy se manifiestan en el nivel de información y participación de los ciudadanos, la capacidad de las personas para asociarse en la búsqueda de objetivos comunes, la calidad del vínculo entre representantes y representados, las actitudes públicas hacia la corrupción y el grado de cumplimiento de las leyes, todos aspectos deficitarios en nuestra sociedad a lo largo de esa historia.
El diseño formal de las instituciones políticas puede inducir o desalentar estos tipos de comportamiento.
Por ejemplo, el sistema electoral basado en listas sábana tiene el efecto de debilitar la relación entre los ciudadanos y los legisladores: estos para ser elegidos necesitan ante todo mantener un vínculo estrecho con los jefes del partido que tienen un peso decisivo en la conformación de las listas, y por ello la atención y el respeto por las aspiraciones de los votantes pasan a ocupar un lugar secundario.
Por otro lado los cambios formales en las instituciones democráticas pueden ser neutralizados por hábitos políticos arraigados.
La eficacia de una reforma depende entonces de que las modificaciones en las estructuras y las reglas institucionales sean acompañadas por otras en la cultura política de ciudadanos y representantes.
En nuestro país el tema se encuentra desde hace mucho tiempo en franca controversia. Inclusive algunos intentos semi-institucionales –de no muy larga vida- como la “Mesa del Diálogo” , coordinada por la Iglesia Católica y con la participación de los actores sociales más representativos –aunque en la mayoría de los casos parte de la vieja corporación- hicieron hincapié en la reforma de la vida política como punto inicial de cualquier intento de cambio.
Existieron entonces coincidencias con foros menos oficiales pero seguramente tanto o más representativos –integrados por ONG y asociaciones barriales- que se expresaron en un mismo sentido poniendo en evidencia que tal reclamo es común a todos los argentinos.
El documento Bases para las Reformas de la Mesa del Diálogo pide "una modificación profunda del régimen de los partidos políticos, a través de una renovación paulatina de su dirigencia", así como "mejoras significativas en las formas de representación política". Plantea, entre otras cosas, facilitar el acceso a las candidaturas y asegurar el pluralismo por medio de "nuevas formas de expresión de la sociedad civil".
El Foro que reúne a las ONGs propone cambiar el sistema de listas sábana por otro que "otorgue mayor espacio para que la ciudadanía exprese sus preferencias".
Otra cuestión ampliamente debatida es el grado en el que los cambios del sistema electoral deberían permitir la participación de candidatos extrapartidarios.
Esta demanda no es sino el reflejo de cambios socioculturales profundos, puesto que el retroceso de los grandes partidos tradicionales es una tendencia universal.
En la Argentina el fenómeno se expresa en el crecimiento, durante los últimos años, de esa franja del electorado considerada independiente que en los sucesivos comicios ha optado por uno u otro de los movimientos históricos y que últimamente expresa una peligrosa tendencia a la abstención o al voto en blanco o nulo.
Muchos de los independientes ya no quieren optar entre los partidos tradicionales, que han fracasado en la tarea de gobernar el país a partir de 1983 y han sido incapaces de renovarse en hombres, ideas y prácticas.
Y el peso electoral de este sector queda evidenciado en una encuesta nacional de Gallup realizada a fines de junio de 2003 en la que si bien un 23% de argentinos se identifica como peronista y un 6% como radical, nada menos que el 52% se considera independiente.
¿Cómo se inicia entones –en medio de semejante dispersión de voluntades políticas- el camino concreto hacia un contrato social permanente?
Paradójicamente debe ser inevitablemente propuesto, promovido y conducido desde el estado y esto significa que el puntapié inicial deberán darlo justamente los cuestionados partidos políticos.
Decíamos en un punto de este trabajo que no era suficiente en nuestro país un pacto al estilo Moncloa para resolver las cuestiones planteadas. Es claro que aquellos partidos y hombres que lo firmaron tenían en aquel momento de la vida española un crédito mucho mayor al que nuestra escuálida y fracasada dirigencia tiene en la actualidad.
Sin embargo el principio del contrato –y sólo el principio- requerirá de una actitud semejante: todas las fuerzas políticas deberán firmar su compromiso con el proceso iniciado y el contenido final deberá dejar claramente establecido que tan sólo aquellas que lo hagan podrán en la nueva etapa pretender su reconocimiento legal como tales.
Es obvio que para garantizar su cumplimiento el nuevo contrato social de los argentinos tendrá que ser incluido en la propia Constitución Nacional –estamos hablando del nacimiento de una nueva república- y ello implica un intrincado camino de negociaciones, de renunciamientos a intereses partidarios, sectoriales y aún particulares, que no tendrían sentido alguno si el éxito o el fracaso depende de expresiones seudo-políticas que sigan anclando a nuestra sociedad en el pasado y trabajando sobre los errores ajenos con el canibalismo propio de un estilo que definitivamente debemos dejar atrás.

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