-hacia un nuevo contrato social-
El contrato social es un acuerdo de filosofía política en cuyo contexto la voluntad general se constituye como un principio político fundamental, origen del funcionamiento recto y eficaz del Estado.
El contrato social es un acuerdo de filosofía política en cuyo contexto la voluntad general se constituye como un principio político fundamental, origen del funcionamiento recto y eficaz del Estado.
Para entender la consistencia de la voluntad general, es necesario referirse a la teoría de la conciencia moral que surge de la Profession de loi du Vicaire savoyard en el Émile, que tiene relación con la teoría de la bondad original del hombre que plantea Rousseau en el Discours sur l'origine de l'inégalité.
Desde esta perspectiva, la voluntad general es expresión de la conciencia moral del hombre, y es anterior, por lo tanto, a cualquier tipo de consenso nacional.
El consenso —la voluntad de todos— no concuerda, en muchas ocasiones con la voluntad general. Esta última, aunque surge de la consulta popular, no es suficiente para afirmar que el ejercicio de la soberanía no llega a ser tal por la cantidad de voluntadas expresadas en los votos, sino en la medida en que es expresión de la ley natural, que proviene, como una anticipación moral universal, del corazón purificado del hombre.
No es posible, por tanto, extraer la voluntad general por medio de una técnica política, porque ella es consecuencia de una conversión racional y emocional profunda, que podría no ser interpretada por un resultado electoral.
La manifestación de la voluntad general es la expresión, en último término, de la conciencia moral. Esta libera, eleva moralmente al hombre y está por encima de los avatares de las formas democráticas convirtiendo a su propia razón de ser en la base de los objetivos comunes y los principios inalterables que siempre quedarán fuera de controversia, despojados de las tensiones coyunturales y sosteniendo el contrato social como lo que es: un tratado acerca de la libertad política.
Esto es lo que ha faltado en la Argentina; he aquí el punto de partida de nuestra inestabilidad y de nuestro fracaso.
Y he aquí –sobre todas las cosas- aquello que deberemos resolver si queremos, aún tardíamente, lograr construir un “sistema” (de eso se trata) que sea capaz de fijar para todos las reglas claras de lo inalterable, más allá de las cambiantes circunstancias de la vida política y aún institucional.
Para lograrlo deberá ser asumido culturalmente por todas las generaciones.
Las nuevas lo harán desde una educación que tenga como base programática al contrato social; las otras –las nuestras- que ya vienen contaminadas con el veneno de no saber responder aquellas dos preguntas liminares, deberán encararlo con el verdadero criterio del “contrato” (acuerdo entre partes) aceptando el fracaso como antecedente suficiente para buscar un cambio y aferrándose como tabla de salvación a la posibilidad de lograr el éxito por un camino que puede no ser el que individualmente hayamos elegido pero que, al menos, nos llevará al remanso de un objetivo común.
El contrato social ha estado desde siempre presente en el análisis de los intelectuales y pensadores que buscaron, por los más diversos caminos, la respuesta a la pregunta fundamental de la era moderna: ¿cómo debe organizarse la sociedad para garantizar el éxito individual y la felicidad común?.
Las circunstancias del mundo actual, con sociedades exitosas y vastos conglomerados humanos sumergidos en la pobreza y la decadencia ( y no nos referimos a aquellas naciones o continentes históricamente sometidos por el lado oscuro del capitalismo sino, más bien, a quienes como la Argentina han estado en la base de lanzamiento del futuro promisorio y han terminado estrellados contra sus propios errores), podrían servir por sí solas para saber cual es el camino que debe seguirse.
Canadá, Nueva Zelanda, Australia, en menor grado Sudáfrica y aún los ejemplos de la España post-franquista y de la Italia que supo superar con un sólido sistema económico sus propias incoherencias políticas hasta convertirlas en casi anecdóticas, son claros espejos donde deben mirarse las naciones con posibilidades de un desarrollo sustentable y realista.
Y en todas ellas el contrato social está presente como garantía de superación y recordatorio del objetivo común.
Aunque para ello las generaciones más comprometidas con las épocas de fracaso y enfrentamiento hayan tenido que aceptarlo como el fin de sus enfrentamientos y la respuesta única a sus demandas.
Así España enterró su pasado de más de cuatro décadas de dictadura o Sudáfrica pudo resolver lo que hasta pocos años antes parecía el tope y fin de toda posible racionalidad: la lucha racial y la cultura del apartheid.
Tan fuerte ha sido el contrato social y su influencia en la historia de la humanidad que no ha quedado pensador, filósofo o sociólogo de nuestro tiempo que no haya intentado desentrañar –en forma general o aplicada a determinada circunstancia- sus alcances, posibilidades y, en fin, su misma razón de ser.
Más como recorrer sus historias no es el motivo central de este trabajo nos limitaremos a recordar brevemente la interpretación del mismo que hiciesen –desde concepciones dispares pero con influencias similares en el pensamiento contemporáneo- cuatro de los ideólogos más profundos de la era moderna: Hobbes , Locke, Marx y su singular intérprete Antonio Gramsci.
La obra intelectual y política de Tomás Hobbes y John Locke se desarrolló durante la época de las guerras civiles inglesas que buscaban terminar coo el absolutismo monárquico y aniquilar las prerrogativas feudales en la Inglaterra del siglo XVII.
Ambos autores adherían a las doctrinas del derecho natural y del contrato social; sin embargo, sus criterios se oponían al momento de referirse a las consecuencias políticas de dicho contrato.
Tanto Hobbes como Locke consideraban que la humanidad vivía originariamente en lo que llamaban el “estado de naturaleza”. En ese estado el hombre tiene libertad pero sin seguridad, y es el deseo de garantizar la seguridad de las personas lo que impulsa a los individuos a salir del estado natural para constituir el estado civil. Este tránsito se opera mediante un acuerdo entre los miembros de la comunidad natural -contrato social- a través del cual se instituye el Estado y las magistraturas, con el fin de garantizar la libertad con seguridad.
Para Hobbes el precio que deben pagar los hombres por su seguridad es el de la renuncia a todos sus derechos y libertades a favor del instituido como soberano.
Mediante el contrato social los hombres trasfieren la soberanía irrevocablemente a la persona elegida para que los gobierne. Esta soberanía es ejercida por la autoridad de manera absoluta, sin limitaciones ni restricciones, ni siquiera las dictadas por la ley.
Al igual que Hobbes, John Locke participa de la doctrina del estado de naturaleza y del contrato social pero concluye en la defensa de la soberanía popular y en ello radica la diferencia fundamental existente en ambos pensadores.
Según Locke (1632-1704) en el estado de naturaleza el hombre vive en libertad pero sin seguridad y sin que sus derechos más esenciales a la vida, a la propiedad y a la libertad estén adecuadamente garantizados. En consecuencia, para garantizar y dar seguridad a sus derechos naturales, la ciudadanía acuerda el contrato social dando origen a la sociedad civil y al Estado.
Lo fundamental es que el hombre conserva en la sociedad constituida mediante contrato, todos los derechos y libertades que disfrutaba en el estado natural, pero garantizados y asegurados por el poder del Estado.
De esta manera concluía en que la soberanía la conservaba el pueblo, quien sólo cedía a la autoridad determinadas y acotadas funciones políticas. Ello rescataba para el pueblo el derecho a deponer al monarca cuando no cumplía el mandato conferido por la ciudadanía. De hecho, en su Tratado sobre el gobierno civil postula que la autoridad del rey, o de cualquier gobernante, debe fundarse en el “consentimiento” de sus súbditos.
Desde un punto de vista absolutamente diverso ( científico y materialista) Marx y, posteriormente Gramsci también intentaron resolver los alcances del contrato social aunque, en su caso, debamos concluír que antes que un acuerdo entre partes este devenía de la resolución –no necesariamente natural- del conflicto social al que entendían como inevitable.
Marx estudió como si fuese uno a los dos procesos que enunciaba como parte de la razón misma de la sociedad a cambiar: explotación y dominación. Pero su teoría fue sin embargo reducida únicamente a uno de ellos sosteniendo que bastaba cambiar la propiedad jurídica de las empresas para crear una nueva sociedad...
La liviandad de semejante concepción, si bien siempre fue señalada como el punto débil de su camino doctrinario, hoy salta a la vista.
¿Cómo se construye lo social? He ahí el tema de fondo que debe ser abordado con milimétrica certeza si queremos que un contrato social pueda ver la luz.
Antes de intentar resolverlo volvamos sobre la visión que de él tiene el marxismo, al menos en el entendimiento contemporáneo de esta ideología.
.¿Cómo fue posible caer en semejante economicismo, defendido por la ortodoxia stalinista y festivamente enterrado por la academia?
En su prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política (1859) Marx analizaba los descubrimientos a los que había llegado durante quince años de investigación luego de estudiar y criticar la Filosofía del derecho de Hegel en el bienio 1843-1844, de adoptar la identidad comunista y de haber tomado contacto con el movimiento obrero de su tiempo. Allí, en el prólogo de 1859, intentaba exponer en corta síntesis las bases generales de su concepción de la historia.
Gramsci prefirió leer en este texto "la fuente auténtica más importante para una reconstrucción de la filosofía de la praxis", atendiendo al mismo tiempo a tres instancias: el papel central que le otorgaba a la esfera ideológico política –la de la hegemonía–; la interpretación de la ciencia como una forma de la conciencia social, y, finalmente, la convicción de que la única fuerza productiva es en realidad la clase obrera, constatación de la cual se deducía que la dialéctica "fuerzas productivas-relaciones de producción" no era objetiva en forma absoluta sino que sintetizaba, por el contrario, la contradicción de una sociedad de explotados y explotadores.
Sin embargo, a pesar del intento de Gramsci, este documento programático de Marx se leyó invariablemente en la tradición marxista como la reafirmación tajante del objetivismo social.
La historia marcharía entonces por sí sola con un piloto automático conformado por la contradicción entre las fuerzas productivas (divorciadas de la clase obrera y asociadas a la tecnología y a los instrumentos técnicos de trabajo) y las relaciones de producción (transformadas en relación hombre-cosa y no hombre-hombre).
De alguna manera, es obvio, el nuevo contrato social del que hablamos no encuentra demasiados puntos de contacto con los descriptos hasta el momento. Pero para poder llegar a diagramarlo –y luego a interpretarlo- debemos preguntarnos si en la Argentina alguna vez existió y cual fue entonces el motivo de su fracaso.
-el dolor de nunca ser-
Cuando una sociedad pierde su rumbo –ya sea por acumulación de errores propios o por la acción de elementos externos- sus integrantes deben, ante todo, resolver hacia dónde quieren ir para retomar la senda del crecimiento y el bienestar.
Sólo después de definido tal objetivo, la dirigencia –que más que nunca debe recordar aquella definición clásica que marca al estado como la sociedad jurídicamente organizada- propone y promueve los caminos para lograrlo.
Se da entonces la conjunción básica y necesaria para entender que estamos frente a un verdadero contrato social: pueblo + estado + objetivo común.
Vendrán luego los elementos que suponen la segunda fase operativa del contrato: el pueblo pondrá el esfuerzo y la confianza, el estado las medidas tendientes al logro del objetivo común, interpretando sin claudicaciones aquél mandato de los ciudadanos, y el objetivo común deberá ser permanentemente refrendado a partir de una educación pública que lo contenga y ratifique y una clara publicidad del estado que recuerde a la gente hacia donde se marcha y los pasos que se están dando en tal sentido.
Este camino, que parece en todo caso sencillo y primario, contiene sin embargo cada una de aquellas definiciones acerca de las cuales venimos trabajando desde el comienzo de ésta obra y que, en los hechos, encuentran su propia razón de ser.
Porque en cada uno de ellos podemos encontrar:
1- la filosofía política como sostén del acuerdo contractual; toda vez que necesariamente este recogerá lo que la sociedad entiende debe ser su forma de vida, sus criterios de organización social, sus prioridades de producción, educación, distribución y ubicación frente al mundo.
2- la concepción del estado como expresión organizada de la sociedad; lo que a su vez dará formas y límites concretos a la representación política.
3- Los objetivos a corto mediano y largo plazo; que permitirán a su vez monitorear no tan sólo los logros obtenidos sino la capacidad del estado (dirigencia) para interpretar y conducir cada una de las etapas. Esto último dará paso a la alternancia política, base fundamental de cualquier sistema democrático.
En ocasiones retomar el camino perdido no resulta tan complicado. Sociedades que han sufrido guerras, dominaciones externas o dictaduras sangrientas han logrado –en relativo poco tiempo- resultados extraordinarios en la reconstrucción de su contrato social con el sólo expediente de consensuar, desde su dirigencia, un contrato político que dejase algunos temas fundamentales fuera de la agenda de discusión.
En estos casos la sociedad puede detenerse tan sólo en el análisis de la capacidad de gestión, sabiendo de antemano que los objetivos comunes deberán ser respetados por todos los actores y permitiendo a su vez el más amplio debate democrático que, entre muchas otras virtudes, permite la convivencia de expresiones menores –muchas veces sostenedoras de principios ajenos al sistema común elegido- que no representan por tanto riesgo alguno ni para la vida institucional ni para la marcha del país.
Son, en todo caso, la contracara de un espejo en el que todos se miran cotidianamente para recordar quienes son y en que estado se encuentran.
Casi podríamos afirmar –sin entrar en un detalle innecesario a la inteligencia del lector- que estas expresiones anárquicas terminan casi siempre desapareciendo o expresando a través de la violencia organizada su impotencia para imponer lo que la sociedad rechaza en cada instancia en la que debe refrendar su compromiso con el objetivo común. Y, si bien peligrosos, estos experimentos rara vez logran el objetivo del poder y, mucho menos, dejan algún resabio cultural en la historia.
Otras sociedades, en cambio, han llegado a ese contrato social de la mano de su propia historia, sin elementos condicionantes como los descriptos en el punto anterior y con una naturalidad que no se ha visto amenazada a pesar de los momentos de crisis interna y externa.
Por tomar sólo dos ejemplos –que luego nos remitirán al caso argentino- citaremos en el primer caso a España y en posteriormente a los Estados Unidos.
Tras cuarenta años de dictadura franquista, con el resabio de una guerra civil que no solamente dio vida al régimen sino que jamás llegó a cerrar sus heridas, y con una sucesión del estado que había sido “atada y muy bien atada” por el Caudillo, España logró –desde un pacto político- una transición admirable que la depósito naturalmente en el camino del crecimiento y el bienestar.
Y si algo faltaba para señalarla como un ejemplo de la solidez de su contrato social, es dable recordar que en los casi treinta años de democracia vividos no pudo sacudirse el fenómeno de un terrorismo que –pretendidamente justificado en la etapa franquista- redobló su violencia y sus ataques contra el sistema representativo que se consolidó a partir de 1975 y que es aceptado por la totalidad del pueblo español.
Porque a pesar de que los regionalismos siguen teniendo una fuerza cada vez más arrolladora en la vida de la península, todos ellos se mantienen habitualmente dentro del sistema democrático y aceptan a España como la unidad indivisible dentro de la cual las diferencias pueden jugar libremente y las autonomías son un objetivo a lograr en el tiempo y pacíficamente.
Ocurre que -a pesar de las cuatro décadas de opresión- los españoles tenían una historia común, una pertenencia cultural larga y definida, y un objetivo de integración interna y externa que se convertía en un mandato ineludible ante la avanzada unificación comercial y política europea.
Además –y como dato no menor- las consecuencias de la guerra civil primero y del aislamiento internacional después, eran faros demasiado luminosos como para no entender cuales eran los caminos que no había que seguir.
Por ello un contrato político fue más que suficiente e igualmente exitoso.
Las tres circunstancias (guerra interna, dictadura y aislamiento) ponían límites a cualquier aventura que pudiese intentarse desde posiciones recalcitrantes y hasta servían de línea divisoria a la vieja historia de las migraciones de la primera mitad del siglo que, de la mano de la miseria, habían partido en dos a la sociedad española.
Era claro que para evitar nuevas desgracias el acuerdo político debía ser respetado por todos y para eludir las consecuencias de la miseria debían rescatarse los avances económicos de la última etapa franquista, preservarlos y tomarlos como punto de partida de la nueva era.
La democracia era entonces el camino y el bienestar con libertad el objetivo.
En el caso de los Estados Unidos –obviando en éste análisis las eterna relacione de amor -odio que ha caracterizado la evaluación que una importante parte de nuestra sociedad hace del país del norte- las circunstancias han sido distintas aunque el resultado (en lo que tiene que ver con el progreso y el bienestar de su pueblo) puede considerarse igualmente exitoso.
Desde los albores de su propia creación la sociedad norteamericana aceptó entusiasmada algunas pautas básicas de convivencia.
La democracia como sistema de gobierno jamás estuvo en controversia y el bienestar económico fue para los primeros colonos un objetivo a lograr que se ha mantenido con la misma frescura, fuerza y naturalidad hasta nuestros días.
Inclusive una guerra civil larga, desgastante y de una inusual violencia, escondió en sus pliegues el objetivo de la integración para el desarrollo y la consolidación territorial que permitiese ampliar las fronteras del crecimiento económico echando mano a la riqueza del sur por la necesidad imperiosa de agregar la producción lanera a la incipiente industria textil que comenzaba a comerciar con Europa y a la no menos importante del té que se producía especialmente en las tierras de Virginia.
Había entonces una fuerte motivación comercial – prioritaria al interés común- que pudo disfrazarse de cuestión política –abolición de la esclavitud- porque esta última tenía también para el americano del norte el valor de un objetivo social irrenunciable.
Terminada la guerra ambas cuestiones (económica y política) se integraron con naturalidad al contrato social definitivo de una nación que sólo conocería desde entonces el progreso, el crecimiento y el desarrollo con bienestar.
Ni siquiera el esfuerzo bélico producto de su participación en conflictos internacionales ni las depresiones económicas de principios de siglo XX lograrían interrumpir la curva ascendente que la llevarían, tras el colapso de la Unión Soviética, a imponer un poder hegemónico en el mundo que haría cambiar las reglas de juego hasta la actualidad.
La agresión terrorista, el problema incontrolable de la inmigración, la decisión de desplegar –una vez más- sus fuerzas militares y el costo político interno que para sus autoridades generaron estas cuestiones, no han podido sin embargo poner en controversia la forma norteamericana de plantear ante el mundo sus convicciones en tanto y en cuanto al estilo de vida ni su prioridad manifiesta acerca del nivel de bienestar económico al que aspira el ciudadano medio.
En todo caso estos fenómenos distorsionantes y por cierto preocupantes, han servido como revulsivo social para un conglomerado humano que parece ahora abandonar el conformismo consumista de las décadas anteriores y se plantea ciertamente una nueva etapa en la que los límites legales y los “premios y castigos” propios de su tradición capitalista pueden llegar a cambiar aspectos puntuales de su relación con el mundo, pero con un objetivo irrenunciable: seguir accediendo a niveles de confort que, además, ya han sido incorporados culturalmente al sistema de vida americano.
Tenemos entonces dos casos diferentes de contrato social: uno –España- llega desde el trauma interno a un punto de acuerdo hacia el futuro; el otro –Estados Unidos- consigue ese acuerdo como continuación de una línea histórica asumida desde su propio origen.
¿Porqué la Argentina nunca lo ha logrado?; ¿porqué no ha sido posible un contrato social claro y permanente y porqué ni siquiera se ha llegado a un contrato político como la Moncloa o como, por ejemplo, el de la Chile post-pinochetista que hoy sorprende al mundo con su grado de desarrollo económico y promoción social?.
Las respuestas son múltiples y, aun a riesgo de simplificaciones siempre criticables desde el prejuicio ideológico- vamos a intentar ahora descifrarlas.
En primer lugar debemos sostener que esta segunda posibilidad –el acuerdo político al estilo español- no resulta viable en una sociedad que no tiene bases comunes anteriores que le permitan saber hacia dónde pretende dirigirse.
Es claro que en el caso citado los españoles tenían –más allá de los traumas enumerados- una cultura común y un espejo cercano en el que mirarse.
El desarrollo impactante de Europa a partir de la segunda mitad de la década del 60 y su consiguiente poderío como bloque económico y comercial, dejaban pocos caminos abiertos para el debate: o se estaba con los vecinos o se pagaba el precio del aislamiento y el retroceso.
Por otra parte la experiencia franquista había dejado una lección indeleble en materia económica: el crecimiento del PBI –importante en la década previa a la muerte del Caudillo- no era por sí sólo garantía de modernización, ni de integración y, mucho menos, de satisfacción de las expectativas de una sociedad que tenía demasiado cerca el ejemplo de quienes optaron por el inteligente rumbo de la comunidad.
Puesto esto en claro –y sobre todo luego de los remezones autoritarios del Tejerazo- sólo hacía falta encomendar a toda la dirigencia política el rumbo a seguir, limitando a los ciudadanos el elegir en cada caso quienes eran los más capacitados para mantenerlo.
Ocurre que en nuestro país no existe esa tradición previa a los traumas y por consiguiente carecemos también de la base cultural para entender quienes somos en realidad.
La sociedad argentina ha vivido desde sus albores en una forma espasmódica, en la que muchos factores fundacionales tuvieron una incidencia superior. Tan sólo a manera enunciativa podríamos definirlos así:
1- la necesidad de una fusión de razas y costumbres que terminó generando un hombre “híbrido”, sin raíces y sin una clara visión de su propio destino;
2- un concepto emancipador y americanista que, sin embargo, no contó jamás con el apoyo y la convicción profunda de las clases dirigentes –generalmente representativas en aquella etapa de los sectores cultos con marcada incidencia del pensamiento europeo- que prefirieron la confrontación interna y el abroquelamiento en posturas centralistas, a espaldas de una realidad dada –cuanto menos- por la extensión territorial del país;
3- una migración interna insostenible en los últimos años del SXIX que hizo que la población rural se volcase sobre Buenos Aires, despoblando el campo y generando distorsiones sociales que no podrían ser ya corregidas en el futuro;
4- una migración externa igualmente desbocada que profundizó las carencias culturales y la ausencia de raíces producida por aquella mezcla de razas de los principios de la constitución como nación;
5- un aislamiento internacional profundo, generado en errores de conducción política y por un pueblo convencido frívolamente de su importante destino universal;
6- una persistente falta de capacidad para encarar un proceso modernizador de su economía que le permitiese resguardar con calidad y valor agregado el lugar que por volumen de producción había logrado en el comercio mundial de materias primas y que poco a poco –pero muy evidentemente- sufría una política de sustitución por parte de aquellos países que, siendo nuestros clientes, no estaban dispuestos a quedar aferrados a una dependencia económica permanente, y menos en un sector –el alimenticio- especialmente primario para quienes buscaban desarrollar políticas de bienestar sustentable para sus habitantes;
7- y, por último, aquella visión segmentada que señalábamos en el principio de este trabajo y que hizo que los argentinos ataran el universo de sus decisiones a las cuestiones del desarrollo económico, lo que los llevó a caer en el error de creer que la bonanza se mantendría inalterablemente en el tiempo al sólo conjuro de las riquezas naturales del país. Ello nos llevó a una crisis de representación que haría explosión en la mitad del S XX con la aparición del peronismo pero que no llegaría a consolidarse en forma definitiva debido a la existencia de rémoras culturales demasiado fuertes que siguieron arrastrando a la sociedad por el camino de la abulia y la frivolidad. El peronismo culminó entonces su ciclo histórico habiendo logrado la integración social y política de clases hasta entonces ignoradas por el poder pero no logró generar una convicción común –un contrato social- que fijara las pautas permanentes de la Argentina moderna.
Descartada entonces la raíz común y fracasados los dos grandes intentos políticos de nuestra historia contemporánea –el encarnado por la Generación del 80 por su pecado de convertir en conservadorismo un liberalismo que por entonces suponía una verdadera revolución cultural, y el peronismo por haber agotado en sus propias contradicciones internas la posibilidad de una Argentina nueva y diferente que rompiese el aislamiento político y comercial con el mundo- queda claro que el contrato social no puede llegar por los mismos caminos que en los países que hemos tomado a guisa de comparación y que, mucho menos, puede hacerlo a partir de un pacto político que no encontraría –por todo lo expuesto- bases suficientes para su desarrollo.
¿Cómo podemos acordar si no sabemos de dónde venimos y tampoco tenemos en claro hacia dónde vamos?.
Máxime cuando este último objetivo común – hacia dónde vamos- está hoy supeditado a una realidad mundial globalizada ante la que sólo quedan dos caminos por tomar: ignorarla y pretender torcer una realidad universal desde nuestra posición de país emergente (lo que a todas luces parece imposible) o aceptarla y buscar en ella los nichos de ubicación para el desarrollo que el país necesita y la ciudadanía reclama a gritos.
Pero antes de dar cualquier paso, y para evitar los voluntarismos que tanto daño nos han causado a lo largo de las últimas décadas, deberemos realizar un diagnóstico –urgente pero ajustado- del verdadero capital con el que contamos para concurrir a la mesa del contrato.

No hay comentarios:
Publicar un comentario