miércoles, 25 de marzo de 2009

LA OTRA REPUBLICA

SUMARIO




PROLOGO

CAPITULO I : EL PAIS QUE NO QUISO SER


LA PERDIDA DEL SENTIDO COMUN COMO ULTIMA HERRAMIENTA SOCIAL

EL MENSAJE INSUFICIENTE Y LA CULTURA DE LA LIVIENDAD

HACIA UN NUEVO CONTRATO SOCIAL )

EL DOLOR DE NUNCA SER

LOS CIRCULOS INCONCLUSOS



CAPITULO II : LAS NUEVAS REPRESENTACIONES


EL NUEVO SIGLO: HACIA LAS MALAS DECISIONES

UNA COSECHA INCOMPLETA Y LA SEMILLA GERMINADA )

CUANDO EL PODER SUPLANTA A LA POLÍTICA


CAPITULO III: LA EXPERIENCIA PERONISTA,

ABRIR LOS OJOS PARA CERRARSE AL MUNDO


EL ESTADO PERONISTA

LOS NUEVOS ACTORES SOCIALES

LA ARGENTINA ANSIOSA FRENTE A LA ARGENTINA ASUSTADA

EL FOLKLORE PERONISTA: YO SOY COMO TU ERES

EVA: UN FENÓMENO DE OTRA DIMENSION

UNA EXPERIENCIA INCONCLUSA

DE ESPALDAS AL MUNDO

EL FIN DE LA TERCERA OLA





CAPITULO IV: 1955-1983 EL FRAGOR DE LA NADA


EL DESCUBRIMIENTO DEL HOMBRE

CONTANDO UNA HISTORIA

CONCLUSIONES DESILUSIONADAS


CAPITULO V: LA MUERTE DE LA REPUBLICA


DERECHOS HUMANOS: DE LA FRIVOLIDAD AL CACHETAZO )

VEINTE AÑOS DE VOLUNTARISMO ECONOMICO

LA REPUBLICA VACIA

CUANDO LA LEY NO IMPORTA

CONCLUSIONES HACIA EL FUTURO )




CAPITULO VI: LA MISMA NACIÓN, OTRA REPUBLICA


UN ACUERDO POSIBLE

EL NECESARIO PRIMER PASO )

EL TIEMPO ES HOY













PROLOGO




Este no es un libro de historia; pretende en todo caso ser un libro sobre la historia de la Argentina y de los argentinos.
Por eso no debe el lector extrañarse si encuentra en la narración de los hechos omisiones que le parezcan inexplicables.
A lo largo de esto trabajo hemos ido eligiendo aquellos momentos de la vida nacional que a nuestro juicio fueron suficientemente explícitos en sí mismos para aproximarnos a la comprensión de lo que definitivamente queremos demostrar: la falta de un elemento común –una amalgama- que permita a nuestra sociedad construir ese contrato social sin el que es imposible pretender un futuro como república.
Porque es a ella –la república- a la que tenemos que rescatar.
Cuando las naciones entran en crisis se detiene el progreso, se pierde el rumbo del bienestar y se siente temor ante el futuro; es entonces la república la única y última garantía de continuidad.
Con sus leyes, con sus normas de convivencia, con sus instituciones y poderes, será el bastón necesario en los tiempos difíciles, así como el motor que ordene la marcha en las épocas normales.
Los argentinos nunca le dimos valor a la república.

Tal vez por el origen aluvional de nuestra sociedad o por las heridas nunca cerradas de nuestra historia, siempre pusimos la nación por delante –lo que no está mal si de resguardar los lazos naturales se trata- sin entender que sólo la república podía garantizar la continuidad de aquella.
Vamos a recorrer juntos todo el tiempo de los argentinos; la etapa de la organización nacional –con su pléyade intelectual y su desconocimiento de la realidad interior-; la aparición y vigencia de los partidos políticos como expresión de una democracia liberal de la que se adueñaron en vez de servirle; el peronismo, sus grandezas, miserias e incoherencias; la inestabilidad permanente que nos arrastró al autoritarismo y a la violencia irracional y ,por fin, este tiempo democrático vacío de respuestas y administrador de decadencias.
Y en cada caso intentaremos desentrañar el porqué de tantos fracasos y claudicaciones, en una sociedad que no parece excesivamente pretenciosa y sólo aspira a un país de respeto, paz y trabajo para todos.
¿Qué no pasó?; ¿qué nos faltó?; ¿qué hicimos todos con la Argentina?. Muchas son las explicaciones que se han ensayado ante estas preguntas.
Nos disponemos a intentar en estas páginas una respuesta globalizadora que nos aleje de la tentación de buscar culpables y pretextos de acuerdo a nuestras preferencias y convicciones ideológicas. Porque estamos seguros que alguna carencia permanente nos ha acompañado desde nuestra gestación como país para que el resultado –que hoy asombra al mundo entero- sea este presente argentino.


Y porque seriamente pensamos que aún no es tarde para corregir el rumbo. Sólo hace falta que nos pongamos de acuerdo hacia dónde y que resolvamos en lo inmediato el como.
Que firmemos, en definitiva, un contrato social para una Argentina moderna y exitosa.
Tal vez en estas páginas encontremos alguna de las claves.

EL AUTOR











CAPITULO I

EL PAIS QUE NO QUISO SER

La Argentina ha recibido de propios y extraños la más intensa adjetivación que haya sido dedicada a nación alguna.
“Rica”, “promisoria”, “la tierra del futuro”, “soberbia”, “irresponsable”, “culta y refinada” o “torpe y chillona”, son tan sólo algunos de los conceptos-sentimientos que despertó a lo largo de su historia. Y es seguro que en algún momento de su ya agitada vida interior cada uno de ellos haya respondido a razones observables, al menos en la superficie.
¿Qué fue entonces lo que pasó para que el resultado final del camino fuese esta decadencia de hoy que ya alcanza a cada uno de los rincones de la república? ; ¿un destino trágico? ; ¿una perversión colectiva? ; ¿la gran irresponsabilidad común?...
Tal vez de lo que se trate –y a ello pensamos abocarnos- es de una combinación de cada una de estas cuestiones, unidas a una mentalidad inmadura, caprichosa y –aunque antaño enciclopédica- desprovista de una base cultural sólida y propia que nos permita tener en claro los tres aspectos básicos del desarrollo social: quienes somos, de donde venimos y hacia donde queremos marchar.
Lo que muchos llaman la crisis de los últimos años del siglo xx ( y nosotros preferimos definir como la implosión de los errores cometidos que si tan sólo marcan un cratos en nuestras aspiraciones y costumbres), ha puesto en evidencia lo epidérmico de cada uno de aquellos adjetivos con que el mundo se refirió al país desde los tiempos de la abundancia pastoril hasta los menos recordables de la decadencia cultural, económica y, por fin política.
La articulación entre una abundancia, a veces ficticia, y el ascenso político de las clases populares a partir de los años 40 del siglo anterior, construyó un tipo de estructura social ascendente, aunque durante la década del 90 se desmoronaran todas las bases estructurales que la sostenían.
Una de las hipótesis que buscaremos resolver en el presente trabajo radica en afirmar que tanto aquella abundancia como la posterior bancarrota forman parte de una Argentina infantil que sólo se abraza aparentemente a lo que -creyendo principios y bases de organizació-, termina siendo tan sólo parte del juego de una sociedad sedienta de grandeza que sin embargo se niega a pasar antes por la estación de la seriedad y el sacrificio.
Seguramente la más notoria consecuencia de esta actitud ha sido el crecimiento de una forma de corruptela institucional generalizada que acabó saqueando al Estado, al tiempo que florecía la creciente claudicación de la clase política y de sus mensajes.
El inevitable sufrimiento acumulado estalló políticamente en diciembre de 2001 y de ello puede esperarse tanto un proceso de redención social como el final de una nación que alguna vez se pensó moderna e igualitaria.
Claro que aquellas grandezas soñadas fueron penetrando en el consciente colectivo desde un punto de partida equivocado: la bonanza económica de la Argentina pastoril y embrionariamente industrial de principios del siglo XX terminó por hacernos creer que el camino de la consolidación estaba irrenunciablemente ligado a los avances económicos, y que estos sólo continuarían desarrollándose de la mano de una clase dirigente, culta e ilustrada, que tenía las soluciones previstas en cada campo y en cada circunstancia que pudiese atravesar la nación.
Y entonces las relaciones sociales se fundieron con las relaciones de producción, hasta lograr que los argentinos atásemos a estas nuestro futuro, nuestros pensamientos comunes y hasta nuestros estados de ánimo.
La experiencia peronista iniciada en la mitad del siglo pasado pudo ser el punto de inflexión.
Fracasada la consolidación cultural de la generación del 80 –por errores propios y por la desidia ciudadana, acomodada frente al auge económico- la irrupción de Perón en el escenario argentino debió haber significado mucho más que la inclusión social de las clases sumergidas; debió completar el ciclo virtuoso del pensamiento nacional para permitir una nueva mentalidad que - desde la integración con aquellas ideas de la etapa fundacional y no desde el enfrentamiento- diera a luz una personalidad definitiva, sólida y clara del cuerpo social argentino.
Pero otra vez por errores propios y por ceguera ajena la experiencia quedó inconclusa.
Debemos decir sin embargo –en la búsqueda de la justicia histórica- que el tiempo de aquella experiencia peronista no fue suficientemente amplio como para llegar a compensar las carencias económicas de los nuevos argentinos y desarrollar al mismo tiempo en estos una conciencia clara del objetivo común y una resolución precisa de la responsabilidad propia en los años por venir.
Y ocurrió entonces que nuevamente la razón del tener se agotó en sí misma sin llegar a hacer pié en la razón del ser.
Cabe recordar aquí el pensamiento de Marx y Engels sobre las relaciones sociales, y en especial su enfoque acerca de las dimensiones de estructura-superestructura, fundamentales para comprender la importancia que tienen las relaciones de producción sobre el conjunto de todas las existentes en una sociedad.
Debemos apresurarnos a afirmar que su análisis fue parcial e intencionadamente tomado por sus propios seguidores y ello generó un problema: a partir de una equivocada evaluación tendiente a creer que: 1) las cuestiones superestructurales eran de menor importancia, y 2) que debían ser tomadas, además, como simple consecuencia de la estructura económica.
Esto los hizo caer en el error de suponer que el comprender cuáles eran las relaciones de producción de un momento determinado, era suficiente para resolver las representaciones sociales e institucionales porque estas iban a ser directa consecuencia de aquéllas.
Es así, como ciertos campos de debate y confrontación eran obviados por ser espacios propios del poder: la justicia, el derecho, los medios de comunicación y otros.
Engels recalca que: "según la concepción materialista de la historia, el factor determinante es, en última instancia, la producción y reproducción de la vida real. Ni Marx ni yo hemos afirmado nunca otra cosa. Si alguien quiere deformar esta afirmación hasta decir que el factor económico es el único determinante, transforma esta proposición en una frase vacía, abstracta, absurda. La situación económica es la base, pero las diversas partes de la superestructura (...) ejercen igualmente su acción sobre el curso de las luchas históricas y determinan de manera preponderante la forma en muchos casos" (Engels, carta a José Bloch, 1890).
Desde un racionalismo más crudo Max Weber -llamado el Marx de la burguesía- propone diferenciar lo estrictamente económico de lo “relacionado” con lo económico, y por último lo “condicionado” por lo económico, por ejemplo el arte: fenómeno cuyas consecuencias para la vida humana son tan evidentes que se impone como objeto de análisis para el pensamiento social.
En el análisis de Weber, que lo ubica en la antípoda de todo determinismo, aparece entonces cada plano de la sociedad no tan solo con un alto grado de autonomía, sino con una influencia relevante sobre lo estrictamente económico.
Aporta así Weber estudios muy importantes sobre lo que Marx denominaba superestructura, desarrollando de esta manera una mayor comprensión en el análisis de las principales instituciones de la sociedad capitalista moderna: las empresas, el Estado, los partidos políticos, los sindicatos - hoy podemos agregar las Organizaciones No Gubernamentales (O.N.G).- y otras manifestaciones de la sociedad civil. Resulta significativo e inseparable de toda su obra la pretensión de pensar la legitimidad de la dominación en la sociedad contemporánea.
En su definición de dominación hay un elemento central: la obediencia debe ser tal que aparezca como voluntad propia del dominado; en otros términos, el consenso.
La riqueza que aporta al entendimiento de lo social puede comprenderse en gran parte como complementaria del análisis de Marx, quien lejos de preguntarse sobre como legitimar la dominación, analiza centralmente la explotación y como terminar con ella.
Pero lo cierto es que ninguna de las cuestiones planteadas desde las teorías de Marx y Engels ni a partir del pensamiento racional de Weber -y que hacen a la comprensión misma del destino social y la organización del estado moderno- fueron resueltas por la sociedad argentina ni durante la etapa brillante de la generación dominante al terminar el siglo XIX ni en la posterior –y no menos intensa- de la inclusión social en la experiencia peronista.
En el medio –aunque durante demasiado tiempo- el país simplificó sus problemas con reiteradas experiencias militares que, como ya veremos más adelante, tuvieron mucho que ver con esa inmadurez del cuerpo social.
A partir de 1930 cada crisis, existiese o no una claudicación de la dirigencia civil, encontró a demasiados argentinos dispuestos a aceptar, convalidar y hasta promover las experiencias autoritarias como forma de retomar el camino del bienestar económico que seguía siendo, para nosotros, el camino de la consolidación nacional.
Pero algo se revolvía seguramente en el inconciente colectivo ya que en cada ocasión se utilizó el argumento del ser nacional como pretexto para la interrupción del orden democrático, sin detenernos ni por un momento a pensar que el justificar semejante actitud significaba incorporar para nuestra sociedad el arrebato violento y el autoritarismo como integrante de nuestros propios valores,
Claro que ello no responde a “ un rayo en un día de sol” –como definiera José Maria Sarobe al golpe del 6 de setiembre de 1930- sino a una sucesión de hechos que tienen que ver con las debilidades sociales e institucionales recurrentes en nuestra historia, pero también con hechos puntuales de la misma que, a la luz de aquellas carencias, convierten cada crisis en un camino sin retorno que golpea sistemáticamente el ánimo y la autoestima de los argentinos.
Este camino histórico está ligado con dos etapas ciertamente relacionadas, sólo desde el análisis racional.
Se produce primero la aparición de una crisis orgánica en el bloque dirigente -y con ella la ruptura del vínculo entre el poder y la gente- que se evidencia porque entre esta última se comienza a separar una franja –mal definida como clase media en el análisis habitual y que preferimos designar como intelectual o pensante de la sociedad, que ya no construye elaboraciones ideológicas para el poder ni obedece a las clases privilegiadas.
Cuando el discurso de estos sectores encuentra rápido eco en las clases auxiliares y subalternas estamos en presencia de una crisis. Esta es una crisis que implica la ruptura del consenso.
El paso siguiente es la creación de un sistema hegemónico alternativo que agrupe a las clases subalternas, proponiéndoles –desde la demagogia o el autoritarismo- la solución de sus problemas sin la necesidad de someterse a esfuerzo alguno: es el nuevo poder el que va a concurrir en su auxilio y va a sostener sus necesidades más inmediatas.
Si se dé el primero de estos supuestos –la demagogia- aparecen en el horizonte de los pueblos experiencias tales como el fascismo italiano, que suponía un arrebato a las libertades públicas escondido tras un vamos todos juntos que le otorgaba una pátina populista.
De ocurrir lo segundo – el autoritarismo- la cosa se simplifica en forma de dictadura. Allí surge el “ no se metan y manténganse en sus casas; nosotros (el poder) vamos a encargarnos de todo”.
En la Argentina nuca llegaron a consolidarse ninguno de estos caminos...aunque vaya si se intentaron.
El peronismo –tal vez lo más parecido al populismo fascista de la Italia mussoliniana- bregó insistentemente por mantenerse dentro de los modos y costumbres de la democracia liberal, tal cual era entendida en nuestro país; más adelante veremos los resultados cosechados para sí y para los demás.
-La pérdida del sentido común como última herramienta social-
Las dictaduras provenientes de asonadas militares –a pesar de ser siempre acompañadas por una sugestiva dosis de consenso que les evitaba a priori el aislamiento- también pretendían ser expresiones del interés general y vía de “retorno al camino institucional”, lo que significaba –sin que esto suponga juicio de valor o justificación alguno- negar su propio origen y apoltronarse en una actitud culposa que terminaba convirtiéndolas en amebas conceptuales sin otro destino que el servir a los intereses que invariablemente habían sido señalados como responsables de aquella ruptura entre la gente y la dirigencia.
Claro que los reiterados fracasos de tales experiencias autoritarias fueron acorralando a los militares a un “in crescendo” de violencia que convirtió aquél desfile del Colegio Militar hacia la Casa de Gobierno en 1930 en el tan aberrante como innecesario terrorismo de estado de la última experiencia.
Y ya veremos como el postrer fracaso de las salidas militares tuvo y tiene mucho que ver con las permanentes crisis políticas que a partir de 1983 conoció la democracia argentina.
Pero valga como simple adelanto de aquellas consecuencias el detenernos brevemente en estos nuevos fenómenos relacionados con el miedo que hoy vive nuestra sociedad: la inseguridad a la que se está actualmente sometida la encuentra a mitad de camino entre abrazarse a soluciones consagradas dentro del orden constitucional –siempre más lentas y de mayor costo inmediato- o retomar el camino del autoritarismo –efectivo tal vez en el “aquí y ahora” pero inevitablemente suicida en el mediano y largo plazo- para volver la convivencia a sus carriles normales.
Sin embargo, en una u otra opción, la inmadurez argentina sigue presente: son ellos (el estado) los que deben resolver la cuestión por su cuenta.
Mientras tanto nosotros (los ciudadanos) buscamos replegarnos en soluciones individuales a la espera de que tal momento llegue.
La sensación de inseguridad ha hecho que prevalezcan las áreas de acceso restringido, retornando a las viejas murallas y fortalezas del medioevo, separando de paso a los llamados ciudadanos de bien y a los que diferencialmente exponen una ciudadanía más acechada por el peligro y el asedio, dos constantes que merodean invariablemente la sensación de sentirse víctima. Así las cosas se impone la idea de una vida sin riesgos y sin desgracias, entre alarmas, vigilancia y autocontrol.
El temor y el miedo se están convirtiendo en elementos de aislamiento y ausencia de solidaridad entre la comunidad. La percepción de inseguridad e indefensión, de una buena proporción de sus habitantes, está dando cuenta de otras angustias culturales que afectan irremediablemente la calidad de vida y la posibilidad de existir en condiciones de mayor dignidad.
No sólo es temor; es también la desconfianza al otro, a la institución encargada de velar por la seguridad pública, lo que daría cuenta de una profunda crisis de capital social, como enseñan los resultados cosechados a partir delos instrumentos (encuestas) habitualmente utilizados para explorar la percepción de los ciudadanos.
A partir de estos resultados es fácil observar, además, que los argentinos poseemos estados de ánimo comunes antes que principios comunes.
Ante el impacto de una situación o noticia la sociedad vernácula –sobre todo la burguesía cultivada en las grandes ciudades- muestra una impronta común, casi solidaria, que la lleva a construir un estímulo-respuesta muy similar.
Y ello –que puede por un momento parecer surgido de una visión similar de los hechos- pasa inmediatamente a ser demostrativo de lo contrario cuando, a poco de andar y ante otro estímulo externo, ese mismo núcleo reacciona también en bloque pero en un sentido filosófico absolutamente opuesto al anterior.
Vuelve a aparecer esa falta de base común que debería convertirnos en un cuerpo único -aún con disensos- que tenga en claro e incorporadas las respuestas a aquellas preguntas que planteábamos al principio del capítulo: ¿de dónde venimos?, ¿hacia dónde vamos?
La filosofía de origen comunitario, no siempre ligada ideológicamente a la clase dominante, influye sobre las normas de vida de todas las capas sociales.
Aquí aparece el sentido común como influencia sobre las concepciones del mundo propagadas entre las clases ligadas al criterio histórico común y asumidas en tanto como obligación natural por su dirigencia.
Estamos así en presencia de una comunidad organizada y además de una comunidad representada.
Toda filosofía social debe prolongarse en el sentido común. A la vez que elabora un pensamiento superior al sentido común (científicamente coherente), debe mantenerse en contacto con las capas populares a fin de dirigirlas ideológica y políticamente.
Porque el vínculo entre filosofía y sentido común está asegurado sobre todo por la política.
El sentido común aparece como una amalgama de diversas ideologías tradicionales y de la ideología de la clase dirigente, que se sirve de aquellas para lograr la aceptación del orden vigente casi como fenómeno natural.
Esta diversidad suele ocultar su profundo autoritarismo bajo la rebosante oferta de profundos debates y diferencias entre los partidos de gobierno y la oposición, y solo puede ser superado por medio de una construcción político-cultural común, a la cual quizás se pueda llegar, en un futuro no demasiado lejano, si el fracaso de los sectores políticos tradicionales termina empujando a los ciudadanos a lograr cierta coherencia en sus objetivos y a crear formas de representación alternativas que tengan que ver con las necesidades emergentes de tales objetivos.

-El mensaje insuficiente y la cultura de la liviandad-
Estas consideraciones carecerían de sentido, si no señalásemos la importancia de los medios masivos de comunicación -en especial la TV- que ocupan la mayor parte del tiempo libre de los sectores populares; omnipresentes en muchos lugares de trabajo, y generadores casi autónomo, de la realidad.
Claro es que los medios de comunicación masiva –como el poder o las entidades de representación intermedia- no han podido en la Argentina abstraerse de aquella inmadurez manifiesta de la sociedad.
Lo cierto es que –entre claudicaciones propias y circunstancias externas de inevitables consecuencias en los contenidos y en la economía propia- siguieron también el derrotero del facilismo, la intemperancia y la falta de sustentos filosóficos propios que, salvo muy contadas excepciones, los llevaron a carecer de una línea editorial fuerte, singular y, sobre todo, representativa de un objetivo claro.
Y si bien más adelante nos detendremos especialmente en este tema, ello no obsta para incluirlo desde ya entre uno de los grandes problemas nacionales: una sociedad sin medios independientes y formadores, capaces de no perder de vista los contenidos permanentes de la comunidad y preservarlos, actualizarlos y adecuarlos a la propia realidad para –sobre todo en este tiempo- lograr insertarlos dentro de las tendencias mundiales (sociales, económicas, culturales, etc.) será siempre una sociedad insuficiente que terminará por cerrarse sobre sí misma, acentuar sus propias carencias y asumir para sí un mensaje de retroceso, de aislamiento y, por fin, de peligrosa autosuficiencia.
Y si a ello se agrega la urbanización de la comunicación como fenómeno propio de la globalidad –es en definitiva en las ciudades donde se encuentra un criterio más cosmopolita de la cultura y por ello los medios suelen detenerse con más énfasis en sus características, lenguajes y visiones de la realidad- es dable entender la crisis por la que atraviesa una sociedad que no ha logrado jamás hacer pié en su propio pasado y que por añadidura consume cotidianamente los mensajes de esa cultura urbana (tantas veces alejada de las verdaderas necesidades de un interior que concentra más de la mitad de la población total del país) que en su propia definición universal no conserva ni tan siquiera los resabios propios de sus características de núcleo emigrante desde el interior en las últimas décadas del siglo XIX.
Porque si algo caracteriza a los centros de poder real de la Argentina es la ausencia total de la propia identidad (a pesar del apego a algunas formas culturales del pasado), supeditada siempre –y más aún desde el fenómeno globalizador- a las tendencias culturales de sociedades desarrolladas a las que, sin embargo, pretende denostar desde un discurso nacionalista al mismo tiempo que las remeda en los hechos.
Pero mientras esas sociedades –y sus liderazgos- pugnan por resolver los enigmas de la modernidad, la nuestra se queda a la espera de los resultados del debate y del tiempo de copiarlos.
Poco importa que resueltos tales enigmas el mundo moderno ya estará abocado a encontrar los caminos que lo ubiquen frente a nuevos desafíos.
La crisis de la modernidad, tal como nos indica Jesús Martín-Barbero (1994), arrancó en la ciudad, por tanto ésta ha pasado a ser un lugar clave en el cual se hace más evidente que ningún otro la crisis de lo público: el estallido de lo que entendíamos por vida, ambiente y enclaves públicos dentro del conjunto de la ciudad, imprescindibles para comprender las fuentes de identidad que se encuentran sumergidas en ella.
De esta manera lo privado y lo público se entremezclan y el horizonte simbólico de los espacios de comunicación se ha desplazado hacia el consumo familiar de las nuevas tecnologías de información en el ámbito doméstico.
Se puede hablar de una crisis, pero no acerca de la pérdida de la vida pública sino de los problemas de no haberle puesto atención en forma crítica a su transformación, como si la cultura de la ciudad por la que vivimos, pensamos y actuamos significativamente en la vida social y las imágenes de la ciudad que organizan, nombran y definen el uso del espacio público urbano fuesen exclusivamente asunto de burócratas, leyes, ordenanzas municipales y arreglos organizacionales de mayor o menor cuantía.
Más que nunca, la ciudad sé esta volviendo una especie de piedra filosofal donde percibimos que se concentran, sintetizan y contradicen la mayoría de las razones que se afirman sobre una comunidad; esto es altamente negativo para las redes del intercambio cultural donde todos deberíamos participar en la configuración de un país que aspiramos a vivir en común.
Al volvernos más permeables a la exigencia de una "ciudad como acontecimiento cultural" deberíamos encontrar un espacio común que permita el desarrollo de una visión de transformación a largo plazo de la vida pública y que tome a la ciudad en una perspectiva histórica capaz de ubicar a ella y a sus medios culturales como síntesis de las expectativas de toda la sociedad y, en todo caso, como continente y custodio de aquellas.
La historia universal nos muestra a las grandes ciudades como motor del desarrollo cultural de los pueblos y nos enseña además el camino preferible para lograrlo: una sana división entre lo urbano y lo rural, entre los centros de producción y de administración es la vía de concreción para algunos aspectos comunes a la sociedad en todos los tiempos (preservación de su riqueza histórica, generación de focos culturales comunes, unificación funcional de sedes administrativas, espacio habitual del encuentro universal, etc.) y una vía irrenunciable para lograr una comunidad no tan sólo organizada sino, fundamentalmente, equilibrada.
Y en esto encontramos seguramente uno de los pocos puntos de optimismo hacia el futuro que la Argentina puede esgrimir de cara a una sociedad mundial que en el siglo XXI aún sigue pagando –y con pronóstico dramáticamente reservado- los precios de una mala organización en los albores de la revolución industrial que la llevó a rodear peligrosamente los centros urbanos de todos los efectos no deseados de aquella.
Ciencias elementales para la calidad de vida, vinculadas al sistema ecológico y a la salud pública, desconocían por entonces los riesgos de la contaminación ambiental y mucho menos la tensión que sobre valores económicos, culturales y aún políticos tendría sobre la humanidad el nuevo fenómenos del hacinamiento urbano. Tal es así que desde un primer momento de aquella nueva era, toda la concepción universal de las relaciones humanas comienza a cambiar, a complicarse y dar a luz uno de los más in entendibles resultados de la experiencia: a medida que crece el desarrollo de la técnica, disminuye la calidad de vida del ser humano.
Nuestro país –aún sufriendo por entonces idéntica experiencia- se encuentra hoy en un grado de desarrollo comparativo con las sociedades avanzadas que le permite –de la mano de una ecuación territorio-población todavía insólita para los parámetros generales en todo el mundo- buscar puntos de equilibrio diferentes y planificar hacia el futuro mejores condiciones de vida de sus habitantes.
Claro que ello no puede esperar y para conseguirlo deberemos encarar sin demoras lo que, a nuestro juicio, supone la más seria y trascendente tarea a emprender: lograr un nuevo contrato social entre los argentinos.

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